Fuego y bronce 2. MOPSUESTIA Dos años después del Desastre #10
14%

2. MOPSUESTIA Dos años después del Desastre #10

Anfilokos observó con recelo la renaciente popularidad de Muksus, a quien ya consideraba abiertamente su rival; el hallazgo de la fuente y las halagüeñas perspectivas de futuro eclipsaron su destacado papel como responsable del ejército miliciano.

Pero Anfilokos no desfalleció y reanudó de inmediato el adiestramiento con armas y la organización militar.

Esos entrenamientos constituían una herramienta perfecta con la que llegar hasta donde pretendía.

Y también eran un marco ideal para que aquellos jóvenes que solían hacerle la vida imposible a Lupakki prosiguieran con su acoso, ante la pasividad de Anfilokos y el desconocimiento de Appu y Kurunta, quienes de modo increíble ignoraban el asunto.

El pecoso aprovechaba cualquier ocasión para escarnecer a Lupakki, y entre los cuatro lo golpeaban con impunidad como si la paliza formara parte del entrenamiento.

Lupakki seguía soportando el castigo en silencio y con una mirada cada vez más sombría.

Cuando Walmu mejoró de su herida y Azzari pudo liberarse de sus cuidados, ella acudía a escondidas a las sesiones de Anfilokos y comprobaba con pesar cómo los años no habían hecho cambiar la situación entre su hermano y aquellos cuatro.

Y entonces deseaba ser un hombre para dar un escarmiento a esos indeseables.

Varios meses después, altares dedicados a una gran variedad de divinidades ya recibían ofrendas y libaciones en Mopsuestia.

La tierra circundante había sido desbrozada, arada y rastrillada, a la espera del momento de la siembra.

Agricultores, pastores, tejedores, artesanos como Kurunta, herreros como Appu y Kessi, trataban de retomar sus actividades habituales buscando una normalidad perdida hacía casi una década.

El ganado comenzaba a ocultar sus hinchadas y huesudas panzas con capas de grasa y músculo.

El enramado de los tejados pajizos de las chozas expulsaba por su abertura central el humo de las marmitas.

El clima parecía haber concedido una tregua a la raza humana y tanto el calor como el frío extremos habían remitido.

Parecía que los dioses de Ḫ atti, de Wilios, de Akhaia y de todos los pueblos del mundo, hubieran decidido por fin posponer las desgracias de aquella comunidad de hombres, mujeres y niños.

Los más veteranos, los emigrantes de Wilios, pronto cumplirían diez años de éxodo.

Para algunos, como Azzari y Lupakki, era más de media vida.

La mayoría miraba al futuro con optimismo, mientras otros temían que el espejismo se esfumara en cualquier momento. Y eso fue lo que sucedió.

El ataque se gestó en las montañas del norte. La mañana amaneció con un cielo plomizo y cientos de jinetes adueñándose de la llanura, dejando una estela de polvo a su espalda. Los primeros en verlos fueron los madrugadores pastores de Mopsuestia cuando sacaron a apacentar el ganado.

—¡Nos atacan! ¡Nos atacan!

La voz del pobre ovejero que gritó fue sofocada de un lanzazo, pero el mensaje se transmitió de boca en boca y llegó hasta los guardianes apostados en la empalizada, quienes apenas empezaban a desperezarse después de una noche fresca y larga.

—¡Alarma! ¡Avisad a todo el mundo! ¡Corred!

Los calderos de bronce resonaron con fuerza golpeados por los encargados de dar la alarma.

La cadena jerárquica diseñada por Anfilokos demostró su utilidad: los vigilantes avisaron a sus superiores y estos a su vez a los suyos, se repartieron órdenes y en poco tiempo todos se movilizaron.

La empalizada quedó ocupada por completo con hombres armados.

Anfilokos ya hacía tiempo que oteaba desde una enorme atalaya de madera el horizonte en dirección a las montañas.

—¡Alargad el frente! ¡Que no quede ninguna parte de la empalizada sin cubrir!

—Echó un vistazo a lo largo de la línea defensiva tras el vallado de madera y sonrió satisfecho.

Sabía que no encontraría a Muksus allí. Muksus era hábil con las palabras, pero no con una espada en la mano. Así que esa era su oportunidad.

Los atacantes eran de nuevo sus viejos conocidos ḫ abiru .

Los tuvieron delante muy pronto; Anfilokos esperaba un número mayor de ellos.

Los observó y consideró la posibilidad de pasar de la defensa al ataque.

Eso los desconcertaría. Estaba harto de ser pasivo, lo suyo era la acción.

Su talante natural le movía a destruir ciudades, no a protegerlas; era lo que había hecho siempre.

No estaba acostumbrado a encerrarse tras un muro de madera y defender una posición.

Frunció el ceño y cambió la perspectiva: observando el campo abierto más allá de la empalizada rebosante de guerreros a caballo, se dijo a sí mismo que el objetivo no era defender el poblado de Muksus, sino conquistar la llanura que se abría delante de él, librarla de toda aquella chusma a caballo.

Pero había que esperar el momento adecuado para tomar la iniciativa.

En su choza, Appu se ajustaba el peto de cuero y cogía un pesado casco de bronce fabricado por él mismo. La vivienda había sido construida con sus propias manos y la ayuda de su hijo y sus nietos; en ella vivía también Walmu.

—Dame la espada, Appu. Iré con vosotros digas lo que digas.

—Walmu, aún no estás bien. Serías un estorbo más que una ayuda.

—¿Más estorbo que tú, viejo sesentón? —protestó—. No te quejaste cuando te ayudé a limpiar de abrojos y malas hierbas el terreno donde levantaste este chamizo. Ya estoy casi recuperado del todo.

—Es mejor que estés aquí, Walmu —le dijo Kessi—. No quiero que Azzari se quede sola. —Ella lanzó a su padre una arisca mirada.

—Es tu hija, hazlo tú. ¿Con qué brazo sostendrás el escudo mientras con el otro sujetas la lanza? Tiene gracia que me digas… Oh, por la diosa —resopló con resignación—. Me gustabas más cuando había que sacarte las palabras a empujones. Tened cuidado ahí fuera.

Kessi sonrió. Su actitud había cambiado mucho; Appu lo resumía en pocas palabras: «ha salido de su letargo». Ahora participaba de las tareas cotidianas y también empuñaba las armas si era preciso. La charla con Walmu lo había cambiado.

Padre e hijo salieron de la choza y corrieron a la empalizada.

Lupakki y Kurunta ya estaban en sus lugares asignados, armados con sendas lanzas y un pequeño escudo redondo cada uno.

El cerco de madera tenía seis codos de altura y contaba con cinco plataformas interiores a modo de atalayas distribuidas a lo largo del perímetro del poblado, desde los que se podía vigilar el exterior.

Los hombres se habían apostado alrededor de los dos bastiones orientados al norte, donde se estaba produciendo la amenaza.

Sobre uno de ellos gesticulaba Anfilokos, entusiasmado por la inminencia del combate y con la lengua más viva que nunca.

—No decaigáis, mantened las lanzas en alto y los escudos embrazados por si nos atacan con flechas.

La empalizada es endeble y si la embisten con los caballos pueden echarla abajo, pero ellos no lo saben.

Estad atentos, de todos modos. Separaos, quiero un hombre cada dos pasos y una segunda fila un paso por detrás.

Si os ataca un jinete protegeos con el escudo y alancead primero al caballo.

Los arqueros tensad los arcos a mi señal.

¿Dónde está ahora Muksus? ¿Dónde está vuestro líder y guía?

No lo veo entre nosotros, el muy cobarde.

No será él quien os libre de esos malditos, sino yo. ¡Aguantad, ya están aquí!

Lupakki, como la mayoría de los que aguardaban el momento del ataque detrás de la empalizada, no podía ver al enemigo más que por los huecos que permitía la endeble muralla, hecha de troncos, barro y paja.

La última exhortación de Anfilokos, que fue trasladada a lo largo de la línea, le hizo pasar de pronto de la calma tensa al sobresalto más exacerbado y su corazón comenzó a golpearle el pecho como si quisiera salirse de él.

En aquel momento, al ver los caballos a punto de arremeter contra la barrera, pensó en cómo podían esos hombres alimentar tantos animales.

Lo sacó de tan extemporáneo pensamiento la voz de Kurunta, a su lado.

—¡Vamos, Lupakki! ¡No pasarán!

El alfarero gritaba para liberar la tensión que le atenazaba brazos y piernas.

En efecto, Lupakki sabía que los ḫ abiru no debían pasar.

Por eso estaban ahí, para impedir que lo hicieran.

Reunidos en esa parte de la muralla de madera.

Todos los hombres, armados con todo lo que tenían.

Entonces Lupakki tuvo un terrible presentimiento, en el instante en que se produjo un gran estruendo: un golpe seco y prolongado recorrió el muro, y este cedió en buena parte de su estructura.

Tierra seca, troncos y cañas se desprendieron y cayeron al suelo.

Kurunta no fue el único que se preguntó cómo era posible que los caballos, huidizos por naturaleza ante los obstáculos, se hubieran arrojado contra la empalizada con esa violencia.

Por su parte, Anfilokos seguía exhibiendo sus dotes de liderazgo.

—¡Van a entrar! ¡Apuntad con las lanzas hacia delante por encima de vuestras cabezas! ¡Arqueros, a mi señal!

Situado sobre el bastión en la empalizada, comprobó que esta no aguantaría.

—¡Reforzad la posición! ¡Encoged la línea y reforzadla, por Posedao!

Muchos no creían en el dios que invocaba el a ḫḫ iyawa , pero en ese momento no pareció importarles porque todos obedecieron a Anfilokos con presteza. Todos menos uno de los lanceros, que se separó de la formación y corrió en dirección contraria, hacia el interior del poblado.

—¡Lupakki! —gritó Kurunta sin poder creer lo que veía—. ¿Qué estás haciendo? ¡Vuelve aquí!