Fuego y bronce 1. WILIOS El Desastre
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Fuego y bronce

Fuego y bronce

Por Luis Villalon

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1. WILIOS El Desastre

Q uizá en otro tiempo fueron felices. Pudieron bastarles detalles como mirar el vuelo de un pájaro, contemplar el agua de una fuente o el cauce de un río.

Tal vez reían y hacían bromas, y en ello hallaban la alegría suficiente para ser dichosos.

O puede que su felicidad fuera más compleja y requiriese de más estímulos: sacas llenas de siclos de plata, el gesto de sus vecinos con la mano en señal de reconocimiento, ropas coloreadas con tintes exóticos elaborados en Gubla o en Alalakh, comidas aromatizadas con esencia de terebinto.

Quizá pensaban que los dioses de sus antepasados, Tar ḫ un, el Dios de la Tormenta, y la Diosa Sol de Arinna, y también Appaliuna y los otros dioses de la ciudad, les sonreían, y en esa sonrisa veían ellos reflejada la suya.

O acaso la miseria que los habría acompañado a lo largo de los años no hubiera alcanzado para derrotar la confianza que tenían en sí mismos.

Pero qué importaba todo eso si dentro de un momento estarían muertos y pasarían a ser solo un recuerdo en la memoria de otras personas, que también morirían.

Qué importaba si en un breve instante no serían ya nada.

La puerta se abrió con estruendo e hizo rodar la robusta mesa que la atrancaba como si fuera de plumas y no de madera de cedro.

Primero penetró el resplandor de las llamas, seguido de una vaharada de calor.

Afuera todo era pasto del fuego y el olor del humo no tardó en filtrarse también.

Cruzó la entrada un hombre corpulento de barba poblada y oscura, la cara empapada en sudor y las manos manchadas de sangre.

Sonrió mientras jadeaba, hinchando y vaciando el pecho bajo la coraza metálica que lo cubría.

Tras él lo que parecía su sombra era en realidad otra coraza por encima de la cual asomaba un nuevo rostro, este más oscuro y severo.

Las cuatro paredes de la estancia de pronto devinieron una trampa terrible para sus habitantes, una jaula sin salida.

La lucerna había caído al suelo con el ímpetu de los recién llegados y solo el fulgor que emanaba del exterior iluminaba el lugar.

Los dos hombres empuñaban espadas en una mano y jabalinas en la otra.

Un joven se abalanzó con un cuchillo sobre uno de ellos, pero una lanza voló y le ensartó por la garganta, arrojándolo contra la pared y clavándole ruidosamente en ella.

Los demás habitantes de la casa, una mujer, dos hombres y dos niños, enmudecieron de espanto.

Un tercer niño gimoteó desde un cesto de mimbre, lloró con fuerza y sacudió los brazos como si quisiera ahuyentar el horror con sus gestos.

La mujer corrió hacia él, pero a lo largo de la vida de un ser humano a veces los dioses dejan de sonreír, y en esta ocasión prefirieron que las jabalinas fueran más eficaces y certeras que el amor de una madre.

El llanto del bebé cesó y ella gritó horrorizada.

Los dos hombres murmuraron algo y el primero giró los talones y se fue.

Lo que siguió fue nuevo y viejo al mismo tiempo.

Nuevo para los habitantes de la casa, que jamás habían tenido la muerte tan cerca.

Estaban acostumbrados a verla más allá de las murallas, incluso en la calle, pero no la habían acogido nunca bajo su techo; jamás habían soportado en su propia carne ese oxímoron, vivir la muerte, la paradójica experiencia consistente en dar por finalizada toda experiencia, extinguirse y desaparecer para uno mismo y para los demás.

A todos ellos eso les resultaba novedoso.

En cambio, era viejo para el intruso de la coraza: era un guerrero y estaba acostumbrado a limpiar el filo de la espada en los despojos de los muertos.

Uno de los hombres, el más joven, tomó del suelo un martillo de mango largo, propio de su profesión, y se enfrentó al guerrero.

Este lo observó, pareció que lo estudiara.

Pero no había nada que estudiar: la desesperación, no la pericia, era la que guiaba el arma improvisada.

Le bastó una finta para desarmarlo y hundir un puñal junto a la clavícula, en el instante en que el otro hombre corría por detrás y le saltaba encima.

Los críos, un muchacho que levantaba algo más de dos codos del suelo y una niña que le llegaba por el hombro, se acurrucaron en el rincón más oscuro de la oscura sala, observando con pavor cómo su padre y su abuelo pugnaban con un gigante de ojos de fuego, un dragón con cuerpo humano que iba a arrancarles la vida.

Mientras, la madre estaba postrada junto al cesto del bebé muerto.

No se movía, no hablaba, aunque abría la boca como si quisiera emitir algún sonido.

Fuera, en la calle, las llamas chisporroteaban y se asomaban por las techumbres desde el interior de las chozas, consumiendo las vigas y la paja de los tejados, agitándose y saludando a la noche estrellada.

Los muros de adobe de las casas se teñían de color ceniza y el humo extendía un manto gris y ondulante por todas partes.

Cuerpos inertes yacían sobre el terreno en posturas extrañas y absurdas, ensangrentados o desmembrados.

Dos caballos desbocados cruzaron al galope el lugar con los ojos a punto de escapar de las órbitas, y de tanto en tanto un balido agonizante daba testimonio de que las víctimas de la masacre también tenían cuatro patas.

La ciudad expiaba sus pecados en horrible holocausto.

Incluso cuando la matanza estaba llegando a su fin había puñales que desgarraban cuerpos para arrebatarles la vida, y quien pensaba que sobreviviría a la aniquilación sentía una hoja afilada abriéndole la garganta.

Los guerreros de espadas broncíneas y lanzas de fresno llevaban días asediando las murallas, tantos que resultaba ya absurdo contarlos.

Escaramuzas, ataques en masa, combates frente a los muros.

Y esa mañana por fin habían logrado entrar, derribando con enormes arietes dos gigantescos bloques de un lienzo de la muralla y penetrando por la brecha como un torrente sin control.

Siempre era igual, allí o en cualquier otra ciudad.

Resultaba tan monótono para los verdugos como para sus víctimas: todos comprendían cómo acabaría aquello y el único misterio, la única angustiosa incógnita, era saber quién quedaría vivo.

Hoy era uno de esos días decisivos y terribles en que todo tocaba a su fin.

Los invasores lo intuían, los asediados lo sabían y, por eso, unos y otros se esforzaban en la tarea que el destino les había asignado.

Pero en medio del caos el hombre de la coraza parecía ser el único que mantenía la compostura, el único que conservaba la calma y se cuidaba de imponer un orden en lo que hacía.

Y ese orden le llevó a abandonar la casa una vez que todo en ella había llegado a su cumplimiento.

Se alejó mientras el fuego comenzaba a manar del interior de las cuatro paredes; las llamas devoraron aquello que una vez tuvo un sentido y el humo ascendió hacia el cielo llevando en su seno las almas de quienes habían perdido la vida.

Dio unos pasos y se reunió con el otro guerrero, que aguardaba junto al humeante rescoldo de lo que antaño había sido un carro de bueyes y ahora no conservaba el eje ni las ruedas.

Observaba el horizonte, colina abajo: a lo lejos, tras la llanura, se divisaban las fogatas del campamento y más allá los barcos, ocultos por la oscuridad de la noche. No se miraron.

—Un puñado de abalorios sin valor y una sucia marmita de bronce —dijo, y le mostró el oropel que llevaba en la mano: una pulsera y dos collares de cuentas; de uno de ellos pendía una hermosa medialuna de cornalina—. La marmita se ha quedado allí, si te interesa puedes ir a buscarla.

—¿Y ellos?

—¿Ellos? ¿Qué pasa con ellos? —respondió haciendo una mueca—. Valían menos que esto.

Dolor y oscuridad. Una fetidez ardiente y dulzona a madera y carne quemadas le abrasó las fosas nasales y le hizo toser. Dudó si podría abrir los ojos; dudó si estaba muerto o vivo.

—La herida no te matará —escuchó decir a alguien. Tardó un instante en identificar la voz grave y rasposa de Appu, su padre—, pero yo no sé curarla. Quizá quedes inválido.

Le oyó murmurar: «ojalá Gurpa hubiera estado aquí».

Luego reconoció un sonido penetrante y agudo; era el llanto de sus hijos.

Eso le dio fuerzas para aferrarse a la vida.

El pecho le ardía y no podía mover el brazo izquierdo; descubrió que su cuerpo estaba reclinado contra un enorme bloque de piedra cubierto de musgo, y su padre le explicó a borbotones que se encontraban al pie de las murallas, junto a la puerta sur de la ciudad.

Añadió que aún no estaban a salvo y que los niños lloraban de miedo pero se encontraban bien.

El hombre calculó mentalmente la distancia desde su posición a su casa y no dio crédito.

Aunque su padre era un hombre fuerte, ¿cómo había podido cruzar media ciudad cargando con dos criaturas y un hombre inconsciente? Y su mujer…

—¿Dónde está Mikal?

—No he podido sacarla, Kessi.