4. KUTIRA Ocho años después del Desastre #2
—¿Conoces a Alksoitas? ¿Has oído alguna vez su nombre? Es un noble, tiene su casa en…
—Murió, como murieron todos los de su rango.
La cara del recién llegado pareció ensombrecerse.
—¿Y su hijo? Tenía un hijo, un muchacho de diez u once años cuando yo me marché. ¿Sabes si murió también? Trata de recordar.
—¿Su hijo? Sí, pero tenía ya el doble de esos años. Él fue de los listos. Como muchos otros, honró a sus muertos y se marchó.
—¿Adónde fue?
—¿Te debe algo? ¿Lo buscas para matarlo?
—No te importa, anciano —respondió con sequedad, pero después suavizó el tono—: somos viejos conocidos. ¿Adónde fue?
—A una isla, claro. Todos se fueron a alguna isla o viajaron al otro lado del mar. Nadie quiso quedarse en Akhaia.
El viejo le dio el nombre de la isla y el de más lugares donde muchos otros también se fueron.
Lugares situados más allá del mar en la costa meridional, y al este, en los reinos sometidos a Akupitija, y al norte, en las tierras vasallas del Gran Rey de Ḫ atti; también en las islas del confín occidental del mar, cuyos nombres no conocía o había olvidado.
Cuando terminó, el viejo quiso darle un consejo final.
—No vayas a Puro, no vale la pena. Allí no encontrarás nada, es una ciudad fantasma.
—¿Cómo te llamas?
—Eunawos.
«Buena nave». Un nombre marinero, pensó. Le pareció un buen presagio.
—Eunawos, ve a mi barco y pide que te den comida. Diles que eres mi amigo, nadie te pondrá la mano encima.
—¿Y cómo te llamas tú?
Pareció por un instante que tuviera que recordar su nombre, pero en seguida respondió.
—Me llaman Ikywš el Akaywash. Significa «el llegado del otro lado del mar».
Se dio la vuelta y continuó andando hacia la ciudad.
La embarcación hizo cabotaje durante su singladura y al día siguiente navegó en mar abierto tres jornadas más, dejando la costa del sur de Akhaia a babor.
Las corrientes ya no fueron una molestia.
El viejo Eunawos era un marino experimentado, se le notó en cuanto subió a bordo y caminó con soltura por la estrecha cubierta sin necesidad de aferrarse a los cabos.
Había decidido fiarse de ese al que llamaban Ikywš; cuando este regresó tras ver con sus propios ojos las ruinas de la hacienda de Alksoitas y de la ciudad entera de Puro, le pidió embarcarse con él y dejar atrás los recuerdos y, con suerte, la miseria y el hambre.
Pero pasó el viaje acurrucado en un rincón de proa agarrado a sus tobillos, intimidado por el aspecto de la tripulación: ocho hombres vestidos y tatuados de modo similar a Ikywš y hablando una lengua extraña llena de sonidos agudos y penetrantes como cantos de pájaro.
Avistaron la pequeña isla a babor; al aproximarse pudieron ver las abruptas costas y los salientes escarpados. No parecía un sitio apto para establecer un enclave portuario.
—¿Estás seguro de que es esta isla? Si, como dices, fueron muchos los que se marcharon a una infinidad de lugares diferentes, ¿no estarás confundido?
—Bonita pregunta para hacerla cuando ya hemos llegado y no antes de zarpar.
Al sudoeste existe una bahía. —Estiró el cuello y miró el paisaje rocoso—.
Si al partir no mintieron, o a mitad de camino no cambiaron de idea, la isla de Kutira fue su destino.
Pero no puedo garantizarte que sigan ahí; ha pasado ya mucho tiempo.
Ikywš conocía la bahía: la había visto decenas de veces en sus viajes.
Siguieron costeando Kutira hasta avistar una gran ensenada y un fondeadero, en el que había varios barcos anclados.
Operó con el timón y no tardaron en estar junto a ellos.
Entonces supo que el viejo Eunawos no se había confundido en absoluto.
Echaron por la borda la piedra del ancla y esta hendió el fondo arenoso y quedó enterrada.
Los diez hombres saltaron a las cálidas aguas de la playa de Kutira.
La maleza bordeaba la arena e Ikywš vio un sendero que la rasgaba en dos y se adentraba en la isla.
El grupo lo siguió, con él a la cabeza y el viejo Eunawos en último lugar.
Caminaron entre pinos y cedros de densa hojarasca, envueltos en una vegetación que no dejaba ver lo que había dos codos más allá, tan abundante como no había conocido Eunawos en mucho tiempo.
El paisaje boscoso dio pronto paso a una explanada donde se levantaba algo parecido a una aldea.
Estaba habitada, lo cual fue motivo de alegría para el anciano, acostumbrado a la contemplación de la ruinosa y abandonada ciudad de Puro.
Había un par de talleres de alfarería, con tornos en los que los artesanos se afanaban en dar forma a sus piezas mientras otros introducían vasijas en toscos y humeantes hornos.
En un redil varias ovejas los miraban pasar con aire distraído, y unas cabras tozaban entre sí con sus cabezas.
Mujeres tejían en telares de madera, manejando con destreza los husos y las pesas, y junto a ellas hombres con punzones y leznas trabajaban sobre pieles curtidas.
Más adelante se oían los martilleos de los herreros, golpeando y dando forma sobre la dura piedra a objetos de cobre.
Miradas de sorpresa y recelo se clavaron en los recién llegados; no ayudó a generar confianza el aspecto estrafalario de Ikywš y los suyos, y mucho menos que llevaran lanzas y espadas en las manos.
Ikywš se acercó a un tornero, que detuvo su trabajo.
—Te saludo, buen hombre —le dijo en tono amistoso—. Sois gente de Puro, ¿verdad? Busco a Kerkios, hijo de Alksoitas. Vive en esta aldea. ¿Dónde puedo encontrarle?
El alfarero observó con fijeza su rostro, no solo debido a la sorpresa sino también como si intentara recordar algo.
—¿Dónde vive, alfarero? Contesta —insistió Ikywš.
El hombre prolongó el silencio un instante más antes de responder.
—Tiene su choza un poco más arriba, a la derecha. Junto al hieron de la Diosa.
Ikywš le agradeció la información y se giró para marcharse.
—Tu cara me es familiar… —dijo el alfarero con cierta timidez.
—Es posible.
Ikywš volvió con los suyos y continuaron el camino. El asentamiento era pequeño y pronto apareció el altar sacrificial mencionado por el tornero y, a no mucha distancia, una choza.
—Esa es —dijo Ikywš con seguridad.
En el exterior de la casa había una mujer sentada sobre un rudimentario taburete. Se asustó cuando vio al grupo de hombres caminar hacia ella. Ikywš lo notó y habló con su tripulación en su lengua:
—Volved al barco y esperadme. Aquí no parece haber ningún peligro. —Luego se giró hacia Eunawos—: Tú también, Eunawos: vuelve, o quédate en la aldea si lo prefieres. Pero ahora déjame solo.
Obedecieron; el viejo Eunawos estaba impregnado de una emoción particular desde que llegaron al lugar.
Por un lado le generaba una sensación de irrealidad, de estar en una especie de sueño, el hecho de reencontrarse años después con algunos de sus conciudadanos a quienes no había visto desde la tragedia de Puro, y verlos como si no hubiera sucedido nada, con los rostros algo envejecidos pero llevando una vida en apariencia normal.
Por otro, el hecho de que nadie lo reconociera le provocaba una cierta extrañeza.
Entonces se miró los andrajos, sus brazos y piernas, se mesó la larga barba y los cabellos desgreñados, y comprendió.
Ikywš el Akaywash se acercó a la mujer. Manipulaba cuentas de abalorios, enhebrándolas en un fino cordel y combinándolas de acuerdo a su color, forma y tamaño.
Le observó con mirada esquiva, sin saber si detener su labor y levantarse, o seguir con ella y no hablar a menos que se le requiriera.
Él notó esa duda y la asimiló a una mentalidad esclava y servil.
Si aquella era la casa de Kerkios, la mujer no podía ser su esposa sino su sirvienta.
—¿Es aquí donde vive Kerkios, hijo de Alksoitas? —preguntó con autoridad. Si se había equivocado en su apreciación lo sabría enseguida.
La mujer soltó al instante el cordel y se puso en pie. Algunas cuentas rodaron por el suelo. Con la mirada puesta en los tobillos de Ikywš, respondió con una afirmación casi inaudible.
—¿Y quién eres tú? —añadió el recién llegado. Era una pregunta estúpida, pero de pronto decidió jugar con la timidez de la mujer—. Levanta la cabeza.
Ella obedeció.
—No soy nadie —dijo con un acento extraño—. Solo soy su…
La mujer iba a pronunciar la palabra doero , pero algo la hizo vacilar. Él la dijo en su lugar.
—¿Su esclava? ¿Su sirvienta, su concubina? Todo al mismo tiempo, ¿verdad?
La observó con detenimiento. El contraste era casi cómico: él tenía unos cuarenta años y tenía la complexión de un atleta; la mujer era al menos ocho o diez años más joven y su cuerpo delgado parecía frágil, como a punto de desmadejarse al primer soplo de viento.
Pero había en ella una extraña belleza cargada de exotismo.
No el exotismo de Ikywš: brutal, salvaje, animal, semejante al de un oso; ella en cambio tenía el aspecto grácil de una gacela; su piel brillaba al sol con tonos cálidos, sus ojos grandes y almendrados no se cerraban nunca, y el cabello se escondía bajo un velo azul verdoso. Ikywš se entretuvo un rato mirándola.
—Ese collar es muy bonito —dijo al fin.
Alargó el brazo para tocar la medialuna anaranjada que pendía del cuello de la mujer. Ella al momento rehuyó el contacto, pero recordó su condición y se mantuvo inmóvil.
—¿Te lo ha regalado Kerkios? —Volvió a mirarle el rostro—.
El pequeño Kerkios tiene buen gusto —añadió con una media sonrisa, dejando al albur de la mujer adivinar si se refería al collar o a su persona—.
¿No está aquí ahora? ¿Volverá pronto? Bien, no importa.
Le esperaré. No tengo nada que hacer en todo el día. Ya no.