Fuego y bronce 2. MOPSUESTIA Dos años después del Desastre #7
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2. MOPSUESTIA Dos años después del Desastre #7

Fue una bendición para todos. Los carros se detuvieron junto a la pequeña arboleda que envolvía el curso del arroyo y Muksus concedió un receso y dedicó el día a recorrer la caravana, dando gracias a los dioses.

Por la tarde, cuando se acercó al carro de Walmu, Lupakki estaba sentado junto a su hermana en la trasera.

—Joven Lupakki —dijo al verle—, no hemos vuelto a hablar desde Karkiša . Veo que tu cuerpo crece fuerte y sano, pese a hallarnos en medio de la escasez. ¿También lo hace tu mente? ¿Se ha fortalecido?

—No lo sé —respondió Lupakki en una mezcla de sinceridad y timidez.

—Cuando llegue el momento lo sabrás. Hola, jovencita —saludó a Azzari.

—Hola —dijo ella con el mismo retraimiento que su hermano, tapándose el rostro con el polvoriento velo que colgaba de su tocado.

—Todo hombre tiene luces y sombras, Lupakki —añadió entonces, a propósito de nada—. Y toda mujer también. Vuestro padre es un ejemplo que debéis observar. En lo bueno para imitarle y en lo malo para no seguir sus pasos. Tenedlo en cuenta.

Los hermanos no comprendieron de qué estaba hablando Muksus. Y Lupakki solo fue capaz de decir, a bocajarro y también a propósito de nada:

—Quiero aprender a luchar. ¿Podrías enseñarme?

Muksus sonrió y extendió los brazos, dejando a la vista que no llevaba armas bajo el fino manto que lo cubría.

—Yo no soy el maestro que buscas. Pero ten cuidado con las cosas que aprendes; quizá luego no puedas olvidarlas.

Cuando acabó de hablar una flecha se clavó en su brazo.

Fue tan repentino que los tres tardaron un instante en ser conscientes; Lupakki vio caer a Muksus y pensó que el dardo habría atravesado su corazón o el de su hermana de no haber estado allí ese hombre.

Y pensó también que en el juego de la vida ellos aún representaban el papel de víctimas.

—¡Métete dentro, Azzari! —gritó a su hermana, que obedeció al momento.

De un salto bajó del carro y agarró a Muksus por el manto, que ya se estaba tiñendo de rojo. El hombre se dejó mover como si fuera un saco, pero pesaba demasiado para izarlo y Lupakki lo arrastró bajo las ruedas del vehículo.

—Aquí tienes tu lucha, Lupakki. Pero aún es demasiado pronto para ti—dijo, con un rictus de dolor.

El asalto duró poco. Eran unos cuarenta jinetes, arqueros y lanceros en su mayoría, y no tardaron demasiado en darse cuenta de que un ataque contra una caravana de tamaño tan colosal no podía prosperar.

Tras la sorpresa inicial muchos saltaron sobre sus caballos y trataron de rodearlos, pero los agresores lograron romper el cerco y escapar.

Los persiguieron un buen trecho y abatieron a algunos de ellos, hasta que ya no valió la pena cabalgar más y regresaron a la caravana.

Cuando todo hubo pasado se hizo recuento de los daños personales. Dos hombres habían muerto y otros dos, Muksus entre ellos, resultaron heridos.

—No puedo creer que los lukk ā nos hayan seguido a través de este páramo infernal. ¿No tienen nada mejor que hacer? ¿Cuándo nos dejarán en paz? —bramó Kurunta poco después. Walmu oyó la queja.

—Esos hombres estaban al cobijo del pequeño oasis junto al riachuelo, justo donde la caravana se ha detenido.

Se diría que nuestra presencia los ha molestado.

Pero no eran lukk ā , Kurunta. Vestían de manera distinta, no con túnicas cortas sino más largas y ceñidas, y algunos llevaban turbantes. También sus flechas son diferentes.

—Parece que los conoces bien —se extrañó Kurunta.

—Una vez, en Wilios, un viajero me habló de ellos.

Los llaman ḫ abiru , apiru o algo parecido.

Son gente salvaje y peligrosa, viven de la rapiña, matan y roban sin ningún miramiento.

O bien se convierten en mercenarios a las órdenes del mejor postor, o toman ellos mismos las armas y sobreviven a su manera.

—Con esas palabras estás describiendo a los lukk ā e incluso a los a ḫḫ iyawa … —insistió Kurunta.

—Sí, viejo amigo, pero los lukk ā y los a ḫḫ iyawa tienen un hogar, una patria; en cambio los ḫ abiru son individuos desarraigados y sin residencia fija.

O la han perdido o jamás la tuvieron. Son tribus nómadas, familias enteras, que vagan de un sitio a otro tratando de sobrevivir.

Aunque solo sea en eso, me temo que se parecen a nosotros.

Lo raro es que quien me habló de ellos me dijo que se mueven por territorios que están mucho más al este.

Por las tierras fronterizas con Mukiš, Amurru, Nu ḫ ašše y hasta Mizr ī , el País del Gran Delta. Encontrarlos aquí es extraño.

—La necesidad no entiende de extrañezas —sentenció Appu, junto a él—. Esas gentes quieren sobrevivir, sí, y eso los convierte en seres errantes. Además, hace años que todo es extraño sobre la faz de la tierra. El mundo se está viniendo abajo...

—Y parece que nosotros estamos siempre en el ojo del huracán, por los dioses —añadió el alfarero—.

Ya os lo dije una vez: ¿a qué estamos esperando para empuñar la espada y defendernos de toda esa caterva de ladrones y asesinos?

¿A que Muksus nos lo diga? Pues hoy ha recibido un buen argumento para convencerse.

Fue entonces cuando Lupakki, siempre callado mientras los demás hablaban, se atrevió a decir algo.

—Yo estoy de acuerdo. Aprendamos a luchar.

Todos le miraron. El silencio asfixió la conversación, las miradas bajaron al suelo y Appu se pasó la mano por sus cada vez más abundantes canas.

—Aunque no sirvió de mucho, en Wilios tuvimos que hacerlo —dijo después de reflexionar y mesarse el cabello—. Hagámoslo de nuevo. No dejemos que vuelvan a echarnos de ningún sitio.

—¡Hagámoslo! —ratificó Walmu, y miró con ojos ansiosos a Kurunta.

—¡Sí! ¡Luchemos! —bramó él.

—¡Yo también aprenderé a luchar! —gritó entusiasmada Azzari, aprovechando el momento de euforia.

—Tú, ya veremos —replicó su abuelo, con una mirada entre grave y cómplice.

Y todos celebraron el momento excepto Kessi, que pareció no haber oído nada.

Durante un tiempo Lupakki creyó reconocer cierta vaga conexión entre Muksus y su padre; ambos lisiados, ambos taciturnos –más su padre–, y ambos, cada uno a su manera, con una gran influencia sobre él.

Pero la conexión se desvaneció en cuanto Muksus se repuso de la herida en el brazo y, en cambio, el de Kessi siguió colgando flácido del hombro.

Muksus al fin consintió en idear algún tipo de organización para plantar cara a los atacantes: empezó por hacer un escrutinio de cualquier objeto susceptible de usarse como arma: no solo espadas, flechas, lanzas y hachas, sino también cuchillos, azadas, mazas, bieldos, porras, hoces.

.. Lupakki se cuidó mucho de no incorporar la honda al recuento.

Era suya, un objeto personal y privado, y prefirió mantenerla oculta.

Anfilokos vio la oportunidad de medrar de nuevo y emergió de la nada para liderar el diseño de la estructura defensiva.

Se dispusieron unidades de vigilancia diaria y nocturna, mientras pequeños grupos se ejercitaban en el combate con armas y sin ellas.

Los pocos que habían peleado alguna vez trataban de enseñar al resto sistemas de lucha cuerpo a cuerpo.

Se acordó hacer pausas periódicas en la marcha cada tres o cuatro días para poder realizar los ejercicios, a los cuales se sumaron las prácticas de tiro con arco y de jabalinas.

La utilidad de toda esa actividad extra no tardó en ser puesta en cuestión: la preparación se les antojaba a muchos superficial e insuficiente, las armas eran pocas y además apenas disponían de corazas o escudos.

A cambio, el ya de por sí lento avance de la caravana se había reducido a la mitad, mientras que las provisiones menguaban a la velocidad de siempre.

Al fin divisaron las primeras granjas y huertos que se diseminaban por los alrededores de la ciudad costera de Mersin.

Los campos estaban arrasados y las granjas abandonadas.

En el interior de las murallas Mersin apareció destruida: casas quemadas, graneros saqueados, santuarios derruidos, cadáveres en las calles, cuerpos en descomposición…

Las cenizas estaban frías. En el puerto no había ningún barco, ausencia que unos interpretaron como prueba de que habían sido hundidos, y otros de que los agresores se habían apoderado de ellos.

Appu no podía creer lo que veía.

—Kizzuwatna pagaba su tributo a Ḫ atti. ¿Por qué Šuppiluliuma no ha enviado su ejército para ayudar a estas gentes?

—¿Šuppiluliuma? —le respondió Walmu contemplando los muros derruidos—. ¿El rey de Ḫ atti, tu rey? No te creía tan ingenuo, Appu.

Por segunda vez en su vida los hombres de Wilios se convirtieron en saqueadores de una ciudad ya saqueada: recorrieron las ruinas de Mersin haciendo acopio de todo lo que pensaron que podría serles de utilidad.

Encontraron un arsenal repleto de armas, cascos y corazas; al parecer los habitantes de Mersin no habían tenido tiempo de utilizarlas.

Lo vaciaron y trasladaron todo al convoy.

Hicieron lo mismo con las vacas y corderos que vagaban temblorosos por las calles desiertas, testigos silenciosos de lo sucedido.

Cerca de los amarraderos encontraron almacenes en cuyo interior se pudría el pescado; el hedor era insoportable.

Pasaron la noche acampados junto a la ciudad fantasma y al día siguiente emprendieron camino hacia una nueva oportunidad de poner punto final a su periplo, que ya se prolongaba nueve años.

Dos días de camino separaban Mersin de Tarša, distancia que la caravana se dispuso a cubrir lastrada por la falta de confianza de muchos en el futuro que les prometía Muksus, pero al mismo tiempo iluminada con la esperanza que otros depositaban en Tarša.