Fuego y bronce 4. KUTIRA Ocho años después del Desastre #4
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4. KUTIRA Ocho años después del Desastre #4

—Aún no lo entiendes, ¿verdad, Kerkios? Yo era muy joven y ya me ocupaba de los negocios de Alksoitas.

Y él me acusó de robarle. No podía ir a ningún lugar donde me conocieran porque nadie habría querido acercarse a un jovenzuelo con fama de ladrón.

Había de buscar un rincón en el que yo no fuera nadie y empezar una nueva vida. Igual que hizo tu esclava.

Señaló levemente a Erita y le lanzó una mirada que volvió a incomodarla. ¿Acaso pensaba que ella había tenido elección para escoger su destino?

—Tenemos en común muchas cosas esa mujer y yo, ¿te das cuenta? Así que puse rumbo al único sitio de este ancho mar donde nuestro padre jamás compró ni vendió nada.

—¿Y te hiciste mercenario?

—¿Por qué no? Estaba harto de ser mercader.

Es una vida en la que si quieres triunfar debes ser un experto en el fingimiento, en hacer trampas mejor que los demás, en embaucar, en camelar a quien podría adquirir tu mercancía.

Me gustó durante un tiempo, supongo que mientras duró la confianza que depositó Alksoitas en mí.

Cuando esta desapareció dejó de agradarme.

Descubrí que, por muy hábil que seas comerciando, si el aval para que los demás te tengan en cuenta no depende de tus méritos sino de la palabra de otra persona, en el fondo no vales nada.

Y decidí ser yo mi propio aval. Te aseguro que en el campo de batalla tu suerte no depende de lo que otros digan de ti, sino de tu propia destreza, de ser más hábil con la espada que el enemigo que tienes delante.

Tu éxito y tu fracaso, la vida y la muerte, dependen de ti y de nadie más.

Ganarás o perderás en la lucha, pero lo que vales lo habrás marcado tú. Tú eres quien manda.

Kerkios reflexionó. No se ofendió cuando Afareo menospreció el oficio de mercader, al cual se dedicaba desde la caída de Puro.

Pero él consideraba que sí mandaba en su vida.

Tampoco mencionó que conocía bien la sensación de enfrentarse a las flechas y las espadas del enemigo, el sabor de la sangre, la cercanía de la muerte. Y lo detestaba.

—Como mercenario —siguió hablando su hermano— he tenido una buena vida, te lo aseguro, aunque los comienzos fueron duros. Han pasado ya muchos años, pero te explicaré el recibimiento que tuve apenas desembarcar en Labu . Si no estás demasiado cansado, claro.

—Estoy deseando escucharte, Afareo.

Comenzó el relato con su arribada a las ardientes playas de Labu y su alistamiento como mercenario en el ejército de Meryre, un rey de piel tostada por el sol capaz de matar un leopardo con sus propias manos y vestirse con su pellejo.

No fue él el único venido «del otro lado del mar»: a lo largo de la costa habían ido varando desde muchos meses atrás embarcaciones provenientes de mil sitios distintos.

Oleadas de inconscientes que llegaban impulsados por el deseo de establecerse en aquellas tierras, esperando encontrar una especie de edén paradisíaco.

—Hombres confiados en hallar algo mejor que lo que dejaban atrás; y también familias enteras que no tenían ni idea de dónde se estaban metiendo.

Yo, la verdad, tampoco lo sabía, pero siempre me las he sabido arreglar.

—Afareo sorbió el caldo—. Todo lo que hay allí es arena, Kerkios; arena y tierra seca y dura como el fondo de una vasija.

—¿Y por qué todos ellos fueron a Labu ? Es difícil de entender.

—¿Difícil? Mírate a ti mismo, Kerkios: estás solo, perdiste tu hogar, tu mundo se vino abajo y has tenido que espabilarte.

Y lo has hecho a tu manera, valiéndote de los medios que tenías: los barcos de tu padre.

Esa gente lo hizo a la suya, teniendo fe en encontrar tierras fértiles en aquel lugar.

Se equivocaron, pero al menos lo intentaron.

Y en realidad no todos fueron allí con el propósito de arar la tierra y sembrar cebada.

Ya te he dicho que mi intención era ganarme la vida con la espada.

Yo no lo supe hasta entonces y lo consideré una feliz coincidencia: los labu se estaban preparando para invadir el reino vecino.

Al parecer el rey Meryre barruntaba desde hacía tiempo ocupar las tierras de Akupitija al oeste del delta.

¿Por qué? El hambre que asolaba su pueblo, la pobreza, la necesidad de pastos…

Esa región del Gran Delta es fértil como no te puedes imaginar, Kerkios.

Y en Labu no hay más que áridas llanuras.

Me dijeron que tenían previsto comenzar el avance en menos de un mes. Aparecí en el momento indicado.

»De modo que acababa de llegar y ya me habían puesto un escudo en el brazo y una espada en la mano.

Cientos, quizá miles de hombres pasamos a engrosar las unidades de infantería mercenaria del ejército de los labu .

Nos dijeron que seríamos la fuerza de apoyo de sus carros.

No hacía falta adiestramiento especial: solo era preciso saber correr y tener cierta destreza con la espada.

Nuestra misión en combate sería abatir los tripulantes de los carros enemigos, esa era la consigna, no existía más estrategia ni plan de ataque, así que puedes imaginarte la desorganización que reinaba allí.

Luego descubrí varias cosas que me gustaron aún menos, pero ya fue tarde y en el fondo tampoco me importó, al fin y al cabo.

Yo debía de tener unos veinte años y me creía capaz de todo.

Nuestra tarea era la más peligrosa y la que se pagaba peor.

Los propios labu la evitaban por los riesgos que entrañaba: quienes corren junto a los carros en una batalla están siempre en el ojo del huracán, han de ser rápidos, no pueden dejar de moverse para evitar ser embestidos por los vehículos rivales o por los suyos propios.

Se encuentran cercados, rodeados de caballos aterrorizados que los pisotearán, carros que los arrollarán, ruedas que triturarán sus huesos…

Eso sin contar con las flechas y las jabalinas del enemigo, a quien le será más fácil abatir a un hombre a pie, acorralado y sin ningún tipo de coraza especial, que al que está subido a un carro y se desplaza al galope embutido en una armadura recubierta de escamas de bronce.

»Pero lo más gracioso no lo descubrí hasta llegar al terreno de combate: salvo el que él mismo tripulaba, Meryre no tenía ningún maldito carro en su ejército.

¿Cómo iba a tenerlo? ¿Sabes lo que cuesta mantener un batallón de esos vehículos?

Para empezar, se precisan madera y carpinteros que los construyan, y en Labu no existe ni lo uno ni lo otro.

Puedes comprarlos, claro, pero calcula unos seiscientos siclos por cada vehículo y trescientos más por la pareja de caballos.

Y ya te he dicho que el país es pobre, muy pobre.

La idea de Meryre era, sencillamente, enfrentarnos a pie contra las unidades de carros del enemigo para tratar de desmantelarlas.

Tenía todo el aspecto de llevarnos directos a una carnicería, ¿verdad?

Pues más o menos eso fue lo que sucedió.

»Y sin embargo, el rey labu no estaba improvisando.

Yo, claro está, no tenía por qué saberlo, pero todo había sido planificado y coordinado.

Y no me refiero a la ausencia de vehículos, por supuesto: hablo del modo en que se realizó la invasión.

Según me contaron los mercenarios más veteranos, akhaios que ya llevaban años en las filas del ejército, en las tierras de Akupitija fronterizas con Labu existían numerosos fuertes construidos por el padre del rey, el gran per- ʿ ō de Akupitija, el faraón, como lo llaman.

Por lo visto la amenaza de los labu de invadir el delta venía de tiempo atrás.

Meryre había planeado evitar esas fortalezas y penetrar en el país vecino por el sur, para de paso intentar controlar la ruta de los oasis y cortar los suministros del faraón.

»En fin, no te aburriré con los detalles, que además he olvidado ya.

La cuestión fue que nos enfrentamos a los guerreros del faraón en una llanura; el ejército de Meryre estaba formado por unos quince mil hombres, pero el del faraón era más numeroso, estoy seguro.

La batalla fue larga y dura, y estuvimos a merced de sus carros de principio a fin.

El resultado, como puedes imaginar, fue un desastre total.

Hubo miles de muertos en nuestro bando, y aunque los mayores riesgos los asumimos las fuerzas mercenarias, la inmensa mayoría de los caídos fueron labu .

Los hombres del faraón se ensañaron con ellos, supongo, o estaban peor preparados para la lucha, quién sabe.

A los muertos les cortaban las manos y las echaban en grandes cestos de mimbre, y luego hacían recuento.

Y si el caído era un labu , le amputaban el miembro viril.

Esa es su costumbre. En aquel momento el pueblo de Akupitija me pareció el más salvaje y cruel que podía existir.

Luego me enteré de que habían capturado a Meryre y toda su familia.

Nunca supimos qué tipo de muerte les reservaron.

»En cambio, a los extranjeros prefirieron hacernos prisioneros: nuestro destino no estaba relacionado con perder la vida, al menos de modo inmediato.

Nos metieron como a borregos en una especie de aprisco a la intemperie, bajo un calor sofocante, atados con los codos a la espalda y sin espacio para sentarnos.

Éramos miles y de procedencias variopintas.

Había hombres extraños: rk , šrdn , ikywš škl , trš …

así nos llamaban en su lengua, que con el tiempo aprendí y llevo hablando desde hace veinte años.

Impronunciable, ¿verdad? Había gente de las islas occidentales, de Lukk ā , de Mukiš, Akhaia, Mira, Kizzuwatna, Alašiya, Kaptara, Miratija, Toroja…

He viajado mucho y he estado en multitud de lugares, pero jamás he visto tal variedad de nacionalidades juntas como entonces.