2. MOPSUESTIA Dos años después del Desastre #11
Lupakki huyó del ataque, del estruendo y del enemigo, abandonando su posición en la línea defensiva.
No podía haber acto más cobarde e insolidario que ese.
Kurunta no había olvidado que le debía la vida al muchacho, pero juró por el dios más terrible que pudo recordar, que le haría pagar aquella traición.
No tuvo mucho tiempo para reflexionar: la batahola del combate lo cercó y cuando volvió la vista al frente las pezuñas de un caballo ya se alzaban sobre su cabeza.
Empujó la lanza con fuerza hacia delante y la sangre del animal corrió por sus manos.
Lupakki cruzó la aldea a la carrera sin detenerse ni mirar atrás.
La excitación había puesto alas en sus piernas, y el pequeño tahalí de cuero le golpeteaba el muslo a cada salto como animándole a no desfallecer.
No le preocupó irse de la línea defensiva sin dar explicaciones.
Tampoco le mereció ninguna reflexión el hecho de dejar solo a Kurunta, porque en realidad no lo estaba: toda la milicia acompañaba al alfarero.
Quien estaba solo era él. Siguió corriendo hasta que divisó la empalizada del lado sur de Mopsuestia.
Se acercó; no se oía ningún ruido. Algo más al este, a unos veinte pasos, se erguía uno de los bastiones.
No vio a nadie: la llamada a rebato de Anfilokos había convocado a todas las fuerzas en la parte norte.
Desguarnecer por completo el resto de las posiciones de vigilancia era arriesgado.
Más que eso: era un descuido gravísimo. Lupakki corrió hacia el bastión; este no consistía más que en una pequeña caseta con tres estrechas hendiduras en las paredes a modo de troneras, para poder ver al otro lado de la empalizada.
Trepó hasta el interior del tosco baluarte y asomó la cabeza con lentitud.
Una mano le cubrió la boca y tiró de él hacia el interior de la caseta.
Lupakki se revolvió como un felino asustado, pero en seguida reconoció a Muksus.
Este le hizo señas para que guardara silencio y mirara por la aspillera.
Al otro lado de la barrera de madera vio a unos veinte hombres con túnicas largas, turbantes y tocados oscuros, armados y agazapados junto a la base de la empalizada. Estaban tratando de abrir una brecha.
—Ahí los tienes, muchacho. ¿Dejaremos que entren?
¿O nos enfrentaremos a ellos? Piénsalo bien —susurró Muksus con voz pausada.
Lupakki le miró. Esas eran las opciones, sí, pero no tenía nada que pensar; sabía para qué había ido hasta allí, a costa de dejar atrás a Kurunta.
Sabía lo que debía hacer. Muksus le puso la mano en el pecho—.
Esta puede ser tu lucha, Lupakki. La primera. La última. La única.
Lupakki abandonó la protección del baluarte y permaneció en lo alto de la empalizada.
Hurgó bajo su peto de cuero y sacó la honda, y colocó un proyectil en el regazo.
Apuntó, lo volteó sibilante sobre su cabeza y lo lanzó contra el cráneo de uno de los ḫ abiru , que se hallaba a una distancia de unos treinta pasos.
El hombre recibió el impacto y un instante después se derrumbó sin llegar a saber qué le había privado de vivir un día más.
Lupakki siempre había creído que su primera pelea a muerte sería contra los cuatro estúpidos que le atormentaban de continuo; jamás imaginó que se enfrentaría a un número cinco veces superior.
Pero qué importaba: su rabia era incontenible.
Podría haber pergeñado un plan para distraer a los ḫ abiru , para ganar ventaja sobre ellos, pero en aquel momento no podía ser racional.
La razón y el sentido común no le ayudarían.
Sintió que la ira acumulada durante meses, durante años, poseía sus brazos y piernas.
Saltó por encima de la empalizada al campo abierto y aquellos que habían pretendido causar sorpresa se vieron sorprendidos por él.
Corrió hacia ellos con fuego en los ojos.
Echó el brazo atrás y arrojó con ímpetu la lanza, que voló hasta clavarse en el pecho de uno de ellos.
—Eso es, muchacho, eso es —murmuró Muksus, observando desde la seguridad del bastión.
Lupakki ya tenía la espada en la mano cuando alcanzó la posición de los primeros ḫ abiru ; ellos quisieron ensartarlo con jabalinas, pero él se encogió, se coló bajo la guardia del más adelantado y le clavó la espada en el cuello.
La hoja entró y salió como una exhalación sin apenas mancharse, y a Lupakki le dio tiempo de girarse y, con la jabalina del hombre que acababa de matar, abatir a otro que se le echaba encima.
Se movió veloz de uno a otro, continuó segando vidas, cercenando brazos, abriendo gargantas.
Cuando una vez en un millón de años algo así sucedía, las víctimas no podían sino reconocer la voluntad de una divinidad: se estaban enfrentando a un dios o a un mortal investido con un poder divino.
Uno le hizo un tajo en el brazo que sostenía el escudo, pero entretanto sintió la hoja afilada penetrándole por las costillas; otro le lanzó una estocada que cortó el aire y al instante vio la espada en el suelo con su mano prendida de ella.
Todos fueron cayendo inmolados por el poder devastador que se había desatado frente a la empalizada.
Y en los rostros de los hombres a cuya existencia iba poniendo fin Lupakki no veía a los crueles muchachos que llevaban toda una vida burlándose de él; el pecoso y los demás eran chusma, una brizna de hierba que se pisotea, una nube de humo que se disipa al viento.
A quienes contemplaba era al a ḫḫ iyawa que golpeó a Azzari en el bosque y al que levantó a su padre en la cabaña de Wiluša como si fuera una pluma; al que atravesó el cuello de Impakru con una jabalina, al que alanceó a su hermano recién nacido en la cuna, al que prendió fuego a su madre y el vestido ḫ ašmanu de Ugarit que siempre llevaba puesto.
Estaba matándolos a todos ellos. Uno tras otro.
Y deseó que sus gritos se oyeran en el oscuro abismo al que sus dioses los condenaran antes de que sus almas llegaran allí para habitarlo.
El último de los ḫ abiru soltó el arma y suplicó por su vida; Lupakki le tiró del cabello hacia atrás y cortó su garganta con el filo de la espada.
La sangre empapó la hoja y el desdichado se desplomó con los ojos emblanquecidos.
Solo entonces el hijo de Mikal y Kessi dejó caer la espada y cayó de rodillas, jadeando y envuelto en sudor.
Muksus lo observó sin decir una palabra.