CAPÍTULO 27
SCARLETT
El rancho Wellington aparece delante de nosotros bañado por la luz dorada de la tarde.
Amo esta casa. He estado aquí decenas de veces.
Pero nunca he venido así.
Nunca he llegado con el corazón en un puño, muerta de miedo. Nunca he necesitado este lugar de la forma en que lo necesito ahora mismo.
Julian apenas ha aparcado cuando la puerta principal se abre y Dorothy sale hacia nosotros.
Siempre está atenta a todo. Lleva un delantal sobre los vaqueros y el pelo recogido en una coleta.
Debía de estar preparando la cena cuando hemos llegado.
Pero lo que más me llama la atención es su expresión cuando me ve bajar del coche: sorpresa, preocupación inmediata.
—Scarlett —dice acercándose rápido—. Cariño, ¿qué pasa? ¿Estás bien?
Y esa pregunta me rompe. Porque me está preguntando con tanto amor si estoy bien y la respuesta es que no. Que no lo estoy en absoluto.
—Aiden —consigo decir, y mi voz se quiebra en su nombre—. Ha habido un incendio. Un incendio forestal grande cerca de Livingston. Han pedido refuerzos de todos los departamentos cercanos y él… él ha tenido que irse.
Dorothy se queda inmóvil un segundo. Veo cómo asimila la información, cómo el miedo le cruza el rostro antes de ocultarlo bajo esa máscara que deben usar todas las madres cuando necesitan ser fuertes.
—¿Cuándo? —pregunta, y su voz sale más tensa de lo normal.
—Hace una hora. Puede que menos. La sirena sonó cuando estábamos… abajo y él tuvo que irse de inmediato.
Dorothy asiente despacio. Me coge de los brazos y me aprieta con firmeza.
—Va a estar bien —dice, aunque le veo en los ojos que ella también tiene miedo—. Mi hijo sabe lo que hace. Va a estar bien.
Quiero creerla. Necesito creerla.
Julian se acerca entonces y Dorothy lo mira con esa expresión evaluadora que le he visto usar cada vez que conoce a alguien nuevo.
—Señora Wellington —dice él con esa voz educada que usa para impresionar—. Soy Julian Vane. Disculpe la intromisión, pero Scarlett quería venir aquí.
—¿Eres su prometido? —lo interrumpe Dorothy.
Julian parpadea, sorprendido de que lo sepa.
—Sí. Pero no se preocupe, voy a buscar un hotel en el pueblo para…
—Tonterías —lo interrumpe otra vez—. Te quedas aquí. No voy a dejar que te vayas a un hotel cuando hay habitaciones de sobra en esta casa.
—No quiero ser una molestia.
—No lo eres —dice Dorothy con firmeza—. Cualquier amigo de Scarlett es bienvenido. Y ahora los dos vais a entrar porque me estáis dejando escapar todo el frío de la casa.
No espera respuesta. Se da la vuelta y camina hacia la puerta, sin dejarnos más opción que seguirla.
Entramos en el salón y la calidez me golpea de inmediato. De la cocina llega el olor de algo en el horno. Y la luz entra por las ventanas grandes que dan al valle y lo pinta todo de dorado.
—Siéntate —dice Dorothy señalando el sofá—. Voy a preparar café. Y a llamar a Daniel. Querrá saber lo del incendio.
Desaparece hacia la cocina y me deja sola con Julian. Me siento porque las piernas apenas me sostienen ya. Julian se queda de pie junto a la ventana mirando hacia el valle.
—Es bonito —dice al fin—. El rancho.
No respondo. No puedo hablar de lo bonito que es este lugar cuando en lo único que pienso es en Aiden corriendo hacia el fuego.
Dorothy vuelve con café y galletas recién sacadas del horno. Me pone la taza en las manos y se sienta a mi lado.
—Daniel viene de camino —dice—. Estaba revisando el ganado, pero ya ha terminado. Y voy a llamar a los chicos. Querrán estar aquí.
—No hace falta que…
—Sí hace falta —me interrumpe con suavidad—. Cuando uno de los nuestros está en peligro, la familia se reúne. Así somos los Wellington.
Saca su móvil y empieza a hacer llamadas. Puedo oírla hablar con cada uno de sus hijos, con voz tranquila pero firme, contándoles lo del incendio. Y todos responden lo mismo: que están de camino.
Daniel Wellington llega primero. Es un hombre grande, con el pelo gris y arrugas profundas alrededor de los ojos que hablan de años de trabajo bajo el sol. Me saluda con un abrazo rápido antes de encender la televisión y buscar las noticias.
Y ahí está.
Las imágenes del infierno donde está Aiden ahora mismo.
Las llamas naranjas devoran árboles como si fuesen cerillas; el humo negro sube al cielo en columnas enormes que se ven desde muy lejos. Los helicópteros filman desde arriba y muestran la magnitud del desastre: kilómetros y kilómetros de bosque ardiendo.
—El incendio forestal que comenzó esta mañana cerca de Livingston continúa sin estar bajo control —dice la presentadora con voz seria—.
Los equipos de bomberos de cinco condados diferentes están trabajando para contener las llamas antes de que alcancen las zonas residenciales.
Las autoridades han ordenado evacuaciones preventivas en dos pueblos cercanos mientras los bomberos luchan contra el fuego que ya ha consumido más de mil hectáreas de bosque…
La voz sigue, pero ya no la escucho. Solo puedo mirar las imágenes, el infierno rojo y naranja, y pensar que Aiden está ahí. En medio de eso.
—Va a estar bien —dice Dorothy a mi lado, pero me aprieta la mano con tanta fuerza que sé que ella también está asustada.
Cole llega poco después con Lauren y Luna. La niña viene corriendo y se lanza a abrazarme sin preguntar nada; solo siente que algo va mal y quiere ayudar de la única forma que sabe. Lauren me abraza después, con su barriga de embarazada apretada contra mí.
—Va a volver —susurra en mi oído—. Aiden siempre vuelve.
Cole saluda a Julian con un apretón de manos que dura demasiado. Como si estuviese midiendo al hombre que es mi prometido. Después se sienta en el brazo del sofá donde está su padre y ambos miran las noticias en silencio.
Liam es el siguiente en llegar. Solo. Tenso.
Con esa expresión de alcalde que usa cuando está preocupado pero no quiere que se le note.
Me abraza fuerte antes de sentarse en uno de los sillones.
Saca su móvil y empieza a escribir. Seguro que está escribiendo al departamento de emergencias para conseguir información que las noticias no están dando.
Henry y Ellie son los siguientes. Ella, embarazada de varios meses ya; él, con esa expresión oscura que siempre tiene pero que se suaviza cuando me ve. Se acerca y me aprieta el hombro sin decir nada. Un gesto simple que significa más que mil palabras.
Sage llega la última con Dominic y los mellizos. Emma y Ethan van directos a por Luna y los tres desaparecen hacia una de las habitaciones de arriba para jugar. Sage corre hacia mí y me estruja entre sus brazos.
—Va a estar bien —dice contra mi pelo—. Mi hermano es demasiado terco para dejar que un incendio lo detenga.
Dominic saluda a Julian con esa cortesía fría de médico acostumbrado a tratar con gente. Se presentan. Intercambian las palabras necesarias. Y después Dominic se sienta junto a Sage sin apartar los ojos de la televisión.
Y así estamos todos, toda la familia Wellington reunida en el salón, mirando las noticias. Esperando.
Dorothy se levanta y va a la cocina. Vuelve con más café y con la cena que había estado preparando. Nadie tiene hambre, pero todos comen un poco porque ella insiste, porque necesitamos mantener las fuerzas, porque las madres saben que la comida ayuda incluso cuando parece que nada puede hacerlo.
Las horas se arrastran como siglos.
El sol se pone detrás de las montañas y tiñe el cielo de rojo y naranja, colores que se parecen demasiado al fuego que están mostrando en la televisión. La oscuridad llega y con ella más miedo porque ahora Aiden está luchando contra ese infierno en la noche.
A las nueve de la noche hay una actualización. El incendio sigue sin estar controlado pero los equipos están haciendo todo lo posible. No se han registrado heridos por ahora. Esa última frase hace que todos en el salón respiren un poco más tranquilos.
A las diez Luna se queda dormida en el regazo de Lauren. Cole la coge con cuidado y la lleva a una de las habitaciones de arriba. Cuando baja, se sienta junto a su mujer y la abraza. Ella apoya la cabeza en su hombro y cierran los ojos.
A las once Ellie se va a dormir. Henry la acompaña, pero vuelve veinte minutos después. No puede quedarse arriba cuando su hermano está ahí fuera.
Dominic y Sage se van a medianoche con los mellizos, que llevan horas dormidos. Tienen que volver porque mañana hay colegio. Pero Sage me abraza antes de irse y me susurra que la llame si necesito cualquier cosa.
A la una de la madrugada Liam está dormitando en su sillón con el móvil todavía en la mano. Daniel ronca bajito con la cabeza echada hacia atrás. Cole y Lauren están acurrucados juntos en otro sofá. Henry está tumbado en el suelo junto a la chimenea.
Julian se quedó dormido hace una hora en el sillón más alejado.
Solo Dorothy y yo seguimos despiertas, mirando la televisión, donde dan una y otra vez las mismas imágenes del fuego, las mismas actualizaciones que no dicen nada nuevo.
—Deberías intentar dormir —dice ella en voz tan baja que apenas la oigo.
—No puedo.
—Lo sé —responde, y cuando la miro veo lágrimas brillando en sus ojos—. Yo tampoco puedo.
Me coge la mano y la aprieta. Y nos quedamos así: dos mujeres esperando, rezando sin decirlo en voz alta.
A las dos de la madrugada me levanto porque no puedo seguir sentada. Camino hacia la cocina porque no aguanto más con las manos quietas. Dorothy me sigue.
—¿Quieres más café? —pregunta.
—No creo que mi estómago aguante más café.
—Té entonces. Manzanilla. Te ayudará.
Pone agua a hervir y saca dos tazas. Nos quedamos ahí de pie en la cocina en silencio mientras esperamos a que el agua hierva. Y entonces ella habla.
—Lo amas.
No es una pregunta. Es una afirmación.
Me quedo muy quieta. Las palabras se me atascan en la garganta.
—Yo…
—No hace falta que digas nada, cariño —continúa mientras echa las bolsitas de té en las tazas—. Llevo toda la noche contigo. Te he visto. He visto cómo miras esa televisión. He visto cómo te rompes cada vez que muestran esas imágenes. He visto cómo rezas sin darte cuenta.