Fuego y bronce 2. MOPSUESTIA Dos años después del Desastre #5
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2. MOPSUESTIA Dos años después del Desastre #5

En su huida, Lupakki había visto al alfarero de las manos como cuencos tropezar y caer cuando corría para ponerse a salvo.

«¿Y a quién le importa Kurunta?», imaginó que le decía su abuelo.

A Lupakki no, desde luego, pero había tomado la decisión de ayudarle.

Por Kurunta y por él mismo. Y también por Muksus.

Kurunta trataba de ponerse en pie luchando contra el pánico mientras un jinete, blandiendo un hacha, acortaba amenazante la distancia que los separaba.

Aunque lograra levantarse no podría zafarse del ataque.

Y Lupakki estaba demasiado lejos para intervenir, suponiendo que pudiera hacer algo por salvar al alfarero.

Vio entonces la piedra junto al árbol, aquella que lo había herido antes.

Corrió a cogerla y la alzó por encima de su cabeza en el momento en que el jinete levantaba el hacha para descargar un golpe mortal sobre Kurunta.

La arrojó con fuerza cuando el hacha ya descendía y alcanzó al jinete en la sien.

El impacto le desmadejó; soltó el arma y las riendas y cayó con estrépito del caballo.

Kurunta tuvo la entereza de coger el hacha huérfana, un hacha cuya hoja era similar a la que había visto antes forjar a Kessi, y se abalanzó contra el jinete caído, pero no fue preciso que hiciera nada: quien había estado a punto de matarle ahora sentía cómo la sangre y la vida se le escapaban a borbotones.

Kurunta cruzó entonces una intensa mirada con Lupakki, y ambos corrieron a refugiarse en el horno.

Lo que siguió fue lo acostumbrado después de un ataque como tantos padecidos desde que se establecieron en el lugar.

Hubo algunos muertos por parte de los salteadores y también de los habitantes de Parha, y en las conversaciones de los días sucesivos el tema dominante fue la necesidad de levantar al fin una empalizada y de organizarse para rechazar de manera eficaz eventuales nuevos asaltos.

Y también hubo tiempo de llorar a los que habían perdido la vida.

—Fabrica espadas y puntas de lanza, Appu, y déjate de trípodes y cacerolas —fue el consejo de Kurunta para el herrero.

Estaba más encrespado que nunca, pero curiosamente la hazaña de Lupakki y el haber estado a punto de perder la vida le sirvió, de forma extraña, para cambiar la percepción respecto a algo que no guardaba relación alguna con lo sucedido: la comunidad a ḫḫ iyawa de Parha.

Kurunta dejó de pensar en ella como un pozo infecto de enemigos y comprendió que él y ellos formaban parte de lo mismo, y que el enemigo real estaba ahí fuera.

Entre los emigrantes de Wilios había un amplio grupo de hombres a quienes, como Kurunta, los ocho años transcurridos no habían aplacado la sed de venganza y el deseo de devolver sangre con sangre.

Los atacantes actuales nada tenían que ver con aquellos que derruyeron los muros de su ciudad; de hecho, era probable que también ellos hubieran sido víctimas de desastres similares en algún momento y ahora se vieran abocados al bandidaje.

Pero eso no importaba: eran la misma escoria, merodeadores, asesinos, salteadores, y por eso merecían la muerte.

Sin que nadie se sorprendiera, poco a poco se erigió líder de la facción belicosa un individuo de orígenes oscuros, que desde luego no pertenecía a las familias de Wilios huidas de las ruinas.

Hablaba a las gentes de Parha con vehemencia y les aseguraba que también su ciudad había sido destruida en el pasado, que sus padres habían muerto entre las llamas y que los actos violentos contra la propiedad familiar no podían ni debían tolerarse.

Ofrecer violencia contra la violencia, combatir el fuego con el fuego y frases similares eran las consignas que esgrimía, y muchos se dejaban encender el ánimo con las soflamas y los llamamientos a la lucha.

Se llamaba Anfilokos y Kurunta vitoreaba su nombre.

La ironía consistía en que Anfilokos era uno de los a ḫḫ iyawa guiados por aquel Kalkas a quien ya pocos recordaban, con cuya ayuda Muksus expulsó a los habitantes karkiša de su tierra.

Él pertenecía al grupo de guerreros que, conocedores de la destrucción de sus patrias al otro lado del mar, prefirieron no regresar y permanecieron en oriente como parias hasta que se unieron a Muksus, poco antes de que este se hiciera con el control de Karkiša .

Anfilokos era uno de aquellos que ocho años atrás participaron en el asedio, el incendio y la masacre de Wilios.

Kurunta tomó partido por Anfilokos sin demasiadas reflexiones, dejándose llevar por su verborrea y ofuscado por la ira.

Además, Anfilokos y Muksus no congeniaban.

Eso contribuyó a la decisión de Kurunta, cuya ceguera le impedía ver en Anfilokos todos los males que le achacaba a Muksus.

Anfilokos había sido la mano derecha de Kalkas y cuando Muksus lo eliminó, se difuminó en la multitud y dejó de existir para su rival.

Pero ahora había resurgido, aprovechando la necesidad que había en el grupo de un líder que canalizara los deseos de venganza.

Lo tuvo fácil porque los ataques de los salteadores eran como leña que avivaba la hoguera del odio, una hoguera que él se encargaba de atizar con sus discursos.

Entretanto, la sequía no cesaba de provocar miseria en las que hasta no hacía mucho habían sido tierras vasallas de Ḫ atti.

En Karkiša , Lukk ā y Tar ḫ untašša no llovía desde hacía varias lunas.

Los cauces del Aštarpa y el Kastaraya llegaban prácticamente secos a su desembocadura y era impensable usar su agua para abastecerse.

La cisterna construida en Parha para conservar el agua potable no había alcanzado jamás ni la cuarta parte de su capacidad.

El calor y la falta de lluvia empobrecían y endurecían la tierra, y los arados tenían enormes dificultades para roturarla.

Y cuando se conseguía y se sembraban semillas de cebada, sésamo, legumbres o alguna hortaliza, la falta de riego abortaba cualquier esperanza.

La ausencia de pastos causaba mortandad entre el ya escaso ganado.

La única salida que les quedaba a esas pobres gentes era hacerse a la mar, pero tampoco tenían madera para construir barcos.

Además, aún no había nacido el pueblo que fuera capaz de subsistir simplemente con lo que obtuviera de la pesca.

La familia de Appu ya sabía qué era pasar hambre. Lupakki recordaba la historia que de pequeño le contaba su madre las veces que en casa no entraba alimento:

—Una vez el dios Telepinu se enfadó con la raza humana y desapareció.

Con su marcha el mundo se inundó de niebla, la vegetación se agostó, los manantiales y fuentes se consumieron, las montañas y llanuras se secaron, el ganado escapó de los rediles, las vacas y las ovejas ya no quedaban preñadas y las que lo estaban no parían.

La escasez sobrevino en la tierra y los seres humanos comenzaron a perecer de inanición.

»Los dioses mandaron a buscar a Telepinu para apaciguar su cólera, pero no pudieron encontrarle.

Pasó mucho tiempo y el dios no aparecía.

Enviaron entonces a una abeja y el pequeño insecto triunfó donde todos los demás habían fracasado.

Encontró a Telepinu oculto en el interior del tronco de un árbol y llamó al resto de dioses, quienes agradecieron y honraron a la minúscula abeja.

»Los dioses apaciguaron el ánimo de Telepinu con miel, sésamo, ungüentos y perfumes.

Bajo la tierra oscura se abrieron los siete cerrojos de las siete puertas, donde había unos calderos de bronce con tapaderas de estaño: lo que en ellos entraba no salía jamás, sino que moría dentro.

Allí metieron el rencor y la ira de Telepinu, y el dios alivió así su cólera y regresó a su casa.

Cuidó de nuevo de la tierra y entonces la niebla se retiró, las ovejas volvieron al redil y las vacas al establo, creció un árbol siempre verde y la tierra se cubrió de una brisa fértil.

Cuando Mikal le contaba la historia al niño Lupakki, él corría al altar y rogaba a los dioses para que se apresuraran a enviar a la abeja en busca de Telepinu, y terminara de una vez el tiempo de los cuencos vacíos de grano y las ubres secas de leche.

En ese relato también encontraba inspiración para aprovechar la oportunidad de solucionar grandes problemas brindada por los dioses a los seres diminutos, como la abeja y como él mismo.

Ahora, mirando hacia atrás, el joven Lupakki era consciente de que él ya tuvo su momento, su ocasión, pero la desperdició y su fracaso pudo costarle la vida a su hermana Azzari.

Era poco probable que los dioses le concedieran una nueva oportunidad.

Valiéndose de una daga, Appu se arrodilló a la orilla del riachuelo y cavó una diminuta fosa.

Cogió luego un recipiente del tamaño de la palma de su mano y lo depositó en el agujero.

Lupakki le dio una vasija que contenía una pequeña cantidad de vino y, a continuación, otra con aceite.

Vertió dentro un poco de todo ello y roció el agujero con los licores sagrados, marnuwan y walhi .

Recibió de su nieto un trozo de pan y una torta de cereal y los depositó también.

A su señal, trajo un cordero que había estado observando toda la escena con mirada inquieta.

Lo degolló junto al agujero y lo sostuvo en alto, impregnando con su sangre las paredes de la pequeña fosa.

—Señora de la vida y de la muerte, Lelwani, diosa del mundo profundo. Acepta estas ofrendas, y abre las puertas de tu mansión subterránea para que las deidades del inframundo participen también de ellas.