2. MOPSUESTIA Dos años después del Desastre #3
—Esa honda es nueva, ¿verdad? —dijo el líder del grupo, un muchacho pecoso algo mayor que Lupakki. El otro se la dio y él la observó como si fuera un experto—. Es más larga de este lado que del otro, ¿no lo ves? Seguro que te la ha hecho tu abuelo, porque tu padre no podría: es un tullido.
Lupakki no se molestó en pedírsela; sabía que no serviría de nada. Agachó la cabeza y trató de imaginar cuál sería el siguiente paso de la diversión: romper la honda, probarla con él o golpearle. Para empezar sucedió lo primero.
—Dile que te haga otra —sugirió burlón el pecoso mientras con un pequeño cuchillo salido de los pliegues de su túnica la cortaba por la mitad—, esta se ha roto.
Nuevas risas. Uno de los chicos cogió del suelo los dos pedazos de la correa y comentó, entre grotescos hipidos y gestos de mofa:
—¡Está rota! ¿Ahora qué harás, pobre Lupakki? ¡Pero mira, aún sirve!
La usó a modo de látigo y golpeó con ella el costado de Lupakki. Él gritó de dolor.
—¿Ves, nešili ? Así es como se utiliza una honda.
Decidieron divertirse un rato con el juego de lastimar al indefenso Lupakki, regodeándose de ver cómo se retorcía al tratar de evitar los latigazos. Uno de ellos le dio en la frente y el lugar del impacto se enrojeció al instante. Lupakki se encogió y sus rodillas se doblaron.
—Eres un blando.
Las patadas y los latigazos arreciaron; Lupakki se ovilló en el suelo y lloró bajo el polvo y los golpes. El pecoso se detuvo un momento y por alguna razón pensó que la diversión ya no le satisfacía.
—Ahí te quedas, llorica. A ver si tu próxima honda funciona mejor.
Los cuatro muchachos se alejaron en dirección al campamento, brincando y riendo.
Lupakki tardó en sacar la cabeza de entre sus doloridos brazos y descubrir sin demasiada emoción que estaba solo de nuevo y que todo había terminado.
Se sentó en el suelo haciendo una mueca de dolor e inició la inútil y absurda tarea de sacudirse el polvo de la túnica.
Las palizas eran algo que le sucedía de manera frecuente, un elemento más de su rutinaria y lastimosa vida desde que abandonaron la ciudad.
En Wilios no se metían con él, quizá porque era más pequeño y su madre le protegía.
Su madre… Se le hacía cada vez más borroso su rostro en la memoria, más difuminado, menos concreto; por eso lloraba de rabia y se odiaba a sí mismo.
Sí recordaba con nitidez, en cambio, el colgante de cornalina y el tacto y el olor del vestido de color ḫ ašmanu que solía ponerse ella, «un vestido de Ugarit», como lo llamaban todos, significara eso lo que significase.
En sus recuerdos, cuando ella le abrazaba llevaba puesto el vestido; y en esos recuerdos, cuando ella murió abrasada por las llamas, también lo llevaba puesto. Lupakki sollozó.
—No te has defendido.
Una voz suave pero grave le hizo alzar la mirada.
De pronto había un hombre delante de él, vestido con un vistoso manto.
Lupakki se sobresaltó y fue incapaz de levantarse.
Se limpió las lágrimas con la mano; no le había visto nunca y lo primero que pensó fue que se trataba de un guerrero a ḫḫ iyawa .
Pero no portaba armas; tampoco las necesitaría si le apetecía prolongar la diversión de los muchachos.
—Podrías haberlo hecho.
El hombre preguntaba sin preguntar. El viento le desordenaba el largo cabello por debajo de la cinta que lo sujetaba a la altura de las orejas.
Por un momento, Lupakki pensó que si algún día llegara a ver al Dios de la Tormenta, tendría ese aspecto.
Quizá lo era realmente, pero no vio hacha alguna, atributo inseparable de Tar ḫ un. Tal vez venía en son de paz.
—No tengo fuerza.
—Sí la tienes.
—Y ellos son muchos.
—Ellos son más que tú. Pero valen menos que tú. Eso es lo que cuenta.
Lupakki se puso de pie sin perder de vista al desconocido.
—No soy fuerte —repitió.
—No todo es cuestión de fuerza. Pero sí eres fuerte. Tu fuerza está ahí, la siento. —Señaló el pecho del niño con un dedo afilado—. Y ahí. —Indicó entonces su cabeza.
—No sé defenderme —dijo Lupakki.
—No permitas que vuelva a pasarte lo de antes. No es un reproche, solo digo que hagas algo para solucionarlo. —El niño pareció confundido—. Tienes una fuerza inmensa dentro de ti, has de aprender a sacarla.
—¿Cómo?
—Eres hijo y nieto de herreros.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Da igual. Lo sé. Dile a tu abuelo que construya una fragua y ayúdale en su trabajo. Y tu fuerza física brotará.
—Odio la fragua.
—Y odias más a los que te han pegado, ¿verdad? No los odies, pero has de colocarlos en su lugar. Y tampoco odies la fragua: simplemente colócala en el lugar que le corresponde.
Lupakki no estaba seguro de entender.
—Y obra de modo que tu madre se sintiera orgullosa de ti si pudiera verte. Así brotará la fuerza de tu mente.
—¿Qué?
—A partir de hoy quizá nos veamos más a menudo. Adiós.
El hombre se fue caminando con lenta cadencia hacia el oeste, en dirección contraria al campamento.
¿Cómo podía saber tanto acerca de él?, se preguntó Lupakki.
Recogió lo que quedaba de la honda y pensó en qué historia contarle a su padre para explicar las magulladuras y la honda rota.
No solía decirle la verdad porque hacerlo no le ayudaba a que no se repitiera: las veces que lo había hecho, su padre tan solo asentía con rostro grave mientras lo escuchaba y le decía que tuviera más cuidado.
Arrojó lejos los trozos de honda y volvió al campamento.
Dentro la excitación generalizada había amainado, o al menos parecía más contenida. Lupakki vio junto a la carreta a Walmu, a su padre y a su abuelo hablando con cierta excitación; ni siquiera advirtieron su lastimoso aspecto. Se sentó al lado de su hermana Azzari en el borde de la carreta.
—¿Qué te ha pasado?
—Me he caído —mintió—. ¿Por qué discuten papá y el abuelo?
—No lo sé, Lupakki —respondió Azzari—. Pero tengo hambre. ¿Has cazado algo con tu honda?
Walmu se acercó a él.
—Parece que te hayan dado una paliza, muchacho —dijo con una media sonrisa—. ¿Estás bien?
—Se ha caído —contestó al instante Azzari, queriendo así demostrar cuán bien informada estaba.
—¿Pasa algo? —preguntó el niño mientras seguía mirando a Kessi y Appu.
—Pasa —respondió, y le puso las manos sobre los hombros— que nuestra suerte va a cambiar a partir de hoy mismo. Se acabó el ir dando tumbos de un sitio a otro sin saber qué nos deparará el futuro. Lo ha decidido la mayoría: nos uniremos al grupo de Muksus y él será nuestro guía.
Transcurrieron varios veranos e inviernos, y la piel de Lupakki se fue curtiendo con el calor del sol y con el frío helado de las ventiscas.
Se acostumbró a ello como lo hicieron todos y aprendió a moldear el metal igual que su abuelo y su padre, aunque este último no tocara ya las herramientas de la forja y se estancara en una amarga indolencia.
Pero Lupakki no se estancó y al mismo tiempo creció en él la fuerza tal y como le había predicho Muksus.
Un día similar a muchos otros el sol brillaba sobre su cabeza y bronceaba la sudorosa piel de su cuerpo.
Esta tenía el color atezado del metal que estaba martilleando, un lingote que perdía calor y maleabilidad con cada golpe de maza.
Había aprendido a utilizar con pericia esa herramienta y también las tenazas, las mismas que su abuelo tenía en la forja de Ḫ attuša, rescatadas de entre los escombros de Wilios.
Elevaba su brazo izquierdo y al bajarlo descargaba un golpe duro y seco sobre el lingote, que soportaba el castigo con muda sonoridad.
Había, le explicó Appu alguna vez, quien era más hábil empuñando la maza con la mano izquierda que con la derecha, sujetando con la otra mano las tenazas; del mismo modo, algunos se desenvolvían mejor con la espada en una mano que en la otra.
Lupakki había adquirido soltura con las dos, quizá porque usando la honda también se ejercitaba con ambas.
Junto a él Kessi sostenía un escoplo con su brazo útil y miraba fijamente la tapadora de arcilla endurecida que bloqueaba la pequeña abertura inferior del horno.
De un momento a otro habría que desobstruir la boca del horno para que el metal saliera como un riachuelo de lava y se derramara de manera uniforme sobre el molde situado debajo.
El lingote y la colada tenían la misma composición: cobre y plomo.
Con ese material iban a fabricar una hoja de hacha y la pata de un trípode.
La aleación era menos resistente que el bronce, pero hacía mucho tiempo que el estaño dejó de estar a su alcance y sin ese mineral no era posible fabricar bronce.
—La colada ya debe de estar a punto —dijo Lupakki sin dejar de martillear.
Su padre conocía bien los tiempos del horno, pero con frecuencia se sumía en un completo desinterés por lo que le rodeaba y se dejaba apresar por un perenne duelo interior.
Hacía años que el sudor de Kessi olía a dolor: un dolor conocido y compartido no solo por su familia sino por todos los que, como él, habían abandonado Wilios.
Todos habían sufrido alguna gran pérdida, pero Kessi parecía acumular sobre sus espaldas el padecimiento del grupo entero.
Kessi golpeó con la punta del escoplo en varios lugares alrededor de la tapadora, hasta que por las grietas pudo verse la aleación incandescente.
Soltó el escoplo y, cogiendo la agarradera, tiró de ella varias veces con fuerza hasta que logró desencajar la tapa.
El viscoso líquido cobrizo brotó y se deslizó por la pequeña pendiente hasta rellenar el molde, y ante los ojos de Kessi cobró forma la hoja incandescente de un hacha, luminosa como el sol.
—Ciérralo, padre, o el molde rebosará.