Fuego y bronce 2. MOPSUESTIA Dos años después del Desastre
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2. MOPSUESTIA Dos años después del Desastre

W almu se aclaró la voz e inició su relato.

—Su padre se llamaba Raikio y fue uno de los primeros en marcharse de Muk ā n ā .

No pudo soportarlo más. Otros podían convivir con la ira del dios Posedao contra los a ḫḫ iyawa , excusarla con subterfugios y seguir adelante; pero él no fue capaz.

Los sillares de las viviendas resistían cada vez peor las sacudidas y los frágiles muros de adobe y las techumbres se venían abajo como si fueran paja al viento.

Solo las poderosas murallas de la ciudadela parecían mantenerse firmes; por eso la población pensaba que en su interior estaría a salvo y buscaba la protección del palacio del wannax cada vez que la tierra temblaba.

Pero no todos llegaban a tiempo de acogerse detrás de sus muros.

La familia de Raikio no lo logró y murió aplastada por el peso de las vigas de madera que sostenían el techo de su casa.

Sucedió con el primer temblor y desde entonces se habían producido muchos otros.

Luego se supo que las paredes del palacio tampoco eran inmunes al poder de Posedao, el agitador de la tierra.

Y se supo también de la destrucción producida en otros lugares, como las vecinas Tirinte y Mide.

La mayoría esperaba a que el dios se calmase; entonces reparaba los daños, levantaba de nuevo las paredes caídas y enterraba a sus muertos.

Pero Raikio solo hizo eso último y después se fue de Muk ā n ā .

»Alguien le proporcionó una explicación: el dios no estaba enojado con ellos, solo quería que se desperezaran y salieran a dominar el mundo; una tierra que Posedao les brindaba y que ellos debían tomar igual que si fuera suyo, pues suyo era.

A Raikio le pareció una idea ridícula, pero obró como si la creyera.

Caminó hasta llegar al mar y subió a un barco de comerciantes a ḫḫ iyawa que lo llevó lejos, a una isla de forma alargada como la vara de un boyero, a mitad de camino de la tierra de los labu de piel oscura.

El barco llevaba marfil, tejidos teñidos con tinte púrpura, escarabeos, sellos y amuletos.

Cada vez era más difícil vender esos productos, la mayoría provenientes de oriente, en tierras a ḫḫ iyawa .

Nada de eso se podía comer y por eso iban a intentarlo en Kaptara.

»Raikio convenció a los navegantes: le siguieron, le convirtieron en su líder y él a cambio les proporcionó riqueza y poder en Kaptara.

La historia de cómo logró dominar las ciudades de la isla, Paito, Kudonija, incluso la legendaria Konoso, se perdió en la memoria de forma casi tan rápida como el tiempo que pasó Raikio conformándose con un pedazo de tierra anclado en el mar.

Su ambición, que era también la de Posedao, le llevó a pensar enseguida en los dominios de Ḫ atti, en los estados vasallos de aquel que creyéndose un dios se llamaba a sí mismo «Mi Sol».

Armó un gran ejército, construyó barcos, los calafateó con brea negra y enfiló sus proas hacia la costa oriental, al oeste de la tierra de los piratas lukk ā , a un lugar conocido como Karkiša .

»Su madre se llamaba Manto. Era hija de Tiresias, un a ḫḫ iyawa del reino de Teqa, y ambos fueron desterrados al finalizar la guerra civil junto con otros muchos.

Fue una guerra de hermanos contra hermanos que llevó el desastre a la ciudad.

Hubo quien dijo que la marcha de Tiresias no se trató de una expulsión sino que él aconsejó la huida antes de que se produjera la derrota final, para esquivar las represalias y una muerte segura.

Un puñado de familias siguió a Tiresias y juntos peregrinaron hasta una isla también de forma alargada donde abundaba el ganado.

Pero seguían pisando suelo de Teqa, por eso no se quedaron allí y embarcaron en el puerto de Áulide rumbo al este, a otra isla llamada Kío.

De la isla pasaron al continente, a las tierras tributarias del Gran Rey de Ḫ atti.

Se establecieron y aprendieron a convivir con los habitantes de la región, los karkiša , quienes los aceptaron al darse cuenta de que, pese a ser a ḫḫ iyawa , no eran adeptos de la violencia, como sí lo eran los a ḫḫ iyawa que habían desembarcado en la costa más meridional de Karkiša procedentes de Kaptara.

Tiresias, o Tarišiya, como lo llamaban los nativos en su lengua, adquirió fama de sabio y se rodeó de un aura mágica que en cierto modo ya le acompañaba en Teqa.

»No tardaron en aparecer desde el sur esos otros a ḫḫ iyawa agresivos, cuyo líder, un tal Wroikos, aunque los suyos lo llamaban Raikio, asolaba las comunidades karkiša que encontraba a su paso con el propósito de erigirse señor de la región.

No tenía sentido destruir aquello de lo que deseaba apropiarse, le dijo Tiresias cuando sus destinos se cruzaron.

Las lanzas de cuatro codos de Raikio se enfrentaron a las palabras de Tiresias y entonces el a ḫḫ iyawa de Kaptara vio a la hija de Tiresias, Manto, y quiso hacerla su esposa.

Le ofreció al padre la paz a cambio de la muchacha y la propuesta contó con los buenos auspicios de la diosa Potnia.

Fue así como Raikio dejó de satisfacer la ambición de Posedao y se ocupó de la suya, que no consistía más que en formar de nuevo una familia.

De la unión de Manto y Raikio nació un hijo a quien pusieron el nombre de Moqso.

»Tiresias murió y Moqso creció, y las facultades luminosas de su abuelo vivieron en él.

Y cuando más adelante murió también Raikio, la oscuridad que durante años había habitado en el corazón de su padre también habitó en el de Moqso.

Luz y oscuridad, día y noche, sol y luna.

Eso era Moqso, o Muksus, como lo conocían los karkiša .

Y con la ausencia de Tiresias y de Raikio, se convirtió en el líder de la comunidad.

»Con el tiempo llegaron más a ḫḫ iyawa , esta vez por el norte.

Eran un puñado de guerreros con las armas y corazas sucias de sangre y barro; venían vagando desde un reino lejano, o lo que quedaba de él después de haberlo saqueado e incendiado.

Los guiaba un individuo llamado Kalkas y, en efecto, vagar era lo que hacían desde que destruyeron la ciudad que en su propia lengua llamaban Toroja, pero cuyo nombre siempre ha sido Wilios.

—¡Nuestra Wilios!

—Sí, nuestra Wilios, pero dejadme acabar la historia.

Kalkas también era un hombre oscuro y luminoso al mismo tiempo, y estaba grabado en bronce que Muksus y Kalkas no podrían compartir el mismo espacio.

Se enfrentaron sin enfrentarse, y sucedió que la luz de Muksus eclipsó la de Kalkas y la oscuridad de Kalkas desapareció en la de Muksus.

Los a ḫḫ iyawa del norte se quedaron en aquella tierra y de ese modo Muksus aglutinó en su mano un gran poder, y hay quien dice que fue entonces cuando la negrura se adueñó de él por completo.

Expulsó a los karkiša de sus hogares, como había hecho su padre, y se convirtió en señor de la región.

Ese es el individuo con el que algunos de los nuestros quieren pactar. Ese es Muksus.

Walmu guardó silencio y posó la vista en las llamas que bailaban delante de él.

—¿Cómo sabes todo eso? —preguntó Kurunta, sentado a su izquierda—. ¿Tú crees esa historia? Luz, oscuridad, enfrentarse sin enfrentarse… Parece una invención para asustar a los niños. La has adornado a tu gusto, como siempre, ¿no?

—Es lo que se cuenta, te lo aseguro. Me lo explicó un pobre viejo karkiša que vagabundeaba por las afueras del campamento.

Me dijo que había perdido a toda su familia a manos de Muksus, y que él pudo escapar cuando lo dieron por muerto al caerse por un terraplén mientras lo perseguían los carros.

Le di agua y algo de comer, y a cambio me contó la historia.

Walmu se frotó las manos frente al fuego.

La sopa humeaba dentro de la marmita y Appu le sirvió un cuenco.

La había hecho él mismo con algunos huesos del último cerdo que les quedaba en el redil, cuya carne les había proporcionado sustento durante el mes.

Le dio otro cuenco a Kessi, hizo a los niños una señal y ellos se acercaron.

—Tomad, esto es para que lo compartáis. —Les ofreció el último tazón—. Y mañana ya veremos.

Lupakki había cumplido nueve años y Azzari seis.

Era exiguo alimento incluso para niños de tan corta edad, pero no había nada más que comer a menos que mataran uno de los bueyes de Walmu.

Y no lo harían porque el animal aún era más útil vivo que muerto.

Walmu bebió un sorbo del caldo e hizo un mohín.

—¿Cuánto hace de todo eso? ¿Te lo dijo el viejo? —preguntó Appu.

—¿Desde cuándo somos parias sin rumbo? ¿Hace dos años? Pues esa es la cuenta.

—¿Y ahora esos salvajes quieren unirse a nosotros, a unos sin tierra? —Kurunta escupió la pregunta, incrédulo—. ¿En lugar de masacrarnos, que es lo único que saben hacer? ¿Por qué? No me lo creo. Quieren acabar el trabajo que empezaron en Wilios, lo veis, ¿verdad?

Walmu bebió un sorbo y antes de hablar se limpió la boca con la túnica:

—Tú no estuviste presente cuando vino, Kurunta. Ni vosotros. Pero yo sí. He visto a ese hombre, a Muksus. Y ya sé que tal vez os lo acabo de describir como un ser siniestro, pero… es alguien especial. Y yo le creo.