3. PURO Dos días después del Desastre #8
Frente a los muros del palacio de Nesti ā n ō r el clamor era ensordecedor.
Las espadas buscaban la carne y a menudo la encontraban; los gritos de dolor y rabia competían con el sonido de las espadas y las hachas al chocar con los escudos.
Nadie se detenía para intentar hablar con su enemigo, para reflexionar por qué debían matarse los unos a los otros: el ansia por la victoria cegaba cualquier posible entendimiento entre los hombres.
Pero en el fondo, como en toda batalla, bajo la apariencia de perseguir la victoria ninguno de ellos buscaba otra cosa que la propia supervivencia en medio de la matanza.
Por paradójico que fuera, los motivos existentes para entablar combate tenían sentido hasta el momento justo del enfrentamiento; a partir de entonces las razones se esfumaban y solo prevalecía el deseo de sobrevivir, a costa, pues así eran las reglas, de matar a quien el azar había puesto delante.
Tras las murallas Nesti ā n ō r, curtido en mil guerras y con años y años contemplando de cerca la muerte, era sabedor de todo eso.
Y gracias a ese bagaje había adquirido un cierto sentido de la justicia, una idea de lo que podía y no podía hacerse incluso en un ámbito tan desprovisto de ecuanimidad como el de matar o morir.
Por ello, y por sentirse responsable del sacrificio de buena parte de los habitantes de Puro, sabía que lo que estaba sucediendo al otro lado de los muros no era justo.
Sus valedores estaban muriendo aplastados por la superioridad de quienes querían deponerle, en tanto que con él había guerreros que aún no habían podido mostrar su valor.
—¡Abrid las puertas! —bramó a sus hombres.
—Pero, señor, entrarán y no podremos contenerlos… —le advirtió Enkelawo, de pie junto a él. Su espada bailaba en la mano como si con ella espantara fantasmas.
—¡No voy a esconderme en mi palacio mientras ahí fuera mueren por defender mi cetro! ¡Abrid, he dicho!
El rugido del wannax fue seguido por el agudo crujir de los enormes goznes de bronce y los batientes de madera de roble de casi dos codos de grosor se separaron el uno del otro.
—¡Seguid a vuestro wannax !
Nesti ā n ō r se abalanzó al exterior y los guerreros le acompañaron.
Y el combate frente a los muros cambió de signo como las nubes cambiaban de forma en el cielo.
Los rebeldes, que se estaban imponiendo a la muchedumbre y luchaban de espaldas a las murallas, se vieron sorprendidos por el ímpetu arrollador de un señor de la guerra, el wannax Nesti ā n ō r, quien tuvo tiempo de acabar con varias vidas antes de encontrarse cara a cara con el lawageta Weteokleo.
Uno casi le doblaba la edad al otro, pero sus espadas tenían el mismo filo.
Nesti ā n ō r no cruzó palabra alguna con su oponente ni este tuvo nada que decirle a su wannax .
O no le dio tiempo, porque apenas alzó la hoja contra él sintió entre las costillas el bronce penetrando en la carne y cortándole los músculos y la vida.
La coraza de nada le sirvió ante quien sabía encontrar sus resquicios.
La lucha duraba ya mucho y era tiempo de terminarla.
—¡Guerreros! —gritó Nesti ā n ō r—. ¡Nobles de Puro, guerreros! ¡Escuchadme! ¡Vuestro líder ha muerto! ¡Yo he matado a Weteokleo! ¡Dejad de luchar! ¡Dejad...!
Un puñal por la espalda acalló su voz. Nesti ā n ō r desfalleció, pero aún tuvo fuerzas para girarse y ver la cara de su asesino.
Una segunda puñalada, ahora en el cuello, le produjo una terrible hemorragia por la que se le escapó la vida.
Las piernas perdieron toda la energía y su cuerpo se desplomó como un tronco.
Enkelawo miró a su alrededor: nada había cambiado.
Nadie parecía haber visto lo sucedido, ni las palabras de Nesti ā n ō r habían llegado a oído alguno.
El fragor del combate lo absorbía y lo anulaba todo a partes iguales.
Pensó en anunciar la victoria, pero lo que veía en torno a sí era más bien derrota, la derrota de los suyos, pues el wannax estaba muerto pero había dejado su furia impregnando a los que luchaban por él.
Quiso buscar refugio en el interior del palacio justo en el momento en que tras las casas más próximas a la ciudadela aparecieron cientos de hombres armados, deseosos de sumarse al combate.
Al frente se destacaba un guerrero cuya corpulencia rivalizaba con el tamaño de su barba.
—¡Vamos, muchachos! ¡Acabemos con esto de una vez!
Los más de mil hombres de Eumetas habían venido a marchas forzadas desde las playas de Petono y llegaban con el sudor perlándoles la piel, pero estaban hechos al esfuerzo y no se dejarían vencer por el cansancio de una carrera.
Los defensores del wannax caído palidecieron al venírseles encima la oleada de combatientes, y ahora fueron ellos quienes se vieron rodeados.
—¡Nesti ā n ō r ha muerto! —gritó Enkelawo ahora, sintiéndose seguro—. ¡No tiene sentido seguir peleando! ¡Deponed las armas!
Repitió la proclama varias veces y, poco a poco, el estrépito de la contienda cesó y las espadas y lanzas de los huérfanos de líder comenzaron a apuntar al suelo una tras otra.
Cruzó una mirada con Eumetas: a través de ella ambos compartieron un reconfortante sentimiento de satisfacción por haber logrado el objetivo.
Enkelawo supo, ahora sí, que la victoria al fin era suya.
«Con qué facilidad se desinflaba el arrojo y la energía de los seres humanos», pensó Enkelawo.
Solo era cuestión de elegir las palabras adecuadas.
Podría haberse inventado la muerte de Nesti ā n ō r y nadie lo sabría, porque el cuerpo del wannax , tumbado boca abajo a sus pies, era uno más entre las decenas de cadáveres que se acumulaban junto a las murallas.
Y sin embargo, todos lo habían creído, tanto quienes le deseaban la muerte como los que no.
Tal vez estaban ansiosos por dejar de matarse mutuamente, pensó.
A su alrededor todos los cuerpos tendidos en el suelo eran iguales.
No había distinción por razón de edad, ni de nobleza, ni por haber defendido una idea o la contraria.
Los hombres, una vez muertos, eran todos iguales.
—¿Es cierto? —le preguntó Eumetas, ahora ya frente a él.
Enkelawo buscó con la mirada el cuerpo ensangrentado de Nesti ā n ō r.
—Ahí lo tienes.
—No fue un mal rey —reflexionó Eumetas a destiempo—, pero tampoco lo fue bueno. Ese simple matiz le ha llevado a la muerte, ¿no crees?
El eqeta iba a responder cuando un nuevo clamor se dejó oír. Por el sector oriental de las murallas apareció una multitud corriendo y pidiendo ayuda. Había mujeres, niños y ancianos.
—¡Fuego! ¡La ciudad está ardiendo! ¡Nos atacan! ¡Fuego!
Eumetas y Enkelawo intercambiaron miradas de nuevo, pero esta vez en ellas había incredulidad.
Y sin embargo, debía de ser cierto: por encima de sus cabezas, hacia el este, se elevaba un humo negro bien familiar para Eumetas.
El humo que desprendían los muros de caña seca y adobe al consumirse con el fuego, y la madera de las techumbres al arder.
Persiguiendo a los que corrían se vio a una manada de hombres con espadas y lanzas, gritando al aire sonidos guturales; eran tantos que apenas cabían en las bocacalles que desaguaban frente a las murallas del palacio.
Muchos llevaban toscas corazas de bronce, otros iban con un simple taparrabos, tatuajes por el cuerpo y pinturas en la cara.
De la barahúnda surgieron jabalinas, cuyos vuelos encontraron las espaldas de algunos de los que huían aterrorizados.
—Por la Potnia… ¿quiénes son?
Eumetas iba a rogar a la misma diosa que Enkelawo y, de pronto, sonrió como si hubiera resuelto el enigma.
—Los había olvidado. ¿Recuerdas que te hablé de ellos? Pensé que nos serían de utilidad para derrocar al wannax . Esas armas que empuñan están hechas con nuestro bronce…
Las tribus salvajes habían llegado hasta el golfo de Korito continuando su viaje iniciado mucho más al norte, aprovechando las rutas de los comerciantes que recorrían el continente hacia el sur y mercadeaban con el estaño, el ámbar, el vidrio e incluso el cobre.
Ahora habían cruzado toda la región de Rakedaminijo hasta Puro.
A su paso habían dejado un rastro de destrucción en las ciudades y aldeas que habían hallado.
Para desplazarse utilizaron la excelente red de caminos que conectaba los reinos de Akhaia; así lograron alcanzar el lugar de destino pactado con Eumetas en el día acordado, el siguiente a la luna llena.
—¡Pues haz que se detengan!
—Lo haré —le tranquilizó Eumetas. Al menos lo intentaría.
El eqeta se quitó de en medio en aquel escenario de confusión y muerte, y cruzó las puertas del palacio.
Atravesó el vestíbulo como si el suelo le quemara y entró en el salón del trono.
La excitación se había apoderado de él, pero trató de mantenerse sereno.
Al descubrirse solo acudieron a él pensamientos más placenteros: con el lawageta muerto, podría tomar el cetro de Puro si era hábil y no dejaba que otros eqetas se lo arrebataran.
Miró el trono de madera tallada, un asiento regio pero austero; a Nesti ā n ō r nunca le había gustado la ostentación.
Eso cambiaría en cuanto él tomara las riendas.
Recorrió la estancia con la mirada, las columnas de madera pintadas de colores ocres y el suelo de estuco con infinidad de formas geométricas trazadas sobre la superficie.
Todo aquello podría ser suyo si sabía jugar bien sus bazas.
Entonces la repentina visión de un hombre armado le sacudió: no estaba solo.
—¿Sabes que Nesti ā n ō r tiene cientos de carros dentro del recinto de palacio?
Enkelawo reconoció al sobrino de Eumetas, que pasaba bajo el dintel del vestíbulo y entraba en el salón.
—Claro que lo sabes, tú has debido de visitar muchas veces el lugar donde los guarda.
Es un espacio enorme; allí los carros son revisados periódicamente, pulen las llantas, examinan la estabilidad de los armazones, comprueban la fortaleza de las pértigas, aceitan las pecheras…
Gracias a ese celo se conservan en perfecto estado.
Y al lado de esa sala están las cuadras, con cientos de caballos esperando pacientemente el momento de ser uncidos.
Todo esto me lo contó mi tío hace tiempo.
Nesti ā n ō r podría haber salido de las murallas con esos carros y os hubiera arrollado a todos.
Yo en su lugar lo habría hecho. Pero él no obró así, quién sabe por qué; tal vez tengas razón y no haya sido un buen gobernante.
O tal vez quiso que murierais de una manera más noble, en justa lucha contra un adversario a pie, no bajo los cascos de los caballos.
—Puro no merecía un gobernante como él —dijo Enkelawo a modo de infantil defensa mientras se levantaba del trono, donde se había sentado de forma inadvertida dejándose llevar por sus ensueños.
Procuró que no le temblara la voz; sus ojos no se apartaban de la jabalina que el sobrino de Eumetas sostenía en la diestra.
—Él tampoco merecía la muerte que le has dado. He visto lo que has hecho —dijo Kerkios—. Has apuñalado al wannax por la espalda. Eso no ha estado bien. Nada en la guerra está bien.
—Tú lo has dicho, Kerkios, nada está bien. Así que basta ya de muertes, ¿verdad?
Enkelawo aún tenía el puñal en la mano y una espada colgando del ceñidor; sabía que su oportunidad frente a la lanza de su oponente llegaría si este la arrojaba y fallaba.
O bien si se acercaba lo suficiente para entablar un combate cuerpo a cuerpo, en cuyo caso la suerte estaría del lado del más hábil.
—Tiene gracia que digas eso: ahí fuera se ha desatado el caos por tu culpa.
—Como si le hubiera leído el pensamiento, o adivinándolo dada la situación en la que se encontraban, alzó la jabalina sobre su cabeza—.
Está bien, reduzcamos el círculo. —Llevó el brazo atrás y en un gesto en apariencia apresurado lo sacudió con violencia hacia delante.
Enkelawo vio desaparecer la jabalina de la mano de Kerkios y al instante sintió el impacto en el pecho. La hoja atravesó su frágil torso y la punta asomó por la espalda. Notó el agridulce sabor de la sangre en la boca y la visión se le aguó hasta oscurecerse por completo.
El impulso de la jabalina levantó los pies del eqeta del suelo y arrojó su cuerpo contra el trono donde poco antes había estado sentado.
Ahora lo ocuparía por toda la eternidad.
Pero, quizá en un destello poético, Kerkios pensó que ni siquiera muerto un traidor debía estar sobre el asiento del wannax .
Se aproximó, lo agarró del elegante pharwos manchado de sangre y lo tiró sobre las geometrías del suelo.
Salió del palacio y desde la puerta observó la obra de otro traidor: las casas de Puro se consumían por el fuego y sus habitantes morían incapaces de oponerse a la incontenible furia de la horda de salvajes que su tío Eumetas había traído a la ciudad.
No solo los había llevado hasta allí; además les había proporcionado armamento y corazas.
Su inconsciencia había provocado aquel desastre, que pronto se haría extensivo a todo el territorio de las dos provincias.
Si el plan hubiera salido bien, se preguntó, ¿qué pensaba hacer después su tío con los salvajes?
¿Despedirlos con un apretón de manos y un agradecimiento?
Los veteranos guerreros de Eumetas no fueron suficientes para detener la barbarie desencadenada por quienes más que hombres parecían bestias.
Sus largas espadas y su incontenible salvajismo acabaron con toda resistencia.
Los que lograron huir abandonaron la ciudad y corrieron a esconderse en los bosques del Egaleo o se desperdigaron por los herbazales que se extendían hasta Roowa.
Las llamas no tardarían en alcanzar el palacio del wannax , y pronto la ciudad no sería más que un montón de escombros y ceniza.
«Qué paradoja», se dijo Kerkios, «el reino de Puro cae bajo el bronce de Toroja». Era la venganza de las víctimas propiciada por la ambición de sus asesinos.