Fuego y bronce 3. PURO Dos días después del Desastre #3
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3. PURO Dos días después del Desastre #3

Eso fue lo último que Kerkios supo de Afareo.

Y de los buenos tiempos. A partir de entonces la relación con su padre cambió: el muchacho no le perdonó jamás la injusticia cometida con Afareo y el haberle obligado a marcharse.

Llegó a odiarle; con los años ese odio se convirtió en frialdad e indiferencia.

Avistaron el estuario de Roowa tras veinte días de navegación.

Como si se tratara de un triunfo personal, Alksoitas siempre se jactaba de que fueron sus antepasados quienes construyeron aquella dársena artificial aprovechando el desagüe del Selas: las viejas leyendas decían que se hubo de desviar el curso del río, drenar la arena aluvial de la cuenca y consolidarla con una capa de grava de varios codos de espesor.

Cuando Kerkios oía hablar de ello a su padre pensaba que él estaba destinado a hazañas parecidas, pero no era una idea que le agradara.

Los veinte barcos penetraron por el estrecho canal a golpe de remo y con las velas arriadas; lanzaron los cabos y vararon en el muelle de la dársena interior, que pasó de estar casi desierta a cubrir sus orillas con embarcaciones.

Kerkios trasladó la supervisión de la descarga de los bultos, las ánforas, las mujeres y los niños a los capitanes, quienes se lo agradecieron con un mohín.

Luego buscó en el puerto el lugar donde su padre tenía los amarres, y allí vio a dos esclavos.

Les ordenó que uncieran un par de caballos a un carro.

Cuando el vehículo estuvo preparado saltó al interior de la caja e informó que no necesitaba auriga; Afareo le había enseñado bien a llevar las riendas.

Las sacudió con fuerza sobre las ancas de los animales y estos se lanzaron al galope por un familiar camino estrecho y abrupto que le condujo hacia el noreste, hasta Puro.

Se dirigió al hieron de Posedao, pues la primera deuda a saldar no era con su padre, que al fin y al cabo era el responsable de su partida, sino con el dios, que le había devuelto sano y salvo del mar.

Llegó al distrito de Pakijane y en el lugar sagrado solicitó el sacrificio de una cabra en honor al dios y también a su esposa, la diosa Posedaea.

«Mi padre Alksoitas os repondrá el animal», indicó a los oficiantes, que conocían bien tanto al padre como al hijo.

El sacerdote le tendió la copa ritual; Kerkios la cogió y se acercó con ella a la mesa de las libaciones.

—Alzo la cílica y vierto este vino para honraros, dioses del mar. Que mi ventura esté siempre en vuestras manos. Que vuestra alegría sea la mía y la mía vuestra.

Volcó la copa y el líquido oscuro manchó la fría piedra de la mesa y discurrió por una muesca hasta caer al suelo, donde fluyó por un estrecho canal.

—Os entrego también este ropaje como ofrenda.

Kerkios sacó de su alforja una tela doblada cuidadosamente y se la tendió al hiereo , quien la tomó con un ademán reverencial.

—¿Qué es? —preguntó de modo rutinario para anotarlo en sus registros.

—Parte de una prenda de vestir que viene de muy lejos. Su verdor suave y claro recuerda al color del mar, por eso la consagro al dios.

Terminada la ceremonia de consagración y las libaciones, Kerkios dudó si atender primero sus deberes filiales o bien los que le había asignado Eumetas. Calibró cuál de los dos encargos le ocuparía más tiempo y, de un salto, volvió al carro y se alejó del hieron .

La finca de Alksoitas se encontraba en las afueras de Puro, a medio camino entre Pakijane y la ciudad.

La casa estaba rodeada de viñedos y olivares; Kerkios no se había interesado nunca por el campo y por ello no reparó en que muchos árboles estaban secos y sin fruto, y que las vides carecían del vigor y la frescura de otros tiempos.

Cuando entró en la casa y abrazó con formalidad a su padre, aún llevaba impregnado en el cuerpo el olor del mar, y su túnica y sandalias habían recogido buena parte del polvo del camino del hieron . A Alksoitas no le importó.

—Kerkios, bienvenido por fin. ¿Qué noticias traes de la otra parte del mundo?

«Ciudades ardiendo, cuerpos degollados, vidas truncadas, destrucción, muerte…», pero no mencionó nada de eso.

—Traemos un cargamento de grano y esclavas de Taruiša, Seha y algunos lugares más del estrecho del norte. Y también ánforas con…

—¿Esclavas para qué? —le interrumpió su padre—.

Tenemos de sobra en la ciudad, ya hay demasiadas bocas que alimentar.

¿En qué está pensando tu tío al hacer prisioneros?

Al wannax no le hará gracia. ¿Ha olvidado que apenas si somos capaces de alimentarnos a nosotros mismos?

Espero poder hablar luego con él y hacerle ver su error.

Alksoitas era un hombre que se asomaba a la ancianidad a marchas forzadas, como anunciaban las canas que teñían de blanco su pelo y barba.

Cojeaba y sufría terribles dolores en una pierna por culpa de un caballo que se encabritó y lo arrojó al suelo años atrás.

Su otra cojera la representaba su viudez.

La muerte de su esposa a causa de unas fiebres le había agriado el carácter y se había vuelto irritable.

Su hermano Eumetas, varios años más joven que él, se lo recriminaba a menudo y hacía lo posible por alejar a su sobrino del desapacible influjo paterno y atraerlo hacia sí.

—Eumetas se ha quedado en Lemnas, padre. Aún no ha terminado lo que el wannax le encargó hacer.

La noticia contrarió a Alksoitas. Kerkios se soltó el ceñidor y se aflojó las tiras de cuero de las sandalias.

—¿Que no ha venido? Yo te dejé bajo su protección ¿y te ha hecho cruzar solo el mar? —Kerkios quiso recordarle que ya no era un niño, pero su padre siguió hablando—: ¿Y qué es eso de que el wannax le hizo un encargo? ¿A Eumetas?

—Voy a asearme, padre. He de presentarme al eqeta cuanto antes.

Poco más hablaron padre e hijo. Kerkios estaba cansado y no tenía interés en discutir, y hablar con su padre era sinónimo de entablar una disputa dialéctica.

No tardó en aparecer en la casa de Enkelawo con una túnica limpia y el cabello aceitado.

El eqeta vivía en una pequeña residencia cerca del palacio del wannax .

Era un hombre poderoso, sin embargo, el lugar era frugal, con poco mobiliario, ni elementos decorativos, ni sirvientes.

Él mismo fue quien le abrió la puerta y le hizo pasar al interior de la estancia principal.

—Así que tú eres el sobrino de Eumetas —dijo tras escuchar la presentación formal de Kerkios. Lo miró de arriba abajo—. Bien, si él te envía es que debe de confiar en ti. Dime, ¿cuándo piensa regresar? ¿Ha olvidado que le ordené volver cuanto antes?

Enkelawo parecía ser algo mayor que su tío, pero no tanto como su padre.

Una estrecha cinta decorada con meandros de vistosos colores le mantenía los largos cabellos sujetos a la cabeza, y llevaba la barba recogida con una doble trenza.

El manto largo hasta los pies era de un llamativo color púrpura, y por ceñidor usaba un grueso cordel dorado.

Kerkios pensó que toda la ornamentación que se echaba a faltar en la casa le sobraba a la figura de Enkelawo.

Quizá ese era su modo de hacerse notar: rodearse de austeridad y, al tiempo, vestir como un rey.

El muchacho repitió casi con las mismas palabras lo que poco antes había dicho a su padre, pero trató de adornarlo para otorgar más peso a su discurso y librarlo de la frivolidad que en su opinión tenía.

—¿Nesti ā n ō r le encomendó eso? ¿Sin decírmelo antes a mí? —Frunció el ceño y guardó silencio. Kerkios no supo si esperar a que el eqeta añadiera algo o atreverse a interrumpir sus pensamientos.

—¿Cuántos barcos has traído contigo? —preguntó por fin Enkelawo con rostro serio.

—Veinte.

—¿Solo veinte? ¿Y el resto? ¿Es que Eumetas se ha vuelto loco?

Calló de nuevo. No tenía deseos de hablar de ese tema con Kerkios, un joven cuyo único mérito consistía en ser el sobrino de su ayudante; de repente pareció ansioso por perderlo de vista, pero hizo un comentario más—. Tus hombres habrán llevado el cargamento al palacio, ¿no es así?

—¿Mis hombres? —se sorprendió y comprendió al instante que, en efecto, las tripulaciones de las naves eran «sus hombres»—. No lo sé, yo les ordené que lo descargaran y…

—Y lo habrán dejado en la arena de la dársena, no te quepa duda... —Movió la cabeza con impaciencia—. Kerkios, ese cargamento debe estar cuanto antes en los almacenes del palacio del wannax . En especial el grano y el bronce.

—No hay bronce en la carga, Enkelawo. —En la frente de Kerkios empezó a formarse un sudor frío—. Hay grano, mujeres y niños. Mi tío… Eumetas quiso aligerar el peso de los barcos librándolo del bronce. Lo traerá cuando…

La expresión de Enkelawo le llevó a descubrir cuán absurdo era lo que estaba diciendo.

—¿Cuándo, por la Potnia?

La mirada del eqeta siguió traspasando a Kerkios y este no supo qué decir. No acababa de entender la gravedad del asunto, pero se cuidó de airear su ignorancia. Enkelawo mantuvo los ojos clavados en él, como si quisiera fulminarlo.

—¿Qué está pasando, muchacho?

El eqeta caminó por la sala con las manos a la espalda y Kerkios se dio cuenta de que, en efecto, sucedía algo extraño que él desconocía.

Pareció que Enkelawo se entretuviera observando la única decoración existente en la habitación, unas líneas espirales que se engarzaban unas con otras y recorrían las paredes en línea recta, en una especie de tortuoso laberinto sin principio ni fin.

Tras el incómodo silencio, Enkelawo dio una palmada y apareció un esclavo.

Después de todo, el eqeta sí tenía gente a su servicio.

Le ordenó que embridara los caballos a un carro.

—Vendrás conmigo, Kerkios.

—No es preciso que me lleves al puerto, Enkelawo. Tengo mi carro en…