3. PURO Dos días después del Desastre
E l viaje duró un día y medio. El sol se escondía ya bajo las cimas redondeadas de las colinas cuando arribaron a la pequeña ensenada, sobre cuya estrecha playa varios fuegos dispersos ayudaron a los barcos a orientarse.
En lo alto de un promontorio cortado a cuchillo por las olas, un hombre agitaba los brazos.
Desde las naves nadie respondió a lo que en realidad no era un gesto de bienvenida, sino la rutinaria y casi innecesaria indicación de que todo estaba en orden, que no había novedad, que la vida seguía igual en la pequeña ciudad costera de Poliocne.
Con habilidad puesta a prueba en mil ocasiones, las embarcaciones vararon en silencio sobre la arena unas junto a otras.
La tripulación sacó los remos de sus escálamos y los estibó, y saltó por la borda para tirar de los cabos y arrastrar los barcos hacia tierra firme.
Cuando las popas estuvieron ya fuera del agua se pusieron manos a la obra en la tantas veces repetida tarea de trasladar a la orilla seca el cargamento.
Fardos de piel con los trofeos del pillaje, ánforas de vino y con suerte alguna de cerveza, vasijas que contenían especias, otras más pequeñas con perfumes y hierbas aromáticas; y también filas de hombres, mujeres y niños maniatados con la certeza en sus mentes de haber perdido la condición de seres humanos.
La consigna de no hacer prisioneros era habitual entre los hombres de Akhaia, pero había veces, en especial cuando se trataba de los últimos saqueos antes de regresar al hogar, en que se abría la veda para hacer cautivos –no más de uno o dos por guerrero–, como premio después de largas jornadas de duros combates y asedios agotadores.
En esta ocasión la orden había sido capturar a tantos hombres como fuera posible. Y así se hizo.
Desde que los subieron a bordo de las naves se refirieron a ellos con la palabra doero , término que no tardarían en identificar con la esclavitud.
Por las historias que habían oído sabían que a unos les podía corresponder el trabajo en el campo ordeñando cabras, arando labrantíos y enyugando bueyes, y que los afortunados pasarían a ser sirvientes a las órdenes de quien deseara tener un botín de guerra a su servicio; en cuanto a las mujeres, a la mayoría se les asignaba un trabajo manual como tejedoras o recolectoras, y era probable que algunas se convirtieran en concubinas del hombre que les había perdonado la vida y matado a su marido e hijos delante de sus ojos.
La mayor parte de ellas nunca había salido de su ciudad y mucho menos había subido a un barco; la corta travesía desde la bahía de Taruiša hasta la isla de Lemnas les había revuelto las tripas y algunas se encontraban al borde de la náusea o el desmayo.
Pocos prestaban atención a la voz fatigada pero potente del capitán repitiendo palabras que todos sabían de memoria. Sus pies estaban sumergidos hasta los tobillos y su rostro mostraba el hastío de quien está deseando echarse y descansar.
—¡Las ánforas con el vino al almacén del sur!
El grano, ¡que a nadie se le ocurra dejar caer un saco al agua o se las tendrá que ver con el eqeta !
No os descuidéis ni una lanza ni un puñal bajo las bancadas.
¡Llevad a los prisioneros a la cámara circular, y al que no pueda andar dejadlo en la arena y rematadlo! Quiero acabar de una vez con esto.
Hubo risas y uno replicó:
—Tu rango sobre las tablas del barco es el de capitán, pero en tierra no eres más que cualquiera de nosotros, así que cierra la boca y agarra un saco como los demás.
No tardó en saltar de una de las naves un hombre con una piel de oveja sobre los hombros sujeta al cuerpo con un ceñidor. Cruzó la playa a grandes zancadas y gesticulando con energía.
—¡No, por la Diosa! No llevéis el botín a tierra. Subidlo de nuevo a bordo, ¡vamos!
Era Eumetas, el ayudante del eqeta , y su palabra poseía la misma autoridad que la de aquel. Un murmullo general de protesta obligó al capitán a requerir con timidez una aclaración:
—Pero si acabamos de…
—Capitán, haz lo que te digo. Estos barcos han de estar mañana rumbo a Puro. Y cuantos menos necesitéis para transportar la carga, mejor, así que reunidla en el menor número de barcos posible. El resto se quedará en Poliocne.
—Los hombres necesitan descansar, llevan muchos días fuera de casa y…
—Por eso te digo que utilices solo los barcos imprescindibles. ¡Quienes zarpen mañana ya descansarán en Puro! ¿O qué clase de hombres sois? Yo también he estado en el campo de batalla, también he llevado el ariete. Maldita sea, haz lo que te digo, no me hagas repetirlo.
—¿Los prisioneros también?
El hombre meditó por un momento y echó un vistazo a la hilera de seres humanos que le miraban espantados.
—Esta noche llevadlos donde siempre, y por la mañana embarcad a las mujeres y los niños. Pero dejad en tierra el bronce. Navegaréis más rápido si lleváis menos peso a bordo.
Dio media vuelta y se enfiló hacia la ciudad, mientras los fardos y ánforas emprendían el camino de regreso a las bodegas de los barcos.
El ayudante del eqeta cruzó las puertas del recinto fortificado que rodeaba Poliocne y entró en la pequeña sala de uno de los bastiones, cuyo acceso estaba custodiada por un par de lanceros.
Una tea iluminaba el interior, donde un individuo se arrojaba agua de una gran tinaja a la cara.
Acababa de entrar; también él había llegado en los barcos.
—Los hombres están cansados—dijo al verle—. ¿A qué viene esa prisa?
Eumetas se mesó la barba desaliñada y se acercó a la tinaja para lavarse.
—¿Tú también? Escucha, el eqeta Enkelawo decidió que el regreso se llevara a cabo en cuanto los muros de Toroja cayeran. Y así se hará. Enviaré esas naves de vuelta mañana mismo y el resto de los barcos zarpará poco después.
—¿Vas a dividir la flotilla? Por los dioses que no te entiendo. Las aguas están plagadas de piratas.
Soltó una carcajada.
—¡Nosotros somos piratas!
—Pero no los únicos.
Eumetas sacudió las manos con energía para secarlas y buscó con la mirada una vasija colocada sobre una alacena, que con toda probabilidad contenía vino.
—Kerkios, yo solo obedezco órdenes, al igual que tú. Enkelawo me dijo que le llevara cuanto antes el botín de esa maldita ciudad del estrecho. —Levantó la vasija y vació el contenido en su garganta—. De Toroja solo quedan las cenizas, así que no pienso poner a prueba la paciencia del eqeta .
—¿Pero por qué…?
—No he acabado —prosiguió Eumetas, esbozando una sonrisa—.
Eso es lo que me dijo el eqeta . Pero el último día antes de partir de Puro, el wannax Nesti ā n ō r me hizo llamar.
Sí, nuestro rey en persona. Me dijo que hiciera todo lo posible por sembrar el caos en las poblaciones costeras a este lado del mar.
—Echó un trago de la vasija—. El invierno terminó no hace mucho, Kerkios; estamos en pleno mes de Plowistos y a la temporada de navegación aún le quedan muchas lunas llenas.
Así que esta noche dormiré a pierna suelta en esta bonita ciudad que el rey del País del río Seha nos cedió casi sin defenderla, y dentro de dos días volveré a la dura vida de la jabalina y la espada: Lazpa, Apaša, Clazomenai, Kinidija, Miratija incluso.
La costa meridional está llena de lugares que visitar.
Kerkios lo miró sorprendido.
—Miratija ya es nuestra, no tiene sentido saquearla.
—¿Nuestra? No estás al día, Kerkios: hace tiempo que envía tributo de nuevo a Ḫ atti.
Los sectarios de su rey, un individuo de nombre impronunciable, expulsaron a los nuestros y pusieron en el trono a un gobernante títere, a un tal Atpa, o tal vez a un hijo suyo, la verdad es que me importa poco.
Pero aunque Miratija continuara siendo nuestra ¿por qué no habríamos de saquearla?
—rio Eumetas—. Así resultaría más fácil hacerlo: no sería preciso derribar sus murallas, nos las abrirían con una sonrisa en los labios.
—Bromeas sobre cuestiones que no tienen gracia. Yo estoy harto de saqueos, harto de sangre, harto de todo. Llevamos ya mucho tiempo fuera de casa. Quiero volver.
Eumetas se quedó un breve instante inmóvil, como si midiera las palabras que iba a decir o como si estuviera calibrando las que acababa de escuchar. Finalmente se acercó a Kerkios y le cogió de los hombros.
—Lo sé, muchacho. Te conozco bien. Por eso pongo en tus manos los barcos de Puro. Mañana te irás con ellos. Saluda de mi parte al eqeta cuando lo veas.
No corrían buenos tiempos. A menos que uno fuera un dios y contara con poderosas herramientas para hacer su voluntad, o bien un simple pez sin más propósito en la vida que abrir y cerrar la boca para comer, a menudo nada salía como se deseaba y los planes acababan por derroteros completamente imprevistos.
Esa era la sensación que tenía Kerkios en los últimos años.
En concreto desde que el sistema militar de Puro le reclutó y le subió a un barco.
Era joven y en cambio se sentía viejo y cansado.
No tenía motivos para no disfrutar de lo que el destino le deparaba y, sin embargo, estaba profundamente decepcionado.
Él no era un dios, pero tampoco un pez; e incluso los peces podían ver truncada su sencilla existencia y acabar en las redes de un pescador.