4. KUTIRA Ocho años después del Desastre #7
Desde detrás de las antorchas alguien se fue abriendo paso.
Caminó con parsimonia entre los piratas, como si la tensión del momento le fuera ajena.
Llevaba una especie de gorro de fieltro en la cabeza y un faldellín de cuero negro.
La barba recogida en una trenza le daba un aire distinguido que desentonaba con los rostros malcarados que tenía alrededor.
—Por Posedao y todos los dioses del mar —dijo al llegar a la regala; se apoyó en ella con ambas manos y añadió—: Creí que estabas muerto. Si no, te habría buscado. Se lo debo a tu padre.
Habían pasado varios años, por eso Kerkios tardó un instante en reconocer la voz y los andares del hombre que en el pasado le había enseñado a luchar con la espada y la lanza y también con las manos desnudas; que le cuidó tomando el relevo del ausente Afareo; que le salvó la vida en varias ocasiones y también la puso en peligro en otras tantas; que, según le había dicho de vez en cuando, le quería como si fuera su propio hijo.
Kerkios apretó las mandíbulas y elevó el tono para ser oído:
—Yo también te creía muerto. No le debes nada a mi padre. Si él no está ya entre los vivos es por tu culpa.
—No digas eso, Kerkios. —Aquel hombre pareció rememorar con fugacidad los hechos a los que se refería el mercader—. La situación se desbocó, no pude controlar lo que sucedió.
—Tú provocaste lo que sucedió.
Afareo, testigo mudo de aquel cruce de palabras, miraba a uno y otro sin comprender nada.
El pirata miró a Kerkios con cierta amargura; la alegría por el reencuentro era sincera. Eso debería bastar, pensó.
—La muerte de tu madre le agrió el carácter a tu padre; no dejes que a ti te suceda lo mismo por lo que le pasó a él. —Tragó saliva al ver que Kerkios no contestaba—. Déjame subir a tu barco y darte un abrazo, sobrino.
—¿Sobrino? —preguntó Afareo, que iba de sorpresa en sorpresa—. ¿Es el hermano de tu padre? ¿Eumetas?
—Pues claro que soy su tío. Por mucho que a él le cueste aceptarlo.
Kerkios iba a decir algo, pero Afareo se le adelantó.
—Desde luego que puedes subir. —Ignoró la mirada colérica de su hermano—. ¡Él no es el único sobrino a quien tienes que abrazar!
Tan iguales y tan diferentes. Ambos efusivos, extrovertidos, intensos, vehementes, y además compartían una especial predilección por la violencia; pero en un tiempo en el que había que matar para sobrevivir, este último rasgo no era tan atípico.
Sin embargo, si ante Afareo Kerkios se sentía inseguro y veía menguar la confianza en sí mismo, siempre en un continuo esfuerzo por querer demostrar algo, con Eumetas le sucedía un poco lo contrario: su tío despertaba en él una especie de desilusión por la vida, de indiferencia hacia todo y hacia todos, un desdén que, extrañamente, derivaba en que sus actos estuvieran revestidos de aplomo y convicción.
Entre tales extremos se conformaba la inestable personalidad de Kerkios, la cual había navegado durante años alejada de ambas orillas, construyéndose a sí misma con la única compañía de una mujer a quien él había decidido llamar igual que a la sacerdotisa de la diosa Posedaea.
Reconociéralo o no, Erita suponía su centro, su equilibrio, su tranquilidad.
Era su esclava, pero la función que desempeñaba en su vida iba mucho más allá de la simple servidumbre.
Sin embargo, ahora Afareo y Eumetas, ambos desaparecidos de su vida, habían revivido para recordarle dos cosas: que ellos eran la única familia que le quedaba, y que la tranquilidad no podía durar eternamente.
—De modo que el famoso marino conocido como «el akhaios de Puro», el terror de los mares, a quien los barcos piratas temen abordar porque no solo no obtienen botín sino que además reciben una buena paliza, ¡es mi querido sobrino Kerkios!
En la popa de la embarcación, alumbrados por una lucerna de aceite, Afareo y Eumetas bebían vino especiado de Kutira mientras Kerkios los observaba sin intención de ocultar su descontento.
Estaban a resguardo del frío sentados en la pequeña toldilla junto al timón, cubiertos por unas pieles.
Los dos barcos habían arrojado sus pesadas anclas al mar y fondeado junto a un puñado de islotes montañosos, a solo media jornada de distancia de la isla de Melos.
—No sabía que tenías un apodo. ¿Por qué no me lo dijiste?
—Tampoco yo lo sabía —respondió Kerkios a Afareo sin ningún interés.
—Y yo no sabía que se trataba de ti —dijo Eumetas. Todos somos unos ignorantes. ¡Brindemos por ello! ¿Tú no bebes, Kerkios? No me has dejado darte un abrazo.
Eumetas se puso de pie y envolvió con sus brazos a Kerkios, quien se dejó hacer con evidente molestia.
—¡Posedao! Tu dios tutelar, Kerkios: esta increíble coincidencia ha sido obra suya, no te quepa duda. Hagamos las libaciones correspondientes.
Afareo y Eumetas inclinaron sus copas de cobre y vertieron parte del contenido al mar, y ofrecieron a Kerkios una mirada entre apenada y jocosa. Kerkios suspiró y Afareo aprovechó el momento.
—El pasado ha de quedar atrás, Kerkios, te lo dije una vez. Hay que mirar hacia adelante.
—Oh, por todos los dioses…
Hubo de servirse una copa y hacer la libación, que fue celebrada por los otros dos con aspavientos y vítores.
—¡Estupendo, así me gusta! ¡Bebamos! —gritó Eumetas con entusiasmo, y a continuación dio un trago prolongado a su copa—. Y ahora explícame qué es eso de que tengo un sobrino nuevo. —Señaló a Afareo—. Y cuéntame también dónde has estado metido estos años.
Kerkios permaneció todo el tiempo serio y sin ganas de decir nada, y fue su hermano quien habló por los dos.
Relató su propia historia y también la de Kerkios, al menos la parte que conocía por habérsela contado él mismo no hacía tanto tiempo.
A continuación, Eumetas les explicó qué había sido de él desde el desastre de Puro sin entretenerse demasiado en los detalles.
—En lo básico me dedico a lo mismo que me he dedicado casi toda mi vida, pero ahora lo hago sin bajarme del barco y me quedo con todo el beneficio.
—Visto así parece que has salido ganando, ¿no?
Nuevas risas llenaron la popa. Kerkios estuvo tentado de alejarse de allí y unirse a su tripulación, cuyos miembros descansaban echados sobre la cubierta tratando de dormir pese al alboroto.
—Así que Ikywš el Akaywash, ¿eh? Me caes bien, Afareo; lástima no habernos conocido antes. —Eumetas alzó la copa por encima de su gorro de fieltro y se puso de pie—. El cielo cuajado de estrellas es testigo del reencuentro de un tío con sus dos sobrinos. ¡Brindemos por ello!
Se le notaba ya ebrio hasta el extremo de estar a punto de perder el equilibrio y caer por la borda.
—La culpa es de tu vino —le susurró Afareo a Kerkios—: es demasiado fuerte.
—Te perdono el abordaje, querido sobrino Kerkios. No desvalijaré tu barco. Es más: me encantaría que te unieras a mí. En recuerdo de los viejos tiempos.
—En los viejos tiempos nunca hemos sido piratas —respondió con acritud—. No, gracias; estoy bien como estoy.
—¿Que estás bien? —Eumetas se sentó con dificultad y adoptó una inverosímil pose de seriedad—.
Déjame que me haga una idea del trabajo al que te dedicas: cambias vino y aceite de Kutira por grano en Kaptara o en Gubla, llevas ese grano a Akhaia y te ofrecen por él cerámicas, rejas de arado, pesas para telares, espadas de bronce quizá; vas con esas cerámicas y esos bronces al sur, a Labu o a Akupitija, y a cambio te dan por todo ello especias aromáticas, tejidos de colores vivos y, con suerte, artículos exóticos: pieles punteadas como la de Afareo, colmillos de elefante, cáscaras de huevo de avestruz…
A tu regreso traes todo eso y lo dispersas por las islas, y vuelves a obtener a cambio las mismas cerámicas y el mismo aceite del principio. Y vuelta a empezar. ¿Me olvido de algo?
—Cuentas y abalorios para las mujeres —puntualizó Afareo con sorna.
—Es lo que he elegido, Eumetas. No me interesa tomar la espada y seguir haciendo lo que tú me enseñaste, a menos que sea para defenderme.
—¡Es que de eso se trata, Kerkios, de defenderte!
Defenderte de esta vida que llevas. Es posible que te guste trapichear con las telas y los trípodes de bronce como un comerciante y regatear precios en los mercados, pero tú no eres un mercader.
Eres un guerrero, y de los mejores: yo te vi mil veces en el campo de batalla y nadie podía hacerte sombra.
Cualquiera que te hubiera conocido entonces sabría que has nacido para eso.
Eres mi sobrino y tengo el deber de decírtelo: la vida de mercader acabará contigo, te está consumiendo. Lo presiento, lo sé.
—Hace años que no nos vemos, no entiendo cómo puedes presentir nada acerca de mí.
—¿Comercias al menos con otros metales más valiosos?
El bronce está bien, pero ¿qué me dices del cobre?
¿Y el estaño? Si manejaras cargamentos de estaño me callaría.
Y sé por experiencia que en las tierras del norte fabrican unas espadas estupendas con un metal nuevo, mucho más resistente que el bronce. ¿Estás metido en ese negocio?
—No.
—Al menos dime que por tus manos pasan objetos de oro y plata.
—Estás borracho.
—Y los borrachos siempre dicen la verdad. Kerkios, acabarás por darme la razón.
—A mí no me importaría aliarme contigo, tío Eumetas —dijo un risueño Afareo—. También estoy borracho, así que no puedo ser más sincero.
—¡Pues unámonos! ¡Y unamos también nuestras copas!
Los dos se pusieron de pie para entrechocar sus recipientes vacíos en un grotesco brindis, y en el impulso tropezaron y cayeron rodando por la cubierta con evidente disgusto para los que estaban estirados tratando de dormir. Kerkios no supo si reír o llorar.