4. KUTIRA Ocho años después del Desastre #3
La travesía había sido fatigosa: tres días de mar encrespado y vientos de cara.
La visión de la vela arriada y sujeta en la botavara le solía poner nervioso: los dioses no le estaban prestando atención, pensaba.
Posedao no le mandaba vientos favorables, no velaba por él.
Eso no era buen presagio. El timonel se malhumoraba a causa del trabajo continuado, los remeros multiplicaban esfuerzos y él se impacientaba por llegar cuanto antes a puerto.
Así había sido el viaje, un viaje para olvidar.
El atardecer estaba próximo. Kerkios volvía de hacer negocios en Kudonija, una pequeña ciudad comercial de la isla de Kaptara habitada por akhaios que vivían allí desde que sus padres y abuelos se instalaron varias décadas atrás.
En esa isla obtenía productos que luego podía vender al otro lado del mar: metales como el oro o la plata, cuentas de lapislázuli, cerámicas mejor trabajadas que las fabricadas en su pequeña aldea de Kutira.
.. A cambio ofrecía ánforas repletas de excelente vino y también aceite aromático; si algún bien poseía la isla era un terreno tan fértil como el de un vergel, donde las vides y los olivos crecían fuertes y sanos.
No le merecía la pena mercadear con el grano que abundaba generoso en los campos de Kutira, porque la llanura de Kudonija era pródiga en cereales, pero sí con algunas especies de frutos secos y con miel.
Sin embargo, todo el cargamento se había estropeado a causa del agua, que había penetrado hasta la bodega en uno de los vaivenes de la travesía y había estado empapando los fardos durante tres días.
Además, regresaba con la mitad del cargamento de vino, aceite y vasijas; en esta ocasión no había encontrado mercado para esos productos. Otra nota negativa de un viaje nefasto.
Fondeó como de costumbre junto a sus otros barcos.
No hubo de esforzarse en ver a poca distancia una embarcación alargada, ancha y casi sin quilla, más apta para las aguas fluviales que para las marinas.
Tenía aspecto de haber sido fabricada en los talleres de barcos de las tierras del Gran Delta.
—«Llamar astilleros a esos lugares donde se construían embarcaciones de agua dulce sería demasiado generoso», pensaba Kerkios—.
No era algo insólito, pero sí poco habitual recibir visitas de comerciantes de Akupitija; normalmente era Kerkios quien se desplazaba hasta allí para ofrecer sus mercancías.
Dejó a la tripulación estibando la carga y caminó hacia la aldea; la cruzó con la mente espesa y mirando sus propios pasos. Al llegar a su choza entró y arrojó con desdén a un rincón los aparejos que llevaba en la mano.
—¡Erita! —La llamó un momento antes de verla, el tiempo que precisó para posponer su contingente enojo y adoptar una actitud más amable; la mujer estaba agachada junto a un trípode humeante, preparando un caldo de pescado—. Te dije que volvería en siete días y aquí estoy. Y más me habría valido no…
Ella se irguió y le miró sin soltar el cucharón de madera que tenía en la mano, y al instante desvió los ojos hacia algo que se movía detrás de él. Kerkios tardó apenas un parpadeo en notarlo. Se llevó la mano al puñal del ceñidor y se giró con la rapidez de un animal enjaulado.
—Alto, alto, ¿así saludas a quien te quiere bien? —dijo el intruso, mostrando las palmas de sus manos vacías y con una gran sonrisa pintada en la cara.
Kerkios no bajó el arma. Tuvo que fijarse bien para reconocerlo: el rostro oscurecido por el sol, ni un solo cabello en la cabeza y vestido con una piel de pelaje claro y manchas oscuras. Tenía todo el aspecto de un salvaje, pero era él.
—¡Afareo! ¡Por Diwuniso y Posedao! ¡Afareo! ¿Cómo es posible?
Los hombres se abrazaron con efusividad; Afareo reía y Kerkios repetía su nombre entre muestras incontenibles de alegría. El reencuentro con su hermano era algo que alguna vez había ocupado sus sueños, pero jamás lo creyó posible. La emoción le venció y no pudo reprimir alguna lágrima.
—¡Ha pasado mucho tiempo, querido Kerkios! Pero vamos, contrólate. Entre las cosas que te enseñé, no recuerdo que estuviera el llorar como una mujer.
—¿Dónde has estado todos estos años? ¡Por la Potnia, me has arreglado el día funesto que estaba teniendo!
—Hay mucho que contar. Yo a ti y supongo que tú a mí también. Maldita sea, si eras un crío cuando me fui y mira cómo has crecido. ¡Estás hecho un hombre!
La emoción acabó por apaciguarse y hubo un silencioso momento de plácida felicidad.
El lugar, tristemente iluminado con el fuego que bailaba bajo la marmita, contaba con una mesa y una banqueta; Kerkios invitó a Afareo a sentarse.
La mujer no había dejado de mirarlos a ambos con una mezcla de sorpresa y temor.
—¿Cuándo has llegado? No habrás comido nada todavía. Erita, pon dos cuencos en la mesa y sírvenos el caldo, si está ya listo.
—Lo tomaré con gusto —agradeció—. No le he quitado ojo a tu esclava mientras lo preparaba; ha puesto tal mimo en lo que hacía que seguro que está delicioso.
—Afareo pronunció la palabra doero sin apartar la vista de la mujer.
Luego se giró hacia la mesa y respondió a la pregunta de Kerkios—.
Llegué esta mañana, llevo aquí todo el día.
—¿Y cómo has dado conmigo? De todas las islas que hay en el mar ¿quién te dijo que me buscaras en esta? ¿O estás aquí por azar? Si es así, doy gracias a Posedao que ha guiado tu barco hasta nuestra bahía.
—Haces muchas preguntas, Kerkios, dame tiempo para responderlas. —La mujer colocó frente a Afareo el cuenco de sopa y sintió de nuevo su incómoda mirada—. Alguien de Puro me lo indicó. Y en cuanto vi los barcos de tu padre… de nuestro padre, fondeados en la bahía, supe que te había encontrado.
—Nuestro padre… —Kerkios se quedó un momento pensativo—. Hace años que murió —le informó con pesar—. No tuve oportunidad de hacer nada por él, ni él la tuvo de defender su hogar.
—Me hablaron de su muerte. El viejo Alksoitas… Puedo imaginarlo, he estado en Puro hace muy poco. Sí, tenemos mucho que contarnos. Y no todo va a ser bueno.
Kerkios tenía sentimientos encontrados. Durante años se esforzó por odiar a su padre, a quien culpaba de la marcha de Afareo; siempre consideró inmerecido el descrédito de su hermano.
Pero no podía evitar sentir afecto por quien le había dado la vida y lamentaba su muerte sinceramente.
Kerkios miró la forma borrosa de su propio rostro sobre la clara superficie del caldo.
Esta reflejó el resentimiento que de pronto sintió.
—¿Por qué te fuiste, Afareo? Pudiste haberte quedado, luchar por defender tu honor. Nunca creí que fueras capaz de hacerlo. Yo era un niño y tú eras mi hermano mayor, pero eso no pareció importarte demasiado.
Él lo miró sorprendido, simulando no haber pasado noches enteras pensado en ello durante años.
—Oh, vamos, Kerkios, eso que dices es un poco infantil, ¿no crees?
Alksoitas no confió en mí de la peor manera que alguien puede desconfiar de otra persona: pensó que yo le estaba traicionando, que le robaba, y no dio crédito a mis palabras.
Dijo que yo me había quedado con un cargamento que en realidad me fue escamoteado por los piratas.
Si la situación hubiera sido otra, si tú hubieras estado en mi lugar, a ti sí te habría creído; pero yo soy el hijo bastardo, ¿lo has olvidado?
Por eso me fui. Tú eras un niño y yo no quise darte demasiadas explicaciones para no enemistarte con nuestro padre, a quien sé que querías, como yo también lo quise.
Pero no removamos el pasado: mi rencor hace tiempo que se disipó y pensaba que el tuyo también.
Siento que Alksoitas haya muerto, de eso puedes estar seguro.
En presencia de Afareo, Kerkios revivió una sensación olvidada: el aplomo de su hermano, la confianza en todo lo que hacía y decía, siempre había provocado que el niño Kerkios se empequeñeciera aún más y se sintiera muchos pasos por detrás de él, inseguro, inferior incluso, igual que un chiquillo podía sentirse junto a un hermano mayor a quien idolatrara.
Era algo que no le había vuelto a suceder desde que Afareo se marchó y ahora volvía a aflorar como un sarpullido molesto; «como un cadáver emergiendo desde el fondo del mar», pensó de manera un tanto macabra.
Temiendo que ese lastre de inseguridad pudiera ser descubierto, se propuso ocultarlo en presencia de la mujer.
Para ella Kerkios era cualquier cosa menos un hombre infantil o inseguro.
Afareo le sacó de sus pensamientos.
—¿Cómo se llama tu esclava? Porque es tu esclava, ¿no?
—Se llama Erita —respondió y obvió la segunda parte de la pregunta—. No es su nombre auténtico, se lo puse cuando ella aún no conocía nuestra lengua. Y aunque ahora sí la habla y entiende, prefiere ese nuevo nombre al suyo. Para así no recordar el pasado.
—Eres una chica lista, Erita —la halagó Afareo. Y añadió—: Sigue su ejemplo, Kerkios. El pasado ha de quedar atrás.
Kerkios lanzó una mirada no exenta de cariño a la mujer y ella se la devolvió en un gesto fugaz. Bebió del cuenco y cuando lo dejó sobre la mesa percibió que los ojos de Afareo seguían posados en Erita.
—Yo también siento que haya muerto —dijo para interrumpir el momento—. Alksoitas.
—Pero todos moriremos, Kerkios. Un día u otro.
Ikywš el Akaywash. Así era como le conocía su tripulación.
Era un caso similar al de Erita, explicó Afareo: cuando alcanzó el destino que se había fijado, el país de Labu , no sabía ni una palabra de la lengua que allí se hablaba.
Encontró gentes labu que sí conocían el idioma de los akhaios y que decidieron llamarle «el que vino del otro lado del mar».
—¿Por qué fuiste a Labu ? Tú conoces todas las islas del mar, Kaptara, Alašiya, la tierra de Akupitija, las ciudades de la costa de Amurru, del País del río Seha, Toroja, Miratija… ¿Por qué fuiste a un lugar que te era extraño?