1. WILIOS El Desastre #6
—¿Y a ti qué dios te ampara para hablar? —le espetó el alfarero Kurunta—. Que yo sepa, tú eres un extranjero nešili . Vuelve con los tuyos a la Tierra de Ḫ atti y no nos digas a nosotros lo que tenemos que hacer.
Un murmullo de voces pareció aprobar las palabras del alfarero. Pero Appu no tuvo temor a replicar; lo hizo con un deje de turbación:
—Sí, soy nešili , nací en Ḫ atti, y mi hijo también. Pero mis nietos vinieron al mundo en una de las casas que han ardido tras esas murallas —señaló hacia la ciudad—, y mi nuera yace muerta bajo los escombros. Tengo tanto derecho a hablar esta noche aquí como cualquiera de vosotros.
El silencio que siguió y las miradas de honda tristeza compartida le dieron la razón. El frío congeló las gargantas de todos los presentes menos la de Appu, quien en tono calmado añadió:
—En mi tierra conozco a muchos que se llaman igual que tú, Kurunta.
Es un nombre nešili , como el mío. ¿Y qué?
¿Significa eso algo? Tal vez que un antepasado tuyo hizo lo mismo que yo: abandonó Ḫ atti y vino a vivir a Wilios en busca de una vida mejor; y es posible que tu antepasado la encontrara.
Es evidente que ni tú ni yo hemos tenido la misma suerte.
Eso, al menos eso, debería unirnos un poco, no separarnos.
Kurunta, confundido al verse de nuevo contrariado, no supo qué decir. La sangre le hervía, pero temió no recibir el apoyo de los demás y calló. Fue Walmu quien acabó de decidir la cuestión en favor de Appu.
—Tienes razón, Kurunta: un nešili es y será siempre un extranjero en Wilios. Pero no estamos en Wilios. Y nunca más lo estaremos.
Hubo gran actividad en los días que siguieron.
Los preparativos para la marcha podían ser tan simples, pero también tan complicados, como deseara cada uno de los hombres, mujeres y niños que dormían al raso fuera de las murallas de Wilios.
Al resto le había sido concedida la vida eterna y sus espíritus reposaban donde fuera que sus dioses los hubieran llevado.
Los habitantes de la llanura, como con tristeza se definían ya a sí mismos, no tenían prisa por irse pero sí miedo a quedarse; esa paradoja originaba una inquietud a la que les era difícil sobreponerse.
La ciudad había sido arrasada por completo: las paredes de adobe de un gran número de edificios y viviendas habían sido derribadas, y solo sobrevivían los sillares.
Multitud de tejados se habían desmoronado al arder la paja y las vigas de madera.
Ninguna construcción había permanecido intacta.
El incendio lo había consumido todo, y como consecuencia no quedaba ya casa sin saquear ni templo que profanar.
Por eso los de la llanura se consolaban pensando que no tenía sentido que los a ḫḫ iyawa regresaran.
Sin embargo, muchos temían que lo hicieran, por irracional que fuera la idea.
La barbarie no sabía de razones y ese regreso podía acontecer en cualquier momento.
Walmu, con un sombrío sentido de la lógica, les decía a los más inquietos:
—No os preocupéis: antes de volver, los a ḫḫ iyawa aguardarán el tiempo que sea preciso hasta que quienes han preferido quedarse reconstruyan algún edificio. Así tendrán algo para echar abajo de nuevo.
Kessi se reponía con dificultad de la herida en el pecho.
Los apósitos que le aplicaba con piadosa generosidad un hombre que conocía el arte de curar, elaborados con lino y hojas molidas procedentes de diversas plantas, calmaban el dolor pero eran insuficientes.
Recuperar del todo la movilidad en el brazo izquierdo parecía imposible; el filo del cuchillo había seccionado «los hilos interiores que lo sujetan», le explicó el médico.
Un herrero con un solo brazo útil no era un herrero, y él no sabía hacer otra cosa más que martillear metales candentes.
La idea de convertirse en un lisiado le sumía en una terrible melancolía, la cual se agregaba a la tristeza que desde hacía días le lastraba el ánimo como una piedra, arrastrándolo al más profundo de los pozos.
Una aflicción no difuminaba otra aflicción.
Appu se unió a un grupo de voluntarios que regresó a Wilios.
El propósito era encontrar medios de transporte que la numerosa expedición pudiera utilizar, y comida, en especial aceite y grano, para alimentarse al menos hasta que aprendieran a vivir del terreno.
También querían armas: les era inevitable pensar que en su periplo serían un objetivo apetitoso para las tribus de merodeadores y bandidos que vivían de forma nómada en las montañas y estepas del interior.
Cruzaron las puertas de la muralla exterior y les pareció increíble que muros de más de seis codos de grosor y veinte de altura no hubieran bastado para proteger Wilios de los a ḫḫ iyawa .
Recorrieron las estrechas y laberínticas calles de la parte baja de la ciudad, donde los estragos causados por la destrucción eran perceptibles en mayor grado.
Apenas vieron cadáveres: los supervivientes los habían retirado y dado sepultura, pero el nauseabundo olor a muerte seguía impregnándolo todo.
No tardaron en ser tomados por saqueadores; en el fondo, se dijo Appu, lo eran.
Sus propios vecinos, al verles merodeando entre las viviendas ruinosas, se fijaron en las sandalias polvorientas y las túnicas rasgadas y manchadas de sangre seca y, aunque su aspecto no era mejor que el de aquellos, no dudaron en imaginar un nuevo saqueo.
Espadas y escudos que habían recogido por el camino completaban esa imagen de asaltadores, tan solo diferentes de los a ḫḫ iyawa en la escasa robustez de sus cuerpos y la ausencia de corazas y cascos.
Sin embargo, no hubo violencia. Reconocieron al sacerdote del templo de Appaliuna, quien se les acercó y les dijo:
—¿Venís a robar a los muertos? Adelante, nadie os lo impedirá, ya no tenemos fuerzas. Pero dejadnos algo a quienes nos quedamos aquí.
—Venid con nosotros, esta ciudad no tiene futuro —respondió Kurunta, repitiendo sus palabras de la otra noche.
—Estáis abandonando vuestro hogar y a vuestros antepasados, vuestra tierra y vuestras raíces.
Os habéis convertido en algo peor que los a ḫḫ iyawa , porque ellos saquean lo que les es ajeno, pero vosotros estáis saqueando a los vuestros.
Vosotros sois quienes no tenéis futuro. Cuando os marchéis de la llanura y crucéis el río, dejaréis de ser lo que sois.
Pero vuestras acciones recibirán merecido pago. Que los dioses os perdonen.
El lúgubre augurio fue recibido con silencio. «¿Que nos perdonen por intentar sobrevivir?», pensó Appu.
El grupo accedió a través de la muralla interior a la acrópolis de la ciudad.
Anduvieron por las anchas calles de la ciudadela y entraron en el palacio real, habitado por fantasmas.
Para todos ellos era la primera vez que pisaban suelo regio.
Algunos sirvientes, que habían conservado la vida permaneciendo ocultos en los rincones de las habitaciones, volvieron a sus escondrijos nada más verlos venir.
Apenas hallaron algo de valor hasta que llegaron a las despensas, donde se guardaba grano, especias, aceite, ánforas de vino, panes amasados, fruta seca…
Había alacenas repletas de jarras y vasos, tinajas imposibles de mover a causa del peso y el tamaño, y una gran cantidad de sacos de cebada apilados en la pared de la sala.
O los a ḫḫ iyawa no habían descubierto aquel lugar, o no necesitaban de todo eso.
Encontraron también en una enorme despensa pescado en salazón, codornices, perdices y otras aves, ciervos, conejos, jabalíes y más animales muertos que no se atrevieron a tocar por si su carne estaba ya corrompida.
El grupo se dividió: unos se encargaron de portearlo todo hasta las puertas del palacio y otros fueron a las caballerizas.
Allí tomaron posesión de las yeguas y caballos que continuaban atados en las cuadras, y descubrieron una gran estancia cubierta con cañas y vigas, que de modo increíble había resistido al fuego; en ella había carros de guerra, algunos destrozados pero la mayoría intactos.
En cambio, la armería estaba medio vacía y acabaron de llevarse lo que quedaba: lanzas, hachas, espadas, escudos, corazas, cascos, puñales, arcos, flechas.
Enjaezaron los caballos, los engancharon a los carros y se reunieron con el resto del grupo.
Aún habrían de hacer algún viaje más al palacio y acabar de esquilmar sus dependencias.
Al final pareció que habían reunido comida para alimentar a un pueblo entero durante meses.
Quizá en un deseo por apaciguar sus conciencias, decidieron respetar los graneros que había dispersos por varios puntos de Wilios; pensaron que, si aún conservaban algo en su interior, los que habían decidido quedarse en la ciudad lo iban a necesitar.
Extramuros, los preparativos siguieron su curso.
Se tuvieron que reparar muchos carros en principio dados por inservibles, coser telas para construir toldos y remendar infinidad de sacos.
Los médicos procuraron a los numerosos heridos todos los cuidados que tenían a su alcance, y los que estaban sanos se dedicaron a cargar en los vehículos todos lo necesario: alimentos, telas y pieles curtidas, odres con agua, objetos de cerámica, armas…
Los cuidadores de caballos se ocuparon de tenerlos a punto para ser utilizados como animales de tiro; a la mayoría de ellos los habían adiestrados con el fin de ser montados, pero no había tantos bueyes como carros y los asnos tampoco abundaban, de modo que fue preciso enyugar a un buen número de caballos.
Los pastores hicieron recuento de vacas, novillos, ovejas y cabras.
La actividad se volvió casi frenética; el polvo seco de la llanura se elevaba a la altura de las cabezas con el ir y venir de hombres y mujeres.
Al final del día se decidió, aunque nadie lo expresó en voz alta, que el amanecer señalaría el momento de la partida.
La impaciencia de la mayoría se mezclaba con el temor: temor por lo que habían hecho y lo que estaban a punto de hacer; temor a que el vaticinio del sacerdote se cumpliera; y temor por si los a ḫḫ iyawa regresaban esa misma noche y hacían que todo aquel esfuerzo no hubiera servido de nada.
Pero también había quienes se sentían extrañamente felices y deseosos de emprender una nueva vida en otro lugar.
Ellos no se dejaban envolver por sombríos pensamientos.
Un fabricante de cestos expresaba su optimismo por la noche frente al fuego, tratando de animar a los demás:
—La suerte nos acompañará, ya lo veréis.
Encontraremos una buena tierra donde vivir.
Y creedme en esto también: el mejor lugar del mundo se llama Tameri, que significa «tierra amada» en la lengua de los que la habitan.
Quienes lo han visitado cuentan que allí los campos son fértiles todo el año y nunca hace frío.
Un río ancho como esta llanura lo atraviesa de norte a sur, sus aguas son tranquilas y cambian de color según la época del año.
En ellas viven enormes caballos de agua y lagartos con mil dientes.
Y al desembocar en el mar se despliega en un gran delta cuyos extremos son inabarcables con la vista.
Es un país poderoso y ningún enemigo se atreve a invadirlo.
Y sin embargo, sus habitantes son pacíficos y su rey benévolo.
Pero se encuentra tan lejos que es un sueño llegar hasta allí.
—¿Y por qué nos hablas de un país tan maravilloso y tan inalcanzable? —le preguntó molesto uno de los oyentes—. Prefiero escuchar las historias de Walmu, las tuyas me dan dolor de cabeza.
Kessi intentaba dormir, pero la herida lo estaba martirizando.
Tapado hasta la nariz con una piel de oveja, la frente le ardía y sudores fríos recorrían su cuerpo.
Delante de sus ojos bailaban las imágenes de Mikal, sus hijos, Impakru y el guerrero a ḫḫ iyawa .
Le producía una cierta tranquilidad notar junto a él los pequeños cuerpos de Lupakki y Azzari; oía sus respiraciones lentas y cadenciosas y trataba de imitarlas.
Pero pensar en Mikal muerta era desolador.
Lupakki, al igual que su padre, tampoco dormía.
Dos pensamientos le privaban del sueño: uno era el recuerdo de su madre, cuya ausencia aún no había comprendido bien.
Sus preguntas no recibían de Kessi y Appu más que vagas explicaciones.
No era capaz de recordar lo sucedido aquella última noche en la casa; cuando lo intentaba se le aparecía su madre con un colgante al cuello en forma de medialuna y un hermoso vestido –«el vestido de Ugarit», como decía ella–, de un tono verde azulado que llamaban ḫ ašmanu , y que Kessi le había comprado el día que nació Azzari.
Su madre y el colgante de la medialuna eclipsaban todo recuerdo de aquel momento, inundaban su mente como una cascada.
El otro pensamiento que le impidió dormir la última noche que pasaría junto a la ciudad donde nació fue la imagen del hombre entre la maleza.
El guerrero a ḫḫ iyawa que golpeó a su hermana y estuvo a punto de matarlo a él.
La idea que atormentaba a Lupakki era no haber sido capaz de defender a la pequeña Azzari, de quien, como hermano mayor, se sentía protector.
Había fallado y la tristeza de su padre, estaba seguro, se debía precisamente a eso.
Lupakki era un niño diferente al resto. Los muchachos del barrio de los herreros de Wilios lo miraban con recelo y no querían jugar con él.
A veces parecía no comprender las cosas más elementales y permanecía inmóvil mirando a los ojos de los otros niños, hasta que se daba la vuelta y se iba.
Solo parecía sentirse a gusto junto a su madre, dejándose cuidar por ella, o con su hermana pequeña, y entonces era él quien cuidaba de la niña.
Silencioso como una serpiente, a menudo se colocaba detrás de ellas sin hacer ruido y se quedaba allí quieto, sin decir nada, hasta que ellas se giraban y lo veían y se llevaban un susto de muerte.
Entonces él reía con la risa más sincera que un niño pudiera tener y acababa por contagiarles su alegría.
Ahora su madre ya no estaba y había estado a punto de perder a su hermana.
Su pequeño mundo se había desplomado. Inquieto por esas turbaciones fue sorprendido por Appu, que se tumbó junto a él.
—Cierra los ojos y duerme, Lupakki. Mañana nos levantaremos al alba. El viaje que nos espera será largo.