Fuego y bronce 2. MOPSUESTIA Dos años después del Desastre #6
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2. MOPSUESTIA Dos años después del Desastre #6

Cada vez era más difícil cumplimentar de manera adecuada el ritual.

Los animales escaseaban y los ungüentos sagrados se agotaban, y no había posibilidad de reponerlos.

Appu llevaba realizando periódicamente el ritual de purificación y de conciliación con los dioses del inframundo desde que murió su esposa Kaddusi, el año que se marcharon de Ḫ attuša.

Ella no tuvo una buena muerte y él, no siendo sacerdote sino un simple herrero, decidió que como cabeza de familia tenía potestad para realizar el culto a sus muertos.

Sin embargo, al cabo de los años y sobre todo a partir de la caída de Wilios, lamentaba que su hijo no tomara el relevo en esas tareas o cuando menos que se incorporara a ellas, siquiera por honrar a Mikal y al bebé muerto.

Kessi podía no creer en dioses ni conceder crédito a los ritos, pensaba Appu, pero al menos sí debería honrar la memoria de Mikal en otro lugar que no fuera el interior de su mente.

En Parha se sufrían doblemente las duras consecuencias del clima: no solo por la crudeza propia de la sequía sino también por tener como compañeros de penuria a sus vecinos lukk ā quienes, fieles a su carácter poco amistoso, intentaban paliar la carencia de alimentos buscándolos en Parha.

Los ataques contra el pequeño asentamiento arreciaron y al fin, tras casi dos años en la región, Muksus tomó la determinación de abandonarlo.

—No hay razón ya para permanecer aquí —dijo—. Sigamos viaje hacia el este, donde la tierra sin duda será más fértil y la mies dorada.

Anfilokos aún clamaba por tomar las armas y defenderse contra los lukk ā o cualquiera que intentara agredirles, pero dejó de insistir al comprobar que todos coincidían en la idea de partir. Incluso Kurunta hubo de conceder esa pequeña victoria al odiado Muksus.

—¿Qué sentido tiene arriesgar la vida por un estéril pedazo de tierra? —razonaba—. Aprendamos a luchar y luchemos, sí, pero hagámoslo por algo que valga la pena.

Y el grupo, ahora mucho más numeroso que cuando cruzó el País del río Seha, cargó en los carros lo poco que valía la pena llevarse e inició un nuevo éxodo siguiendo el camino marcado por el sol de la alborada.

Como mudo testimonio de su efímera presencia en el lugar, Parha quedó a merced de los merodeadores y los lukk ā , quienes se divirtieron prendiendo fuego las cabañas abandonadas y rediles vacíos.

El ancho país de Tar ḫ untašša , otrora cubierto de verdes llanuras y bosques frondosos, ahora se mostraba ante sus ojos como un erial inhóspito.

En la «tierra de Tar ḫ un», el Dios de la Tormenta, donde las lluvias habían sido siempre habituales en cualquier época del año, no caía agua del cielo desde hacía muchísimo tiempo.

Durante el mes siguiente el convoy solo vio campos áridos y ríos secos.

Formaban la caravana centenares de vehículos, carros y carretas tirados por bueyes en su mayoría, pero también por asnos y caballos.

El escaso ganado formado por vacas, ovejas y cabras sobre todo, languidecía día tras día a causa de las largas caminatas sin hallar apenas pasto con que alimentarse ni agua que saciara la sed.

El grupo humano lo formaban en gran medida familias que habían perdido algún miembro, como la de Appu, y por hombres, mujeres e incluso niños que se habían quedado solos, como era el caso de Walmu y Kurunta.

El paso del tiempo había cauterizado el dolor de casi todos ellos –salvo excepciones como Kessi– y lo que guiaba sus acciones desde hacía mucho no era otra cosa que el instinto de supervivencia.

Por el día la caravana avanzaba lentamente bajo el terrible sol y por las noches se detenía a descansar y encender fogatas para combatir el cortante viento helado de septentrión.

Cada mañana la caravana luchaba contra sí misma para despertarse y reanudar la marcha, como si las largas sombras proyectadas por el sol del amanecer fueran un lastre imposible de remolcar sobre las áridas extensiones de tierra de Tar ḫ untašša ; y al atardecer esas mismas sombras semejaban una barrera infranqueable que se colocaba frente a cada uno de ellos.

—Muksus sabe lo que hace —dijo una noche Appu mientras repartía el acostumbrado caldo de mijo entre los suyos y Walmu, a quien consideraban un miembro más de la familia.

También Kurunta compartía cena con ellos—.

Al otro lado de Tar ḫ untašša está el reino de Kizzuwatna, allí está nuestra salvación.

El rey Pilliya, si es que sigue en el poder, es fiel servidor del Tabarna de Ḫ atti —resaltó, como si eso fuera indicativo de algo—, o al menos lo era hace más de quince inviernos.

No sé si Muksus está al corriente de que en Tarša o en Mersin encontraríamos provisiones y quizá también un lugar donde establecernos; son ciudades grandes y prósperas, abiertas al comercio y a los visitantes.

Estuve en Mersin hace tanto que tú ni siquiera habías nacido, Kessi, y me pareció…

—Entonces quizá debimos haber ido a Mersin hace diez años en vez de a Wiluša —le cortó con aspereza su hijo.

Appu no replicó y nadie volvió a decir nada en toda la noche. Al día siguiente Walmu, quien creía tener un vínculo especial con Muksus, le informó de la existencia de aquellas ciudades mencionadas por Appu.

—Mersin es nuestro destino —respondió él—. No tenéis por qué preocuparos, sé perfectamente a dónde os llevo.

Muksus no tenía esposa ni hermanos. Su única compañía era una mujer recién entrada en la ancianidad, de mirada profunda y largos silencios: su madre Manto.

Pese a haberse convertido en el líder del grupo, Muksus no tenía servidores que velaran por él ni soldados que le protegieran.

Su madre y él se cuidaban el uno al otro: no les resultaba difícil puesto que vivían de modo austero, no solo por las circunstancias sino por convicción.

En eso consistía la herencia de Tarišiya.

En cuanto a la herencia de Raikio, en Muksus se revelaba de forma muy ocasional; era la parte oscura de su personalidad, que pocos conocían.

Lupakki solía caminar junto al carro de Walmu mientras este guiaba los bueyes.

El avance de la caravana era lento y pesado, como un gigantesco ser arrastrándose de manera lastimosa sobre la tierra áspera y seca.

En el carro iban Azzari, Kessi y Appu, quien de tanto en tanto se cambiaba por su nieto.

Azzari era una niña vivaracha y despierta; la ausencia de la madre, a quien perdió cuando tan solo tenía cuatro años, y la invalidez del padre obligaron a Appu a encargarse de ella.

Como el resto de los integrantes del grupo, creció entre carencias y necesidades insatisfechas.

Paradójicamente, y al contrario que su padre con la invalidez de su brazo, eso tuvo un efecto positivo en ella: su carácter se fortaleció y aprendió a desenvolverse por sus propios medios.

El muchacho no había dejado de practicar con la honda y alguna vez su hermana le pidió que la enseñara a usarla, pero él siempre se había negado: usar un arma no era algo que una niña debiera aprender.

Pero Azzari no comprendía esas convenciones y a menudo espiaba a su hermano cuando este se iba a algún sitio solitario a hacer lanzamientos.

Por eso estaba al tanto de los reiterados abusos de que había sido objeto por parte de los niños alborotadores de siempre.

Le quitaban la honda y comenzaban a pasársela de uno a otro mientras Lupakki corría en círculo para recuperarla, o le arrojaban tierra a la cara, o pasaban junto a él y lo tiraban al suelo de un empujón.

Azzari veía todo eso y no entendía por qué su hermano no hacía nada por defenderse.

En una ocasión presenció cómo dos de ellos le sujetaban de los brazos mientras el cabecilla, el muchacho pecoso, le restregaba por la cara hojas de hierba urticante.

Lupakki tenía once años. Aunque el miedo la atenazaba, estuvo a punto de correr en su ayuda, pero su hermano la vio y le indicó que no lo hiciera.

Un leve movimiento de cabeza de Lupakki bastó para que Azzari comprendiera, y permaneció en su escondite llorando de impotencia.

El muchacho estuvo tres días con terribles picores, solo aliviados por los ungüentos que el asombrado Walmu le administraba.

—¿Cómo has podido caerte sobre unos arbustos espinosos, Lupakki? ¿A dónde vas mirando cuando andas?

Como tantas otras veces, contaba una mentira a cambio de ser tomado por estúpido.

Lupakki le prohibió a Azzari explicar lo sucedido, por razones que una niña no sería capaz de comprender, le dijo.

Tampoco él las comprendía, en realidad; quizá insistía en cerrarse sobre sí mismo para semejarse a su padre, quien no levantaba cabeza desde el inicio de su viudez.

No obstante, Lupakki no podía impedir –¿y por qué habría de hacerlo, después de todo?

– que la rabia creciera en él como un dragón de cien cabezas, como un fuego que ardía dentro de su cuerpo, como un árbol de raíces poderosísimas.

No había vuelto a hablar con Muksus desde aquella primera vez, aunque sí lo había visto en alguna ocasión mientras vivieron en Parha.

Volvió a verlo durante el penoso peregrinaje por Tar ḫ untašša , un día en que el convoy se detuvo con motivo de una celebración.

Los batidores que cada jornada partían al alba en busca de animales para cazar habían divisado a no mucha distancia unas pequeñas colinas, y en una escarpada pared rocosa descubrieron una manada formada por una treintena de cabras montesas, además de varios ejemplares de carneros y gamos.

Sus flechas abatieron más de veinte animales y, aunque era escaso alimento para repartir entre los miles de personas de la caravana, el suceso se celebró como una señal de buen augurio.

Además, un poco más adelante los oteadores descubrieron un riachuelo cuya agua nacía en aquellas colinas.