Fuego y bronce 4. KUTIRA Ocho años después del Desastre #5
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4. KUTIRA Ocho años después del Desastre #5

»En vez de matarnos, a muchos nos integraron en su ejército en batallones de mercenarios.

Fue una gran suerte, a fin de cuentas era en lo único que teníamos destreza.

Otros regresaron: buenos amigos que lograron hacerse a la mar y buscar su sustento de otra manera, a través de la piratería.

Si le es posible, cada uno elige su destino en este mundo miserable, ¿quién podría reprochárselo?

A mí y a quinientos más nos acantonaron en un m’ga ţ ir , una de las fortalezas que el rey labu había querido evitar en su invasión, situada en una ciudad costera que ellos llamaban Ammonia en honor a uno de sus dioses.

Al llegar nos pusieron cascos con cuernos y una borla en medio con forma de disco aplanado, y nos dieron escudos redondos y armas; así que dedujimos que nos estaban convirtiendo en soldados.

Fue extraño que nos dieran ese poder, pues en el fondo éramos prisioneros de guerra.

Supongo que pensaron que la confianza depositada en nosotros era suficiente para garantizar nuestra fidelidad.

Allí los kemetyu , los habitantes del país, nos llamaban šrdn , seguramente porque la mayoría provenía de algún lugar cuyo nombre se pronunciaba así.

Pero mi origen y el de muchos más era distinto, y por eso a nosotros también nos decían ikywš , «los del otro lado del mar».

»Y así es como pasamos a ser soldados de frontera a sueldo del faraón.

La vida en el m’ga ţ ir de Ammonia duró un tiempo; luego nos trasladaron.

A algunos los llevaron a lugares del interior, pero a mí me enviaron al este del delta, a un territorio que se conocía como el Camino de Horus.

Luego supe que ese nombre hace alusión a una serie de fortificaciones repartidas por toda la región de K Ꜣ n›n› , y que a mí me habían destinado a la más infame de todas: Tjaru, situada en una zona llamada Ta-Denit, en la parte más occidental del Camino de Horus, en una ciudad fronteriza ante la cual se extiende un inmenso desierto donde ni los lagartos asoman la cola.

Un lugar extraño, Tjaru: allí adoran a ese dios suyo, Horus, que tiene forma de león y cabeza y alas de pájaro.

Esa fortaleza es el primer bastión que protege Akupitija de ataques de los ḫ abiru , unas bandas de nómadas del desierto que de vez en cuando se acercaban y con quienes poníamos a prueba nuestra puntería.

Kerkios escuchaba embelesado el relato de Afareo. Al caldo le siguió una copa de vino que él mismo se ocupó de servir, y con ella en la mano Afareo se animó a seguir hablando:

—Aunque tú y yo lo llamamos Akupitija, su auténtico nombre es Kmt .

La primera palabra que aprendí en la lengua de los kemetyu fue sksk : destruir.

La segunda fueron varias juntas: el nombre del faraón.

Supe que me habían convertido en súbdito de Ba-en-R ā Mer-en-Ptah Hetep-her-ma ā t , que quiere decir algo así como «Querido por R ā , Amado por Ptah, Jubilosa es la verdad», pero en nuestra lengua le llamamos simplemente Merneptah.

Y a eso me dediqué: a honrar al faraón y a destruir en su nombre.

Me enseñaron a recitar «mi faraón es la llama, el fuego de la victoria».

Y el fuerte de Ammonia se convirtió en mi hogar, aunque de vez en cuando nos sacaban a recorrer el país: para combatir a los enemigos m ḏ Ꜣ y que viven al sur de Akupitija, hombres de tez negra como la noche y brillante como el reflejo del sol en el mar; también me llevaron al oeste y me enfrentaron de nuevo a los rebeldes ḫ abiru que vivían al este del delta, en el territorio de K Ꜣ n›n› ; y también a combatir contra los pueblos de Ysrj Ꜣ r , y otros muchos que ya he olvidado.

»Akupitija es un país hermoso, Kerkios. Algún día volveré.

Ellos lo llaman T Ꜣ -mr ἰ , que quiere decir «tierra amada».

Hay un río ancho y caudaloso que lo atraviesa de norte a sur, Iteru , el Gran Río, que al llegar al mar se abre en el Gran Delta.

Y al mar lo llaman ‘Wadj wer , Gran Verde.

Como ves, allí todo es grande. Vi construcciones colosales, gigantescas, cuadradas en su base y acabadas en punta, tan altas que parecían tocar el sol.

Por lo visto, eran tumbas de reyes. Estatuas de piedra descomunales, templos labrados en la pura roca y otros de paredes tan imponentes y tan largas como no he visto jamás, y con la superficie totalmente cubierta de inscripciones cinceladas sobre los muros.

Te digo, Kerkios, que allí todo es grandioso.

Menos el desierto. El desierto no es grandioso: es infinito.

Antes de dejarse vencer por el sueño, Afareo aún contó aquella noche más historias de su paso por el país del Gran Río.

Kerkios quiso ofrecerle más de ese vino elaborado en la propia isla de Kutira, especial para soltar lenguas y alegrar espíritus.

Pero su hermano declinó la invitación, como también rechazó la de quedarse a dormir en su choza.

En realidad ambos estaban agotados después de varios días de navegación y lo único que les mantenía despiertos era la emoción del reencuentro.

Una vez apagada esa chispa, el peso del cansancio se impuso.

—Debo volver al barco, mis hombres se estarán preguntando qué ha sido de mí. Pero vuélvemelo a proponer mañana y no te diré que no.

En los días siguientes ambos se pusieron al tanto de sus vidas en las dos décadas que llevaban sin verse.

Afareo le contó más aventuras como mercenario de los kemetyu , una tarea con la que al parecer había disfrutado mucho.

Pero no le reveló la razón por la que dejó una vida tan grata y decidió fletar un barco y una tripulación y volver a su tierra de Akhaia.

—Me cansé de aquello —dijo con sencillez.

Por su parte, Kerkios le explicó a Afareo su paso por el ejército de Puro y dedicó especial empeño en recalcar su destreza como guerrero, pues ya había percibido que a ojos de Afareo ese era un rasgo apreciable, valoración que él no compartía en absoluto.

Casi no le dio detalles acerca de su vida como marino mercader, después de haber oído el desprecio que sentía Afareo por esa profesión.

Profesión la cual le había permitido a Kerkios visitar lugares como, por ejemplo, Ammonia, cuyo fortín había constituido el hogar de Afareo quizá en los mismos días en que él recorría las calles de aquella ciudad portuaria.

Una cosa era cierta: a semejanza de su hermano, Kerkios no había poseído en ese tiempo nada que pudiera llamar hogar.

En su fuero interno se veía a sí mismo como un navegante sin patria, una especie de nómada del mar, pues aunque tenía techo y lecho en Kutira, no consideraba la isla más que un lugar donde comer y dormir.

Su auténtico hogar había sido pasto del fuego y la destrucción y no lo recuperaría jamás.

Le contó en detalle a Afareo la caída de la ciudad de Puro, y también la traición de su tío Eumetas al wannax Nesti ā n ō r, la cual a la postre supuso la ruina para todos.

—Nunca coincidí con el hermano de nuestro padre. ¿Vive aún?

—No lo sé —respondió desabrido Kerkios—. No he vuelto a verle desde la caída de Puro. Me dijeron que desapareció en la migración de los supervivientes del desastre.

Afareo se convirtió en asiduo de la choza de su hermano y a menudo dormía allí para ahorrarse las incomodidades del barco.

También con frecuencia Kerkios se ausentaba días enteros a causa de su ocupación.

Su esclava Erita tenía miedo de Afareo y odiaba cuando Kerkios se iba; pasaba los días temiendo que su hermano se presentara y se quedara a comer su comida y beber su vino.

Y a no quitarle los ojos de encima mientras ella tejía mantos o enhebraba cuentas.

Erita había asumido que ser la sirvienta de Kerkios era su destino y, en una mezcla de resignación y aprobación, había decidido aceptarlo de buen grado.

Kerkios y Erita tenían más o menos la misma edad, unos treinta años, y llevaban ocho juntos.

Él la trataba con respeto y amabilidad y ella acataba sus órdenes sin muestras de rebeldía.

Consciente de que de su hogar y su ciudad solo quedaban cenizas, y habiendo visto morir a sus seres queridos, se tragó el dolor y comprendió pronto que su suerte podría haber sido mucho peor y que si seguía con vida era gracias a Kerkios.

Lejos de ser un carcelero, él se había convertido en cierto modo en su protector.

Por eso la aparición de Afareo era peligrosa: al margen de que su presencia la perturbara, Erita vio en seguida que suponía una influencia nociva para Kerkios.

Nadie se había inmiscuido nunca en ese particular vínculo existente entre ellos, un vínculo que contenía muchos más matices que una simple relación entre amo y esclava.

Pero ahora ella temía que Afareo alterara la situación de equilibrio existente.

Y temía también que Afareo algún día decidiera ir más allá del incómodo juego de miradas y palabras.

En alguna ocasión Kerkios le había preguntado a Afareo si pensaba establecerse en la isla o de nuevo «se cansaría de estar allí» y buscaría otros horizontes.

Él afirmaba no saberlo aún y añadía que se sentía a gusto donde estaba. Y al decirlo miraba a Erita y sonreía.

Navegantes y mercaderes solían acudir a Melos, al noreste de Kutira, como punto de encuentro para intercambiar mercancías y hacer negocios con sus productos.

La pequeña isla se encontraba a cuatro días de navegación y Kerkios se había hecho a la mar hacía tres.

El cauto Kerkios solo tenía intención de tantear el terreno y había cargado en la bodega artículos cuyo valor en las regiones meridionales era escaso, pero que quizá en aguas norteñas gozaran de una cotización más elevada: escarabeos, lucernas de aceite, sellos cilíndricos, caparazones de tortuga, conchas marinas…