Fuego y bronce 2. MOPSUESTIA Dos años después del Desastre #2
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2. MOPSUESTIA Dos años después del Desastre #2

Se encontraban al sur del País del río Seha.

Su peregrinaje desde Wilios los había llevado a cruzarlo de norte a sur y, al no encontrar ninguna razón para quedarse allí —ni tierras fértiles que cultivar, ni un clima tolerante, ni gentes hospitalarias—, prosiguieron su camino y se adentraron en Mira, más allá de la ciudad de Sardeis, donde las perspectivas tampoco fueron mejores.

Estaba a punto de comenzar el invierno, el segundo que pasaban lejos del cobijo de las murallas de Wilios.

Se habían convertido en lo que nunca quisieron ser: nómadas sin techo, mercaderes que vagaban de un lugar a otro.

Pero al menos estos tenían mercancías con las que hacer negocio y ganarse la vida; ellos no tenían nada.

Walmu les contó a Kurunta, Appu y Kessi lo que vio y oyó dos días atrás.

Un hombre de unos cuarenta años, acompañado de otros dos, había cruzado el cerco de maderas y cuerdas que delimitaba el campamento y había caminado hasta llegar a un lugar céntrico en medio de las tiendas, las lonas y las carretas a cuyo abrigo la gente comía y dormía desde hacía meses.

No iban armados. Llevaba puesto un largo manto del color del azafrán que ocultaba sus pies, y parecía que se deslizara por el suelo en lugar de caminar.

Tenía una diadema en la cabeza con un objeto extraño en su parte frontal, y sus cabellos y barba blancos descansaban sobre el pecho y los hombros formando una especie de aureola en torno a su rostro.

En cuanto a sus ojos, eran apenas dos puntos oscuros ocultos entre los pliegues de la cara.

—Empezó a hablar y sin necesidad de gritar captó la atención de todos los que estábamos allí.

Habló en luvita y dijo que los dioses están enfadados con los hombres, con todos los hombres.

Los dioses de los a ḫḫ iyawa , de los karkiša , de los nešili , los nuestros…

No les gusta que descuidemos nuestras ofrendas y libaciones, y eso sucede porque estamos demasiado ocupados peleándonos continuamente los unos con los otros.

—¡Yo no descuido mis ofrendas! —se defendió Kurunta—. De mí se podrán decir muchas cosas, pero no esa. Y estoy seguro de que vosotros…

—Yo sí lo hago —dijo Kessi en un susurro pero sin titubeos—. No pienso hacer una libación con un vino que no tengo, ni sacrificar una cabra que tampoco tengo, para honrar a unos dioses que permitieron que mi mujer y mi hijo recién nacido murieran.

—Bueno —respondió Kurunta en tono algo frívolo—, en cualquier caso tú eres nešili : que se arreglen tus dioses contigo. Los míos no tienen nada malo que decir sobre mí.

Walmu tosió para recuperar la atención del grupo.

—Muksus dijo también que en el lugar del que él venía los campos están yermos y las vides no dan uvas. Pasan hambre. Como nosotros, por supuesto. Por eso iban a marcharse de allí en dirección al sur.

—¿Y a quién le importa, Walmu? A mí no, desde luego. Que vayan donde quieran mientras no se crucen en mi camino. ¿No os dais cuenta? Los a ḫḫ iyawa destruyeron nuestra ciudad. Me hierve la sangre de pensarlo.

—No todos los que siguen a Muksus estuvieron en Wilios, Kurunta —le corrigió Walmu—.

A decir verdad, solo unos pocos. No me malinterpretéis: yo también odio a los que mataron a mi familia y si tuviera la oportunidad les daría muerte.

Pero los odio por eso, no por ser a ḫḫ iyawa .

No todos los a ḫḫ iyawa son unos desalmados.

Los presentes echaron la vista atrás y recordaron con dolor lo sucedido en Wilios. Kessi soñaba cada noche con el guerrero que mató a Mikal y a su bebé y a él lo dejó lisiado; jamás olvidaría su cara, estaba seguro. El momento de silencio fue interrumpido por Walmu.

—Además, Muksus no es estrictamente un a ḫḫ iyawa ; nació en esta tierra, como muchos de los que están con él.

Viven a este lado del mar desde siempre, y no son guerreros sedientos de sangre: son campesinos o artesanos, tienen aquí sus familias, su casa es esta.

—Walmu oyó refunfuñar a Kurunta—. Muksus añadió que un grupo grande de personas es más fuerte que uno pequeño.

El mundo se ha convertido en un lugar inhabitable, pero si nos unimos todos juntos resistiremos mejor hasta que lleguen épocas de bonanza.

Muksus, continuó Walmu, dijo que el tiempo de los enfrentamientos de unos contra otros ya había pasado y que los hombres no debían pelear más entre sí.

El pasado no se podía cambiar, pero el futuro sí dependía de ellos.

Se acercaba una era de paz y prosperidad para los que fueran capaces de sobrevivir a los malos tiempos actuales.

Y proponía buscar unidos una tierra donde se pudiera vivir y fundar allí un hogar, una ciudad. Y comenzar de nuevo.

—¿Una ciudad?

A Appu la idea le resultó atractiva: en Wilios siempre fue un extranjero, pero si contribuía a crear un lugar con sus propias manos, volvería a sentirse como en Ḫ attuša.

—Eso es. Sé que todo esto puede sonar disparatado, pero él parecía tan convencido… Su voz era suave y dulce, pero firme. Y su mirada penetrante y segura.

—O sea, que te has enamorado —rio Kurunta.

—Llevamos vagando dos años y no hay perspectiva de que nuestra situación vaya a cambiar.

Levanto la vista y no veo ningún futuro en nuestro caminar sin rumbo.

Necesitamos que alguien nos guíe y nos dé esperanzas de encontrar lo que perdimos, de recuperar algo de lo que se nos quedó atrás.

Y creo que ese hombre puede ayudarnos a lograrlo. —Miró a su lado—: ¿Tú que dices, Appu?

—Digo que no me parece mala idea.

—¿Y tú?

Kessi, taciturno y sin levantar la vista de su cuenco, apenas movió los labios y murmuró:

—Nunca podré recuperar lo que perdí.

—Tanto da lo que pensemos nosotros —concluyó Kurunta—, es algo que se habrá de decidir entre todos. Durmamos de una vez y mañana será otro día.

Walmu recostó el cuerpo y se cubrió con una piel de oveja.

Pensó por un momento que quizá estaba acentuando demasiado el elogio de ese Muksus, a quien en realidad no conocía.

Appu se tumbó y la pequeña Azzari, que ya llevaba tiempo bostezando, le pidió permiso para instalarse en su regazo.

Entre las macizas ruedas de la carreta se acurrucó su hermano Lupakki.

Sin decir nada miró de soslayo a su padre: Kessi seguía reclinado sobre el calor de la hoguera, y su hijo creyó ver las llamas reflejadas en sus ojos húmedos.

Se giró y cerró los suyos sabiendo que no podría dormir.

Él tenía sus propios problemas, sus propios sufrimientos.

Su propio a ḫḫ iyawa visitándolo por las noches.

Había aprendido a usar la honda siendo muy niño.

No había dejado de practicar desde que su padre le fabricó una y empezó a tirar a los charranes cerca de la playa, y luego sobre objetivos más diminutos, como pequeños roedores y pajarillos posados en las ramas de los árboles.

Alguien le dijo que en la tierra del Gran Delta, la que en su lengua nešili llamaban Mizr ī , había honderos muy diestros y él, con cinco años y sin tener idea de qué tierra sería esa, quiso ser como ellos y se propuso visitarla algún día para conocerlos.

Otros muchachos se burlaban de él, le decían que las hondas, al igual que las flechas, eran armas propias de cobardes y que la verdadera valentía se demostraba con los puños.

Era evidente que esos comentarios buscaban provocar al pequeño nešili .

Pero Lupakki nunca había pensado en la honda como un arma a través de la cual demostrar valor.

Él tan solo colocaba el proyectil en medio de la trenza, lo volteaba y lo soltaba.

No había valor en ello, simplemente destreza.

Por otro lado, la madre de Lupakki era de Amurru y él había nacido en Wilios, o Wiluša como decía ella; así que de nešili no tenía más que las raíces paternas.

Pero al parecer eso bastaba para ganarse una paliza de vez en cuando.

Una vez se le ocurrió repetir delante de los otros niños algo que le había oído a su abuelo: el reino de Ḫ atti, patria de los nešili , dominaba el mundo y todos le rendían vasallaje.

No sabía lo que quería decir esa palabra, pero debía de ser algo muy grave porque le rompieron un labio y le llenaron el cuerpo de moratones.

Necesitaba piedras pequeñas con formas redondeadas y sin aristas.

Dentro del recinto del campamento el ambiente estaba demasiado enrarecido, veía a todo el mundo con el ánimo excitado y yendo de un lado para otro; por eso prefirió buscarlas fuera del cerco.

La mañana era fría y tapaban el sol densas nubes blancas que amenazaban con desplomarse sobre la tierra.

Cuando tuvo unos cuantos proyectiles se fijó en el tronco de un árbol seco en la árida llanura, tan lejano que no parecía más grande que su meñique, y empezó a lanzar.

Imaginó, como solía, que su blanco era un a ḫḫ iyawa sujetando a su hermana.

De ese modo podía salvarla, al menos en sus fantasías.

El viento soplaba y traía a los oídos de Lupakki las voces de los hombres de Wilios, reunidos en una explanada del campamento y decidiendo cuestiones importantes que tenían que ver con lo que había escuchado la noche antes frente al fuego.

Arrojó tres piedras, cuatro, cinco, siempre a favor del viento; las cinco veces acertó al árbol.

Preparó un sexto proyectil y alguien lo empujó por la espalda, haciéndolo tropezar y caer al suelo.

—Eh, hondero, ¿te está atacando alguien? ¿No será aquel árbol?

Detrás de él cuatros niños a quienes Lupakki conocía bien rompieron a reír. La honda había rodado por el suelo y uno de ellos la cogió. Él se levantó y pidió que le dejaran en paz, a sabiendas de que lo harían cuando se cansaran de burlarse y no antes.