Fuego y bronce 1. WILIOS El Desastre #3
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1. WILIOS El Desastre #3

La ciudadela aún ardía después de tres días.

El templo de Appaliuna y el de la Diosa habían perdido sus techumbres, y los cimientos semejaban rediles en ebullición.

En la parte baja de la ciudad, donde se encontraban los talleres de los alfareros y los comerciantes de tejidos, varias columnas de humo ascendían desde múltiples lugares hasta confundirse con las nubes.

El barrio de las fraguas, donde Kessi y Appu tenían la suya, no había corrido mejor suerte.

En los arrabales las cuadras de caballos, siempre bulliciosas de actividad, aparecían desiertas.

El humo y las ruinas no le impedían distinguir esparcidos sobre el terreno decenas de caballos degollados o despanzurrados.

Las cinco puertas de las murallas estaban desmanteladas y algunas de ellas habían sido sacadas de sus gigantescos goznes de bronce y arrojadas al suelo, quebradas por la mitad y quemadas.

Los huertos de cebada y trigo que en los tiempos de bonanza y de modo temerario algunos campesinos habían plantado extramuros, en la llanura, cerca de los inmensos sillares de la muralla, eran tan irreconocibles que quien no los hubiera visto antes habría jurado que jamás habían existido.

Quién sabía si la ciudad se repondría de la catástrofe, como había hecho otras veces en el pasado, mucho tiempo atrás, antes de que Kessi y su familia vinieran a vivir a ella.

Y no hacía tanto de eso: sucedió cuando Mikal estaba embarazada de Lupakki.

Appu solicitó a las autoridades los permisos necesarios para que un extranjero y su familia pudieran instalarse dentro de las murallas y desarrollar un negocio de manufactura propia.

La ciudad entonces era próspera y no necesitaba de otra fragua, pero quizá su prosperidad era consecuencia precisamente de la capacidad que tenía de acoger en su seno a extranjeros emprendedores.

Abierta al comercio que le llegaba por vía marítima, lugar de paso para las rutas que cruzaban el estrecho de norte a sur y de este a oeste, y con unos elevados aranceles que se cobraban a cualquier barco que quisiera atracar en la bahía, había pocos lugares tan florecientes.

Por eso Appu lo escogió como destino donde comenzar una nueva vida, una vida cuyos mimbres serían Kessi, Mikal, Impakru, Gurpa y el recién nacido Lupakki. De eso hacía ya siete años.

Mientras Kessi estaba perdido en el pasado, del presente le llegaba el rumor de las voces de los niños.

Ellos no prestaban atención a la ciudad devastada y seguían construyendo su propia realidad.

Lupakki quería representar el combate entre el Dios de la Tormenta y el Dios del Mar y el Caos, entre Ba’al y Yâm; una historia que conocía bien puesto que su madre se la había recitado en infinidad de ocasiones, tomándole en su regazo y susurrándole los versos casi al oído.

Era una buena historia, y muy emocionante: pasaba del éxito del héroe al fracaso y de nuevo al éxito, gracias a la aparición final de la hermana del dios, Anat.

Lupakki siempre encarnaba a Ba’al y Azzari era Anat, y aunque el papel de ella fuera muy pequeño y no interviniera hasta el final, no tenía por qué quejarse ya que su aportación era esencial.

Pero Azzari exigía más participación en ese aburrido juego, y quiso representar otra historia: la del dragón Illuyanka y otro dios de la tormenta llamado Tar ḫ un.

Era la lucha entre el bien y el mal, les había contado su padre, en la que el bien se valía de la astucia para salir airoso del combate contra el dragón.

El monstruo le arrancaba al dios los ojos y el corazón y este huía vencido y humillado, pero enseguida elaboraba un plan para vengarse.

Se casaba con una mujer y tenía un hijo, al cual enviaba a desposarse con la hija del dragón.

El muchacho pedía como precio por la novia los ojos y el corazón de Tar ḫ un, y el dragón se los entregaba sin atisbo de sospecha.

Tar ḫ un, restablecida ya su integridad física, desafiaba de nuevo al dragón y esta vez lo vencía; sin embargo, también mataba a su propio hijo, ya que formaba parte de la familia del dragón –se había convertido ni más ni menos que en su yerno– y merecía correr la misma suerte.

Azzari, que había ganado en la elección del juego, tuvo que transigir y hacer de dragón, mientras que Lupakki era el dios.

En su mente infantil la historia se simplificaba y quedaba reducida a una mera pelea entre los dos rivales.

En el ingenuo enfrentamiento Lupakki cerraba los ojos simulando perder la vista por culpa de los golpes de Azzari y se retiraba, para en seguida restablecerse y atacarla con una enorme hacha, que no era más que una rama de pino cortada para la ocasión.

Kessi miraba distraídamente el juego, oía los lamentos fingidos de Azzari y los gritos de Lupakki que acompañaban los mandobles con el hacha e imaginaba al guerrero a ḫḫ iyawa y a sí mismo luchando por la vida de Mikal y de Impakru.

La congoja le hacía cerrar los ojos, igual que en el juego había hecho antes Lupakki.

Descubrió entonces que los actos humanos eran los que determinaban, de modo involuntario, el destino de cada uno, y no al revés.

Si aquel día lejano no hubiera recorrido el camino pedregoso y árido hasta Neša, o si una vez allí no se hubiera acercado a la tarima desde donde voceaban las virtudes de los prisioneros capturados en Mitanni, en Išuwa, en Ḫ alab.

e incluso en el territorio de los kaška , o si la venta de esclavos hubiera tenido lugar solo un día antes o un día después; si no se hubiera sentido atraído por el muchacho proveniente del reino sometido de Išuwa que fue exhibido sobre las tablas, un frágil y temeroso chico vestido con harapos sucios y raídos; si hubiera sabido que Mikal llevaría más adelante ofrendas al templo de la diosa de la fecundidad para que la simiente de Kessi diera sus frutos y colmara su deseo de descendencia; si algún hecho en esa sucesión de acontecimientos no se hubiera producido, quizá Kessi no habría pagado ocho siclos de plata por Impakru, y así él estaría vivo ahora.

En cuanto a Mikal, Kessi ni siquiera se atrevió a pensar qué habría sucedido si se hubiera negado a aceptar el matrimonio al que su padre le obligó, un matrimonio acordado por los padres de los novios que le permitió a Appu conservar la fragua gracias a la iwaru de la novia, una sustancial dote con la que sufragó su negocio.

Un matrimonio no deseado que con el tiempo se convirtió en lo más importante de su vida.

Pero ¿por qué torturarse con tales pensamientos?

El pasado poseía la virtud y la maldición de no poder ser alterado.

El padre no regresó de vacío. Tenía las manos tiznadas de remover los escombros y su túnica había cambiado su color natural por el del carbón.

No habló de los cadáveres que había visto esparcidos por las calles de la ciudad, ni del olor a carne quemada.

Ni de los cuervos que habían acudido en busca de carroña.

Envuelto en un hato de piel de cabra traía unos cueros curtidos que se habían salvado del incendio gracias al desplome de varios bloques de piedra sobre el viejo arcón de madera que los contenía.

También había recuperado diversos objetos de bronce, la marmita que tres días antes le salvó la vida y utensilios de cocina.

Estaban ennegrecidos pero conservaban su utilidad.

De la fragua había rescatado una maza, filos, escoplos, cinceles y punzones.

El fuelle, el objeto más valioso de todo el taller, hecho de piel curtida de oveja, había ardido por completo.

—¿Para qué la espada? —preguntó Kessi cuando la vio.

—Yo fabriqué esta malatti —respondió, alzando el arma sobre su cabeza—. Un día esta espada te salvará la vida, o te ayudará a tener una muerte honrosa. Ha sido un regalo de los dioses haberla encontrado entre las paredes derruidas de la fragua.

—Los dioses ya no nos hacen regalos, padre. Nos han retirado su favor. —Appu no osó replicarle; el dolor nublaba el entendimiento de su hijo, pensó—. ¿Y algo que podamos comer?

Appu negó con la cabeza.

—Hay más gente allí. Unos buscan sus pertenencias entre las ruinas y planean levantar de nuevo los muros y las techumbres de su casa.

Otros lo dan todo por perdido y dicen que se irán de la ciudad.

Los a ḫḫ iyawa volverán, siempre vuelven, y no quieren estar aquí cuando suceda.

Hacen bien. No fue buena idea venir a este lugar.

—¿Se van… adónde? Nosotros no podemos hacer eso —dijo Kessi.

Appu le dio la espalda y miró al horizonte, hacia la playa más allá de la llanura. Adivinó el motivo de la reticencia a dejar su casa. Temiendo escuchar la pregunta más terrible, reunió el coraje necesario y le ahorró a Kessi el suplicio de formularla.

—No la he encontrado, hijo. No he encontrado su cuerpo. Pero está muerta. Vi cómo su pelo se prendía y el vestido se cubría de llamas. Vi…

—¡Cállate! —aulló Kessi. El dolor se reavivó igual que las llamas que Appu le acababa de recordar—. ¡No quiero que…!

Un grito agudo y prolongado silenció los reproches y le hizo ponerse en pie de un brinco, pese al cabestrillo.

Se giró y no vio a los niños. Corrió hacia los árboles de la fronda mirando a todas partes, y el corazón se le heló.

Un hombre vestido con una túnica sucia y un faldellín de tiras de cuero, aprisionaba con su brazo el cuello de su hijo Lupakki, mientras un cuchillo le señalaba el corazón.

El casco con cuernos lo delataba: era un a ḫḫ iyawa .

A sus pies estaba el cuerpo de Azzari, inmóvil.

—No des ni un paso o lo mato. —El hombre habló en idioma luvita—. Necesito un caballo. Solo quiero marcharme de aquí.

—Los tuyos se fueron hace tiempo —le dijo Kessi en la misma lengua.

—Un caballo o lo mato —repitió.