3. PURO Dos días después del Desastre #5
Durante siete días los barcos de Eumetas siguieron la estela de los de Kerkios sin que este lo supiera.
Rebasaron el extremo más oriental de la isla sobre la que se asentaba la ciudadela de Karuto, y a la mañana del octavo día, cuando vislumbraron a estribor la península sobre cuyas rocosas llanuras del interior se asentaban las ciudadelas de Toriko y Atana, viraron y se alejaron de las aguas abiertas.
Continuaron dos días más hacia poniente hasta que el horizonte los cercó y el mar se acabó.
Desembarcaron en una playa estrecha, en tierras próximas a Korito.
Eumetas inmediatamente ordenó tomar las hachas y buscar en la espesura de los bosques que se asomaban al mar árboles de madera densa y resistente: olmos, sauces, cipreses.
El mismo tipo de madera con el que se fabricaban las ruedas de los carros y los arietes.
Talaron centenares de árboles; los troncos fueron desramados, desbastados y cortados todos ellos con la misma longitud.
Los colocaron unos junto a otros sobre el suelo en un terreno llano y pedregoso, formando una especie de camino de madera en el que los desniveles eran leves.
Y fue entonces cuando los prisioneros comprendieron por qué les habían permitido reservar sus fuerzas durante la travesía.
Ataron largos cabos a los cascos de los barcos y les hicieron tirar de ellos, y los arrastraron uno detrás de otro hasta colocarlos en fila sobre el lecho de troncos.
Barcos que tenían entre treinta y cuarenta codos de eslora y pesaban al menos catorce mil minas cada uno.
Otros hombres, provistos de hachas y azadas, o con sus manos desnudas, se dedicaron a apartar rocas, cortar maleza y allanar el piso, abriendo camino hacia el oeste.
Había cientos de personas halando las naves con la fuerza bruta de sus brazos y piernas, remolcándolas sobre las maderas que rodaban en el suelo y facilitaban así el avance de la flota tierra adentro, hacia el interior.
Las quillas aplanadas de las embarcaciones también contribuyeron a su estabilidad sobre la alfombra de madera.
Los troncos que quedaban atrás superados por las naves eran izados y trasladados de nuevo al comienzo del camino para que volvieran a ser sobrepasados.
De ese modo los barcos iban abandonando la playa y avanzaban por la tierra.
Para aligerar el peso se formó una cadena humana que se ocupó de trasladar a pie todo el cargamento.
Muchos pensaban que la intención de Eumetas era ocultar los barcos y el botín en la espesura, pero no lograban encontrar la razón de semejante locura.
La última embarcación abandonó las aguas al finalizar el día.
Los hombres estaban exhaustos, no habían podido descansar desde que se iniciara el suplicio.
Pero Eumetas no permitió que los prisioneros durmieran.
Concedió pequeños descansos para recuperar las fuerzas, estableció turnos de vigilancia y durante la noche el trabajo no se detuvo.
Al día siguiente apareció un grupo de jinetes procedentes de la cercana ciudadela de Korito.
Quedaron maravillados por lo que allí estaba sucediendo y uno de ellos habló con Eumetas.
Por absurdo que le pareciera, no se inmiscuyó en la tarea que estaba llevando a cabo con los barcos y le previno del peligro que corrían: le informó de que los habitantes de la ciudadela habían sido hostigados por tribus hostiles venidas del norte, pero habían logrado rechazarlas.
Esas gentes no tenían asentamiento estable, estaban en continuo movimiento y no se les detectaba otro objetivo más que la rapiña y el saqueo.
Por esa razón algo más al sur se estaba levantando un largo muro con grandes bloques de piedra, que trataría de frenar el avance de los bárbaros a través del estrecho.
Eumetas sonrió y agradeció el aviso, y los jinetes se marcharon.
Los trabajos prosiguieron y los hombres empezaron a morir; primero cayeron solo unos pocos, pero luego lo hicieron por decenas, extenuados a causa del esfuerzo y consumidos por la falta de sueño, el hambre y la sed.
Ese era su cometido, para eso estaban allí, por esa razón los había traído Eumetas hasta aquel lugar.
Pudo así comprobar con qué suma facilidad se extingue la vida de un hombre cuando su cuerpo es llevado más allá de sus límites.
Al final del cuarto día se pudo vislumbrar por fin un mar de aguas brillantes sobre el que se reflejaba el sol del ocaso.
Un mar con las mismas aguas o con otras diferentes a las del que habían dejado atrás, eso a nadie importó.
Pero los que tiraban de los cabos sintieron que sus fuerzas se renovaban porque vieron en aquella extensión de agua el final de su sufrimiento.
Los troncos siguieron rodando, los cabos estirándose y las maderas de los barcos crujiendo y quejándose toda la noche; y al amanecer el mar se abrió ante los ojos de los hombres de Wilios, o de Toroja, como la llamaban sus captores, y muchos soltaron los cabos y corrieron a tocarlo y a mojar sus cuerpos en él.
Uno de los akhaios se acercó a Eumetas y le preguntó cómo sabía que aquella hazaña que acababan de realizar era posible.
—No lo sabía, pero tenía que hacerse.
Los prisioneros que sobrevivieron al ingente esfuerzo fueron degollados allí mismo y sus cuerpos arrojados sobre los troncos.
Las quillas, resecas y desgastadas por el rozamiento, agradecieron sentir de nuevo el contacto con el mar.
Los calafateadores tendrían trabajo después reparando los desperfectos con brea y resina de pino, pero ahora no había tiempo que perder.
El cargamento se instaló de nuevo en la cubierta de las naves, y las velas aprovecharon el fuerte viento del este que empujaba las embarcaciones en dirección al atardecer.
Navegaron sin separarse de la margen izquierda de lo que tenía el aspecto de ser un ancho canal, pero que no era más que una lengua de mar que separaba las tierras.
Dos días después, cuando el cauce parecía estrecharse, Eumetas ordenó aminorar la velocidad.
Desde las cofas pudo verse en el cielo una difuminada nube marrón en la margen derecha, tierra adentro.
Eran aguas próximas a la ciudadela de Pereurona, lugar con el que Puro mantenía desde tiempos lejanos buenas relaciones comerciales.
Procedentes de latitudes septentrionales, a sus almacenes llegaban por tierra cargamentos de ámbar, pieles de animales y sobre todo lingotes de estaño, un metal tan preciado como el oro y menos escaso en el norte que en tierras de Akhaia; y del puerto de Pereurona partían barcos para vender esas mercancías en el sur.
Pero aunque Eumetas también vio el humo, no entraba en sus planes comprobar si el principal abastecedor de estaño de Puro estaba siendo pasto de las llamas.
Pusieron proa hacia la orilla contraria y no tardaron mucho en descubrir a lo lejos, varadas en la arena, un buen número de embarcaciones con los remos estibados y los mástiles desmontados.
Eumetas dio indicaciones para acercarse y fondear a escasa distancia. Y esperaron.
Los atacantes aparecieron antes de ponerse el sol.
Surgieron de la fronda que se asomaba a la orilla portando lanzas y espadas; algunos llevaban el torso desnudo y oscuros tatuajes les recorrían el pecho y el rostro, y otros vestían túnicas de lana o lino.
Eumetas acercó su barco a tierra, bajó de él y parlamentó con el cabecilla largo rato en una lengua ininteligible.
Poco después regresó a la nave. Durante la mañana siguiente sus hombres estuvieron transportando el cargamento de bronce a la orilla y depositándolo a los pies de aquella gente.
Al terminar subieron a sus naves y zarparon de nuevo.
Mientras se alejaban observaron cómo los salvajes prendían fuego a sus propios barcos, danzando y lanzando gritos al sol.
Los hombres de Eumetas no comprendieron ese comportamiento.
Él les explicó el motivo y hubo una cierta inquietud en sus palabras:
—En lo que van a hacer no hay vuelta atrás. Si acaso tienen un hogar, no piensan regresar a él.
La travesía se prolongó varios días más, siempre a corta distancia de la costa.
Al estar liberadas del peso del bronce, las naves eran más ligeras y la velocidad que alcanzaban mayor.
Al navegar tan cerca de tierra la fuerza del mar los atraía hacia la orilla y los hombres debían contrarrestarla a golpe de remo.
Pero Eumetas quiso que así fuera. Cuando avistaron la desembocadura del río Neda una sensación de impaciencia y excitación los invadió.
Eumetas ordenó replegar las velas en las botavaras para así controlar mejor las naves.
Con las proas enfiladas al sur, rebasaron el Kuparissos y vieron las señales de humo que ascendían desde los puestos de vigilancia en la parte más alta de la abrupta costa.