CAPÍTULO 27 #2
Las lágrimas que llevo horas conteniendo escapan por fin. Bajan calientes por mis mejillas.
No sé qué responder a eso. No sé si tengo ese valor.
Volvemos al salón con el té caliente en las manos. Las noticias siguen dando las mismas actualizaciones. El incendio sigue sin estar controlado. Los equipos siguen trabajando. No hay noticias de heridos.
Me siento en el sofá y Dorothy se sienta a mi lado. Bebemos el té en silencio mientras el resto de la familia duerme a nuestro alrededor. Y esperamos.
A las cuatro de la madrugada hay una nueva actualización. Han conseguido contener el incendio en el flanco norte. Están ganando terreno. Podría estar bajo control en pocas horas.
Es la primera buena noticia en toda la noche y la presión en el pecho se me afloja un poco.
—¿Ves? —dice Dorothy apretando mi mano—. Te lo dije. Van a volver.
A las seis de la mañana el sol empieza a salir. La luz dorada entra por las ventanas del salón y lo pinta todo de esperanza. Dorothy se levanta y va a preparar café fresco. Esta vez la ayudo porque necesito moverme. Necesito hacer algo.
Estamos en la cocina cuando Daniel aparece en la puerta.
—Hay noticias —dice—. El incendio está casi controlado. Los primeros equipos están empezando a regresar.
El corazón me da un salto tan violento que casi se me cae la taza de las manos.
—¿Aiden?
—Todavía no hay información específica —responde—. Pero es buena señal. Significa que lo peor ha pasado.
Volvemos al salón donde el resto de la familia está despertando. Liam se frota los ojos. Cole se estira con cuidado de no despertar a Lauren. Henry se levanta del suelo con un gemido.
Las noticias confirman lo que Daniel ha dicho. El incendio está prácticamente controlado. Ha sido un trabajo heroico que habrá salvado docenas de casas. Los bomberos están empezando a regresar después de diecinueve horas de lucha continua.
Y entonces esperamos más. Porque saber que está casi terminado no es lo mismo que saber que Aiden está bien, que está vivo, que va a volver.
A las nueve de la mañana Dorothy insiste en que todos comamos algo. Prepara un desayuno enorme que nadie tiene ganas de comer, pero que todos prueban porque ella lo pide: huevos, beicon, tostadas, zumo de naranja. Café tras café tras café.
Julian se despierta y se une a la mesa. Come en silencio y lo observa todo. Siempre observando.
Y entonces, a las diez en punto, oímos el sonido inconfundible de una camioneta acercándose por el camino de grava que lleva al rancho.
Me levanto tan rápido que la silla casi se cae detrás de mí. Corro hacia la ventana con el corazón latiéndome tan fuerte que duele.
Y lo veo.
La camioneta de Aiden aparca frente a la casa y él baja con los movimientos lentos del agotamiento. Lleva el uniforme cubierto de hollín negro, la cara manchada de humo, los ojos rojos, el pelo hecho un desastre.
Pero está vivo.
Está aquí.
Ha vuelto.
No pienso. No puedo pensar. Solo actúo.
Corro hacia la puerta principal. La abro de golpe. Bajo los escalones del porche tan deprisa que casi me tropiezo.
Y me lanzo a sus brazos.
Él me atrapa al vuelo, aunque debe de estar tan cansado que apenas se tiene en pie. Sus brazos se cierran alrededor de mí tan fuerte que me cuesta respirar, pero no me importa. Entierra la cara en mi pelo y lo oigo respirar hondo, como si quisiera aprenderse mi olor.
—Scarlett —dice, y mi nombre suena como una oración.
Y yo lloro.
Lloro como no he llorado en toda la noche. Sollozos que salen de lo más hondo del pecho, donde he estado guardando todo el miedo. Lágrimas que le mojan el uniforme sucio. Me aferro a él como si fuese lo único real en todo el mundo.
—Estás bien —consigo decir entre sollozos—. Estás bien. Estás aquí.
—Te lo prometí —responde con voz ronca por el humo—. Te dije que iba a volver.
—He tenido tanto miedo. Tanto miedo de que te pasase algo. De que el fuego… de que no… —no puedo terminar la frase porque los sollozos me cortan las palabras.
—Estoy bien —dice apretándome más fuerte—. Estoy aquí. No me ha pasado nada.
Nos quedamos así durante un tiempo que no sé medir. Abrazados en medio del jardín, con el sol de la mañana calentándonos, su familia mirando desde el porche y Julian observando desde una ventana.
Pero nada de eso importa.
Solo importa que está vivo, que ha vuelto, que puedo sentir su corazón latiendo contra mi pecho. Que está aquí. Conmigo.
Y en ese momento lo entiendo con una claridad que me atraviesa como un rayo.
No puedo vivir sin este hombre.
No puedo casarme con Julian y fingir que esto no existe. No puedo volver a Connecticut y dejar a Aiden atrás como si estas semanas no hubiesen significado nada. No puedo pasar el resto de mi vida preguntándome qué habría pasado si hubiese sido lo suficientemente valiente como para luchar.
Pero tampoco puedo permitir que mi familia se arruine, ni ser tan egoísta como para anteponer mi felicidad al bienestar de las personas que me criaron, ni ser la razón de que mi padre pierda todo lo que ha construido.
Estoy atrapada entre dos imposibles: entre el amor y el deber, entre lo que quiero y lo que debo.
Y no sé cómo elegir.
Dorothy aparece a nuestro lado entonces y pone la mano en el hombro de Aiden.
—Vamos dentro —dice con esa voz de madre que no admite réplica—. Los dos. Aiden, necesitas comer algo y beber agua antes de caerte redondo.
Nos separamos despacio. Tan despacio que duele. Aiden me mira con una intensidad que no le había visto antes, cruda, desesperada y del todo real.
El resto de su familia se acerca entonces.
Cole es el primero en abrazarlo: un abrazo de hermanos que lo dice todo, palmadas en la espalda, alivio palpable.
Después Liam, con ese abrazo rápido pero fuerte.
Después Henry, que lo retiene más tiempo de lo normal, como si necesitase convencerse de que de verdad ha vuelto.
Su padre es el último. Daniel estrecha a su hijo con ese abrazo que solo dan los padres que han temido perder a un hijo: largo, fuerte, sin palabras porque no hacen falta.
Dorothy espera su turno y cuando finalmente abraza a Aiden puedo ver las lágrimas bajando por sus mejillas aunque está sonriendo.
—Gracias a Dios —susurra—. Gracias a Dios que estás bien.
Y entonces se lo lleva hacia la casa, hacia la cocina, donde sé que lo va a obligar a comer aunque esté demasiado cansado y donde le va a dar agua, café y probablemente un sermón sobre no darle disgustos.
El resto de la familia entra detrás.
Yo me quedo en el jardín un momento más, respirando el aire fresco de la mañana, sintiendo el sol en la cara, intentando encontrar fuerzas para lo que viene después.
Tengo que elegir.
Y sea cual sea la decisión que tome va a destrozarme.
AIDEN
Mi madre me empuja hacia la cocina.
—Siéntate —ordena señalando una silla—. Voy a prepararte algo de comer.
—Mamá, no tengo hambre. Solo estoy destrozado.
—No es una sugerencia —me interrumpe—. Te vas a sentar. Te vas a comer lo que te ponga delante. Y después te vas a ir a dormir. En ese orden.
Obedezco porque estoy demasiado cansado para discutir. Me dejo caer en la silla y apoyo los brazos en la mesa. Podría quedarme dormido aquí mismo si me lo permitiese.
Mi madre pone un plato enorme delante de mí. Huevos revueltos, beicon, tostadas, un vaso grande de agua y una taza de café.
—Come —dice.
Cojo el tenedor aunque mis manos no quieren cooperar. Empiezo a comer de forma mecánica. No saboreo nada. Solo me meto la comida en la boca porque mi madre me está mirando con esos ojos que dicen que no voy a salir de esta cocina hasta que termine.
Se sienta frente a mí y me observa un buen rato sin decir nada. Pero la conozco lo suficiente como para saber que quiere hablar conmigo.
—Scarlett se ha pasado toda la noche sin dormir —dice mi madre—. La he tenido sentada a mi lado en el sofá durante horas mirando las noticias. Llorando cada vez que mostraban imágenes del fuego. Rezando sin darse cuenta de que lo estaba haciendo en voz alta.
El pecho se me aprieta hasta doler.
—Mamá…
—Esa chica te ama —me interrumpe con voz firme—.
Y no me vengas con que solo sois amigos porque sé reconocer el amor cuando lo veo.
He pasado toda la noche con ella, Aiden.
La he visto romperse pensando que ibas a morir.
Y no era miedo de una amiga. Era terror absoluto de alguien que está perdiendo a la persona que más ama en el mundo.
Las palabras me golpean con tanta fuerza que tengo que dejar el tenedor.
—Está prometida —consigo decir.
—Lo sé.
—Va a casarse con ese gilipollas en unos meses.
—Lo sé —repite mi madre—. Pero ¿sabes qué más sé? Que no lo ama. Que ese matrimonio la aterroriza. Que está aquí contigo en lugar de estar con él. Y que si no luchas por ella vas a arrepentirte el resto de tu vida.
—Eso no es lo que me dijiste la última vez.
—La última vez no sabía que vuestro amor era tan fuerte. La última vez pensaba que esa chica quería a su prometido. La última vez yo estaba equivocada, hijo. Esa chica es lo mejor que te ha pasado en la vida y tienes que luchar por ella.
—Lo sé, mamá. Lo único que quiero es que se quede a mi lado.
—Y vas a lograrlo. Lo sé. Igual que sabía que ibas a volver a salvo de ese incendio. Estoy muy orgullosa de ti, hijo.
Termino de comer en silencio, con la compañía de mi madre y con la certeza cada vez mayor de que voy a hacer todo lo posible y lo imposible para que Scarlett se quede conmigo.
Mi madre tiene razón.
Scarlett es lo mejor que me ha pasado en la vida y no voy a permitir que se aleje de mi lado.