Fuego y bronce 3. PURO Dos días después del Desastre #2
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3. PURO Dos días después del Desastre #2

Los remeros bogaban con fuerza pese a haber desplegado las velas apenas dejar Poliocne.

Navegaban viento a favor y el desgaste físico de los sesenta brazos era innecesario, pero Kerkios tenía prisa en llegar a Puro; no por complacer a Eumetas, sino por poner fin a muchas cosas.

Y principio a otras. Veinte barcos habían sido necesarios para transportar el resultado de la rapiña en las tierras más occidentales del territorio que controlaba el País de Ḫ atti.

El resto de las naves, cincuenta, se quedaron varadas en las finas y blancas arenas de la isla de Lemnas.

No era el suyo el único rey que se había dedicado a llenar las arcas con el oro, la plata y el bronce de Taruiša, Mira o el País del río Seha.

Y sobre todo con el grano: en aquellos tiempos el trigo y la cebada eran un bien más valioso que el más exquisito escarabeo labrado en el mejor taller de orfebres de Akupitija.

Desde muchas estaciones atrás, guerreros de lugares como Teqa, Korito, Muk ā n ā e incluso la insular Konoso, habían merodeado por las mismas regiones que Puro y despojado las mismas ciudades, en incursiones conjuntas o independientes.

La piratería y el saqueo eran la actividad habitual de esos a quienes sus víctimas llamaban a ḫḫ iyawa , hombres venidos del otro lado del mar, hábiles con la lanza y el ariete. Y Kerkios estaba harto de todo eso.

Nubes altas en el cielo fueron agrupándose y poco a poco formaron una fina capa.

Tardarían varios días en alcanzar la bahía de Puro, pese a las fuertes rachas de viento que propulsaban los barcos hacia el rumbo señalado por sus espadillas.

Pocas veces serían tan favorables como en aquella ocasión; parecía que Posedao, dios del mar, compartiera las inquietudes de Kerkios y deseara su pronta llegada.

Él miraba el horizonte sin prestar atención a la cubierta del barco, donde los hombres maldecían el capricho de un muchacho con ínfulas que los hacía sudar en vano.

La ruta marcada los llevaba hacia el sur a través del denso archipiélago de islas que salpicaba el mar; una vez rebasada Melos virarían a estribor para pasar junto a la isla de Kutira y circunnavegar la península hasta alcanzar Puro.

Kerkios conocía bien las rutas marítimas: en épocas pasadas las había recorrido a bordo de otros barcos y con otros cargamentos.

Alksoitas, su padre, se sintió apenado cuando Kerkios alcanzó la edad de ser reclutado para el cuerpo militar de la ciudad.

Su condición de terrateniente, por un lado, y de propietario de algunos barcos, por otro, no impidió que su hijo fuera incluido en la leva; de hecho, precisamente por disponer de tierras y ser de condición noble le correspondía tomar las armas.

Kerkios siempre se había sentido atraído por el mar, hasta el punto de considerar a Posedao su dios tutelar; por esa razón acudía con frecuencia al hieron , el hogar del dios, para hacer libaciones, y por eso su padre trató por todos los medios de no ofender a la divinidad y procuró que ese vínculo no se rompiera.

Tras una corta temporada en una unidad de infantería, una oka destinada en la región de Peragolaia, al norte de la ciudad, los desvelos de Alksoitas dieron fruto y fue enviado a los puestos de vigilancia en las costas de la desembocadura del Kuparissos.

Allí quedó bajo la protección del ayudante de uno de los eqetas de Puro, individuo poderoso que justamente era la persona que había accedido a destinarlo allí: su tío Eumetas.

Kerkios era alto y de complexión atlética.

En palabras de Eumetas, podría ser el mejor de los guerreros si se lo propusiera, pero ese mundo de violencia y muerte, de batallas, sangre y ejercicio de la fuerza, escapaba a sus deseos.

Eumetas lo apartó de lo alto del acantilado de Kuparissos donde oteaba el mar, lo puso sobre la cubierta de un barco y lo llevó a las costas de los lejanos reinos que había más allá del horizonte.

Algunos de esos lugares no le eran del todo ajenos a Kerkios: los conocía gracias al negocio de su padre.

Con los dos barcos que tenía, compraba y vendía productos en plazas de ciudades de las que sabía poco más que el nombre: lingotes de cobre de Enkomi; ámbar e incienso de Akupitija, las tierras del Gran Delta; tinte púrpura y resina de terebinto de Ugarit; tejidos de lana y de lino manufacturados en Miratija; cilantro y sésamo de la lejana Karkemiš…

Y en todos esos lugares vendía el vino y el aceite que obtenía en sus plantaciones en Puro.

Su sangre noble le impedía ocuparse en persona de esos negocios, y tampoco lo deseaba; para ello disponía de sirvientes y esclavos que recorrían el mar y mercadeaban en su nombre.

Desde muy joven Kerkios se sintió fascinado por esos viajes y, con la aquiescencia de Alksoitas, participó en muchos de ellos.

Los años en los que los barcos cruzaban sin peligro las aguas de levante a poniente cargados de aceite, especias, cobre, tejidos y cerámicas fueron los mejores de su vida, una vida que aún no había llegado a la veintena.

Eran otros tiempos, a los que Kerkios deseaba regresar en cuanto el barco en que viajaba ahora arribara a Puro.

Sin embargo, era consciente de los riesgos que entrañaba en la actualidad la navegación: el mar se había infestado de piratas que asaltaban y despojaban cualquier cosa que flotara.

Los más peligrosos eran los que habitaban la Tierra de Lukk ā y los de Akhaia.

Los lukk ā vivían en pequeños poblados en las costas meridionales de la península oriental, hombres despreciables a quienes no se les conocía más ocupación que el pillaje.

En cuanto a los akhaios , no eran menos despreciables que los lukk ā .

Habitaban en Muk ā n ā , Teqa, Tirinte, Puro y muchas otras ciudades.

Eran individuos como su tío Eumetas. Como el eqeta Enkelawo. Como él mismo.

A menudo Kerkios recordaba a su medio hermano mayor Afareo.

Era hijo de Alksoitas y de una esclava que fue traída de un lugar llamado Karia; su bastardía condicionó la relación con su padre: jamás fue tenido en cuenta por él ni demostró en público aprecio por su persona.

Sin embargo, en privado Alksoitas no podía evitar profesarle cierto amor y, en consecuencia, no lo apartó del todo de su lado: al contrario, le concedió un cargo de gran responsabilidad.

Era Afareo quien se ocupaba de los negocios mercantiles de Alksoitas.

Fue esa la fórmula que su padre encontró para alejarlo y a la vez conservar el vínculo.

Afareo se embarcaba en Roowa, la dársena portuaria de Puro, y desaparecía durante meses.

Sus regresos eran fugaces pero celebrados.

Llegó a ser el gestor de todos los asuntos comerciales de Alksoitas.

En Roowa conoció a un muchacho que se pasaba tardes enteras observando con la boca abierta el ir y venir de los barcos.

Ese muchacho recorría a pie el camino entre su casa y Roowa, el mismo trayecto que hacía Afareo.

Un día Afareo lo subió a su carro, le entregó las riendas y le dejó guiar los caballos hasta el puerto.

Así fue como Afareo se convirtió en guardián y tutor de su hermano.

Pero al igual que los buenos tiempos desaparecieron, también lo hizo Afareo.

Surgieron desavenencias con Alksoitas fruto del recelo del padre: en varias ocasiones sus barcos fueron abordados por piratas y aunque no hubo pérdidas humanas, sí se malogró el cargamento.

Alksoitas era reacio a creerlo y Afareo a dar explicaciones de más.

La última vez que Kerkios lo vio fue como el anuncio de una despedida: le dijo que no soportaba la desconfianza y que, antes de que la situación se volviera en su contra –después de todo, no era más que un hijo bastardo–, tomaría una determinación.

A Kerkios le dolió no volver a verlo más.

Pasados unos meses supo de su paradero por un marinero de Puro.

Las tempestades en el mar, le contó, se habían convertido en habituales –el joven Kerkios pensaba que se trataba de la ira de Posedao por la desgracia de su hermano–, de modo que si hacerse a la mar siempre había sido una aventura arriesgada, ahora con la piratería y las inclemencias del tiempo aún lo era más.

Por eso en varios lugares muchos hombres, marinos arruinados al depender su subsistencia del comercio marítimo, habían decidido cambiar de vida.

Se embarcaron por última vez y cruzaron las aguas con la intención de hacer fortuna al otro lado del horizonte.

Llevaron armas consigo: lanzas, dagas y espadas.

Algunos pusieron rumbo a levante, a una región conocida como Amurru, y a lugares con nombres extraños como Gubla o Mughar; otros fueron al sur, a las tierras del Gran Delta y al país de los labu , situado al oeste de aquel.

De Puro partieron tres barcos y Afareo subió a uno de ellos.

«Lo sé porque yo también iba en ese barco», explicó el marinero a Kerkios.

Esos hombres solo hablaban de alistarse en el ejército labu .

No sabían luchar ni disparar flechas, y pocos –Afareo entre ellos– tenían destreza guiando carros, pero sí eran capaces de correr y arrojar la jabalina.

De modo que, a cambio de soldadas miserables, se convirtieron en mercenarios.

El marinero juró a Kerkios haber visto poco después a Afareo y a otros desfilando sobre la ardiente arena de Labu , empuñando las armas y luciendo vistosas pieles y diademas emplumadas.

Los rodeaban guerreros labu con el cuerpo repleto de tatuajes y pinturas extrañas.

«Parecían prepararse para la guerra», reflexionó el marinero.