CAPÍTULO 26
SCARLETT
Bajamos las escaleras con las manos entrelazadas y cada paso nos acerca a algo de lo que no hay vuelta atrás.
Aiden va delante de mí, con la espalda tensa bajo la camiseta que se ha puesto a toda prisa y los dedos apretando los míos con fuerza. Pero no me quejo. Necesito esa sensación para recordarme que Aiden está a mi lado.
Cuando llegamos abajo, Julian está apoyado contra el coche que ha alquilado. Un BMW negro que parece demasiado ostentoso en medio de Sunset Valley. Tiene los brazos cruzados y esa expresión fría que conozco tan bien. La que usa cuando está furioso pero se niega a mostrarlo.
Nos ve llegar y se endereza.
—Scarlett —dice, y mi nombre sale como un reproche—. Esta situación tiene que acabar ahora mismo.
No me da tiempo a responderle porque entonces mi mundo se parte en dos.
La sirena de la estación de bomberos empieza a sonar a nuestra espalda. Es un sonido estridente, agudo, urgente, que corta el aire como un cuchillo. El tipo de alarma que hace que todo el mundo se detenga y mire hacia el parque de bomberos con el corazón en la garganta.
El busca de Aiden vibra en su bolsillo al mismo tiempo. Lo saca con movimientos automáticos que vienen de años de entrenamiento. Mira la pantalla y se queda inmóvil un instante.
—Joder —dice en voz baja.
—¿Qué pasa? —pregunto, y mi voz sale demasiado aguda.
—Hay un incendio forestal —responde sin dejar de mirar el busca—. Código rojo. El bosque cerca de Livingston. Están pidiendo refuerzos de todos los departamentos cercanos.
El estómago se me cierra de golpe.
Código rojo. Eso significa que el incendio es grande, que es peligroso, que la gente puede morir.
—¿Tienes que ir? —pregunto, aunque ya sé la respuesta.
Me mira entonces con ternura en los ojos.
—Sí. Tengo que ir.
—Pero…
—Es mi trabajo, Scarlett —dice con voz más suave—. La gente está en peligro. El bosque. Si no lo contenemos se va a extender. Pueblos enteros podrían arder.
Lo sé. Lo entiendo. Pero eso no hace que el terror que me sube por el pecho sea menos real.
—Es peligroso —consigo decir—. Los incendios forestales son…
—Lo sé.
—Podría pasarte algo.
—No va a pasarme nada —responde, y me sujeta la cara entre las manos para obligarme a mirarlo—. Te lo juro. Voy a volver.
—No puedes prometerme eso.
—Sí puedo —dice con una firmeza que no admite discusión—. Voy a volver, Scarlett. Pero ahora tengo que irme. Tengo que proteger la tierra. A la gente.
Las lágrimas empiezan a picar detrás de mis ojos pero las contengo. No puedo derrumbarme ahora. No cuando él tiene que concentrarse en mantenerse vivo.
—Ve al rancho —dice entonces—. A casa de mis padres. No te quedes sola. Por favor.
—Pero…
—Mi madre te acogerá —continúa hablando rápido porque la sirena sigue sonando y el tiempo se está acabando—. Estarás con mi familia. Estarás segura. Por favor, Scarlett. Iré allí en cuanto acabemos.
Asiento porque no confío en que mi voz salga si intento hablar.
Aiden se gira hacia Julian entonces. Y cuando habla, su expresión es letal.
—Cuidado con lo que dices mientras no estoy —dice en voz baja pero cargada de amenaza—. Si me entero de que le has molestado… digamos que no quieres saber lo que sucederá entonces.
Julian abre la boca para responder pero Aiden ya se ha girado: corre hacia la estación y me deja aquí, con el corazón rompiéndose y el miedo cerrándome la garganta.
La estación cobra vida delante de nuestros ojos. Las puertas del garaje empiezan a subir con ese sonido metálico que hace eco en el silencio tenso. Y entonces veo al resto llegando.
Jake aparece primero corriendo desde su casa, que está a solo dos calles. Después Marcus desde el otro lado. Tyler llega en su coche y derrapa en la gravilla. Morrison sale de dentro de la estación.
Y Aiden.
Aiden corre hacia la puerta lateral y desaparece dentro, y yo no puedo hacer nada más que mirar.
La gente empieza a congregarse. Los vecinos salen de sus casas atraídos por la sirena.
Algunos con batas de casa, otros descalzos, todos con la misma expresión de preocupación en la cara, porque en Montana los incendios forestales son pesadillas hechas realidad y todos conocen a alguien que perdió su casa, su rancho, su vida.
Una señora mayor se persigna. Un hombre abraza a su mujer. Unos niños miran con los ojos muy abiertos sin entender del todo lo que está pasando, pero sienten el miedo de los adultos.
Y yo me quedo ahí de pie, sin poder moverme, mirando las puertas abiertas de la estación, esperando verlo salir.
Puedo ver movimiento dentro: sombras que se mueven rápido bajo las luces fluorescentes, bomberos uniformándose con la eficiencia de haberlo hecho mil veces.
Se ponen los pantalones ignífugos amarillos con rayas reflectantes, las chaquetas pesadas que parecen armaduras, las botas que suenan contra el suelo de cemento, los cascos con viseras.
El camión ruge cuando Morrison enciende el motor. Es un sonido profundo y poderoso que vibra en mi pecho. Las luces rojas empiezan a girar lanzando sombras danzantes en las paredes de los edificios cercanos. Me llega el olor a diésel del escape.
Y entonces Aiden sale.
Ya no es el hombre que estaba en su cama hace media hora. Ya no es el hombre que me miraba con ternura mientras me acariciaba el pelo. Ahora es un bombero: profesional, concentrado, con el uniforme puesto, el casco bajo el brazo y una expresión de determinación absoluta.
Camina hacia el camión pero se detiene cuando me ve. Sus ojos encuentran los míos a través del espacio que nos separa y durante un segundo ninguno de los dos se mueve.
Y entonces corre hacia mí.
Cruza la distancia en segundos. Me coge la cara con las manos y, antes de que pueda reaccionar, su boca está en la mía.
Me besa como si fuese la última vez. Sus labios se aprietan contra los míos con una urgencia que me deja sin aire. Su lengua encuentra la mía en una caricia desesperada. Sus dedos se hunden en mi pelo y me sostienen en el ángulo exacto que quiere.
Y yo le devuelvo el beso con la misma desesperación: me aferro a su uniforme con manos que tiemblan, lo pruebo, lo memorizo, le ruego al universo que no sea la última vez que hago esto.
Cuando se aparta para respirar, apoya la frente contra la mía.
—Vuelvo pronto —susurra contra mis labios—. Te lo prometo.
Y entonces se va.
Corre hacia el camión y sube de un salto. La puerta se cierra con un golpe metálico que suena como una sentencia. Morrison pisa el acelerador y el camión sale de la estación con la sirena aullando y las luces girando y el motor rugiendo como una bestia que despierta.
Lo veo irse: el camión desaparece por Main Street levantando polvo y las luces rojas se hacen más pequeñas, más distantes, hasta que no son más que puntos rojos en la oscuridad, y después nada.
Se ha ido.
Y no sé si va a volver.
Las lágrimas que he estado conteniendo escapan por fin. Bajan silenciosas y calientes por mis mejillas y no hago nada por detenerlas. La gente a mi alrededor empieza a dispersarse poco a poco.
—Scarlett.
Su voz me sobresalta. Me había olvidado por completo de Julian hasta que habla detrás de mí. Me giro y lo encuentro ahí de pie con las manos en los bolsillos y una expresión que no sé cómo interpretar. No está furioso. Solo parece… cansado.
—No puedo hablar ahora —digo antes de que pueda empezar—. Lo siento, Julian. De verdad. Pero no puedo.
—Scarlett.
—Necesito que Aiden vuelva sano y salvo —continúo, y mi voz se rompe en la última palabra—. Necesito saber que está bien. Y hasta entonces no puedo pensar en nada más. No puedo hablar de nosotros o del compromiso o de nada. ¿Lo entiendes?
Me mira un largo momento y entonces asiente despacio.
—Como si tuviese otro remedio. ¿Adónde vas? —pregunta cuando me muevo.
—Al rancho Wellington. Con sus padres.
—¿Necesitas que te lleven?
La pregunta me pilla tan desprevenida que tardo un momento en procesar lo que acaba de decir.
—¿Qué?
—He cruzado medio país en avión y conducido las dos últimas horas desde el aeropuerto hasta aquí —dice con un deje que casi suena a humor amargo—.
Para descubrir que mi prometida está acostándose con otro hombre.
Para verlos besarse delante de mí. Para que ni siquiera puedas hablar conmigo porque estás demasiado preocupada por él.
Hace una pausa y cuando vuelve a hablar su voz es menos irónica.
—Así que voy a llevarte adonde necesites ir. No pienso perderte de vista. Y cuando todo esto acabe, Scarlett, vamos a sentarnos y vamos a aclarar esto. De una vez por todas. Pero ahora mismo… te llevo a ese rancho.
Debería decir que no, buscar otra forma de llegar, no aceptar nada de Julian después de lo que acaba de presenciar.
Pero estoy tan cansada. Tan asustada. Tan rota.
Y solo quiero estar con la familia de Aiden. Con gente que lo conoce, que lo ama, que va a entender este terror que me está comiendo por dentro.
—Vale —digo finalmente—. Gracias.
Subimos a su coche en silencio. El interior huele a cuero caro y ambientador de lujo. Nada que ver con el de Aiden, con sus asientos gastados y ese olor a pino que me relaja.
Julian arranca el motor y sale del aparcamiento con la suavidad de quien lleva años al volante de coches caros. Yo le doy las indicaciones con voz monótona. Gira aquí. Sigue recto. Cinco kilómetros más.
Ninguno de los dos habla durante el trayecto. Él mira la carretera. Yo miro por la ventana hacia las montañas como si pudiera ver el lugar donde se ha desatado el incendio.
Y lo único que puedo hacer es rezar.
Rezar para que vuelva.
Rezar para que esté a salvo.
Rezar para que el universo no sea tan cruel como para quitármelo ahora que por fin sé lo que es tenerlo.
Solo necesito que vuelva.
Por favor.
Solo eso.
Que vuelva a mí.