2. MOPSUESTIA Dos años después del Desastre #9
En la ciudad encontraron algunos alimentos: grano, harina, incluso tinajas con vino; también armas, telas, vestidos…
Todo lo que sus propietarios no habían podido llevarse en la huida.
Anfilokos reanudó la instrucción marcial de los hombres, en la cual participaban con buen ánimo Appu, Kurunta y Lupakki.
Cuidar de Azzari era la excusa de Kessi para permanecer aislado en su mundo interior, mientras que la niña se moría de ganas de ir junto a su hermano, tomar un arco o una espada y poner a prueba su habilidad.
En cuanto a Walmu, se reponía lentamente del flechazo.
Había perdido mucha sangre y tuvo fiebre durante los dos días siguientes al ataque; por suerte la herida no afectó ningún órgano vital, aunque le resultaba muy dolorosa.
Azzari lo atendía y le cambiaba los emplastos con frecuencia, bajo la vigilante y silenciosa mirada de su padre.
—Me recuerdas mucho a mi hija, ¿sabes? —le dijo un día Walmu con voz débil—. Era discreta y mañosa, y tan guapa como tú.
Azzari sonrió vergonzosa y se ruborizó. Kessi lo oyó y salió de su letargo: era la primera vez que Walmu mencionaba a su familia. Era algo obvio en lo que Kessi jamás había reparado: también él tenía muertos que llorar. Y sin embargo, nunca le había visto hacerlo.
El temor a un nuevo ataque de los ḫ abiru se instaló en la cotidianeidad de los miembros de la caravana.
Pocos días después cinco jinetes se acercaron a los arrabales de Tarša y fueron saludados a pedradas.
Cuatro de ellos huyeron al galope al recibir los primeros impactos, pero el quinto comenzó a gritar a voz en cuello el nombre de Muksus.
Se trataba de la avanzadilla que partió días atrás, regresando con noticias.
Anfilokos, erigido por inercia natural en líder de la milicia, se desesperó cuando supo lo de las piedras.
—Os enseño a usar el arco y las flechas, las jabalinas, cómo defender una posición, qué hacer frente al enemigo… ¿y recibís a unos desconocidos a pedradas? ¿Como si fuerais una tribu salvaje de la montaña?
A Muksus en cambio el suceso le hizo gracia.
Él no comulgaba con la militarización de las gentes de la caravana, tendencia la cual Anfilokos imponía a marchas forzadas bajo el argumento tan evidente como infantil de que el mundo estaba lleno de peligros y había que aprender a defenderse de ellos.
Pese a sus orígenes, o a causa de ellos, Muksus no quería ser testigo de la transformación de aquella gente en una horda de guerreros como lo fueron los a ḫḫ iyawa de su padre Raikio, y esa era la vía que estaba trazando Anfilokos.
Por eso sonreía ante las muestras de ingenuidad espontánea con que a veces los hombres absorbían las enseñanzas de su antagonista.
Era común opinión que tarde o temprano los caminos de Muksus y de Anfilokos tendrían que cruzarse.
Tras el susto inicial por el mal recibimiento, los jinetes informaron entusiasmados a Muksus de la existencia de un manantial a no muchas jornadas hacia el este.
Lo describieron como si se tratara de un vergel: abundante agua fresca, pastos para el ganado, tierras donde poder cultivar, el mar a poca distancia…
Y aunque los incrédulos interpretaron que esas palabras estaban infladas con la exageración, la esperanza renació en el grupo, que necesitaba imperiosamente aferrarse a algo.
Una vez más se organizó con rapidez la partida, ante la oposición de unos cuantos que veían más seguro permanecer entre las casas derruidas de Tarša que adentrarse de nuevo en medio de la nada en busca de una fuente.
Pero Muksus fue hábil y convenció a los reticentes sirviéndose de Anfilokos: él se ocuparía de proteger el convoy durante la marcha; gracias a su adiestramiento, ahora los hombres de la caravana ya constituían algo muy similar a un ejército que sabía protegerse a sí mismo.
Anfilokos se sintió tratado con condescendencia, pero cumplir con las expectativas se convirtió en un reto particular para él.
El cuerpo estirado de Walmu ocupaba el espacio de dos personas en la carreta; sus pies callosos asomaban por la parte de atrás.
Appu guiaba y caminando junto a las ruedas iban Lupakki y su hermana.
Kessi estaba sentado al lado de Walmu; el herido dormitaba, aunque el movimiento del carro no le dejaba conciliar el sueño.
—¿Cómo se llamaba tu hija? —le preguntó de pronto Kessi. Walmu abrió los ojos.
—Šauška.
Kessi era diez o doce años más joven que él, y sin embargo, parecía mucho mayor.
La barba descuidada, la túnica desaliñada y sucia, las arrugas en el rostro, la oscuridad de su mirada…
Todo lo contrario que Walmu, quien nunca había permitido que la melancolía se adueñara de su existencia. Tampoco lo hizo entonces:
—Era la alegría de mi vida; en eso le tomó el relevo a su madre.
Ella murió al dar a luz, y yo siempre la vi en Šauška, en sus ojos, en su sonrisa, en el color de su cabello.
Todo el amor que le tuve a ella lo deposité en mi pequeña.
Era muy guapa. Y muy presumida: siempre se colgaba collares y se ponía tocados de plumas en la cabeza.
También era muy lista. Todas esas cosas las sacó de su madre, por supuesto.
Era su viva imagen —añadió con tristeza mal disimulada.
—¿Cómo murió?
Appu, en la parte delantera del carro, oyó la pregunta. Estuvo a punto de reprender a su hijo, pero guardó silencio. Pensó que tal vez le hiciera bien abrir los ojos a las desgracias ajenas para así aprender a sobrellevar las propias.
—Hacía poco que los a ḫḫ iyawa habían llegado a Taruiša.
La verdad es que fue pura mala suerte —Walmu forzó una sonrisa y los ojos se le humedecieron—.
Yo le había prohibido salir de casa sin decírmelo.
Pero lo hizo, salió al patio. Teníamos un corderito y a ella le gustaba mucho jugar con él.
Solo tenía diez años, por la diosa; le encantaba jugar con el animal —repitió—.
En principio allí no había peligro, pero si estaba en el patio yo quería saberlo.
Oí voces de alarma que llegaban de todas partes.
Corrí a la puerta y vi a Šauška, y le grité que entrara en casa.
De pronto el cielo se llenó de flechas. Mi casa está…
estaba muy cerca de la muralla oeste, la que mira al mar.
Habían disparado una andanada desde el otro lado de los muros.
Simplemente para sembrar el miedo, para que supiéramos que estaban ahí y que tarde o temprano vendrían a por nosotros.
Como hicieron los ḫ abiru el otro día. Una flecha le dio a mi hija.
En el pecho. Como a mí ahora. Pero ella no tuvo mi suerte: cayó al suelo y murió enseguida, así de fácil.
El cordero en cambio corrió y se puso a salvo.
—Lo siento mucho, Walmu.
Ambos callaron y por un largo instante solo se oyó el crujir de las ruedas girando sobre el camino pedregoso.
—Entonces odias a esos hombres tanto como yo —dijo Kessi.
—Durante un tiempo lo hice, pero ya no. No tengo un rostro fantasma a quien odiar, como te pasa a ti —objetó tras una pausa Walmu—.
No sé quién disparó la flecha que la mató, así que debería odiarlos a todos ellos o a ninguno.
Quería muchísimo a mi hija, pero yo no sé odiar a tanta gente.
Además, sería inútil: ella ya no está. Y no volverá.
Kessi arrugó la frente; no compartía la opinión de Walmu. Este lo percibió.
—Al principio creí que si no aborrecía a quien la mató estaría traicionándola.
Pero ese odio era algo mío, yo lo había creado, me pertenecía a mí y no tenía nada que ver con mi hija.
Ella no odiaba a nadie. Me di cuenta de que en el fondo era puro egoísmo, un sentimiento sucio creado por mí para sentirme mejor.
—Kessi le miró como si no comprendiera nada, y Walmu se dio cuenta y buscó un ejemplo—: Me inventé ese odio como quien forja una espada y libera su rabia repartiendo mandobles.
Šauška tenía diez años, no odiaba a nadie, no sabía odiar.
Y yo tampoco. Yo no necesito una espada.
—Yo quizá sí —murmuró Kessi con acritud—. Porque podrás hacer que ese odio desaparezca con trucos de chamán o engañándote a ti mismo, pero el dolor seguirá ahí.
Walmu no se ofendió al oír aquello. Intentó incorporarse un poco en el lecho, pero le faltaron las fuerzas y siguió estirado.
—Mira, Kessi, no soy quién para dar consejos, pero te diré algo que a mí me ha servido.
Cuando sientas tristeza o dolor por algo y no haya nada con lo que puedas experimentar alivio, mira cara a cara ese dolor y esa tristeza, enfréntate a él, míralo una y otra vez hasta que lo gastes.
Hasta que pierda su fuerza y lo conviertas en algo sin poder sobre ti.
—Eso es… —Tenía lágrimas en los ojos.
—Lo sé. Pero si hacerlo fuera fácil no habría dolor en el mundo. Y ya sabemos que lo hay. Te lo dice un viejo chamán —sonrió.
Kessi bajó la cabeza para ocultar el rostro y guardó silencio. Y el carro siguió su camino guiado por Appu, quien con la mirada perdida pensaba que todos sin excepción tenían algún dolor que aliviar.
La caravana no sufrió ningún percance en los cuatro días que duró el viaje.
Cuando llegaron, oyeron el delicioso rumor del agua fluyendo por la pendiente del manantial; el escenario era tal y como lo habían descrito los hombres enviados por Muksus y, por fin después de tanto tiempo, la esperanza de sobrevivir volvió a renacer.
Nadie olvidó que estaban allí gracias a Muksus, y por ello decidieron llamar al manantial «fuente de Muksus».
A no mucha distancia hallaron un llano despejado y les pareció un buen lugar para quedarse.
Usaron la madera de los pinos y cedros de los bosques cercanos y levantaron empalizadas, chozas y rediles.
Bautizaron el lugar con el nombre de Mopsuestia, «el hogar de Muksus».