Fuego y bronce 3. PURO Dos días después del Desastre #7
21%

3. PURO Dos días después del Desastre #7

—Me engañaste, Eumetas. Dijiste que te quedabas en Poliocne con el fin de continuar el encargo del wannax . Y partiste apenas yo me hube ido.

—Vamos, muchacho, no puedo creer que estés resentido por eso… —Le ofreció vino caliente, pero Kerkios lo rechazó—. ¿Has venido hasta aquí para comportarte como un crío? Pensé que era mejor no contártelo. Ahora estamos juntos de nuevo; quédate a bordo y ayúdame con lo que he venido a hacer.

Esas palabras confirmaban que la rebelión no era mera apariencia. Pero Kerkios no se interesó por ello; solo tenía en mente una cosa.

—¿Por qué no me lo dijiste? ¿Temías que no estuviera de acuerdo, que me opusiera a ti?

Eumetas rio. Estaban en la cubierta de popa, protegidos de las rachas de viento de la bahía por unas pieles colgadas de la arboladura.

Los hombres de la nave conocían a Kerkios y este los conocía a ellos; hasta hacía poco habían compartido el vino y las heridas.

Por eso no sintió temor al expresarse como lo hizo. Estaba entre los suyos.

—¿Oponerte? —dijo Eumetas—¿Y quién crees que eres para oponerte a mí?

Kerkios, sobrino mío, no eres nada más que eso.

Además, todo esto no es solo decisión mía; también yo recibo órdenes, como lo haces tú, como lo hacemos todos.

—«Quizá he ido demasiado lejos al decir esto», pensó, y cambió el tono—: ¿Quieres saber por qué te aparté, por qué no te lo conté?

Pues para protegerte, para mantenerte al margen de esto. Así de fácil, no busques más motivos.

—¿Mantenerme al margen? ¿Y me enviaste a Puro, donde seguramente mañana ríos de sangre recorrerán sus calles?

—Sí, lo confieso, quizá no fue el lugar más indicado. —Sonrió con socarronería—. Pero ya sabes que nunca he sido demasiado reflexivo. Simplemente, te envié junto a tu padre.

—No necesito que nadie me proteja. Ni mi padre ni tú. Te he salvado la vida más de una vez en tierras de Ḫ atti. He cortado brazos que iban a apuñalarte, mi escudo te ha librado de las flechas muchas veces.

—También mi escudo ha detenido las flechas que apuntaban a tu pecho, Kerkios.

Escucha —puso una mano sobre su hombro—, es obvio que te han enviado aquí para ganar tiempo o para averiguar cuáles van a ser mis próximos movimientos.

A Nesti ā n ō r no le queda esperanza, créeme.

—Kerkios seguía molesto y ni siquiera le miraba—.

Tu padre me pidió que cuidara de ti y lo hago lo mejor que sé.

Y ahora estás conmigo una vez más, así que olvida esa rabieta tuya y quédate.

Aquí se están dirimiendo cuestiones mucho más importantes que tu resentimiento.

—Kerkios le dio la espalda y Eumetas se rio, sarcástico—.

¿Pero qué clase de muchacho inmaduro eres?

¿Quieres que te trate como a un hombre? Bien, pues lo haré: si vuelves a subir a esa barcaza no podré protegerte.

Entonces veremos cómo te las arreglas tú solo.

El encuentro concluyó de ese modo tan desapacible.

Era evidente que la elección del negociador propuesta por Enkelawo no había sido acertada.

Kerkios regresó a Roowa sin haber hecho nada por mediar en la situación y Nesti ā n ō r asumió lo inevitable.

Alguien pensó que solo era cuestión de tiempo que los barcos enviados al norte regresaran y sorprendieran a Eumetas por la retaguardia.

Pero el wannax no quería esperar y estaba cansado de consejos de doble filo y sugerencias vacías; era un guerrero y no estaba acostumbrado a que le hicieran la guerra.

Él era quien hacía la guerra. No se demoró más y pasó a la acción.

Las únicas murallas de la ciudad eran las del palacio; las haciendas, granjas y casas donde vivían los habitantes estaban desamparadas.

No tardaron en darse cuenta de que proteger los accesos a Puro desde el interior de la ciudad era temerario.

Si llegaba a producirse el desembarco, solo existía un medio de rechazar al enemigo con garantías: en batalla campal lejos de las casas, sobre el irregular terreno que se extendía desde el litoral hasta la ciudad.

La cordillera del monte Egaleo dividía la región en dos partes, y Nesti ā n ō r volcó sus esfuerzos en la defensa de los nueve distritos de la provincia de la costa, aunque con ello desprotegiera la provincia del interior.

Asimismo, debía afianzar su posición en la ciudad, la cual era ciertamente inestable: el enemigo también vivía en sus calles, pues los nobles rebeldes solo aguardaban la señal de los eqetas para alzarse en armas contra el wannax .

Los mensajeros enviados a los reinos vecinos para pedir refuerzos no habían regresado, de modo que Nesti ā n ō r no contaba con más efectivos que los ciudadanos que quisieran empuñar una espada en su favor.

Despachó también emisarios a cada uno de los dieciséis distritos para averiguar la lealtad de sus gobernadores; solo obtuvo respuestas ambiguas.

En cualquier caso, y aunque no estaba dispuesto a ceder la iniciativa al enemigo, no le quedaba otra opción que esperar su primer movimiento.

A través de Enkelawo conminó a los nobles que le eran fieles a reunir sus fuerzas y proteger el palacio.

También pidió a todo el que pudiera coger un arma que defendiera su ciudad de los enemigos, los cuales se encontraban tanto en la boca del puerto como en el interior de Puro.

La tensa espera no se prolongó demasiado.

Al día siguiente a la llegada de los barcos, cuando el sol estuvo en lo más alto, las calles de la ciudad se poblaron de lanzas y espadas.

Al mismo tiempo la flota anclada frente a Roowa se desplazó al norte y se aproximó al litoral del distrito de Petono.

Ese movimiento atrajo hacia esa posición a las tropas terrestres que defendían la costa y los distritos del norte. Y eso era lo que pretendía Eumetas.

En la ciudad los rebeldes se reunieron en la plaza y se dirigieron hacia el palacio.

Los partidarios de Nesti ā n ō r eran menos numerosos que los detractores, y aunque ambos bandos estuvieron frente a frente, no hubo lucha.

Tenían mucho que perder y poco que ganar, debieron de pensar los que eran minoría.

También lo pensó Kerkios; la guerra le había enseñado a ver con claridad cuándo valía la pena alzar la espada y cuándo no.

Y tomar esa decisión no era una cuestión en la que interviniera el miedo, sino la inteligencia.

Observó en silencio cómo el lawageta Weteokleo guiaba a los rebeldes hasta la ciudadela sin hallar oposición alguna en su camino.

Guardando la distancia, los siguieron por las empinadas calles de Puro hasta llegar a las altas puertas del palacio, como si se tratara de una escolta silenciosa.

No iban preparados para la lucha: apenas hubo tiempo de que los herreros fabricaran suficientes espadas para todos, ni los curtidores y tejedores corazas de cuero y de lino.

Muchos enarbolaban puñales, hachas o mazas que no habían querido entregar cuando la recogida masiva de bronce.

Pero gracias a ello, o por culpa de ello, ahora podían estar allí.

Kerkios imaginó a Nesti ā n ō r tras los gruesos muros de piedra dando órdenes, empuñando una espada y calándose el casco que ocultaría su cabello canoso.

Supuso que los arqueros estarían apostados detrás de las puertas y en lo alto de las torres y baluartes, a la espera de recibir la señal de disparar.

Y comprobó que la vida a este o al otro lado del mar era siempre igual, y que la guerra, la sangre y la muerte le perseguían por más que intentara alejarse de ellas.

Estuvo seguro de haber oído vociferar la orden intramuros y al instante una nube de flechas se dejó ver sobre las cabezas de los rebeldes, que rodeaban las murallas como hormigas en torno a una torta de miel.

Los escudos se alzaron y se oyó el repiqueteo de las puntas contra los cueros y bronces.

Apareció un gigantesco ariete traído de alguna parte y Kerkios recordó los muros de Toroja.

Entonces un resorte activó sus músculos y se impulsó hacia delante; miró la espada que pendía de su brazo, apretó las mandíbulas y, sin ser muy consciente de la razón, se lanzó a la carrera contra quienes estaban asediando el palacio de Nesti ā n ō r.

Aquello sorprendió al resto de hombres que como él habían estado mirando en silencio sin mover un músculo.

De varias gargantas brotaron gritos y algunos emularon a Kerkios, y a estos les siguieron otros, hasta que todos los allí congregados corrieron a chocar sus espadas y lanzas contra las lanzas y escudos de los rebeldes.

Un jinete al galope llevó hasta Petono noticias de lo que estaba sucediendo en Puro, justo en el momento en que Eumetas ordenaba varar los barcos en la arena.

Las cincuenta naves, tripuladas por unos treinta remeros cada una, representaban una fuerza muy superior a la que a pie de playa trataba de impedir el desembarco.

Estos, excitados y nerviosos, pensaron que no tenía sentido malgastar flechas mientras las naves no estuvieran más cerca y los invasores no saltaran de las embarcaciones para tirar de los cabos y varar las quillas.

Los hombres de Eumetas se sirvieron del fuerte oleaje que empujaba los barcos hacia tierra, y con ayuda de los remos propulsaron las proas sobre la arena.

—¡Posedao está con nosotros! —gritó Eumetas cuando vio que en múltiples puntos a lo largo de la playa las proas dejaban de mecerse al compás de las olas y se fijaban en tierra.

Con las quillas ya encalladas en la arena mojada, los arqueros dispararon y las flechas volaron y abatieron a muchos, pero fueron insuficientes para impedir la avalancha de hombres que saltaba por la borda de los barcos.

Pronto los defensores se vieron cercados por una larga y gruesa línea de guerreros que se cerró sobre ellos como la pinza de un cangrejo.