Fuego Salvaje (Sunset Valley 5) CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

SCARLETT

Una semana después estoy de pie en la cocina del apartamento de Aiden viendo cómo prepara café.

Nuestro apartamento, me corrijo. Porque ahora es nuestro. Mis cosas están mezcladas con las suyas: mi ropa en su armario, mis libros en su estantería, mi vida enredada con la suya de una forma que lo vuelve todo más real.

Ha sido la mejor semana de mi vida.

Y también la más aterradora. Porque sé que hay algo que tengo que hacer, algo que no dejo de posponer y que no puedo seguir evitando durante más tiempo.

Ambos lo sabemos.

—Necesito ir a Connecticut —digo de repente, y las palabras salen más firmes de lo que me siento.

Aiden se gira hacia mí con la cafetera en la mano. Me mira un momento largo sin decir nada. Y entonces asiente despacio, como si hubiese estado esperando que dijese eso.

—¿Cuándo? —pregunta, sin más.

—Hoy. Ahora. Antes de que pierda el valor.

Deja la cafetera en la encimera y viene hacia mí. Me sostiene la cara con una ternura que me derrite.

—¿Quieres que vaya contigo? —pregunta.

—¿Vendrías?

—Scarlett —dice casi dolido—. Iría contigo al fin del mundo si me lo pidieses. Por supuesto que voy a ir a Connecticut.

—No necesito que entres conmigo —me apresuro a aclarar—. No necesito que hables con mi padre. Solo necesito saber que estás cerca. Que estás ahí. Que cuando salga no voy a estar sola.

—Entonces estaré ahí —promete—. Todo el tiempo que necesites. Solo déjame arreglar los turnos con Morrison.

—Yo voy comprando los billetes de avión.

Y así, cuatro horas después, estamos en un avión hacia Connecticut. Aiden ha conseguido que alguien cubra su turno. Ha hecho la maleta en diez minutos. No ha preguntado nada más. Solo ha dicho que sí y me ha cogido la mano y no la ha soltado desde entonces.

El vuelo se me pasa en una bruma de nubes y ansiedad que me cierra el estómago. Aiden me sostiene la mano todo el tiempo. No dice nada. Solo está ahí. Sólido. Real. Mío.

Cuando aterrizamos alquilamos un coche y conduzco hacia la casa de mis padres con las manos apretando el volante con tanta fuerza que los nudillos se me ponen blancos. Aiden pone la mano sobre la mía en el cambio de marchas y ese gesto me ayuda a respirar.

La mansión aparece delante de nosotros igual que siempre. Grande. Imponente. Fría. Todo lo contrario al apartamento pequeño y acogedor que ahora llamo hogar.

Aparco frente a la entrada principal. Apago el motor. Y me quedo ahí sentada mirando la casa donde crecí como si fuese la primera vez que la veo.

—¿Estás bien? —pregunta Aiden en voz baja.

—No lo sé —respondo con honestidad—. Pero tengo que hacer esto.

—Lo sé.

—¿Me esperarás?

—Hasta que vuelvas —promete—. Y si tardas demasiado entro a buscarte.

Sonrío a pesar del miedo que me está cerrando la garganta. Me inclino hacia él y lo beso con suavidad, con amor, con gratitud por ser justo lo que necesito.

—Vuelvo pronto —susurro contra sus labios.

—Estaré aquí.

Bajo del coche antes de que pueda arrepentirme.

Camino hacia la puerta principal con pasos más decididos de lo que me siento.

La puerta se abre antes de que pueda tocar el timbre.

Roberts, el mayordomo que lleva trabajando para mi familia desde que tengo uso de razón, me mira con una sorpresa que esconde enseguida bajo la máscara profesional.

—Señorita Walton —dice con ese tono formal que siempre ha usado—. No sabíamos que vendría.

—No lo sabían —confirmo—. ¿Están mis padres en casa?

—Su padre está en el despacho. Su madre en el salón.

—Gracias, Roberts.

Entro y el olor familiar me golpea: flores frescas, cera de muebles y ese perfume caro que mi madre usa siempre. Pero ya no huele a hogar. Parece un museo: frío, impecable, vacío.

Camino hacia el despacho de mi padre con el corazón latiéndome tan fuerte que lo oigo en los oídos. Cada paso me acerca a algo inevitable, a algo que va a cambiarlo todo para siempre.

Me detengo frente a la puerta. Respiro hondo. Una vez. Dos veces. Y entonces toco.

—Adelante —dice la voz de mi padre desde dentro.

Abro la puerta y entro. Mi padre está sentado detrás de su escritorio enorme con papeles esparcidos delante de él igual que siempre. Levanta la vista y la sorpresa le cruza la cara un segundo antes de que la oculte.

—Scarlett —dice poniéndose de pie—. No esperaba verte.

—Lo sé.

Mi madre aparece en la puerta detrás de mí. Roberts debe haberle dicho que estaba aquí. Entra en el despacho con su elegancia estudiada de costumbre y se queda de pie junto a mi padre, como hace siempre. Un frente unido.

—Hija —dice, sorprendida pero educada—. ¿Qué haces aquí?

—He venido a deciros algo —respondo, y me obligo a mantener la voz firme—. Ya no voy a ser vuestra marioneta.

Se hace un silencio tan absoluto que oigo hasta el sonido del reloj en la pared.

—¿Perdona? —dice mi padre por fin.

—Me mentiste —continúo mirándolo a los ojos—. Sobre la empresa. Sobre la supuesta ruina. Me hiciste creer que tenía que casarme con Julian para salvar a la familia. Me manipulaste. Me usaste como una pieza de ajedrez. Es demasiado mezquino incluso viniendo de ti, papá.

—Scarlett, no lo entiendes.

—Lo entiendo perfectamente —lo interrumpo—. Entiendo que querías una fusión para expandirte más. Para hacerte más poderoso. Y que decidiste que yo era el precio perfecto. Pero ya no lo soy. Ya no voy a dejar que controles mi vida.

Mi padre se pone rojo. Veo cómo la furia le va subiendo por el cuello.

—No sabes lo que estás haciendo —dice subiendo la voz—. Sé que no te quieres casar por él. Pero ese bombero de pueblo no tiene nada que ofrecerte. ¿Crees que vas a ser feliz viviendo en un pueblucho? ¿Sin dinero? ¿Sin tu familia?

—Sí —respondo sin dudar—. Creo que voy a ser más feliz de lo que he sido nunca.

—No vas a recibir ni un duro de mí —dice, y ahora está gritando—. Ni un solo duro. ¿Me oyes? Estás sola. Completamente sola.

—No lo necesito —digo con una calma que contrasta con sus gritos—. Puedo ganar mi propio dinero. Soy escritora. Soy inteligente. Soy capaz. Y voy a salir adelante sin ti.

—¡Eres una niña mimada que no sabe nada del mundo real! —grita más fuerte—. ¡En seis meses vas a venir llorando pidiendo que te dejemos volver! ¡Y no vas a ser bienvenida!

La puerta del despacho se abre de golpe.

Aiden está ahí, de pie en el umbral, con una expresión que da miedo: furia pura y contenida que le vibra en todo el cuerpo.

—No se le ocurra tratarla así —dice en voz baja, letal.

Mi padre se gira hacia él con los ojos entrecerrados.

—¿Quién demonios eres tú?

—Soy su prometido —responde Aiden entrando en el despacho—. Y no voy a quedarme fuera escuchando cómo grita a la mujer que amo.

—Ah —dice mi padre, destilando desprecio en cada palabra—. El bombero. El que no tiene nada que ofrecerle excepto una vida mediocre.

—Tiene razón —dice Aiden, y la respuesta me sorprende tanto que me giro a mirarlo—. No tengo mansiones. No tengo un imperio. No tengo millones en el banco. Lo único que tengo es un apartamento sobre un parque de bomberos y un sueldo que me da para vivir.

Hace una pausa, sin apartar los ojos de mi padre.

—Pero lo que sí tengo —continúa con más aplomo— es la certeza absoluta de que a Scarlett no le va a faltar de nada.

No solo porque yo voy a darle absolutamente todo lo que tengo.

Cada céntimo. Cada segundo de mi tiempo.

Cada latido de mi corazón. Sino porque, aunque usted por lo visto no se ha dado cuenta, Scarlett es una mujer trabajadora e inteligente que va a llegar tan lejos en la vida como ella desee.

Se acerca más. Imponente a pesar de que mi padre es mucho mayor.

—Es escritora —dice—. Y una jodidamente buena. Va a publicar libros que la gente va a amar. Va a construir una carrera con su propio talento. Va a demostrarle a todo el mundo lo brillante que es. Y lo va a hacer sin su dinero. Sin su apellido. Sin usted.

El silencio que sigue es ensordecedor.

Mi padre nos mira a los dos con una expresión difícil de leer: furia mezclada con algo muy parecido a la sorpresa.

—Fuera de mi casa —dice al fin, con la voz helada—. Los dos. Y no volváis nunca.

—No teníamos intención de hacerlo —respondo.

Me giro hacia mi madre que ha estado en silencio todo este tiempo. Tiene lágrimas en los ojos, pero no dice nada. No me defiende. No me pide que me quede. Solo se queda quieta, dejando que mi padre tome todas las decisiones, como ha hecho siempre.

—Adiós, mamá —digo en voz baja.

Y entonces me giro y salgo del despacho sin mirar atrás.

Aiden me sigue. Oigo sus pasos detrás de mí mientras cruzo el vestíbulo. Bajo las escaleras de la entrada. Camino hacia el coche.

Cuando llego me detengo. Respiro el aire fresco, que huele muy distinto del de Montana. Y me doy la vuelta para mirar la mansión una última vez.

Aiden se coloca a mi lado. Me coge la mano y la aprieta.

—¿Estás bien? —pregunta.

—Sí —respondo, y me sorprende darme cuenta de que es verdad—. Estoy bien. Me siento libre.

—Libre —repite, y se le nota la sonrisa en la voz.

—Vámonos a casa —digo, y me vuelvo hacia él.

—¿A Montana?

—Adonde tú estés —corrijo—. Ese es mi hogar.

Me besa entonces. Ahí en medio del camino de entrada de la mansión donde crecí. Me besa sin importarle quién nos vea, como si no existiese nada excepto esto. Nosotros.

Y al separarnos, deja la frente apoyada en la mía.

—Te amo —dice—. Y vamos a construir una vida juntos que va a ser mejor que todo lo que esto —señala la mansión— podría haberte dado.

—Lo sé —respondo—. Porque ya lo es.

Subimos al coche y Aiden arranca el motor. Salimos por el camino de entrada y dejamos atrás la mansión, mi antigua vida, todo lo que un día pensé que necesitaba.

Y mientras conducimos hacia el aeropuerto, con la mano de Aiden en la mía y el futuro esperándonos, me doy cuenta de algo.

Por primera vez en mi vida soy completamente libre.

Libre para amar a quien quiero. Libre para vivir como quiero. Libre para ser quien soy de verdad.

Y eso vale más que todo el dinero del mundo.