Fuego y bronce 2. MOPSUESTIA Dos años después del Desastre #4
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2. MOPSUESTIA Dos años después del Desastre #4

La advertencia era de nuevo innecesaria, pero el estado de ánimo de Kessi no invitaba a ahorrársela. Volvió a encajar la tapa en el horno y el flujo de metal candente cesó. Ahora habría de esperar que se enfriara un poco y adquiriera densidad, para liberar la hoja del molde y comenzar a pulirla.

El portón de madera que daba acceso al corral donde habían acondicionado el taller de forja se movió y por él asomó un rostro malhumorado que echó un vistazo rápido al interior.

—¿Entonces es cierto? —preguntó con rabia—. ¿Estáis trabajando para los a ḫḫ iyawa ?

Lupakki no detuvo el martilleo. Kessi alzó la cabeza con aire cansado y respondió:

—Sí, Kurunta. Es un simple encargo. ¿Qué importancia tiene?

—¿Importancia? ¿Te parece poco importante vender tu sudor a los que…?

—No lo digas, Kurunta —le cortó Appu entrando detrás de él—, estamos hartos de oírtelo decir. Los que lo hicieron están al otro lado del mar o tal vez muertos, pero no son los que viven en Parha.

El martillo de Lupakki anegaba los oídos con su rítmico golpeteo.

—¿Cómo lo sabes? ¿Cómo puedes estar seguro?

—Porque los antepasados de estos a ḫḫ iyawa ya habitaban en esta parte del mundo antes de que tú nacieras. Sus padres y sus abuelos son tan hijos de esta tierra como lo somos tú y yo. Milawata era su hogar, igual que Wilios era el nuestro.

El constante repiqueteo de Lupakki seguía contaminando la conversación.

—Os creéis todo lo que os cuenta Muksus. Sois unos ingenuos. ¡Por los dioses, Lupakki, deja de hacer ese ruido!

—Es mi trabajo… —replicó él con sencillez.

—Estáis todos locos —dijo Kurunta, y se marchó por donde había venido.

—Se le pasará… algún día —auguró Appu.

En efecto, los habitantes de la costera ciudad de Milawata descendían en buena parte de colonos a ḫḫ iyawa , quienes, buscando un emplazamiento donde comerciar, ganarse el sustento y, en definitiva, vivir, se instalaron en aquel lugar, llamado Miratija en su idioma, y se integraron con la comunidad preexistente.

Pero no tuvieron una vida fácil. Con frecuencia fueron víctimas de saqueos, algunos llevados a cabo por piratas provenientes de sus propias ciudades de origen.

También sufrían ataques de los ejércitos enviados por el Tabarna del País de Ḫ atti, quien no toleraba bien la presencia de los a ḫḫ iyawa en un suelo que desde tiempo inmemorial había sometido a vasallaje.

En esa disputa entre unos y otros quienes perdían eran los habitantes de Milawata, que tan solo querían vivir en paz.

Por otro lado, y al igual que sucedía en Apaša, Wilios y tantos otros lugares de la costa, la pertinaz sequía los azotaba, pese a contar con el beneficio del mar.

Por eso cuando supieron de una gran caravana formada por hombres, mujeres y niños procedentes del norte y liderados por un personaje de ascendencia a ḫḫ iyawa llamado Moqso, peregrinando en busca de mejores tierras, decidieron abandonar las suyas y seguirles.

Muksus los aceptó sin reservas, pero no pudo evitar los conflictos entre los recién llegados y aquellos que pensaban como Kurunta.

Juntos habían cruzado el río Aštarpa y el pequeño reino de Zumanti, y penetrado por el norte en la Tierra de Lukk ā .

Pero sus habitantes se mostraron hostiles y no pudieron permanecer allí más tiempo del imprescindible para atravesar el territorio y abandonarlo por el este, en la frontera con el vecino reino de Tar ḫ untašša .

Allí, en un lugar cercano a la desembocadura del Kastaraya, Muksus sacrificó uno de los pocos bueyes que conservaban desde Wilios y vio en sus entrañas el beneplácito de los dioses: podían levantar una colonia en aquel lugar.

Parha estaba próximo al mar, al igual que Milawata y Wilios, y se podía cubrir la distancia de un extremo al otro con un buen lanzamiento de jabalina.

El asentamiento que fundó Muksus no tenía empalizadas en su perímetro, ni foso, ni siquiera guardias de vigilancia.

Muchos reclamaban esa protección, pues los ataques de los merodeadores los hallaban siempre desprevenidos; pero Muksus, en una mezcla de ingenuidad y seguridad en sí mismo, confiaba en que quienes los atacaban acabarían por darse cuenta de que les sería más conveniente unírseles que aprovecharse de ellos.

Algo de razón tuvo: numerosas familias lukk ā , descontentas con el modo de vida que se acostumbraba en sus pueblos y aldeas, basado en la rapiña y el pirateo, llamaron a las inexistentes puertas de Parha para solicitar ser admitidos en el pequeño poblado.

Y Muksus consideraba que, pese a su reducido tamaño, Parha era lo bastante grande para que las distintas comunidades pudieran convivir sin demasiados roces entre ellas.

Así, el grupo humano liderado por Muksus constituía ya una amalgama de gentes, lenguas, creencias y tradiciones diferentes y difíciles de conciliar.

A menudo Muksus trataba de explicar su propósito con una metáfora que la gente podía comprender bien: el cobre y el estaño tomados por separado eran maleables y quebradizos, pero si se fundían y mezclaban el resultado era una aleación durísima e inquebrantable llamada bronce.

Del mismo modo, los diferentes pueblos que se habían reunido por obra de los dioses bajo su mano, tomados por separado eran blandos e inestables, y por tanto frágiles y perecederos, incapaces de imponer su voluntad a nadie; pero si algún día lograran fusionarse en una sola aleación y convertirse en un único pueblo, se volverían indestructibles y su poder imperaría sobre la tierra.

Como el bronce. «Y ese día llegará», aseguraba Muksus.

El sol estaba en lo más alto y Lupakki llevaba trabajando desde el amanecer.

Decidió tomarse un descanso; soltó el martillo, la barra de cobre y plomo ya estaba bastante temperada, y salió fuera en busca de algo de brisa fresca y un poco de sombra.

El taller se ubicaba, como era habitual y al igual que los del resto de artesanos y cuidadores de animales, en el anillo más exterior del poblado y en la parte norte, para que los fuertes vientos meridionales alejaran el desagradable olor de las granjas.

Parha tenía un año de vida y habían transcurrido ya ocho desde que Lupakki viera por última vez la casa y el horno de su abuelo en Wilios.

Se había convertido en un muchacho no muy alto pero bien proporcionado, y el trabajo en la forja comenzaba a esculpirle en el pecho y los brazos formas torneadas.

A falta de agua cogió un puñado de tierra del suelo y se restregó el cuerpo con ella para secarse el sudor.

Se sentó bajo la sombra de un escuálido pino, relajó los músculos y cerró los ojos.

No pasó mucho tiempo hasta que algo chocó con fuerza contra su hombro.

El dolor sacudió como un latigazo a Lupakki.

Pensó al principio en alguna rama desprendida del árbol, o quizá un pájaro herido; miró a su alrededor, pero solo vio una piedra tan grande como medio puño.

Otra piedra de tamaño similar se estrelló contra el tronco por encima de su cabeza, y entonces miró a lo lejos y descubrió de dónde provenían los proyectiles: al final del camino divisó un grupo de cuatro jóvenes que se acercaban, entre ellos un muchacho con el rostro salpicado de pecas.

Eran sus viejos conocidos. Lupakki se puso en pie de un salto.

—¡No te duermas, herrero! ¿No ves que hace mucho que ha salido el sol?

Lupakki ya sabía lo que venía a continuación.

Cerró los puños y apretó los dientes, dispuesto a soportarlo.

Aún recordaba las palabras de Muksus la primera vez que se vieron, pero ocho años después no había encontrado la forma de traducirlas en una fórmula que le librara del acoso de aquella chusma.

Su cuerpo era más fuerte que antes, y gracias a ello resistía mejor los golpes; pero no había sido capaz de dar el paso siguiente.

Sabía que el castigo alimentaba la rabia en su interior y, pese a tener tan solo quince años, era consciente de que, al igual que le sucedía a su padre con su dolor, si no le daba salida de algún modo acabaría por consumirle.

El grupo le rodeó y dio inicio el juego de los empujones y las burlas.

El pecoso alzó el brazo para golpearle en la cabeza, pero en ese momento se oyó un rumor a sus espaldas, el eco sordo de un galopar de caballos.

Los cuatro se giraron y vieron varios jinetes armados con arcos y jabalinas acercándose a gran velocidad.

Una flecha apareció súbitamente clavada en el árbol a su espalda y se produjo una desbandada.

—¡Lupakki! ¡Corre!

Era Appu gritándole desde el portón del taller. El aviso fue innecesario porque Lupakki ya se apresuraba hacia él.

—¿Dónde está Azzari? —preguntó apenas estuvo junto a su abuelo, aún con el miedo en el cuerpo.

—En la casa —le tranquilizó—. Vamos dentro, ¡deprisa!

Cruzaron el patio metamorfoseado en taller de forja y entraron en la pequeña casa.

Allí, Kessi y Azzari los aguardaban impacientes.

La vivienda, construida hacía un año entre todos los miembros masculinos de la familia, era pequeñísima, modesta, mucho más que la que habitaron en Wilios: una especie de choza con rudimentarios sillares de piedra y paredes hechas con ramas, paja y matojos secos.

Un habitáculo temporal que comenzaba a prolongarse en el tiempo más de lo previsto en un inicio.

Cualquier día, repetía Kessi a menudo, el calor o las chispas generados por la fragua darían cumplimiento a esa provisionalidad de una vez por todas.

Lupakki entonces hizo algo impensable: se giró y volvió a salir. Cruzó el patio y abrió el portón.

—¡Lupakki! —gritó Appu—. ¡Por Tar ḫ un!, ¿te has vuelto loco? ¡Vuelve aquí!

—¡Kurunta está ahí fuera!