Fuego y bronce 1. WILIOS El Desastre #2
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1. WILIOS El Desastre #2

Kessi, sí, ese era su nombre, recordó, aunque le sonaba extraño en boca de su padre, quien siempre había evitado pronunciarlo.

Pero sacarla… ¿de dónde? Poco a poco fue recordando.

Sacarla de la casa. Del lugar donde Impakru había quedado clavado en el adobe de la pared, sobre la yacija de los niños, con los pies colgando a un palmo del suelo.

Su esclavo, su amigo, su hijo: todo eso era Impakru.

Y siguió recordando que había encontrado a Impakru en el mercado de esclavos de Neša cuando apenas era un mocoso, haría al menos diez inviernos.

Fue allí con su carro y sus bueyes en busca de cobre y estaño, los mercaderes y comerciantes de metal habían aprovechado la última incursión de Ḫ atti en el territorio rebelde de Išuwa y se habían hecho con un importante cargamento, que venderían a buen precio en la plaza.

Y casi todos los siclos que su padre había reunido para comprar cuatro minas de láminas de cobre de piel de toro y un lingote de estaño, Kessi los empleó en adquirir a Impakru.

Nadie hubiera pagado un siclo por él, pero Kessi dio ocho.

Appu se lo recriminó durante mucho tiempo: sin metal un herrero no podía trabajar y tener un esclavo suponía una boca más que alimentar y unos brazos que engordar, inútiles hasta que aprendieran el trabajo de la fragua.

Pero con el tiempo el muchacho resultó ser una magnífica inversión.

Se mostró en todo momento obediente y disciplinado, y aprendió pronto a aplicar calor al horno y, cuando ganó músculo, a martillear los metales.

Impakru era muy diestro preparando los moldes de arcilla para las hojas de las espadas.

Ya no haría nada de eso nunca más: ahora todo era pasado, un recuerdo en la mente de Kessi.

El dolor por su muerte adormecía el que le llegaba desde la herida del pecho.

Pero ni uno ni otro eran comparables a lo que se le venía encima, la terrible congoja que le anegaba el alma cada vez que pensaba en el bebé, una criatura recién nacida y recién muerta, sin tiempo siquiera para haber recibido un nombre y ser presentado a los dioses con los ritos de entrada al mundo de los vivos.

Y Mikal. Él ignoraba qué le había sucedido porque perdió la consciencia demasiado pronto.

Solo sabía lo que su padre acababa de decirle, y eso bastaba para hundirle en el abismo de la desolación: no había podido sacarla. No había podido salvarla.

El relato precipitado de Appu le sonó como si se tratara de una historia atemporal: escuchó y se imaginó a ambos, Appu y Kessi, sujetos por los brazos del gigante a ḫḫ iyawa , su cuerpo flácido sumido en la inconsciencia y el padre tratando de zafarse del puño mortal.

Mikal intentaría clavar la lanza que había matado a su hijo en el pecho del gigante pero, bronce contra bronce, el arma no penetraría en la coraza; ella lo intentaría una y otra vez, y una y otra vez la punta de la jabalina, la punta manchada con la sangre de la criatura, se escurriría sin siquiera hacer mella.

El gigante soltaría sus presas y golpearía a Mikal, y su cuerpo se estrellaría contra el arcón de madera donde guardaban los mantos y las telas de lana de oveja.

Entonces los estantes se romperían y copas, jarras y platos caerían encima de ella.

Una tinaja de barro quebrada derramaría sobre el cuerpo de Mikal el aceite que Kessi compró en el puerto de la bahía a un comerciante extranjero del otro lado del estrecho; un aceite quizá elaborado en el país desde el que el propio gigante había viajado para matarlos.

Ese suceso accidental y casi gracioso la condenaría, porque pronto la alcanzaría una brizna de paja seca incandescente que caería desde lo alto como una lluvia de fuego.

Mientras, la enorme espada del gigante a ḫḫ iyawa cortaría el aire que Appu respirara, pero él, interponiendo una marmita entre la hoja y su cuello, lograría ganarle a la muerte un instante más.

Miraría a los ojos de su enemigo y solo vería en ellos oscuridad, quizá tristeza, tal vez también hastío.

Y comprendería en ese preciso momento que no sobrevivirían.

Pero el gigante se detendría y guardaría el arma.

Le daría la espalda, como haría una pantera aburrida de jugar con su presa, y entonces Appu tomaría la decisión que les salvaría la vida.

—No he podido sacarla —dijo su padre de nuevo—. Te cogí a ti, a Lupakki y a Azzari, y corrí con vosotros a cuestas. Él la alzó del suelo como si no pesara ni una mina, sin importarle el fuego que le quemaba la ropa. Solo pude salvaros a vosotros, Kessi.

Appu repitió una y otra vez el nombre, y a su hijo le siguió resultando impostado.

En boca de su padre estaba acostumbrado a escuchar el nombre de su hermano, pero no el suyo.

Intentó hablar y el dolor volvió a llevárselo a una oscuridad de la que con gusto no habría regresado porque en ella no existía el sufrimiento.

Cuando despertó era de día. Una tira de lino rasgado le cubría la cabeza a modo de vendaje, aunque él no recordaba esa herida.

Tenía la visión borrosa y no reconoció el lugar donde se encontraba, pero pudo adivinar árboles y maleza en torno suyo.

La leve brisa no le trajo el olor de las hojas de los pinos y los castaños, ni el aroma del rocío que empapaba la hierba sobre la que estaba estirado, sino un denso olor a ceniza que le provocó náuseas, y de pronto acudieron a su mente los rostros de Mikal, de Impakru y de la carne de su carne, el hijo recién nacido.

Así que decidió volver a las tinieblas de la inconsciencia.

Entretanto, su padre no había podido dormir en los dos días que habían transcurrido desde que huyeron.

Estaban demasiado cerca de la ciudad, ocultos en la falda del monte que bordeaba la llanura, y aún muy lejos de la ribera del río.

Temía que si cerraba los ojos los a ḫḫ iyawa los descubrirían.

Así que permanecía alerta todo el tiempo, cuidando de la herida de Kessi y de los lloros de los niños.

Había limpiado la hendidura del pecho de su hijo con vino y le había aplicado un emplasto de barro y hojas de ciprés, lo único que había podido encontrar.

Los invasores aún no se habían marchado del territorio, empeñados en alargar la destrucción y el saqueo mientras existiera una casa sin registrar y un techo sin quemar.

Al mismo tiempo, las puertas de las murallas, abiertas y sin apenas vigilancia por parte de los a ḫḫ iyawa , veían salir de tanto en tanto a algunos supervivientes de la masacre, como el goteo intermitente de una ciudad que se desangraba.

Si tenían suerte lograban alcanzar la fronda y desaparecían en ella; los desafortunados sucumbían atravesados por alguna flecha disparada desde la muralla, o degollados por los atacantes que deambulaban por la llanura ebrios de vino y botín.

Transcurrió un día y una noche más, y al amanecer del día siguiente las corazas de bronce fueron abandonando la ciudad y se retiraron de la planicie en dirección a la playa, donde tenían varados sus pequeños barcos negros.

Appu vio desde la distancia que los mástiles y los remos volvían a asomar en los cascos de las naves, como si se tratara de gigantescos insectos que estiraban sus patas y antenas después de haber descansado.

Por la tarde habían desaparecido de la costa, dejando sobre la arena las manchas oscuras de las fogatas y una pequeña empalizada de cañas que el mar no tardaría en derribar.

—Volvamos a casa —dijo Kessi. Su padre no contestó hasta que oyó esas mismas palabras en boca de los niños.

—Allí ya no queda nada.

Appu recelaba. Los enemigos podían estar todavía cerca: nadie navegaría por la noche más que los locos, y los a ḫḫ iyawa no lo eran.

En el mejor de los casos habrían emprendido la ruta hacia el sur bordeando el litoral, pero jamás se atreverían a ir mar adentro.

Tal vez hubieran recalado en la isla de Lazpa a la espera de que llegara el alba.

Pero ese solo era el mejor de los casos.

Lupakki, el niño, se puso en pie para hablar.

—Está mamá.

—Vuestra madre está muerta.

La herida le dolía menos. O la soportaba mejor.

Aun así, se encontraba débil y apenas podía caminar.

Aguardaba en duermevela, estirado sobre la tierra y con la espalda apoyada en una roca.

Un tosco cabestrillo mantenía el brazo izquierdo inmóvil y pegado al cuerpo.

Lupakki y Azzari jugaban más atrás, entre los árboles, ajenos a todo.

Con qué facilidad, pensó Kessi, soportaban los niños el desmoronamiento de su familia, de su mundo.

Les bastaba con no pensar, con no ser conscientes del desastre.

Al menos de ese modo también distraían otra circunstancia más palpable y apremiante: llevaban mucho tiempo sin comer.

Él en cambio no necesitaba distracción: tenía tanta hambre como ellos, pero intentaba sentirse cómodo con esa carencia, engañándose a sí mismo y forzándose a creer que los pesares se eclipsan unos a otros, que una aflicción difumina y opaca otra aflicción, pero no se le suma a ella.

Sentir hambre, se decía, le ayudaba a no pensar en Mikal.

Mikal…

Aún pasó un día y una noche más hasta que Appu finalmente accedió a regresar a la casa, a lo que quedara de ella, en busca de cualquier objeto útil que hubiera escapado de las llamas, algo que les sirviera de alimento o de abrigo.

Esa noche por fin podrían encender un fuego para calentarse, ahora que los hombres de bronce se habían ido.

La posición elevada en la ladera del monte le proporcionaba a Kessi una amplia panorámica del desastre, que contemplaba con cierta indiferencia.