Fuego y bronce 1. WILIOS El Desastre #4
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1. WILIOS El Desastre #4

—No tengo ningún caballo. Es solo un niño, suéltalo, por favor. —Kessi estaba dispuesto a suplicar y su voz se quebró—. ¿Cómo voy a tener un caballo? Nos lo habéis quitado todo, no tengo casa, ni comida. Habéis matado a mi mujer. Por favor, no me quites también a mi hijo.

La cara del niño reflejaba a la perfección el terror que le paralizaba, y eso volvía loco a Kessi.

Sentía la herida de la cabeza igual que si le golpearan la frente con una maza.

El a ḫḫ iyawa dudaba, pero sabía que estaría a salvo mientras el crío estuviera en su poder.

De pronto abrió los ojos como si hubiera visto algún dios y sus músculos se relajaron.

Lupakki notó que el brazo que le asfixiaba se aflojaba.

El hombre se desplomó y cayó junto al cuerpo de Azzari, y entonces Kessi vio detrás de Lupakki a Appu empuñando la espada con la sangre caliente del a ḫḫ iyawa resbalando por la hoja.

Corrió hacia Azzari. La niña respiraba, pero tenía una fuerte contusión en la cabeza. Lupakki lloraba desconsolado y su abuelo soltó la espada y lo abrazó.

—Quizá los dioses no nos hayan dado la espalda después de todo.

La llanura se había convertido en refugio de los supervivientes; al menos de los que no tenían otra opción porque sus hogares, o lo que quedaba de ellos, se habían vuelto inhabitables.

El fuerte viento agitaba los toldos, improvisados con pieles y telas rotas, bajo los cuales se cobijaban quienes no tenían ya otro techo.

Las ovejas, cabras, cerdos y bueyes que habían salido indemnes de la matanza se apelotonaban juntos en un improvisado aprisco de piedras y ramas.

Nadie sabía a quién pertenecía cada cabeza de ganado, pero no era una cuestión que por el momento les preocupara.

El suelo estaba sembrado de yacijas en las que reposaban los heridos, y muchos iban y venían de un lado a otro buscando a familiares o amigos.

Algunos carros y carretas habían conservado intactas las ruedas, y sus propietarios se afanaban en reparar los desperfectos para cargar con todo lo que pudieran y marchar de aquel lugar, sin importar adónde.

Appu había conseguido un poco de queso de cabra y gachas de cebada. Los cuatro miembros de la familia comían con fruición.

—Aquel hombre era a ḫḫ iyawa —dijo—, los suyos lo han abandonado. A menudo lo hacen, son tan salvajes que no respetan ni a los de su propio clan. Si no estás a bordo en el momento de irse no te esperan. Zarpan sin ti.

—¿Cómo pudiste sacarnos de la ciudad? —le preguntó Kessi.

Appu masticó largo tiempo antes de contestar.

—Solo había una manera posible. Por la corriente subterránea.

—¿ Kaškal Kur ? —Lo miró sorprendido—. ¿El camino del inframundo?

Kessi reflexionó y descubrió que en realidad le importaba poco la ofensa a la divinidad que habitaba en el curso soterrado de agua, un cauce natural que cruzaba la ciudad de norte a sur.

—No había otro modo, nos habrían visto en cuanto…

—No pasa nada, padre. Ese no es mi dios. —Calló un instante y a continuación fue más rotundo—: No hay ningún dios en ese riachuelo subterráneo. Solo es agua.

—Será mejor que nadie te oiga hablar así.

—Los dioses de esta ciudad nunca han sido los nuestros, padre.

Nuestro pueblo tiene otros. El Dios de la Tormenta, la Diosa Sol de Arinna, la Reina del Cielo, el dios Luna, Zithariya, el dios Šarruma de la Montaña…

Disponemos de la protección de mil dioses, pero ninguno de ellos está aquí.

Nos han dejado, se quedaron en Ḫ atti. Así que yo también los he dejado a ellos.

—Honrémosles para que vuelvan, hagamos…

—Sí, hagamos pan grueso y libaciones —replicó con acritud—.

¿Sabes amasarlo tú? Yo no. Lo hacía Mikal.

¿Acaso la han protegido los dioses? Y ni siquiera podemos honrarla, su pérdida, su espíritu, porque su cuerpo está bajo las cenizas de la casa.

Cuando pueda hacerle ofrendas a ella, veré si se las hago también a los dioses.

Appu quiso abofetear a su hijo, hacerle reaccionar, pero se contuvo. Kessi continuó hablando.

—Es cierto, lo mejor será que nos marchemos. No tiene sentido permanecer en un lugar en ruinas para reconstruirlo y al cabo de un tiempo volver a soportar el ataque de esos hombres —y añadió con un hilo de voz—, y que alguien más vuelva a morir.

—Si al menos Gurparanza ḫ u hubiera regresado con noticias de Ḫ attuša, sabríamos si vale la pena volver a Ḫ atti.

—Appu señaló las gachas—. Walmu, el hombre que me ha dado esta comida, me dijo que desde hace tiempo los mercaderes solo traen malas noticias de la costa.

Nosotros no somos los únicos que hemos sufrido un ataque.

Y en el interior los rumores tampoco son buenos, pero quizá tu hermano…

—Mi hermano Gurpa se fue hace más de tres meses; ya debería haber vuelto, padre. Si no lo ha hecho es porque le ha sucedido algo.

—Él sabe defenderse. —A Kessi aquello le sonó a reproche. ¿Le estaba diciendo su padre que él en cambio no sabía?—. La distancia hasta la gran ciudadela de Ḫ attuša es larga y un caballo sin relevo necesita descansar.

—Bien, pues si acaso regresa encontrará la ciudad un poco diferente a como la dejó.

Padre, ese hombre, Walmu, me conoce. Hace tiempo me encargó que le hiciera bocados para sus caballos.

No ha tenido ocasión aún de pagarme, por eso te ha ofrecido el queso y las gachas.

Ha perdido a su familia: tenía una hija.

Me preguntó si podíamos ayudarle a reparar las ruedas de su carro, necesita sustituir los refuerzos de bronce y algo de cuero para cubrir las llantas.

Tendrás que ser tú quien lo haga, yo estoy inválido.

Si lo haces podremos acompañarle, tiene sitio para nosotros.

Nos iremos con él, padre. Con ellos. —Alzó la cabeza y con la vista recorrió el improvisado campamento—.

Somos parias entre esta gente, pero nos une la desesperación.

Appu se tragó el último puñado de gachas. Pensó en Gurpa y supo que Kessi tenía razón. Le agradó el cambio de actitud de su hijo.

—Seguramente estás en lo cierto. Pero si la decisión de venir aquí fue mía, ahora la de marcharnos será tuya. Dejaremos atrás la tierra de Taruiša y Wilios será solo un mal recuerdo en nuestras vidas.

—Ella no la llamaba Wilios. La llamaba Wiluša.

Los ojos muertos de un cerdo ensartado en un espetón daban vueltas mirando a quienes iban a devorarlo.

Un individuo grueso lo asperjó con un poco de aceite y las llamas se avivaron por un breve instante.

Nadie supo jamás de quién era el animal; el hambre exacerbada no entendía de derechos de propiedad.

Simplemente alguien había sacado la bestia del redil y le había abierto la yugular.

Con la sangre ofreció libaciones a los dioses subterráneos y, cuando el cerdo dejó de chillar, lo empaló con el asador y empujó hasta que la punta de metal salió por el morro, roja como el manto púrpura de los reyes.

Luego lo colocó sobre unos troncos ardientes que con el tiempo habían creado un candente lecho de brasas.

Todos estuvieron de acuerdo con el sacrificio, nadie objetó nada, todos esperaban su parte.

Hacía frío y tanto la comida como el calor de la hoguera eran bien recibidas.

Sentados en torno al fuego, muchos prestaron después atención a Walmu.

—Nadie recuerda nada semejante. Solo los más viejos han oído contar a sus padres y abuelos una historia parecida ocurrida en épocas remotas, cuando los hombres tenían la fuerza equivalente a la de tres o cuatro de los de ahora, y podían beber de un trago un ánfora llena hasta arriba de vino sin emborracharse.

Se dice también que el sol permanecía más tiempo en el cielo para hacer más larga la vida de los seres humanos, y el mar se encontraba más lejos y la tierra era más grande. En aquel tiempo…

La noche era fresca y la voz cálida; quizá ese fue el único aliciente para ser escuchado, pero lo cierto era que Walmu sabía contar una buena historia.

—… el rey Alaksandu reunió a su pueblo en esta fértil llanura de Wilios, justo donde estamos ahora, y le planteó una pregunta; escuchó la respuesta y obró en consecuencia.

Les preguntó si consideraban conveniente unirse a la confederación de reinos de Arzawa y enfrentarse al poderoso País de Ḫ atti, o si en cambio creían que era mejor quedarse al margen.

Mucho tiempo atrás, añadió, otra confederación llamada Ašuwa, formada por veintidós reinos, entre ellos Wilios, ya había peleado contra Ḫ atti y había sido derrotada.

Así que en esta ocasión la multitud escogió que Wilios no debía inmiscuirse en esa guerra; Ḫ atti era un enemigo demasiado fuerte y el enfrentamiento no les traería nada bueno. De modo…

Bebió un trago de vino.

—… de modo que Alaksandu permaneció neutral en el conflicto y cuidó sus buenas relaciones con el Gran Rey de Ḫ atti.

¡Incluso firmaron un tratado de cooperación para visitarse en tiempos de paz y socorrerse en los de guerra!

Al final el reino de Ḫ atti acabó derrotando a Arzawa y castigó de manera implacable a sus habitantes.

Se cuenta que durante las generaciones siguientes se explicó la historia de lo sucedido, como si fuera la leyenda de un rey apocado, frívolo y timorato que debía preguntar a sus siervos cómo reinar en lugar de consultárselo a los dioses.

Con el tiempo se dijo también lo contrario: que el suceso nunca se produjo y que Alaksandu obró de manera soberana, como haría cualquier rey.

Y yo creo esto —Bebió otro trago—: fueron los enemigos del gran Alaksandu, esa clase de hombres que solo se atreven a hablar mal de alguien cuando los huesos de este ya son polvo y humo, que Appaliuna los confunda, quienes quisieron dañar su memoria e inventar esa historia.

¿Dónde se ha visto eso? ¿Someter las decisiones de un rey a la voluble opinión de artesanos, comerciantes y campesinos, gente vulgar y sin una gota de sangre noble en sus venas?