CAPÍTULO 25
SCARLETT
Desde que nos acostamos juntos en el claro no hemos podido quitarnos las manos de encima.
He aprendido que el deseo no tiene límites cuando se trata de Aiden. Lo hemos hecho en cada rincón posible de este apartamento.
En su cama, claro. Nos despertamos y nos dormimos haciendo el amor.
En el sofá, cuando ver una película se convirtió en otra cosa.
En la ducha, con el agua cayendo sobre nosotros mientras me tomaba contra los azulejos.
En la cocina, sobre la encimera, con la cena olvidada y enfriándose mientras él me hacía gritar su nombre.
Incluso en la estación de bomberos durante una de sus guardias nocturnas. En su habitación allí, con la puerta cerrada y el corazón desbocado por el riesgo de que alguien pudiese oírnos.
No podemos parar.
Y la verdad es que no quiero parar.
Porque cada vez que lo hacemos siento que estoy grabándome el recuerdo en la piel. Memorizo lo que es tenerlo dentro. Cómo suena cuando gime mi nombre. Cómo me mira después, con esa ternura que hace que se me rompa el corazón porque sé que esto va a terminar.
Pero ahora mismo, tumbada en su cama con su camiseta del departamento de bomberos puesta y nada más, todavía puedo fingir que tenemos todo el tiempo del mundo.
Él está a mi lado, con unos pantalones que acaba de ponerse. Sin camiseta. El pecho todavía le sube y le baja acelerado. Una mano me acaricia el pelo con esos movimientos perezosos de después de hacer el amor.
—Deberíamos hacer algo —dice con voz ronca.
—Acabamos de hacer algo —respondo, y no puedo evitar sonreír.
Se ríe. Ese sonido bajo que adoro.
—Me refiero a salir. Comer. Actuar como personas normales que no se pasan todo el día en la cama.
—¿Por qué íbamos a querer hacer eso?
—Porque necesitas comida real. Y porque si seguimos así no voy a poder moverme mañana.
—Mentiroso. Eres bombero. Estás en forma.
—Tú me estás matando, Walton —dice, pero está sonriendo cuando lo dice.
Me giro hacia él y encuentro sus ojos ya mirándome. Hay algo en su expresión que hace que el pecho se me apriete. Algo suave y vulnerable que no suele mostrar.
Y entonces llaman a la puerta del apartamento.
Fuerte. Insistente. Como si quienquiera que fuese no pensase rendirse hasta que abriésemos.
Aiden frunce el ceño.
—¿Quién demonios es?
Se levanta de la cama y camina hacia la puerta. Yo me quedo donde estoy, tirando de su camiseta hacia abajo para cubrirme más, aunque de poco sirve: me llega a mitad del muslo y ahí se acaba.
Oigo sus pasos por el pasillo. Oigo abrirse la puerta. Y entonces escucho su voz, tensa.
—¿Qué haces aquí?
Y después otra voz. Una que hace que el mundo se detenga.
—He venido a buscar a mi prometida.
Julian.
Julian está aquí.
El pánico me arrolla con tanta fuerza que no puedo respirar. Me levanto de la cama tan rápido que casi me caigo. Las piernas apenas me sostienen mientras camino hacia el pasillo. Siento que cada paso me acerca a mi propia ejecución.
Cuando llego al salón, la puerta está abierta. Aiden la bloquea con el cuerpo. Está sin camiseta. Tiene el pelo revuelto por mis manos. Las marcas de mis uñas son visibles en su espalda. Y al otro lado, en el rellano de las escaleras, está Julian con un traje gris impecable.
—Scarlett —dice Julian cuando me ve, y mi nombre sale como hielo.
Aiden se gira en ese momento. Me ve ahí de pie en mitad del salón con solo su camiseta puesta. Con las piernas desnudas. Con el pelo que sé que está hecho un desastre. Y algo en su expresión cambia. Se oscurece.
—Vuelve dentro —dice con una voz que no admite réplica—. Por favor.
—Pero…
—Ahora, Scarlett —repite, y hay tanta tensión en su tono que hace que obedezca sin pensar—. Vístete, por favor. Antes de que pierda la cabeza.
Doy un paso atrás, pero Julian habla antes de que pueda girarme.
—Veo que has estado ocupada —dice con esa calma gélida que es peor que si gritase.
—No te dirijas a ella —gruñe Aiden, y nunca le había oído usar esa voz. Peligrosa. Letal.
—¿Eres consciente de que es mi prometida? —responde Julian con veneno en cada palabra.
Y entonces Aiden se mueve. Solo un paso hacia delante pero es suficiente para que Julian retroceda. Para que entienda que está a punto de cruzar una línea muy peligrosa.
—Eso no te da derecho a mirarla así —dice entre dientes—. No te da derecho a una mierda.
—Aiden —consigo decir, y la voz me sale rota—. Por favor.
Me mira por encima del hombro. Y hay tanta furia y tanto dolor mezclados en su expresión que tengo que tragarme las lágrimas.
—Vístete —repite más suave pero igual de firme—. No voy a dejar que te vea así.
Esta vez lo hago. Me doy la vuelta y vuelvo corriendo a su habitación. Me quito su camiseta con manos que me tiemblan tanto que casi no puedo. Me pongo la ropa interior. Los vaqueros. Mi propia camiseta. Todo tan rápido que apenas puedo pensar.
Cuando vuelvo al salón la tensión no ha bajado ni un ápice. Aiden sigue bloqueando la puerta. Julian sigue en el rellano. Se miran como dos animales a punto de atacarse.
—Julian —digo acercándome despacio—. ¿Qué haces aquí?
—Has dejado de contestar mis llamadas —responde sin apartar los ojos de Aiden—. Has apagado el móvil. ¿Qué se suponía que debía hacer?
—Confiar en que iba a volver cuando dije que iba a volver —contesto, y hay más firmeza en mi voz de la que esperaba.
—¿Confiar? —repite, y ahora sí me mira. Y hay algo oscuro en sus ojos—. ¿Después de encontrarte así? ¿Follando con él?
—No le debes ninguna explicación —me dice Aiden sin girar la cabeza—. No le debes nada.
—Soy su prometido —dice Julian, recalcando cada palabra.
—Un compromiso que ella no eligió —responde Aiden.
Y dios. Acabamos de cruzar una línea de la que no hay vuelta atrás.
Julian se queda inmóvil. Me mira ahora solo a mí, con una expresión que deja claro que acaba de confirmar algo que sospechaba.
—¿Se lo has contado? —pregunta con la voz baja y peligrosa.
No respondo. No necesito hacerlo. Mi silencio es respuesta suficiente.
—Necesitamos hablar —dice al fin.
Sus palabras caen entre nosotros como una bomba.
Aiden se tensa tanto que se le marca cada músculo de la espalda bajo la piel. Las manos se le cierran en puños. Y sé que está a un segundo de hacer algo que no va a poder deshacer.
Me muevo rápido. Me coloco entre él y la puerta. Entre él y Julian. Le pongo las manos en el pecho desnudo y noto los golpes salvajes de su corazón.
—Voy abajo a hablar con él —digo mirándolo a los ojos—. Dame diez minutos.
—No —responde al instante—. No vas a bajar sola con ese gilipollas.
—Aiden.
—He dicho que no —repite con voz que no deja espacio para discusión—. Si quieres bajar, bajo contigo. No voy a permitir que pueda hacerte nada.
Nos miramos durante un largo momento. Y puedo ver la batalla en sus ojos. El deseo de protegerme. El miedo de lo que Julian pueda decir. La furia apenas contenida.
—Está bien —digo al fin—. Bajas conmigo.
—Qué tierno —comenta Julian desde el rellano—. ¿Vais a bajar ya o tengo que esperar a que termine vuestra conversación doméstica?
—Una palabra más —dice Aiden con voz letal—. Una sola palabra más y te juro que te doy el puñetazo que te mereces.
Julian sonríe. Es una sonrisa fría que no le llega a los ojos.
—Os doy cinco minutos —dice—. Os espero en mi coche.
Y baja las escaleras sin mirar atrás.
El silencio que deja es ensordecedor.
Aiden sigue mirando hacia donde ha desaparecido, con la mandíbula tan tensa que el músculo le tiembla bajo la piel. Respira demasiado deprisa. Todo su cuerpo vibra de furia contenida.
—Aiden —susurro.
No responde. No se mueve. Solo sigue ahí de pie mirando las escaleras vacías como si pudiese hacer desaparecer a Julian solo con fuerza de voluntad.
—Necesito que respires —continúo, y le cojo la cara con las manos para que me mire—. Por favor.
Sus ojos encuentran los míos. Y hay tanto dolor ahí que tengo que morderme el labio para no llorar.
—No quiero que bajes —dice con voz rota—. No quiero que hables con él. No quiero…
—Lo sé.
—Si te pide que vuelvas…
—No voy a irme —lo interrumpo—. Todavía no. Te lo prometo.
Nos miramos durante un largo momento. Y entonces él asiente. Una vez. Breve.
—Me pongo una camiseta —dice—. Y bajamos juntos.
—Juntos —confirmo.
Entra en su habitación y vuelve en segundos con una camiseta puesta y zapatillas. Me coge la mano y la aprieta tan fuerte que casi duele.
—Juntos —repite.
Y bajamos las escaleras hacia la conversación que ninguno de los dos quiere tener.
Hacia Julian, que espera en su coche.
Hacia las decisiones que van a cambiarlo todo.
Y mientras bajamos, con su mano alrededor de la mía, solo tengo una cosa clara.
No me importa lo que Julian diga.
No me importa lo que exija.
No estoy preparada para dejar a Aiden.
Todavía no.
Aunque ambos sabemos que ese «todavía» tiene fecha de caducidad.
Y se está acercando demasiado rápido.