Fuego y bronce 4. KUTIRA Ocho años después del Desastre #8
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4. KUTIRA Ocho años después del Desastre #8

Su mente bullía. Y sin embargo, la sentía vacía, en tinieblas, como si transitara por el interior de una cueva.

En Melos hizo el peor trato de su vida con un comerciante de Alalakh, a quien entregó las ánforas de aceite y los tejidos a cambio de varias sacas de abalorios, unos ritones fabricados en Kaptara y un puñado de siclos.

Lo que no pudo vender volvería a su lugar de origen, un pequeño almacén que levantó él mismo junto a su choza utilizando madera de cedro autóctona de la isla.

Se sorprendió al descubrir que estaba más orgulloso de ese cobertizo levantado de la nada con sus propias manos, que de los intercambios mercantiles a los que se dedicaba.

Trató de no darle importancia a lo que Afareo pudiera pensar acerca de su desastrosa forma de hacer negocios en Melos.

Pero su hermano apenas hizo comentarios al respecto; se limitó a observarlo inexpresivo y a repetir lo feliz que estaba de haber conocido a Eumetas.

La nave sufrió un nuevo asalto durante el viaje de regreso, y esta vez los piratas no tuvieron ninguna intención de perdonar la rapiña.

El navío tenía a proa y popa unas extrañas cabezas de ave talladas en madera, que Afareo quiso relacionar con algunos de los pueblos que había conocido durante su estancia en Labu .

Kerkios siguió ausente pese al peligro, pero no cundió la alarma entre la tripulación: todos conocían de memoria el protocolo a seguir frente a los abordajes.

Todos menos Afareo, que de puro nervio se golpeaba la hoja de la espada contra su pierna.

—Hermano, espabila. ¡Ya los tenemos encima!

Pero Kerkios persistió en su estado de inacción y se limitó a decir que sus hombres ya sabían qué hacer. De modo que Afareo estuvo encantado de ejercer como líder de la tripulación, aunque solo fuera aguijoneándoles y dándoles órdenes innecesarias.

Para cualquier otra embarcación mercante el abordaje habría supuesto un serio percance, pero para los hombres de Kerkios fue un mero trámite; los piratas no tardaron en notar la férrea resistencia que ofrecía su presa y se preocuparon al ver que varios de los suyos caían al agua al primer envite, heridos o muertos.

Afareo despachó a dos más en cuanto estuvieron al alcance de su espada y echó los cuerpos al mar.

Sin mayor insistencia, los piratas renunciaron a seguir luchando; soltaron los cabos y se alejaron a golpe de remo, dejando los garfios enganchados en la cubierta como triste recuerdo de su acción fallida.

Afareo estaba exultante, la apatía de Kerkios no mitigó su emoción.

—¡Esto sí ha sido como en los viejos tiempos!

El barco completó las cuatro jornadas de travesía para volver a Kutira sin más novedad. Un grupo de delfines apareció y comenzó a dar saltos junto al casco en el instante que se divisó en el horizonte la silueta de la isla. Afareo no perdió la ocasión.

—¡Posedao se alegra de nuestro regreso! ¡Hombres, demos gracias al dios y cantemos una canción en su honor!

Aferrado al timón, Afareo se empeñaba en controlar el rumbo y el destino de la nave y de los que iban a bordo, sobre todo Kerkios. Empezó a entonar un himno:

—«Por Posedao, el gran dios, comienzo a cantar,

el que agita la tierra y la límpida mar.

¡Salve, Posedao, conductor del carro subterráneo,

el de oscura cabellera! Y, feliz, con corazón benévolo,

ampara a los navegantes».

Kerkios le miró con aire pesaroso. Los remeros, contagiados por el franco entusiasmo del timonel, repitieron a coro:

—«¡Salve, Posedao, conductor del carro subterráneo,

el de oscura cabellera!».

Ya en tierra, Kerkios le dijo a Afareo que esa noche prefería que no durmiera en su choza. Él mostró su sorpresa, pero esta se esfumó en seguida.

—No tienes que darme explicaciones, hermanito. Después de tantos días, si a mí me esperara en casa una mujer como Erita también desearía que nadie me molestara.

El comentario no agradó a Kerkios, pero ya importaba poco.

En el fondo tenía razón: no quería testigos cuando rodeara con sus brazos a Erita y se reencontrara con el que había sido su mundo durante los últimos ocho años, un mundo que había zozobrado y se había desmoronado de modo lastimoso en tan solo ocho días.

Un mundo sostenido por una esclava. Mil pensamientos le asaltaban, y no era el menos importante el de que si no hubiera sido por su tío Eumetas, nunca habría conocido a Erita y su felicidad junto a ella no existiría.

Pero tan cierto como eso era también que si no fuera por su tío la familia de Erita aún viviría y ella, sin ninguna duda, sería más feliz de lo que lo era junto a él.

Se vio entonces ante la ironía de poseer una felicidad que Eumetas de forma involuntaria le había regalado robándosela a Erita, y sintió náuseas.

Aquella noche durmió abrazado a ella, preguntándose quién era esclavo de quién.

Pasaron varios días sin que Kerkios se hiciera a la mar.

A la inquietud de si Afareo desearía acompañarle se sumaba el temor de que no lo hiciera y se quedara a solas con Erita.

Cada vez era más evidente que la presencia de su hermano en la isla le incomodaba.

Una vez se atrevió a decirle que no se acercara a ella. A Afareo le pareció absurdo.

—Es solo una esclava, ¿no? ¿O significa algo más para ti?

—Sí. He visto cómo la miras y no me gusta.

Su hermano respondió con una risa condescendiente y ahí murió la conversación. Desde entonces Afareo dejó de pisar la casa y la aldea.

Kerkios también sabía que tarde o temprano recibiría la visita de Eumetas. Su tío y su hermano habían acordado volver a verse para, esta vez sobrios, concretar la alianza familiar que planearon en estado de embriaguez, y qué mejor lugar para ese encuentro que Kutira.

El día llegó antes de lo que Kerkios esperaba. Cuando Eumetas replegó su vela y se acercó a la orilla de la isla, vio a Afareo en la cubierta de su barco fondeado en la bahía, hablando con los marineros.

—¡Ahí estás, sobrino! —exclamó a gritos desde su nave—. ¿Qué haces a bordo de un barco de Akupitija, por todos los dioses?

Afareo se levantó y se acercó a la regala de estribor. Alargó el brazo a modo de saludo y soltó una carcajada.

—¡Ya te lo expliqué, pero estabas tan bebido que se te habrá borrado de la memoria!

Eumetas echó el ancla junto a la otra embarcación, saltó a su cubierta con una agilidad impensable y ambos se abrazaron con afecto animal.

—En cambio —dijo Eumetas complaciente—, no he olvidado el trato que hicimos y sellamos con ese mismo vino. Y espero que tú tampoco lo hayas olvidado.

—¡Por supuesto que no!

—Bien, pues vayamos a tierra. Estoy deseando volver a ver a Kerkios.

Afareo torció el gesto.

—Es mejor que hablemos en mi barco, Eumetas.

—¿Qué? ¿Por qué? ¿No vive en una aldea más allá de esos árboles? ¿O acaso no está?

—Sí, pero últimamente Kerkios y yo hemos tenido algunas… diferencias.

—¿Diferencias? ¿Con Kerkios? Pues te felicito, porque nunca le he visto enfadado con otra persona que no fuera yo. Aunque hace ya mucho de eso. —Hizo un gesto desdeñoso—. Temo que la vida en esta isla le esté estropeando.

—No sé si está enfadado —trató de suavizar Afareo—, pero desde luego nuestra relación se ha… enfriado.

—¡Para eso estoy yo aquí, para aplicar un poco de calor fraternal a ese enfriamiento! Vamos, guíame hasta Kerkios; lo que tengo que hablar contigo le va a interesar también a él, te lo aseguro.

—Bien, como quieras.

El sol quemaba y Eumetas agradeció las sombras arboladas del sendero.

Este quedó atrás y se vieron las primeras chozas y talleres; a su paso, no pocas cabezas se alzaron para mirarlos; la vestimenta y el cráneo rapado de Afareo ya eran populares en la aldea, no así la llamativa barba y los cabellos de Eumetas, recogidos ambos en sendas trenzas.

Mientras Eumetas caminaba y Afareo hablaba, reconoció algunos de los rostros que clavaban sus ojos en él.

Entonces recordó que aquellos eran los supervivientes de Puro.

Eso era Kerkios, después de todo. Un superviviente. Y él también lo era.

—Aquella es la choza. Y esa mujer de ahí es su esclava.

Erita, como de costumbre, estaba fuera de la casa ocupada con collares, fíbulas y pendientes. Vio venir a los dos hombres y reconoció al instante a Afareo. Luego se quedó helada. Su rostro se petrificó y las manos le empezaron a temblar.

—¡Llama a Kerkios! —dijo Afareo tras detenerse y dando una voz, en lugar de entrar por su propio pie en la casa como había hecho en tantas ocasiones—. ¿Está dentro?

Erita fue incapaz de moverse o hablar, ni siquiera se levantó. Afareo iba a añadir algo cuando la puerta se abrió y apareció Kerkios. Su tono no fue cordial, pero tampoco distante.

—Hola, Afareo. Y hola, Eumetas. No puedo decir que no os esperara.

—¡Un abrazo, Kerkios! —saludó Eumetas, que se había quedado unos pasos por detrás—. Invítanos a pasar; desde que probé tu vino aquella noche no he podido dejar de pensar en venir a verte para saborearlo de nuevo.

Eumetas abrazó a su sobrino y entró; lo siguió Afareo, quien cruzó con su hermano una mirada fría al pasar junto a él. Kerkios cerró la puerta y no advirtió en ningún momento el horror que estremecía el cuerpo de Erita, sentada en el tocón con las cuentas y los hilos.

Eumetas se acomodó en la banqueta junto a la mesa, dijo algunas frases intrascendentes y captó en seguida la tensión del ambiente.

—Bien —se aclaró la voz—, vayamos al asunto. Ya sabéis por qué estoy aquí.

—Os dejaré solos —interrumpió Kerkios mientras servía vino a su tío en un ritón, uno de los que había traído de Melos. Afareo reprimió un comentario al respecto.

—Quédate, Kerkios. Esto también tienes que oírlo tú.

—Eumetas, ya te dije…

—Escúchame al menos, maldita sea. Luego decidirás. Y ponle también un poco de vino a Afareo. ¿Dónde está tu esclava? —se extrañó.