Fuego Salvaje (Sunset Valley 5) CAPÍTULO 28
93%

CAPÍTULO 28

SCARLETT

Llevo diez minutos dando vueltas por el pasillo en busca del valor para hacer lo que tengo que hacer.

Diez minutos en los que he pasado delante del despacho de Daniel Wellington al menos seis veces.

En los que me he detenido frente a la puerta del salón donde está Julian tres veces sin entrar.

En los que he intentado ordenar mis pensamientos y encontrar las palabras correctas y convencerme de que esto es lo que debo hacer.

Porque lo es.

Tengo que hablar con Julian. Tengo que proponerle algo. Alguna forma de romper este compromiso sin que el trato con mi padre se vaya al infierno. Alguna manera de salvar a mi familia sin tener que sacrificarme yo.

Tiene que haber una solución.

Tiene que haberla.

Respiro hondo. Una vez. Dos veces. Y por fin me obligo a entrar en el salón.

Julian sigue sentado en el mismo sillón con el móvil en la mano. Lauren está en el sofá hablando en voz baja con Cole. Liam mira las noticias aunque la información sobre el incendio ya no es relevante. Henry se ha quedado dormido en otro sillón.

—Julian —digo, y mi voz sale más firme de lo que esperaba—. ¿Podemos hablar?

Levanta la vista. Me mira un momento largo. Y entonces asiente.

—Por supuesto.

Daniel nos ve acercarnos y se pone de pie.

—Podéis usar mi despacho —dice señalando la puerta—. Tendréis privacidad.

—Gracias —consigo decir.

Cruzo el salón, consciente de que todos me están mirando. Pero no puedo pensar en ellos ahora. Solo puedo pensar en lo que tengo que decir, en las palabras que he estado ensayando durante los últimos diez minutos.

Porque ya no puedo seguir mintiéndome a mí misma y pensando que voy a poder alejarme de Aiden.

Entro en el despacho. Julian me sigue. Cierro la puerta detrás de nosotros y me giro hacia él.

Está de pie junto al escritorio con esa postura impecable que siempre tiene, las manos en los bolsillos, la expresión neutral, esperando a que hable.

—Julian, necesito…

La puerta se abre de golpe.

Aiden está ahí, de pie en el umbral, con la ropa todavía manchada de hollín y una expresión en la cara que nunca le había visto: determinación feroz mezclada con una desesperación que hace que el aire desaparezca de la habitación.

—Scarlett —dice como si le costase respirar—. No quiero que te vayas con él. Te amo.

Me quedo de piedra.

Las palabras me golpean con tanta fuerza que tengo que apoyarme contra el escritorio para no caerme. El corazón se me dispara. La garganta se me cierra.

¿Es esto un sueño?

—Te amo —repite dando un paso dentro del despacho.

Clava los ojos en los míos con una intensidad que borra todo lo demás —.

Llevo años amándote. Desde que te conocí en el centro de escritura.

Desde la primera vez que me hiciste reír.

Te convertiste en la persona más importante de mi vida sin que me diese cuenta de que estaba pasando.

Da otro paso. Más cerca.

—Y no quiero que te cases con él —continúa, y su voz tiembla un poco, pero no se detiene—. No puedo quedarme callado viéndote casarte con otro hombre cuando lo único que quiero es estar contigo. Cuando lo único que he querido durante años es poder decirte esto.

Se detiene a un metro de mí. Tan cerca que puedo ver cómo le tiemblan las manos. Tan cerca que puedo sentir el calor que irradia su cuerpo.

—Dame una oportunidad —dice, y ahora su voz sale más suave. Más vulnerable—. Solo eso. Una oportunidad de demostrarte que puedo hacerte feliz. Que puedo ser suficiente para ti aunque no tenga mansiones ni dinero ni nada de lo que él puede ofrecerte. Dame una oportunidad, Scarlett. Por favor.

Me escuecen los ojos por las lágrimas, pero no puedo dejarlas caer. No ahora. No todavía.

—Aiden —consigo decir, y mi voz sale rota—. Yo… he traído a Julian aquí para proponerle algo.

Me giro hacia Julian entonces. Necesito explicarme. Necesito que ambos entiendan lo que estaba intentando hacer.

—Quería proponerle un acuerdo —continúo—.

Sobre cómo podríamos no casarnos, pero que el trato con mi padre siguiese adelante de todas formas.

Necesito que encontremos alguna manera de salvar a mi familia de la ruina sin tener que sacrificarme yo.

Porque no puedo —mi voz se quiebra— no puedo casarme contigo, Julian.

No cuando amo a otra persona. Pero tampoco puedo permitir que el trato entre nuestras familias se rompa.

No puedo dejar que mi familia se arruine.

El silencio que sigue a mis palabras es tan absoluto que puedo oír mi propio corazón latiendo.

Y entonces Julian habla.

—Qué patético —dice con voz fría. Gélida.

Me quedo mirándolo, incapaz de asimilar lo que acaba de decir.

—¿El qué?

—Todo esto —continúa con ese tono de superioridad que tan bien conozco—. Este numerito dramático. Tú intentando salvar a tu familia. Él declarándose como si estuviésemos en una película romántica barata. Es patético.

Da un paso hacia mí con una expresión que me pone tensa.

—Y completamente innecesario —añade—. Porque no es verdad lo de la ruina.

Las palabras caen entre nosotros como una bomba.

—¿Qué? —susurro.

—No sé qué te ha contado tu padre, Scarlett —dice Julian con una voz que destila condescendencia—.

Pero Walton Legacy Group no está al borde de la quiebra.

Ni siquiera cerca. De hecho, según los últimos informes financieros que revisé hace tres meses, vuestros negocios están más que sanos.

Ganancias récord en los últimos trimestres.

Expansión exitosa en tres mercados nuevos. Cartera de inversiones impresionante.

No puedo respirar ni pensar. Solo puedo mirarlo mientras continúa destrozando todo lo que creía saber.

—Tu padre te mintió —dice con esa frialdad que hace que cada palabra sea un cuchillo—.

Te manipuló para conseguir una fusión que quería.

No porque la necesitase para sobrevivir, sino porque la quería para expandirse más.

Para hacerse más poderoso. Y tú fuiste lo suficientemente ingenua como para creerte su historia de sacrificio familiar.

Ya no puedo contener las lágrimas: se me derraman, calientes, mientras trato de digerir sus palabras.

Mi padre me ha mentido.

Todo este tiempo.

Me hizo creer que no tenía elección. Que tenía que salvar a la familia. Que era mi deber. Mi responsabilidad. Mi obligación.

Y era mentira.

Todo era mentira.

—¿Lo sabías? —pregunto, y me sale una voz que apenas reconozco—. ¿Sabías que me estaba mintiendo?

—Por supuesto que lo sabía —responde Julian como si fuese obvio—. Revisé toda la documentación financiera hace meses. Soy muchas cosas, Scarlett, pero no soy idiota. Claro que me di cuenta de que tu padre te estaba usando.

—¿Y no me dijiste nada? —la furia empieza a reemplazar al shock—. ¿Sabías que me estaban manipulando y no dijiste una palabra?

—No era asunto mío —dice encogiéndose de hombros—. Era un acuerdo entre tú y tu familia. Di por hecho que sabías la verdad y que te limitabas a interpretar el papel que te habían asignado. No imaginé que fueses tan ingenua como para creerte el cuento completo.

Aiden se mueve entonces. Da un paso hacia Julian con los puños apretados y una expresión que da miedo.

—Cuidado con cómo le hablas —dice en voz baja y peligrosa.

Julian lo mira casi con aburrimiento.

—O qué —responde con desdén—. ¿Vas a pegarme? Por favor. No seas tan predecible.

Se ajusta los puños de la camisa con esa precisión ensayada durante años. Y cuando vuelve a hablar, su voz es todavía más fría.

—Francamente —dice mirándome a los ojos—, no me interesa en absoluto casarme contigo ahora.

Viendo este amor tan empalagoso que os profesáis el uno al otro, sería humillante para mí.

Si nos casásemos acabaríamos en todas las revistas porque vosotros dos no seríais capaces de disimular ni un segundo lo que sentís.

Te pasarías el día suspirando por él. Él se pasaría el día mirándote con ojos de cachorro abandonado.

Y yo acabaría siendo el cornudo público del que todos se compadecen.

Se dirige hacia la puerta con esa elegancia fría que nunca pierde.

—La imagen es lo primero en nuestro mundo —dice sin girarse—. Y no pienso arruinar la mía por un matrimonio condenado desde el principio. Así que considera el compromiso roto, Scarlett. Tu padre tendrá que encontrar otra forma de conseguir lo que quiere. Que, como ya he dejado claro, no necesita.

Abre la puerta. Se detiene. Y me mira por última vez con su expresión de superioridad de siempre.

—Espero que valga la pena —dice—. Lo que sea que tengáis. Porque acabas de perder a tu familia por él. Y en unos meses, cuando la novedad desaparezca y te des cuenta de lo que has sacrificado, no vengas suplicando.

Y se marcha.

Sus pasos se alejan por el pasillo. Oigo voces en el salón, despedidas educadas; después, el sonido de la puerta principal, el motor de su coche, las ruedas sobre la grava.

Y entonces se hace el silencio.

¿Qué va a pasar a partir de ahora?