Fuego y bronce 2. MOPSUESTIA Dos años después del Desastre #8
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2. MOPSUESTIA Dos años después del Desastre #8

El segundo día Muksus tuvo algo parecido a una revelación.

Dijo haber visto un augurio en las entrañas de un animal, o en el vuelo de unas aves, o en el susurro del viento, y envió una avanzadilla de cinco jinetes hacia el este en dirección a Tarša.

Les dio indicaciones para que no se detuvieran hasta encontrar «aquello que estaban buscando».

No se comprendió bien por qué Muksus enviaba ese pequeño destacamento, ya que la caravana no tardaría en llegar a Tarša.

Tampoco hubo mucho tiempo para pensarlo: esa misma tarde una enorme tolvanera apareció de repente al norte y atrajo toda la atención. Algunos la identificaron de inmediato.

—¿Una tormenta de arena? —se preguntó Kurunta mirando la nube de polvo a lo lejos—. He oído hablar de ellas, pero que yo sepa solo se producen en los desiertos. ¿Tan áridas son estas tierras como para…?

Walmu torció el gesto.

—No es una tormenta, Kurunta. Son ḫ abiru .

Los caballos trotaban a gran velocidad espoleados por las fustas de sus jinetes.

También otro tipo de monturas, de cuellos largos y dos jorobas sobre el lomo, propias de latitudes más meridionales, corrían dentro de la polvareda que las pezuñas levantaban a su paso.

Había cientos de ellos, tal vez llegaran al millar.

En la caravana el pánico empezó a propagarse a través de los gritos de alarma de quienes imaginaban lo que les esperaba.

Pocos confiaron en el deficiente entrenamiento marcial que habían recibido en los últimos días.

Anfilokos comprendió que el momento de demostrar su valía como guerrero y como líder había llegado, y comenzó a distribuir las armas entre los hombres.

Appu se acercó a su nieta y la abrazó.

—Azzari, agáchate y no te muevas del carro.

—Siempre me decís lo mismo —protestó.

—Por supuesto, tienes trece años. —Su abuelo la miró muy serio—: Si nos vencen a mí me matarán, pero a ti te harán algo peor. Yo en tu lugar me escondería lo mejor que pudiera. —Miró a Kessi, de pie junto a una de las ruedas—: Esta vez parece que va en serio. ¿No piensas hacer nada?

—¿Qué puedo hacer así? —dijo, señalándose con la barbilla el brazo inerte.

—Maldita sea, tienes otro brazo. —Revolvió entre los enseres que había en el carro—. Toma la malatti y no dejes que le pase nada a tu hija. ¿Dónde está Lupakki?

Le puso la espada en la mano y se fue corriendo a reunirse con Walmu. Estaba con Kurunta y Lupakki al otro lado del convoy, escuchando las órdenes que Anfilokos esparcía al viento.

—¡Formad barricadas con los carros, no deben penetrar o estaremos perdidos! ¡Los arqueros, disparad solo cuando tengáis al enemigo lo bastante cerca! ¡No os desprendáis de las lanzas, usadlas como picas si se os echan encima! ¡Y si lo hacéis, por los dioses, aseguraos de tener una espada a mano!

Anfilokos parecía saber de lo que hablaba, y todos se aferraban a sus indicaciones en la creencia de que de ellas dependía la salvación.

Kurunta ayudó a mover carros para levantar una barrera y se parapetó junto al eje de uno de ellos.

Llevaba una lanza en una mano y en la otra una maza.

Walmu tenía una de las espadas recabadas en el arsenal de Mersin y se situó a escasa distancia de Kurunta.

Appu y Lupakki estaban más retrasados, en una segunda fila que Anfilokos había ordenado formar por si los ḫ abiru rebasaban la barrera de carros.

—Lupakki —le dijo Appu—, no estoy seguro de que debas estar aquí.

—Tengo edad para estar donde quiera —respondió en un tono provocador que agradó a Appu. Le recordó al Kessi de hacía muchos años.

—Estoy de acuerdo. Mantén firme esa lanza, muchacho.

Pronto la difusa nube de polvo y ruido se transformó en figuras reales de jinetes que agitaban hachas y espadas.

De pronto, obedeciendo una señal invisible, se detuvieron cuando estaban a unos ciento cincuenta pasos de la barrera.

La polvareda se disipó poco a poco y los atemorizados defensores de la caravana pudieron ver con más claridad a sus enemigos.

Eran tantos que no podían abarcarse de un solo vistazo; vestidos con ropajes oscuros en su mayoría, algunos llevaban coraza y casco de cuero, y otros confiaban en el favor de sus dioses pues iban al combate a pecho descubierto.

Sus armas eran tan diversas como las de las gentes de la caravana, y sus caballos y camellos no guardaban ningún tipo de formación clara.

Todo indicaba, según Anfilokos, que tampoco ellos constituían un ejército organizado y que su ataque era más fruto de la improvisación que de un plan premeditado.

—Planificado o no —murmuró Walmu—, yo estoy muerto de miedo.

Kurunta quiso replicar algo, pero un sonido seco y apagado le hizo volver la vista a los atacantes.

Un grito ahogado por la distancia nació de las huestes enemigas, seguido por un segundo grito más enérgico.

Al instante algo sucedió sobre sus cabezas, el horizonte se oscureció y una tenue nube gris, semejante a una bandada de pájaros, se elevó a gran altura.

Los defensores quedaron desconcertados. Anfilokos rugió con todas sus fuerzas: sabía que apenas había tiempo de resguardarse.

—¡Lluvia de flechas! ¡A cubierto!

Todos buscaron cómo protegerse, usando escudos o metiéndose debajo de los carros.

Kurunta se escondió de un salto bajo la caja y vio con alivio a Walmu hacer lo mismo.

Cientos de flechas quedaron ensartadas en las maderas de los vehículos, en los fardos, incluso en la tierra seca.

Y algunas hicieron gritar de dolor a los desdichados que las recibieron en sus cuerpos.

Appu se lanzó instintivamente sobre su nieto para protegerlo de la lluvia mortal, y de manera increíble su espalda no recibió ningún impacto.

La confusión reinó entre los hombres de la caravana y Anfilokos comenzó a gritar de nuevo.

—¡Arqueros, vamos, colocaos en filas! ¡Devolvamos la andanada!

Al principio nadie le prestó atención, pero Anfilokos siguió desgañitándose hasta que logró que aquellos que tenían un arco y flechas en sus manos se organizaran.

—¡Apuntad al cielo, hacia el norte! ¡Preparaos!

Quería dar una respuesta rápida al ataque antes de que los ḫ abiru pudieran organizar una segunda andanada o bien cargaran contra ellos. Sin embargo, no se movieron. Anfilokos estaba a punto de dar la orden de disparar, pero dudó: el enemigo permanecía en su sitio, silencioso.

—¿Pero qué les pasa? —murmuró para sí mismo.

Los ḫ abiru comenzaron a tirar de las riendas y a volver grupas. Poco a poco, jinetes, caballos y camellos fueron alejándose con parsimonia, dejando de prestar atención a la caravana, como si ya hubieran hecho lo que habían venido a hacer.

—¡Que nadie dispare, bajad los arcos! ¡Se marchan!

Era obvio que no se iban por miedo. La andanada de flechas había causado tal desconcierto entre los acampados que les habría sido muy fácil superar la barrera de carros.

—¿Por qué? —preguntó Lupakki.

—Han querido amedrentarnos —razonó Appu—. Mostrarnos su fuerza, hacernos ver que tienen poder sobre nosotros.

—Es absurdo —dijo Kurunta—. Vienen, nos acribillan y se van sin intentar llevarse nada. ¿Qué sentido tiene?

Walmu no respondió.

—Di, tú que al parecer los conoces tan bien. ¿Por qué han…? ¿Walmu?

Se giró hacia Walmu y vio una flecha clavada en su espalda. Corrió hacia él, y al ponerle la mano en el hombro observó con espanto que la punta asomaba por el pecho. La sangre fluía de ambos orificios mientras la cabeza de Walmu se movía al compás del zarandeo de Kurunta.

—¡Walmu!

Fue una noche triste para todos. Los muertos recibieron sepultura en una fosa común y se atendió a los heridos a la luz de las fogatas.

Se organizó la vigilancia en los alrededores del campamento durante la noche, pero muchos fueron incapaces de dormir.

No hubo luna y la caravana veló arropada por un oscuro manto estrellado.

Si lo que pretendían los ḫ abiru era infundirles miedo, lo habían conseguido.

Ahora sabían que estaban a su merced, que si seguían con vida era porque ellos les permitían vivir.

Rogaron a sus dioses por alcanzar Tarša cuanto antes para pedir protección a la ciudad.

Appu tomó las riendas del carro que durante tantos años había conducido Walmu. A media mañana del tercer día llegaron a Tarša. Appu, Kurunta y el resto de los miembros de la caravana contemplaron allí el mismo doloroso escenario que habían encontrado en Mersin. La desolación fue absoluta.

Las ruinas de Tarša ofrecían un cobijo más seguro que la árida llanura.

Fue más fácil disponer la vigilancia, levantar parapetos y organizar las guardias aprovechando los muros semiderruidos de las viviendas.

Se trataba de nuevo de una ciudad saqueada y desierta, pero en esta ocasión parecía que sus habitantes la hubieran abandonado ya que no había cadáveres ni señales de lucha.

Era factible entonces adivinar lo sucedido: los habitantes de Tarša dejaron sus hogares por temor a algún peligro desconocido, y después llegó el saqueo y la destrucción.

Quién sabía cuánto tiempo había pasado desde aquello.