CAPÍTULO 29
SCARLETT
Aiden y yo nos quedamos de pie en el despacho, sin movernos, sin hablar. El silencio que Julian ha dejado atrás es tan pesado que casi lo siento contra la piel.
Pero no es un silencio incómodo.
Es otra cosa: un silencio cargado de todo lo que acabamos de descubrir, de todo lo que ha cambiado en los últimos diez minutos.
Mi padre me ha mentido. Me ha manipulado y me ha usado como una pieza de ajedrez en un juego que yo ni siquiera sabía que estábamos jugando.
Pero Julian ha roto el compromiso.
Soy libre.
Y Aiden me ama.
Aiden. Me. Ama.
Lo miro y él ya me está mirando. Hay en sus ojos una expresión que nunca le había visto: cruda, vulnerable, tan real que se me corta la respiración.
—Scarlett —dice, suave, como si tuviese miedo de que me rompa si habla más alto—. ¿Estás bien?
Y de repente me río.
Es una risa pequeña y casi histérica, pero risa al fin y al cabo. Porque, con todo lo que acaba de pasar, la pregunta es tan absurda que no puedo evitarlo.
—No lo sé —respondo con honestidad—. Acabo de descubrir que mi padre me ha estado mintiendo durante semanas. Que me iba a casar por nada. Que todo este sacrificio era innecesario. Y Julian acaba de romper el compromiso después de llamar empalagoso a nuestro amor.
Hago una pausa. Respiro. Siento cómo el peso que he llevado durante tanto tiempo empieza a quitárseme de encima.
—Pero también acabo de descubrir que soy libre —continúo, y ahora mi voz sale más firme—. Y que tú me amas.
Aiden da un paso hacia mí. Después otro. Hasta que está tan cerca que puedo sentir su calor.
—Te amo —repite como si necesitase decirlo otra vez para convencerse de que es real—. Llevo años amándote. Y ahora que ya te lo he dicho no voy a parar de decírtelo.
Levanta las manos hacia mi cara, pero se detiene a centímetros de tocarme, como si todavía no pudiese creer que tiene permiso.
—¿Puedo…? —empieza a preguntar.
No le dejo terminar. Cruzo la distancia que nos separa y uno mi boca a la suya en un beso que dice todo lo que no he podido decir todavía.
Te amo. Te elijo. Te quiero.
Aiden gime contra mi boca y por fin me sostiene la cara entre las manos, como si fuese algo precioso. El beso se hace más profundo, más urgente, más hambriento, como si los dos estuviésemos intentando compensar años de no hacer esto.
Alguien toca la puerta.
Nos separamos tan de golpe que casi pierdo el equilibrio. Aiden me sostiene con las manos en la cintura y ambos miramos hacia la puerta como si nos hubiesen pillado haciendo algo prohibido.
—¿Se puede? —pregunta Cole desde el otro lado.
—Adelante —responde Aiden con la voz áspera.
Cole abre la puerta y entra con esa expresión de sheriff que usa cuando está evaluando una situación. Nos mira a los dos un momento largo. Aiden, que no me ha soltado la cintura; yo, con las mejillas encendidas y los labios hinchados. Y la expresión de Cole se suaviza.
—Julian se acaba de ir —dice—. ¿Está todo bien?
—Está todo perfecto —respondo antes de que Aiden pueda hacerlo.
Cole levanta una ceja, pero no dice nada del hecho evidente de que nos estábamos besando hace dos segundos. En cambio, mira a su hermano y su expresión se tiñe de preocupación.
—¿Cuándo fue la última vez que dormiste? —pregunta.
Aiden se pasa una mano por el pelo en un gesto que, como he aprendido, significa que está cansado o frustrado o las dos cosas.
—No lo sé. ¿Hace treinta y seis horas?
—Mentira —dice Cole, tajante—. Llevas despierto más tiempo que eso. Puedo verlo en tu cara.
Y tiene razón. Ahora que lo miro de verdad, veo el agotamiento grabado en cada línea de su cara. Los ojos rojos del humo y de no dormir. Lo rígido que se mantiene, como si tuviese miedo de caerse en cuanto se relaje.
Aiden abre la boca para protestar pero en ese momento se tambalea. Solo un poco. Apenas nada. Pero es suficiente para que mi instinto protector se active como un resorte.
—Necesitas dormir —digo con firmeza—. Ahora.
—Estoy bien.
—No, no lo estás —lo interrumpo—. Acabas de pasar diecinueve horas luchando contra un incendio. Después has conducido hasta aquí. Después has entrado en ese despacho y me has dicho que me amas delante de mi prometido. Y ahora estás a punto de caerte redondo en mitad del despacho de tu padre.
Cole se ríe. Es un sonido bajo y divertido.
—Me cae bien —dice mirando a su hermano—. Tiene razón. Necesitas dormir antes de que mamá te vea así y te mate.
—Pero Scarlett y yo tenemos que hablar.
—Podéis hablar después de dormir —lo interrumpe Cole—. De hecho, voy a avisar a mamá ahora mismo para que te obligue porque sé que no me vas a hacer caso a mí.
—Ni se te ocurra.
Pero Cole ya se ha ido. Y medio minuto después Dorothy entra por la puerta con esa expresión de madre que significa que no piensa ceder.
—Aiden Christopher Wellington —dice—. Me acaban de decir que estás a punto de desmayarte.
—Estoy bien, mamá.
—No me mientas —lo interrumpe—. Te conozco desde que naciste. Sé exactamente cuándo estás mintiendo. Y ahora mismo estás mintiendo.
Se cruza de brazos y nos mira a los dos.
—Los dos os vais a la antigua habitación de Aiden ahora mismo —ordena sin dejar lugar a discusión—. Vais a dormir. Y cuando despertéis voy a alimentaros como es debido. ¿Entendido?
—Pero tengo que llevar a Scarlett de vuelta al apartamento.
—No vas a conducir en ese estado —zanja Dorothy—. Te vas a quedar aquí. Los dos. En tu antigua habitación. Y no quiero oír ni una palabra más al respecto.
Aiden me mira como buscando apoyo pero yo niego con la cabeza.
—Tu madre tiene razón —digo—. Necesitas dormir. Cuando hayas descansado podemos hablar de todo. Pero no voy a permitir que estés despierto ni un segundo más.
Su expresión se suaviza cuando digo eso, como si el que me importe lo suficiente como para obligarlo a descansar significase algo importante.
—Vale —cede—. Pero con una condición.
—¿Cuál?
—Que te quedes conmigo —responde, y la vulnerabilidad de su voz me aprieta el pecho—. No me voy a separar de ti. Así que, si quieres que duerma, duermes conmigo.
A Dorothy se le escapa algo muy parecido a una risa ahogada. Cole sonríe sin disimulo. Y yo no puedo más que asentir, porque la idea de separarme de él ahora me parece imposible.
—No querría estar en ningún otro sitio —digo.
Aiden sonríe entonces. Esa sonrisa enorme que le ilumina toda la cara y le quita cinco años de encima. Extiende la mano hacia mí y cuando la cojo entrelaza nuestros dedos con firmeza.
—Vamos —dice tirando de mí con suavidad hacia la puerta.
Seguimos a Dorothy por el pasillo y subimos las escaleras hacia la segunda planta. Ella abre una puerta al final del pasillo y entramos en lo que es, a todas luces, la habitación de la infancia de Aiden.
Hay pósteres de equipos de fútbol americano en las paredes, trofeos alineados en una estantería y una cama individual que se queda demasiado pequeña para el hombre que es ahora.
Pero está impecable y huele a sábanas limpias.
Dorothy debe de cambiarlas cada poco aunque su hijo no viva aquí desde hace años.
—Descansad —dice Dorothy desde la puerta—. Os avisaré cuando la cena esté lista. Y si no os despertáis, os dejaré dormir: os hace más falta que la cena.
—Gracias, mamá —dice Aiden con voz cansada.
Dorothy sonríe. Nos observa a los dos un momento, con una expresión que me dice que sabe muy bien lo que está pasando. Que lo ha sabido desde antes de que nosotros mismos lo supiésemos.
—Cuidaos —dice al fin. Cierra la puerta tras ella y nos deja solos.
Aiden se deja caer en la cama con un gemido de alivio. Se quita las botas y la ropa con movimientos torpes y después se tumba de espaldas con los ojos ya cerrándose.
—Ven aquí —dice extendiendo un brazo hacia mí.
Me quito los zapatos y me meto en la cama a su lado. Es estrecha. Apenas cabemos los dos. Pero cuando me acurruco contra su costado, con la cabeza en su pecho y su brazo rodeándome, todo encaja.
—Tenemos que hablar —murmura contra mi pelo—. Sobre tu padre. Sobre Julian. Sobre qué viene ahora.
—Lo sé —respondo—. Pero no ahora. Ahora tienes que dormir. Y cuando despiertes hablamos de todo. Te lo prometo.
—¿Te vas a quedar? —pregunta, y por su voz sé que necesita oírlo.
—No me voy a ir a ninguna parte —aseguro—. Estoy justo donde quiero estar.
Siento cómo se relaja contra mí. Cómo el agotamiento acaba venciéndolo. Su respiración se vuelve más lenta. Más profunda. Y en cuestión de minutos está dormido.
Yo me quedo despierta un poco más, escuchando su corazón bajo mi oreja, sintiendo cómo su pecho sube y baja con cada respiración, memorizando este momento.
Porque todo ha cambiado.
Y no sé qué viene después. No sé cómo voy a enfrentarme a mi padre. No sé cómo vamos a construir una vida cuando lo más seguro es que mi familia me repudie por esto.
Pero sé una cosa con absoluta certeza.
Voy a luchar por esto. Por él. Por nosotros.
Y con ese pensamiento me dejo llevar por el sueño.
Me despierto despacio, como si nadase hacia la superficie desde aguas muy profundas.
La luz entra por la ventana, pero es diferente. No es la luz suave de la tarde: es más brillante, más clara.
¿Cuánto tiempo hemos dormido?
Me muevo un poco y el brazo alrededor de mi cintura se aprieta. Aiden. Todavía dormido. Me sujeta como si temiese que desaparezca si me suelta.
Lo miro y encuentro sus ojos ya abiertos mirándome.
—Hola —dice con la voz ronca por el sueño.
—Hola —respondo.
Nos quedamos así un momento, solo mirándonos. Y entonces él sonríe. Esa sonrisa suave que reserva solo para mí.
—Te amo —dice como si fuese lo más fácil del mundo.
Y noto cómo me rompo y me recompongo al mismo tiempo. Porque puedo decírselo. Por fin puedo decir las palabras que he estado guardando durante años.
—Yo también te amo —digo, y mi voz se quiebra—. Siempre te he amado. No sabes el alivio que siento por poder decírtelo por fin.
Aiden se incorpora tan rápido que casi me tira de la cama. Me coge la cara entre las manos y me mira con una intensidad que me deja muda.
—¿Lo dices de verdad? Cásate conmigo, Scarlett —pide.
Las palabras caen entre nosotros como una bomba.
—¿Qué?
—Cásate conmigo —repite con más firmeza—. Sé que es rápido. Sé que tu compromiso acaba de romperse. Pero no me importa. Te amo. Y quiero pasar el resto de mi vida contigo. Así que cásate conmigo, Scarlett. Por favor. No quiero que te alejes de mi lado nunca más. Somos perfectos el uno para el otro.
Se me saltan las lágrimas antes de que pueda detenerlas.
—No voy a volver con mi familia —digo—. Voy a quedarme aquí. Contigo. Porque te amo más que a nada en el mundo.
—¿Eso es un sí? —pregunta con una esperanza que me parte el corazón.
—Es un sí —confirmo—. Sí quiero casarme contigo. Sí quiero pasar el resto de mi vida contigo. Sí a todo.
Y entonces me besa.
Es diferente esta vez. No hay urgencia. No hay miedo. Solo hay amor. Puro, simple, real.
Cuando nos separamos para respirar, apoya la frente en la mía.
—Te amo tanto —susurra—. No sabes cuánto tiempo he esperado para poder decir eso.
—Yo también —respondo—. Y ahora no voy a parar de decírtelo.
Me saca la camiseta por la cabeza con movimientos lentos. Después el sujetador. Luego me quita todo lo demás hasta que estoy desnuda debajo de él.
—Eres preciosa —dice mirándome con una intensidad que me sonroja—. Tan jodidamente preciosa.
Se quita los calzoncillos. Y entonces nos lo tomamos con calma: exploramos, tocamos, redescubrimos lo que ya conocíamos pero que ahora es distinto.
Porque ahora sabemos que nos amamos.
Ahora sabemos que esto es para siempre.
Cuando al fin se hunde dentro de mí, gemimos a la vez. Es distinto: más hondo, más verdadero. Como si nuestros cuerpos estuviesen diciendo lo que nuestras bocas llevan años callando.
Nos movemos juntos, despacio al principio, saboreando cada sensación, cada gemido, cada respiración compartida.
—Te amo —dice contra mis labios.
—Te amo —respondo.
Y lo repetimos como un mantra mientras nos deshacemos juntos.
Después nos quedamos tumbados, enredados el uno en el otro, sudorosos, saciados, completos.
—Esto es el principio —dice Aiden contra mi pelo—. De nuestra vida juntos.
—Lo sé —respondo—. Y no puedo esperar.
Porque tenemos que enfrentarnos a mi padre. Tenemos que lidiar con las consecuencias. Tenemos que construir una vida desde cero.
Pero lo haremos juntos.
Y eso es todo lo que necesito.