Fuego y bronce 4. KUTIRA Ocho años después del Desastre
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4. KUTIRA Ocho años después del Desastre

E n esa época del año y en aquella parte de la costa, las corrientes eran traicioneras como el más desleal de los amigos.

Las aguas parecían tranquilas, pero lo cierto era que se precisaba un brazo fuerte para sujetar el timón y no dejarse vencer por el empuje del mar, cuya violencia comenzaba apenas se veía el cabo.

La comba de la costa funcionaba como propulsor de los flujos submarinos, que entraban en el golfo por un extremo y ascendían por el contrario con rabia, poniendo a prueba cualquier embarcación que se acercase.

Muchos conocían la trampa y no se aventuraban, y algunos tenían la osadía de navegar esas aguas a pesar del peligro; pero pocos poseían la capacidad y la pericia necesarias para sortearlas.

Y si las corrientes tomaban una presa, ya no la soltaban: la zarandeaban y luego la arrojaban contra las rocas como un toro harto de cornear a su víctima.

Esa era una de las razones por las cuales a lo largo de la línea de mar, desde la desembocadura del Kuparissos hasta el cabo del sur, se habían dispuesto numerosos puestos de vigilancia atentos para dar la voz de alarma cuando se produjera algún naufragio.

La proa del barco rompía esas aguas por primera vez y los ocho remeros que lo impulsaban jamás habían afrontado un reto semejante.

No así el timonel, quien durante años desafió aquellas corrientes haciendo virar sus navíos a estribor y a babor para evitarlas, aprovechando unas veces la fuerza del viento y otras a golpe de remo, hasta conducirlos a la entrada de la dársena de Roowa.

El hombre aferró con firmeza el timón y repartió indicaciones con generosidad entre su tripulación, mientras la nave bailaba al compás del oleaje y se inclinaba a uno y otro lado.

Movía el timón con maestría, asiéndolo con ambos brazos y utilizando su cuerpo para fijarlo, y apretaba los dientes cuando oía crujir el casco.

Los remeros aullaban y bogaban, sintiendo que de sus remos y de la espadilla del timonel dependía la salvación de todos; el agua saltaba a bordo y empapaba sus cuerpos como un baño lustral antes del sacrificio.

Todos veían ya sus vidas truncadas, desperdiciadas en un inútil esfuerzo por escapar de aquella emboscada, excepto el timonel, excitado y feliz cual niño inconsciente que jugara con un león a punto de devorarle.

«Cuánto tiempo sin sentir la emoción de estar vivo», pensó.

Gritó a los remeros de estribor que hicieran un esfuerzo para el último viraje; la nave saltó sobre el mar y todos sintieron el vacío en sus estómagos hasta que la proa embocó el estuario.

Sonrió, y la sonrisa se transformó en una estruendosa carcajada, generosa y contagiosa; los hombres se dejaron inundar por una placentera sacudida de alivio y rieron también.

Había pasado mucho tiempo desde la última vez que cruzó el canal del puerto de Roowa.

Él ya no era el mismo y tuvo la sensación de reencontrarse con su pasado.

Estaba en casa de nuevo. En Puro.

—Por la Potnia…

Sin soltar el timón, se irguió en la popa y contempló un sombrío escenario de catástrofe.

En el muelle había ruina y destrucción: no se veía ni un barco intacto, todos tenían señales de haber sido desarbolados.

Cascos reventados y quillas destrozadas sobre tierra firme, y mecidos por el oleaje flotaban y se enredaban entre sí maderos, postes, sogas, fardos, velas rasgadas y restos de aparejos.

Aquello no era fruto de un desastre natural: el lugar estaba a resguardo del mar abierto, no era posible que una tormenta hubiera ocasionado semejante catástrofe.

Guio la nave hacia el amarre donde había abarloado cientos de veces, pero en el embarcadero halló los postes de atraque arrancados de cuajo; ordenó ciar y buscó un lugar para embicar.

Poco después la nave embistió una suave rampa de arena y quedó varada en tierra.

—¡Echad el ancla por la popa! Y aseguraos de que está bien enterrada.

Pronunció la frase en una lengua pocas veces oída en aquel lugar, y de pronto fue consciente de ello.

Saltó por la borda; caminando por el caos, la debacle le pareció más terrible todavía.

El silencio le abrumó: recordaba Roowa como un lugar bullicioso, vivo y ruidoso, donde pescadores, esclavos, amos, sirvientes, remeros, capitanes, estibadores y miembros de las tripulaciones hablaban, voceaban, discutían, cerraban tratos, reían, charlaban y peleaban.

El astillero, siempre efervescente con la actividad de los carpinteros, los obreros, los calafateadores y los tejedores, estaba desierto.

Ni siquiera los penetrantes chillidos de las gaviotas rompían la ominosa mudez del triste paisaje.

Un cobertizo que le era bien conocido apenas se aguantaba en pie; no había puerta y su techumbre y tres de sus cuatro paredes de madera se habían volatilizado.

Antes de asomarse al interior ya imaginó que entre los escombros no hallaría lo que buscaba, un carro que siempre había estado allí y los arneses y petos para los caballos.

Tampoco estaban los animales, ni el establo, ni el abrevadero.

Todo mostraba señales de haber ardido hacía mucho tiempo.

Arrugó la frente. Emprendió el camino a pie hacia Puro, anticipando que no le gustaría lo que iba a encontrar.

El trayecto por la vía pedregosa era poco agradecido, y además el sol le quemaba la espalda.

Pero no le importó: su piel, tostada y endurecida por días enteros a la intemperie en lugares donde el calor era sofocante, estaba acostumbrada a ello.

Caminó rápido. No vio vacas pastando, ni ovejas o cerdos, ni vio a nadie trabajar la tierra: solo desolación, campos arrasados y granjas destruidas.

Miró hacia el cerro que se abría al sur delimitando el sendero y se detuvo.

Aguzó la vista, se apartó del camino y se agazapó junto a un matorral.

La mano se le fue instintivamente a la empuñadura del arma que colgaba de su cintura.

Esperó un momento y luego corrió encorvado para evitar ser visto.

Se apostó tras un árbol seco con intención de sorprender al hombre en cuanto lo tuviera cerca, pero cuando pasó junto a él no hizo nada.

No era más que un pobre viejo y canoso vestido con una raída túnica sucia. Inofensivo cual cervatillo.

Saltó y se colocó al borde del camino –«como las estelas que levantaba el gobernante de las tierras del Gran Delta para señalar sus fronteras con los países limítrofes», pensó–. El viejo se asustó e hizo ademán de correr, pero él lo detuvo y trató de calmarlo.

—No te vayas, espera. —Ciertamente, se dijo, la visión de sí mismo debía de ser intimidante: la cabeza rapada y por túnica una capa de piel de jirafa que le dejaba al descubierto un pecho recio y unos musculosos hombros en los que había espacio para varios tatuajes—.

Acabo de llegar de muy lejos y no sé qué es todo este desastre.

Soy de Puro, ahora estoy yendo hacia allá. ¿Qué ha sucedido?

El viejo lo miró desconfiado, pero la paradoja de ver a un salvaje que hablaba su lengua a la perfección y sin el exótico acento oriental que su aspecto sugería, lo disuadió de huir. Eso, y que el desconocido lo habría atrapado al instante.

—¿Preguntas qué ha sucedido? ¿Cuánto hace que no pisas estas tierras?

—Hizo una pausa y continuó, ya más tranquilo e incluso con un deje sarcástico—: En los últimos años no ha sucedido nada en absoluto, esa es la cuestión, por desgracia para los que vivimos aquí.

Nada bueno, quiero decir. Nos morimos de hambre, eso sucede.

—En mi barco hay comida, contéstame y podrás ir al puerto y comer cuanto quieras.

—¡No pienso ir al puerto! He oído historias de hombres que son embarcados a la fuerza y llevados al otro confín del mundo para ser vendidos como esclavos.

—Bien, haz lo que prefieras. Pero dime qué le ha pasado a esta tierra antes de que os murierais de hambre. ¿Un ataque, una invasión?

—¡Todo eso a la vez! —El anciano calló un momento y leyó en la mirada del hombre un interés sincero por aquello que preguntaba—. Me parece que hablas en serio. Dices que eres de Puro y que acabas de llegar: ¿entonces cuánto hace que te marchaste? ¿Dos años, cinco, diez?

—Cerca de veinte.

—Por el dios Posedao y la Señora Potnia… —murmuró—. Sí, puedo jurar que tienes el aspecto de haber estado fuera todo ese tiempo. Y muy lejos, además. Bien, te lo contaré.

Y el viejo le habló de la escasez de grano que acuciaba las regiones de los reinos de Akhaia desde hacía mucho, de la falta de alimentos, de la sequía, de la ira de Posedao descargada sobre algunos de esos reinos…

—Aquí, cuéntame qué pasó aquí —le pidió el hombre—. Y no me vengas con sequías. He visto chozas destruidas y barcos comidos por el fuego. Eso no lo provoca la falta de lluvia.

—No, claro que no; eso lo hicieron los salvajes que vinieron del norte. Nadie sabe de dónde salieron; mataron al rey, acabaron con familias enteras, destruyeron sus viviendas, sus granjas, sacrificaron todos los animales que encontraron…

El anciano le hizo un relato de los horrores que fue capaz de recordar, horrores que no impresionaron a su oyente: todas las batallas eran igual de crueles, de despiadadas, de inmorales, y él llevaba a sus espaldas unas cuantas.

—Nada pudo contener a esas bestias. Muchos murieron y, de los que sobrevivieron, la mayoría se fue cuando vio lo que les hacían a los muertos. Yo… yo me quedé. Lo perdí todo, qué me importaba ya vivir o morir.

—¿Cuándo sucedió eso?

—¿Cuándo? Hace ya una eternidad. —Dejó a su mirada perderse más allá del camino y luego volvió a posarla sobre el hombre—.

¿Y qué más da? Sucedió, es lo que cuenta.

Y desde entonces este lugar está muerto, deshabitado.

Los que quedamos vagamos como fantasmas por las tierras de nuestros antepasados, que son las nuestras, hasta que nos llegue el momento de reunirnos con ellos.