Fuego y bronce 4. KUTIRA Ocho años después del Desastre #6
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4. KUTIRA Ocho años después del Desastre #6

Para que el viaje no fuera en balde, también llevaba otros productos más comunes y de mercado fácil, todos ellos manufacturados en Kutira: abalorios elaborados por Erita, mantos y pharwos tejidos en un telar de la isla y teñidos de colores ocres por bataneros akhaios , y una treintena de ánforas de aceite aromático y resina de terebinto procedente de Karkemiš, que Kerkios pudo salvar de los almacenes de su padre en Puro y que dosificaba en sus viajes como si fuera un bien más valioso que el oro.

Los estibadores habían colocado la carga en la bodega y cubierto las cajas y las ánforas con mantos, sogas y paja para amortiguar las sacudidas del oleaje; los remeros bogaban con brío, el tiempo era bueno y los vientos los esperados.

Todo estaba en orden y transcurría según lo acostumbrado; pero Kerkios estaba nervioso como no lo había estado en años.

Porque a pesar de la normalidad general, había un detalle que hacía diferente este viaje.

La persona que siempre se aseguraba de que el barco siguiera el rumbo correcto se había quedado en tierra y su lugar en el timón lo ocupaba otro hombre.

Eso intranquilizaba a Kerkios. Cada cierto tiempo repasaba las tablillas de cera donde se anotaba el registro de la carga, comprobaba las jarcias, observaba la posición del sol, repasaba el rumbo.

No podía evitar sentir una extrema tensión provocada por el hecho de tener a bordo a Afareo.

La idea había sido de Kerkios. Una necesidad de justificarse ante su hermano, mezclado con el deseo de mantenerle alejado de Erita –le desagradaban sus continuas insinuaciones y era consciente de la incomodidad que la presencia de Afareo le producía a ella, quien no necesitaba expresarla con palabras–, habían hecho que Kerkios propusiera a su hermano viajar con él.

Y este no solo aceptó sino que se postuló como experto timonel e insistió en guiar la embarcación.

—¡Remad con fuerza! ¡Que el mar sienta cómo rasgáis sus aguas! ¡Vamos, marineros de Kutira, demostrad que sois hombres!

—Hermano, los remeros no necesitan que…

—¡Claro que sí! Si hay un destino que alcanzar, tardar cuatro días cuando pueden ser tres es desidia. El mar es tu amigo, pero un amigo peligroso; cuanto menos tiempo pases en él, mejor. Y eso depende del esfuerzo que inviertan todos ellos en mover los remos. Grábate eso en la mente.

—Afareo, ya no tengo diez años. Hace mucho que mi vida es el mar. Te aseguro que…

—Yo aprendí a navegar con ocho años y poco después, cuando tú aún gateabas, tu padre me hizo responsable de sus barcos. Alguna lección podré darte todavía.

La enorme sonrisa y el modo casi despreocupado de hablar de Afareo no suavizaron la degradación que sintió Kerkios. Pensó que quizá de niño no había sido capaz de ver rasgos en el carácter de su hermano que ahora sí percibía. Y que no le agradaban en absoluto.

Por la tarde sopló viento a favor. Liberaron la vela cuadrada de los brioles, la extendieron y la ataron con cabos, y los remeros pudieron al fin tomarse un respiro. Afareo, sentado con el brazo derecho en torno al timón, oteaba el horizonte.

—Estuve una vez en Melos; entonces no había allí más que cuatro casas y un altar a Posedao.

Tiene una hermosa bahía, lo reconozco, pero poco más.

Allí vi por primera vez tallar cuentas de collares y figuras pequeñas de un tipo de piedra negra brillante llamada obsidiana, que obtenían en las montañas de la propia isla.

Y puedo jactarme de haber sido el primero en llevar ese material a Akupitija, donde aprendieron a valorarlo mucho más que en Melos.

No te quepa duda de que a raíz del éxito de la obsidiana esa isla se ha convertido en lo que es ahora.

Kerkios le brindó una media sonrisa. Dos décadas atrás el comentario de Afareo le habría causado admiración y orgullo, pero ahora le parecía jactancioso y rebosante de presunción. Sin duda algo había cambiado, y con toda probabilidad el cambio consistía en que él ya no era el niño ingenuo que fue.

Aún había claridad en el cielo, pero el sol pronto sería tragado por el inmenso mar.

La vela estaba de nuevo recogida en la botavara y los remeros resoplaban cansados después de un día entero bogando.

Kerkios tenía la vista puesta en el horizonte hacía tiempo, como si evitara posarla en cubierta.

Después de años viviendo por sí mismo, habían bastado unos días de convivencia con Afareo para que emergieran sus profundas carencias.

Pero no lograba decidir si tal cosa era buena o mala.

Tal vez no se trataba de carencias; tal vez fuera simplemente que Afareo y Kerkios eran dos personas con opiniones y caracteres muy diferentes.

Una diferencia de carácter con alguien nunca le había supuesto a Kerkios una preocupación; el problema surgía porque Afareo era su hermano y Kerkios le apreciaba.

O quizá lo que apreciaba era su recuerdo, pero no el Afareo real que tenía ahora delante.

Ensimismado en estos pensamientos, divisó una mancha oscura en el mar, visible gracias al largo reflejo del sol sobre las aguas.

La mancha no tardó en adoptar la forma de una vela negra.

—Son de los nuestros —dijo Afareo desde el timón—. Akhaios . Y su barco es más ligero que el tuyo.

—Sí, son de los nuestros. Pero si nos alcanzan nos robarán el cargamento.

Afareo miró confundido a Kerkios y de nuevo a la nave, que acababa de enfilar la proa hacia su posición.

—Así que son piratas. ¡Entonces aprovecha el viento! ¡Extiende de nuevo la vela! La brisa, por suave que sea, descargará de esfuerzo a los remeros.

—No huiremos. Los esperaremos.

Afareo, boquiabierto, esbozó una sonrisa de sorpresa. Luego preguntó:

—¿Tienen armas tus hombres?

—Mis hombres siempre tienen armas.

Hizo una señal a uno de ellos, que corrió a la bodega. Al poco apareció con un manto grueso enrollado; lo extendió sobre la cubierta y toda la tripulación se apresuró a coger las espadas, puñales, hachas y escudos que quedaron a la vista. Kerkios tomó una espada y le dio otra a Afareo.

—Los mercaderes no suelen ofrecer resistencia a los piratas —añadió—, no son gente violenta sino pacífica, y prefieren perder la mercancía antes que la vida.

No conozco a ninguno que les haga frente.

Y los piratas lo saben. Yo sí les planto cara: nunca he dejado que se queden con mi cargamento sin luchar.

Los piratas también saben eso. Y de momento me he salido con la mía. A mí no me sucederá lo que a ti.

Dijo la última frase como un latigazo que no provocó sino que Afareo sonriera más.

—Vaya, hermanito... Cuánto me alegra oírte hablar así. —Se giró a la tripulación—: ¡Acabemos con esas sanguijuelas marinas! ¡No dejéis ni una sin rajarle la tripa y escupirle en las entrañas!

—No, Afareo; no quiero un baño de sangre. Bastará con que nos dejen tranquilos.

Afareo calló, extrañado una vez más. Esa no era su tripulación, así que a regañadientes hubo de respetar la decisión de Kerkios.

Entretanto, el sol ya besaba el mar sobre el horizonte y pronto la oscuridad sería total.

La nave perseguidora había recortado casi toda la distancia que los separaba.

Él sabía que muchos piratas preferían llevar a cabo sus abordajes amparándose en la noche cerrada, para sorprender a los incautos que se arriesgaban a dejar sus naves en medio del mar en lugar de buscar el refugio de una cala.

La maniobra de aquel barco le había sorprendido porque aún había algo de claridad: o tenían ansia de botín, o su capitán no era muy ducho en las artes piráticas.

Los piratas se acercaron por babor. Varias antorchas brillaban en la cubierta, y con su luz Kerkios vio el destello de las armas al tiempo que un griterío de voces y el estridente sonido de metales chocando entre sí llegaron a sus oídos.

En su embarcación contaba con veinte remeros y cinco hombres de tripulación, además de Afareo; la nave asaltante no podía tener a bordo mucha más gente, dada su corta eslora y escaso calado.

—Gritan para asustarnos. Eso es buena señal —le dijo Afareo.

—Lo sé.

Las bordas de los barcos estaban ya muy cerca una de otra.

Vieron cabos y garfios, y Kerkios intuyó que de un momento a otro iba a producirse el abordaje.

Ordenó casi en un susurro que estibaran los remos de babor; no quería que se quebraran si los cascos colisionaban.

Y luego habló a sus hombres. Sin gritos, con voz firme y segura.

—Nos temen, por eso hacen ruido: quieren aparentar que son más numerosos y temibles de lo que en realidad son.

No perdáis tiempo cortando los cabos cuando los lancen, dejad que lo hagan.

Formad una línea frente a la borda y asegurad la estocada.

Sabéis luchar, estáis preparados, ya lo habéis hecho otras veces; confío en vosotros.

Dos garfios volaron y se engancharon en la regala de proa. Les siguieron tres más y las dos naves quedaron unidas, de modo que si Kerkios hubiera huido habría arrastrado consigo al otro barco. Pero Kerkios estaba lejos de querer huir.

De pronto el alboroto en la cubierta del barco cesó.

Asomaron por la borda rostros siniestros y torvas figuras sosteniendo antorchas y armas, observando con rabia contenida a los hombres de Kerkios.

Nadie se movía: los piratas permanecían de espectadores como si su simple mirada bastara para tener éxito en el abordaje.

Tan solo se movían las dos naves, meciéndose a la par con la suave agitación de las aguas, como si estuvieran bailando agarradas la una a la otra.

—No nos abordan —murmuró Afareo.

—Esperan la orden —explicó Kerkios—. Pero la clave de un abordaje es la sorpresa, la rapidez. No entiendo qué pasa. Jamás había visto…