Fuego y bronce 1. WILIOS El Desastre #5
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1. WILIOS El Desastre #5

Algunas voces del auditorio de Walmu se burlaron al oír la última frase:

—¡Vulgar lo serás tú, Walmu! Yo soy tan noble como la túnica de ese Alaksandu.

—Bueno, ya me entendéis —se defendió—. Me refiero a que ninguno de los que estamos aquí ha tocado jamás la vara de un rey ni ha dormido en una cama con dosel de oro, ¿o sí?

—Su dentadura bien cuidada y no demasiado desigual apareció detrás de una amplia sonrisa—.

¿Quizá tenemos a alguien de la realeza oculto entre nosotros y no lo sabemos? ¿Un príncipe tal vez?

—¿No será tu madre la concubina del rey de Wilios? —preguntó con sorna uno de los que escuchaban a quien había protestado.

Las risas silenciaron la réplica del que se vio ofendido, que rio también, y Walmu siguió hablando.

Quiso contar la historia de las murallas de Wilios, construidas por los dioses tallando enormes bloques de piedra de las cimas del monte que tenían al este, pero unos hombres de rostro adusto se acercaron y no le dejaron continuar.

Lo sucedido en los últimos días –el saqueo, la masacre y la pérdida de seres queridos y bienes– hacía que muchos no tuvieran ánimo para oír leyendas; era probable que ignoraran que el propio Walmu era uno de ellos, que también él había perdido las ganas de vivir y que, sin embargo, se empeñaba en seguir adelante y no bajar la cabeza.

El círculo de personas que las historias de Walmu había reunido junto a la fogata se deshizo y fluyó hacia otro punto de la llanura, donde ya se empezaban a oír voces cuyo tono era mucho menos alegre.

Lo que iba a suceder aquella noche era insólito.

En todo el campamento se tenía ya por cierto que la familia real había sido pasada a cuchillo y que la mayoría de los dignatarios de la corte habían perdido la cabeza o viajaban como esclavos a bordo de las naves de los a ḫḫ iyawa .

Aún se veía un humo denso y negro salir de las torres más altas del palacio real.

Hacía tiempo que el tema de conversación entre los acampados bajo los improvisados palios era quién iba a tomar las riendas de la situación.

«Quién será capaz de guiarnos? ¿Quién ejercerá como líder del pueblo?

», preguntaban algunos. El sentimiento era de incertidumbre, de anhelo, pero también de recelo.

La ausencia del rey creaba un vacío de poder que fácilmente podía ser aprovechado por un oportunista.

Y la noche dejó atrás las bromas y la distensión y se tiñó de nuevo de dolor y recuerdos amargos, que habitaron la mente de todos como si jamás hubieran salido de allí.

Pero algo había de hacerse, era preciso que el peso de la aflicción no les impidiera actuar.

Por eso se había corrido la voz de que aquella misma noche, sin dejar pasar más tiempo, debía hablarse acerca del futuro de los habitantes de Wilios.

Quienes participaron no eran oradores sino artesanos, curtidores, labradores, criadores de caballos, tejedores, bataneros, zapateros, mercaderes.

La mayoría no tenía miedo a expresarse en público, ante la mirada de los demás; solo tenían miedo a equivocarse.

Algunos expusieron su criterio con determinación.

En el cielo las estrellas y la luna, con una media sonrisa, fueron testigos de lo que allí se habló.

Su luz, junto con la de las fogatas y teas, iluminaron la llanura.

Uno de ellos inició el debate.

—Yo soy Kurunta, muchos me conocéis, y os digo que Wilios no tiene futuro.

Está en ruinas, así que no empleéis vuestro esfuerzo en levantar las paredes de vuestras casas, ni las murallas de la ciudad alta, ni las puertas de los muros, ni replantéis vuestros campos o levantéis vuestros establos.

Pero tampoco busquéis otra tierra donde comenzar de nuevo.

Hay que hacerse a la mar, esa es la mejor opción.

Se escucharon algunos murmullos, pero Kurunta no se amilanó.

—Un vendedor de especias ḫ apalla al que le compré sésamo y comino…

y de esto hace ya bastante tiempo, tanto que los a ḫḫ iyawa aún no embestían contra nuestras murallas…

en fin, me dijo que allá donde fuera su caravana de mercaderes, el paisaje era siempre el mismo: el trigo no crece, la cebada se agosta, los árboles dan frutos mustios y secos.

Nosotros lo estamos viendo, no hace falta que venga nadie a contárnoslo.

Varios asintieron.

—Los campos languidecen, llueve poco, por el día el sol lo marchita todo y por las noches hay que taparse con pieles a causa del frío.

Eso por un lado, bien lo sabéis. Y por otro están esos bandidos a ḫḫ iyawa , que vienen a matarnos y a robarnos cuando se les antoja.

Y no solo a nosotros: también han saqueado Milawata, Pitane, Çerkes…

He oído que incluso llegaron a Karao ğ lan, que está a muchas jornadas de viaje galopando hacia el amanecer.

No hay sitio seguro sobre la faz de la tierra, os lo digo yo.

Por eso lo mejor que podemos hacer es subirnos a un barco y zarpar hacia Lemnas, o más al sur incluso, a Lazpa.

Y allí recuperar fuerzas y proseguir viaje bien lejos, donde estemos a salvo de esos bárbaros.

Una cacofonía de voces interrumpió a Kurunta, alfarero de manos como ruedas de carro y cuyo trabajo era muy apreciado en la ciudad.

Pero sus palabras no fueron tan respetadas como sus ánforas.

«¿Vivir en el mar?», «¿cuánto tiempo?», «¿para siempre?

», «¿como cobardes, como fugitivos?». Lo que Kurunta escuchó a continuación le hizo descubrir aquella noche junto a las hogueras que se le daba mejor modelar barro que dar discursos; aprendió que guiar a un pueblo era más difícil que hacer recipientes donde guardar el grano y las especias.

—¡Pensar para uno es fácil —comenzó a decir alguien que estaba frente a Kurunta—, pero pensar para muchos no lo es!

Es muy cómodo decir que nos subamos a un barco cuando tienes uno amarrado en la bahía, Kurunta.

Yo también tengo barco, y no para pasearme como tú sino para ganarme la vida porque, como sabes, soy pescador.

Y te digo que la vida que propones es dura, y que no cambiaría jamás un suelo firme bajo mis pies por unas maderas flotando en la inmensidad del mar.

Sé lo que significa estar días enteros sin más paisaje que las aguas oscuras.

Algunas voces lo interrumpieron y alzó las manos pidiendo que le dejaran seguir.

—Así que óyeme, ¡oídme todos! Yo, que soy hombre de mar, no me embarcaría ni aunque me dieras una ánfora de las tuyas llena de siclos de oro.

Además, ¿por dónde crees que han venido los a ḫḫ iyawa a nuestras tierras?

¡Son piratas, por la Diosa! Depredadores al acecho de que algún incauto como tú salga a navegar.

¿Quién te asegura que no te están esperando más allá del horizonte para sacarte los ojos, secarlos al sol y hacerse un collar de cuentas con ellos?

—Hizo una pausa para que Kurunta y todos los demás se impregnaran con sus palabras—.

Hace muchos días que no salgo a pescar, como podéis imaginar.

Pero dudo que mi barco, o el tuyo, o el de cualquiera de vosotros, estén aguardándonos en la bahía.

Los a ḫḫ iyawa los habrán hundido o se los habrán llevado.

Muchos hablaron después, añadiendo argumentos nuevos o repitiendo otros ya dichos.

Todos coincidieron en que debían permanecer unidos o desaparecerían como pueblo.

No hubo nadie, que sugiriera reconstruir los muros de Wilios y quedarse en la tierra de sus antepasados.

Estos estaban muertos y ellos, gracias a los dioses, no.

Abandonarían el territorio de Taruiša y buscarían una nueva tierra.

Pero ¿dónde? «¡En el sur!», se dijo. «¡Avanzar hacia el este sería muy peligroso!

», apuntó alguien. Pese a que la ciudad estaba asentada en un lugar próximo al estrecho, no eran un pueblo marinero, ellos mismos eran conscientes de eso; pero saberse lejos del litoral les haría sentirse encerrados, perdidos.

El mar era sinónimo de vida, de libertad.

Si debían convertirse en vagabundos, que al menos su vagabundeo no los alejara de la línea de la costa a más de unas pocas jornadas de viaje.

Las opiniones se extendieron como estrellas había en el cielo:

—Bien, pero no tenemos por qué convertirnos en nómadas.

Como si nuestra vida no fuera mejor que la de los mercaderes, que van de plaza en plaza y de ciudad en ciudad, no tienen familia y duermen a la intemperie.

Se trata de encontrar un lugar donde establecernos y echar raíces. ¡Un lugar donde empezar de nuevo!

—Cruzando el río se encuentra Seha, ya lo sabéis. Es un buen sitio.

—¿Lo permitirá Muwawalwi?

—¿Quién es Muwawalwi?

—El rey del País del río Seha.

—No, nos echará de sus tierras apenas descubra que estamos en ellas.

—Los a ḫḫ iyawa también han hecho incursiones por allí, estoy seguro. Tal vez incluso hayan pasado a cuchillo a Muwawalwi.

—El País del río Seha no es una buena elección. Y sin embargo, deberemos cruzarlo si queremos llegar a zonas más meridionales. Wiyanawanda, Mira, el reino de Ḫ apalla en el interior…

—Si sois capaces de seguirme, os llevaré hasta la tierra de los lukk ā . Son un pueblo comerciante que nos recibirá con…

—Con las hachas afiladas. ¡Son piratas, peores que los a ḫḫ iyawa !

—Muchos de esos lugares rinden tributo al rey de Ḫ atti.

Todos giraron la cabeza hacia Appu. Kessi, de pie junto a él, quiso que la tierra se abriera bajo sus pies y puso la mano sana sobre el hombro de su padre.

—Padre, no…

—Seha, Mira, Ḫ apalla —siguió hablando Appu, liberándose de la leve sujeción de su hijo—, incluso la Tierra de Lukk ā son lugares cuya ley les viene dictada desde Ḫ attuša por el Gran Rey de Ḫ atti. Es en Ḫ attuša donde deberíamos buscar refugio. En las tierras del rey Šuppiluliuma. Gurpa, mi hijo…