Fuego y bronce 3. PURO Dos días después del Desastre #4
18%

3. PURO Dos días después del Desastre #4

—No. Eres tú quien me acompañará a mí. Mis hombres irán a Roowa y se encargarán del cargamento y las mujeres. Y tú vendrás conmigo al palacio. Darás explicaciones ante Nesti ā n ō r, el wannax de Puro, así que piensa bien lo que vas a decirle.

El auriga los dejó frente a la impresionante planta de una fortaleza situada en la parte más alta de una colina.

Desde allí se dominaba toda la ciudad, y mirando hacia el sudoeste la vista alcanzaba hasta el mar.

Kerkios siguió a Enkelawo y cruzaron los gruesos muros; observó cómo los lanceros que había junto a las puertas se apartaban y practicaban un esbozo de saludo marcial.

Cruzaron un gran patio exterior, pasaron entre unas columnas y llegaron a una suerte de vestíbulo.

Allí el eqeta dio indicaciones a uno de los sirvientes y este desapareció por una puerta lateral.

Kerkios jamás había visto nada semejante a las sinuosas grecas que guarnecían las paredes, ni las simetrías cromáticas que llenaban casi por completo el piso y los techos de la sala; a su lado, la escueta decoración de la casa de Enkelawo se le antojaba ridícula.

No tardaron en permitirles el acceso a la estancia contigua, y allí Kerkios acabó de maravillarse.

Perros de caza, panteras, ciervos y grifos, vistosas aves y escenas de lucha recorrían las paredes, y los colores del artesonado hacían palidecer lo que acababa de ver en el vestíbulo.

En medio había un gran hogar donde resplandecían unas brasas que desprendían un intenso olor a incienso.

Cuatro robustas columnas de madera sostenían el techo, en cuyo centro un lucernario permitía la salida del humo y daba acceso a la luz exterior.

Varios pebeteros de piedra y marfil y escabeles de bronce se repartían por la estancia.

Tapices verdes y púrpuras colgaban desde el alto techo.

A la derecha, un sitial de madera recubierto con pieles curtidas servía de asiento a un hombre de barba blanca y discretas vestiduras en comparación con las del eqeta .

Llevaba puesto un sencillo pharwos de mangas recortadas similar al del propio Kerkios, y solo el ceñidor de cuero repujado y cosido con hilo de oro hacía pensar que se trataba de un gobernante.

—La festividad del dios del mar está cercana —comenzó a decir el wannax Nesti ā n ō r—, pronto celebraremos la gran consagración en el hieron de Posedao y la procesión recorrerá las calles de Puro.

Si es que finalmente estamos en condiciones de hacerla.

—Habló entonces al joven mercader—. Te conozco, Kerkios, hijo de Alksoitas.

Yo también hago ofrendas al dios. Y a Potnia y Manasa.

Las tierras de oriente me proporcionan aceites perfumados con cipero y con saúco, e incienso de Akupitija; envío todas esas esencias y especias a los sacerdotes de Pakijane.

Por ellos sé de ti. —Kerkios y Enkelawo estaban de pie frente al wannax .

Este se levantó y se acercó al eqeta —. ¿De qué se trata, Enkelawo?

Este no dio rodeos.

—Nesti ā n ō r, el bronce que esperábamos del País del río Seha, de Toroja, Miratija y las islas no ha llegado. Temo que…

—No me traslades tus temores, Enkelawo. Tengo bastante con los míos y te aseguro que van mucho más allá de lo que puedas imaginar. —Nesti ā n ō r se dirigió a Kerkios—. Acabas de volver de allí. Explícame a qué se debe ese retraso.

Kerkios repitió una vez más aquellas ya lejanas palabras de su tío Eumetas, y esta vez fue consciente de que lo hacía frente a la persona que supuestamente las había pronunciado.

—Sí —dijo Nesti ā n ō r—, recuerdo aquello.

Pero Eumetas ha malinterpretado lo que no fue más que un deseo, no una orden.

Yo simplemente le di ánimos antes de partir, como hago siempre que el viaje es largo y la tarea ardua.

¡No es preciso que se quede al otro lado del mar hasta que se haya hecho con la última copa de bronce que pueda encontrar, por la Potnia!

Tenemos otras urgencias en Puro: necesito ese bronce aquí —tamborileó con los dedos en un brazo del sitial—, no en la cubierta de su barco al otro lado del mar.

—Nesti ā n ō r… —empezó a decir Enkelawo.

—Sí, lo sé. Yo también soy capaz de verlo. —Percibió la extrañeza de Kerkios—, pero parece que tú no. Bien, te lo diré.

Y aunque no tenía por qué dar explicaciones a un simple subordinado del ayudante del eqeta , lo hizo.

Puro estaba al borde de la hambruna. Las vides se marchitaban, el trigo se agostaba, los olivos se secaban y los árboles no daban frutos.

El calor extremo durante el día y las heladas nocturnas acababan con las cosechas, y sin cosechas no había comida, ni vino, ni aceite.

Y sin vino y aceite no había comercio, y sin comercio no podían llegar alimentos del exterior.

Nesti ā n ō r le contó todo eso, pese a parecerle innecesario por lo evidente.

—La situación es la misma en Muk ā n ā , en Gla, en Korito… Por eso nos hacemos a la mar y buscamos el sustento en otro lugar.

—De donde vengo sucede lo mismo —se atrevió a decir Kerkios—. También allí hay escasez.

Sus palabras sonaron a reproche, pero el wannax no se molestó.

—Lo sé. Bien, pues que defiendan lo que tengan como valientes y los dioses elegirán a sus campeones. De eso se trata, para eso estamos aquí, para ganar o perder. Para vivir o morir.

Kerkios recordó las llamas de Toroja y los cadáveres por las calles. Ellos habían perdido y habían muerto.

—¿Y el bronce? —se atrevió a preguntar.

—El bronce… Ese es un problema mayor. O menor, según la importancia que cada uno le dé a su propia existencia.

Nesti ā n ō r estaba al corriente de una conspiración que pretendía derrocarle.

Como siempre sucedía cuando las miserias se adueñaban de las vidas de la gente, surgían voces que depositaban la culpa en el wannax y clamaban contra él.

Los nobles de Puro no ocultaban su descontento y achacaban a Nesti ā n ō r todas las desgracias del reino.

No hacían más que aprovecharse de las circunstancias.

Y él sabía que en cualquier momento tratarían de quitarle de en medio.

—Enkelawo me es fiel, pero el resto de eqetas de Puro no lo son.

Quizá ni siquiera lo sea el lawageta Weteokleo, el jefe del ejército.

De modo que estoy solo. Necesito espadas y escudos para armar a quienes aún me son leales, Kerkios, y necesito bronce para fabricarlos.

Sin eso estoy indefenso. Pero por el puerto de Roowa ya no entra bronce.

Y mucho menos cobre o estaño; hace mucho que no vienen cargamentos de la isla de Kupirijo, nuestro proveedor habitual de cobre.

Ignoro si es a causa de los piratas o porque haya sucedido algún percance en las ciudades de la isla, en Enkomi o en Kition.

De ahí que el cargamento de bronce de tu tío Eumetas sea vital, y él lo sabe.

Por eso resulta tan extraño que no haya regresado contigo.

—Es uno de los conspiradores, Nesti ā n ō r —aseguró el eqeta —. Y probablemente su sobrino también.

Kerkios iba a protestar cuando el wannax se anticipó.

—¿Entonces por qué lo ha enviado con nosotros, Enkelawo? ¿Por qué meterlo en la boca del lobo con veinte barcos?

El wannax se acercó a uno de los pebeteros. Tomó un puñado de incienso del interior y lo arrojó a las brasas, y una densa fumarada de tonos grises ascendió hasta confundirse con el humo que escapaba por la lucerna.

—Puede que tengas razón, Enkelawo. Le he contado todo esto al sobrino de un posible conspirador que tal vez también esté maquinando a mis espaldas.

—Se giró hacia Kerkios—. Quizá tenga que fundir este pebetero de bronce para fabricar la espada que me defienda de ti, Kerkios. Lo sabremos con el tiempo.

Los prisioneros estaban ansiosos por desayunar lo que con extrema indolencia les estaban preparando sus captores.

Los habían visto moler cebada y cocerla en agua, y aguardaban hambrientos a recibir el cuenco con la comida.

Pero debió de producirse un cambio de planes, porque de pronto los azuzaron para que salieran de la pocilga donde habían pasado la noche y los hicieron embarcar, amontonándolos en las popas y las bodegas a empujones, gritos y latigazos.

Los hacinaron entre los sacos de mercancías y provisiones, los cabos y los fardos repletos de objetos de bronce.

Todo el proceso no llevó demasiado tiempo.

La mañana era fría en Poliocne y el movimiento les hizo entrar en calor.

Eso pensaron los optimistas; los que se ceñían a la cruda realidad solo veían la muerte aproximándose a ellos de modo inexorable.

Los cincuenta barcos salieron de la bahía apenas se hubo perdido de vista en el horizonte la flotilla de Kerkios.

Los cautivos iban ligados del cuello con una larga cuerda y sus manos estaban atadas a la espalda; el vaivén de las embarcaciones zarandeaba sus cuerpos, y sus hombros y cabezas se golpeaban unas con otras y chocaban contra la borda.

Los remeros bogaban con energía para superar las corrientes que los empujaban hacia el norte.

Debían mantener el ritmo de los remos, había que remontar la isla de Lemnas y entrar en la ruta que los empujaría hacia las islas meridionales.

Algunos protestaron: ¿por qué el esfuerzo de remar tenían que hacerlo ellos?

¿No había otros brazos a bordo que podían ejecutar ese trabajo?

Pero Eumetas, ayudante del eqeta de Puro, había querido que así fuera: los prisioneros, hombres todos ellos puesto que las mujeres y los niños se los había llevado Kerkios, debían estar descansados y, dentro de lo posible, saludables.