3. PURO Dos días después del Desastre #6
El wannax de Puro tenía hombres de confianza desperdigados por las ciudadelas más recias del territorio de Akhaia.
Del mismo modo, en Puro y otras ciudades también había delegados de los gobernantes de Muk ā n ā , Tirinte y el resto de los reinos.
Semejante red de conexiones permitía que la comunicación entre los gobiernos fuera rápida y fluida, y facilitaba los intercambios comerciales.
Los hombres de Nesti ā n ō r eran también informadores.
Y fue el que estaba destinado en Korito quien se presentó al galope una mañana en la ciudadela de Puro y le contó al wannax que una flota de medio centenar de barcos construidos en los astilleros de Puro había sido vista en el golfo de Korito.
Los barcos volvían a su hogar después de haber pasado una temporada en las aguas que bañaban los reinos controlados por Ḫ atti.
La noticia preocupó a Nesti ā n ō r. El lawageta Weteokleo recomendó al wannax enviar los veinte barcos que había en el puerto de Roowa a interceptar esa flota.
Quizá no trajera malas intenciones, pero era mejor comprobarlo lejos de Puro.
—¿Quizá? —preguntó irónico Nesti ā n ō r al escuchar la propuesta—. No me cabe duda de que se trata de los barcos de Eumetas; los dioses sabrán cómo lo ha hecho para salirse de la ruta habitual y regresar a Puro por el norte. Está claro que no quiere que sepamos que viene.
—En ese caso, Nesti ā n ō r —respondió Weteokleo—, conviene detenerlo cuanto más lejos de la ciudad y de la bahía de Roowa, mejor.
El wannax tardó en decidirse; no le gustaba la idea de dejar desguarnecido el puerto.
Hacerlo era asumir un riesgo a cambio de intentar evitar otro, y en función de cómo se desarrollaran los acontecimientos, esta podía llegar a ser una decisión suicida.
Se preguntó en qué momento había permitido que un hombre como Eumetas se arrogara tanto poder, y advirtió que el causante no había sido él sino el eqeta Enkelawo, alguien fiel al cetro del rey pero inhábil a la hora de elegir subordinados.
Tal vez al final Enkelawo sí se habría dado cuenta de su error y por eso a la primera oportunidad que tuvo lo envió lejos, a saquear ciudades remotas como Toroja, Zepura o Apaša.
Nadie entendió por qué Nesti ā n ō r decidió seguir el consejo del lawageta : las veinte naves que Kerkios había traído desde Toroja hacía pocos días desplegaron velas y partieron rumbo al norte.
El objetivo era alcanzar Pereurona antes que Eumetas, ciudad que estaba en el camino que había de recorrer la flota de aquel, y bloquearle el paso con el auxilio de los barcos locales.
Pero tal cosa jamás sucedió; Nesti ā n ō r nunca supo que su flota se cruzaría con la de Eumetas sin verla, y que al llegar a lo que quedaba de Pereurona decidiría no regresar a Puro.
Pese a estar en el mes de Plowistos , la procesión de consagración por las calles de la ciudad con presentes para el dios Posedao no tuvo lugar.
Tampoco los sacrificios rituales, ni el banquete festivo con carne, cebada y vino que el wannax organizaba y al que asistían los nobles y sus familias.
Puro estaba en armas pendiente del posible desembarco.
Los puestos de vigilancia costera intensificaron su labor y la bahía, que normalmente no requería de supervisión, era recorrida por lanceros día y noche.
El puerto de Roowa se cerró con una gruesa cadena que cruzaba el canal de parte a parte.
Fue el único elemento de bronce que se mantuvo intacto: todos los utensilios fabricados con ese metal de los cuales los habitantes de Puro pudieran prescindir, fueron requeridos en las puertas de la ciudadela: ollas, escabeles, trípodes, útiles de labranza y para cocinar, herramientas de cualquier tipo.
.. También se confiscaron corazas y grebas.
Los sacerdotes de Pakijane y otros lugares llamaron profanador al wannax Nesti ā n ō r cuando ordenó requisar los objetos de bronce de los santuarios.
Todo ese metal se distribuyó entre los herreros y broncistas de la ciudad, quienes lo fundieron en sus hornos y fabricaron puntas de flecha y espadas, que a su vez fueron repartidas entre la población.
Los curtidores y talabarteros trabajaron a destajo con pieles de cabra, de gamo y de cerdo, para elaborar con urgencia protecciones que sustituyeran a las armaduras; y las hilanderas, los tejedores y los zurcidores hicieron refuerzos de lino.
Los ciudadanos de Puro debían armarse para impedir el éxito de una más que probable conspiración que pretendía derrocar el gobierno del legítimo rey Nesti ā n ō r.
La fuerza militar con la que contaba el wannax era escasa y se hallaba repartida por los distritos costeros de Puro.
Nesti ā n ō r convocó en una reunión de urgencia a los eqetas , pero solo la mitad de ellos se presentó; tampoco lo hizo el lawageta .
Quedó al fin claro en qué bando se alineaba cada uno.
Enkelawo sugirió intensificar la vigilancia de las costas, en especial las de los distritos septentrionales, para impedir un posible desembarco en la desembocadura del Neda o del Kuparissos.
A lo largo del litoral existían trece puestos de vigilancia costera, con sus correspondientes okas militares; Nesti ā n ō r comprendió la prudencia del consejo de Enkelawo y decidió asignar al norte las tres okas destacadas en la zona meridional del territorio.
El peligro se concentraba en latitudes más septentrionales, por lo que dejar sin vigilancia aquellos tres puestos era tan arriesgado como comprensible.
—Pero ¿cómo te protegerás de los eqetas rebeldes? —preguntó Enkelawo—. Ya sabes, Nesti ā n ō r, que de ellos depende un buen número de nobles, cada uno con fuerza militar suficiente para crear problemas en el interior del territorio. De seguro que el lawageta Weteokleo los liderará contra ti.
—Enkelawo, me pides que engalane a un toro y al momento me recuerdas que estoy dándole la espalda a otro.
Los guerreros del palacio me guardan lealtad, o al menos así lo creo; podrían haber acabado conmigo hace tiempo y no lo han hecho.
Pero lo que dices es cierto: Weteokleo es muy capaz de volverlos contra mí.
Por eso se están repartiendo corazas, cascos y espadas entre la población.
Ellos serán mi ejército. No tendré otro mejor.
De esa población formaban parte el padre de Kerkios y él mismo.
Alksoitas se esforzó por probar su fidelidad al wannax ; renegó repetidas veces en público y en privado de su hermano Eumetas, y para demostrar su compromiso con Nesti ā n ō r solicitó al eqeta ocupar un puesto de primera línea en la defensa de Puro.
El eqeta rio: flaco favor le estaría haciendo a su wannax , dijo, si pusiera ante el enemigo a un anciano cojo.
En su lugar Alksoitas logró que su hijo fuera asignado a uno de los puestos encargados de controlar el acceso a la ciudad.
Por no contrariar a su padre, Kerkios no mostró su disgusto y aceptó; para él todo aquello era traer al presente lo que quería dejar atrás, lo sucedido en la llanura de Toroja.
Por otra parte, había tenido tiempo de reflexionar y no encontraba explicación para los actos de su tío.
¿Era cierta la acusación de traidor que pendía sobre él?
¿Por qué había hecho aquel gesto de rebeldía contra el wannax ?
¿Por qué lo envió a él a Puro con veinte barcos?
¿Por qué le engañó? Demasiadas preguntas, a las que solo obtendría respuesta hablando con Eumetas.
Cuando la flota fue avistada las hogueras costeras se encendieron y transmitieron la señal de puesto en puesto.
El wannax recibió la noticia a solas, sentado en el trono real del salón de su palacio.
Ni siquiera se preguntó qué había sucedido con los barcos que habían partido poco antes.
Con serenidad, se levantó para coger una copa y se aproximó a la mesa de libaciones.
—Bien —se dijo a sí mismo—, dejemos que se acerquen y veamos qué intenciones tienen. —Inclinó la copa y vertió el oscuro líquido sobre la piedra lisa, y este se escurrió hasta el suelo, corrió por el estrecho canal del piso y desapareció—. Pronto sabremos de parte de quién están los dioses.
El wannax quiso agotar las últimas posibilidades que existían de evitar el conflicto y envió un embajador a parlamentar con el supuesto rebelde Eumetas.
Enkelawo tuvo la ocurrencia de escoger a Kerkios para aquella delicada misión diplomática: pensó que si la actitud de Eumetas era hostil, tal vez su sobrino sería la persona idónea para convencerle de deponerla; y si, en cambio, Kerkios se le unía, Puro tan solo perdería un jovenzuelo renegado.
Pero a Kerkios le preocupaban otras cuestiones.
No vio en ese encuentro la oportunidad de intervenir en la rebelión contra Nesti ā n ō r, la cual le interesaba poco, sino de encontrar las respuestas buscadas.
Eumetas se conducía en general con una frivolidad que le disgustaba, pero en esta ocasión había rebasado el límite.
Desde que lo acogió bajo su protección siempre se había sentido tratado con condescendencia y, si bien al principio eso facilitó las cosas, ahora ya no era ningún crío; pero su tío actuaba como si aún lo fuera.
A Kerkios no le gustaba ser engañado: para él la rebelión de Eumetas no era un asunto de Estado, sino una cuestión personal.
La barca llegó al caer la noche, con Kerkios a los remos como único ocupante.
Las naves habían echado sus enormes piedras de ancla a muy escasa distancia de la embocadura del canal de Roowa.
El recibimiento de Eumetas fue cálido, pero el saludo de su sobrino frío como la noche.
La luna llena iluminaba la cubierta y no eran necesarias antorchas para verse las caras.
Eumetas fingió estar sorprendido por la actitud distante de Kerkios.