Fuego Salvaje (Sunset Valley 5) CAPÍTULO 24 #2
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CAPÍTULO 24 #2

Sus manos van a mi camiseta y me la sacan por la cabeza sin romper el beso. La tira a un lado y sus dedos dan con el cierre de mi sujetador. Lo suelta con una práctica que ha perfeccionado estos días y esa prenda también desaparece.

El aire fresco me roza la piel desnuda y me estremezco. No de frío, sino de expectación. Su boca baja por mi cuello dejando un rastro de fuego. Chupa el punto sensible bajo mi oreja que hace que gima. Baja por mi clavícula. Llega a mis pechos.

—Tan preciosa —murmura antes de llevarse un pezón a la boca.

La sensación es tan intensa que tengo que agarrarme a sus hombros. Su lengua hace círculos que hacen que cada nervio se encienda. Cuando chupa ligeramente arqueo la espalda buscando más. Su mano encuentra mi otro pecho y lo masajea con la firmeza exacta que me vuelve loca.

—Aiden… —gimo su nombre.

—Eso es —dice contra mi piel—. Déjame oírte. Aquí no hay vecinos. Puedes gritar todo lo que quieras.

La idea hace que algo caliente baje por mi columna. La libertad de no tener que contenerme. De poder dejar que salga cada sonido sin preocuparme de que alguien nos oiga.

Su boca sigue bajando. Por mi vientre. Sus manos van a mis vaqueros y los desabrochan con dedos que tiemblan un poco. Los baja junto con mis bragas en un movimiento y entonces estoy completamente desnuda bajo el cielo abierto.

Se sienta sobre los talones para mirarme y me recorre entera con la mirada, con una intensidad que me manda el calor directo entre las piernas.

—Perfecta —dice con voz ronca—. Tan jodidamente perfecta.

Se quita la camiseta y la tira a un lado. Después los vaqueros. Los boxers. Y entonces está desnudo también. Su erección se alza entre nosotros, dura y lista, y se me seca la boca solo de verla.

Se tumba sobre mí otra vez. Su piel contra la mía crea una fricción que nos hace gemir a los dos. Noto su peso. Su calor. La dureza de su polla contra mi vientre.

—Voy a prepararte —dice bajando la cabeza.

—Ya me has preparado —protesto—. Durante días.

—Quiero asegurarme —responde, y su boca baja al interior de mi muslo.

Esta vez no hay juego lento. Un beso en el interior del muslo, otro más arriba, y su boca llega adonde la necesito. El primer contacto me arquea entera sobre la manta.

Es diferente aquí. Al aire libre. Con el viento moviendo las hojas sobre nosotros. Con los pájaros cantando a lo lejos. Con la luz dorada del atardecer haciendo que todo brille.

Su boca es distinta a las noches en su cuarto: más hambrienta, menos paciente, como si el claro le quitase la contención. Me retuerzo contra la manta y me llevo el puño a la boca por costumbre. Pero entonces recuerdo sus palabras. Aquí puedo gritar. Aquí no hay nadie.

Así que lo hago.

Grito su nombre cuando sus dedos se suman a su boca. Grito más fuerte cuando dan con ese punto exacto que sus manos ya conocen. Grito hasta que el eco me devuelve su nombre desde el otro lado del lago.

—Eso es —dice contra mí—. Quiero oírte. Quiero que las montañas sepan quién te hace sentir así.

Sus palabras me acercan al borde. Y el orgasmo no me golpea como aquella primera noche: se extiende, lento y enorme, como si tuviese todo el cielo para hacerlo.

Grito su nombre tan fuerte que los pájaros salen volando de los árboles, y él no se aparta hasta que el último temblor se pierde en la hierba.

Cuando por fin se calman los temblores, sube por mi cuerpo y se coloca entre mis piernas. Su punta presiona contra mi entrada.

—Mírame —dice, y espera hasta que mis ojos encuentran los suyos—. Quiero ver tu cara cuando te haga mía.

Y entonces empuja.

Despacio. Tan despacio que noto cada centímetro. La presión es intensa. Mi cuerpo se estira para acomodarlo. Hay un tirón de dolor cuando me abre más de lo que sus dedos lo han hecho. Un ardor que me hace respirar hondo para no tensarme.

Se detiene cuando solo la punta está dentro.

—Respira —dice con la voz temblorosa—. Solo respira, preciosa.

Respiro. El aire fresco me llena los pulmones. El olor a pino y a tierra y a él se mezcla. Y el dolor empieza a desvanecerse.

—Más —susurro.

Empuja otro centímetro. Después otro. Y entonces hay una punzada aguda que me hace jadear. La barrera se rompe. Mi virginidad desaparece bajo el cielo abierto.

Se queda quieto del todo. Enterrado hasta la base dentro de mí, temblando con el esfuerzo de no moverse. Su frente cae contra la mía y noto su aliento cálido en los labios.

—Joder —gime—. Tan apretada. Tan perfecta.

El dolor es intenso durante unos segundos. Pero entonces empiezo a acostumbrarme. Mi cuerpo se ajusta. Lo acepta. Y el dolor se transforma en algo más. Una plenitud que me corta la respiración. Una conexión que va más allá de lo físico.

—Puedes moverte —digo al fin.

—¿Estás segura?

—Sí.

Y empieza a moverse. Sale casi del todo antes de volver a entrar. Despacio. Controlado. Cada embestida mide mi reacción. Y con cada una el placer va reemplazando al dolor hasta que solo queda la sensación de estar completa.

—Más rápido —pido.

Y obedece.

Sus embestidas se vuelven más profundas. Más rápidas. El sonido de piel contra piel se mezcla con nuestros gemidos y el viento en los árboles. Es primitivo. Salvaje. Perfecto.

Mis piernas se cierran alrededor de su cintura. Mis manos, en su espalda, notan cómo se le flexionan los músculos con cada movimiento. Las uñas se me clavan en su piel cuando una embestida más profunda que las demás me hace gritar.

—Mírame —dice con voz ronca—. Quiero ver tus ojos.

Abro los ojos y me encuentro con los suyos. Tan cerca. Tan intensos. Y hay algo en esa mirada que me para el corazón.

Amor.

Sus embestidas se vuelven más erráticas. Noto cómo se tensa. Cómo está al borde. Y yo también estoy ahí. El placer se me acumula en el bajo vientre como una ola a punto de romper.

—Córrete para mí —dice con la voz desesperada—. Necesito sentirte.

Sus dedos bajan a mi clítoris. Círculos firmes que me empujan al precipicio. Y entonces me deshago. Grito su nombre hacia el cielo. Me contraigo alrededor de él en oleadas que parecen no terminar nunca.

Él embiste tres veces más. Profundas. Duras. Y entonces se queda quieto. Le tiembla el cuerpo. Un gemido ronco le sale de la garganta mientras se corre dentro de mí. Me llena. Me marca. Me hace suya del todo.

Se derrumba sobre mí, aunque sostiene parte de su peso en los antebrazos. Su frente contra la mía. Los dos jadeando. Los dos todavía conectados. La última luz del atardecer lo pinta todo de oro.

—Scarlett —susurra mi nombre como una plegaria.

Y yo quiero decirlo. Quiero decirle que lo amo. Que siempre lo he amado. Que voy a amarlo hasta el día en que muera.

Pero no puedo.

Porque si lo digo entonces tendré que admitir que dejarlo va a matarme. Y todavía no estoy lista para esa realidad.

Así que solo lo beso. Suave. Lento. Pongo en ese beso todo lo que no puedo decir con palabras.

Y él me devuelve el beso de la misma forma, como si me entendiese, como si él también sintiese lo mismo y tampoco pudiese decirlo.

Sale de mí con cuidado y yo hago una mueca por la sensación de vacío que deja. Me besa la frente. Las mejillas. Los labios otra vez. Y entonces se levanta.

—No te muevas —dice.

Va a la mochila que trajo y saca una toalla pequeña. Vuelve y me limpia con una delicadeza que hace que los ojos se me llenen de lágrimas. Cuando termina se tumba a mi lado y me atrae contra su pecho. Me rodea con el brazo. Con la otra mano me acaricia el pelo.

—Gracias —digo en voz baja—. Por hacer esto perfecto.

—Gracias a ti —responde—. Por confiar en mí. Por darme esto. Por querer que fuese aquí.

Nos quedamos ahí tumbados mientras el sol termina de ponerse. Las estrellas van apareciendo una a una en el cielo que se oscurece. El aire se enfría, pero su calor me mantiene cómoda. Los sonidos de la noche despiertan a nuestro alrededor.

Es perfecto.

Este momento. Este lugar. Este hombre.

Todo es perfecto.

Y cuando dentro de unas semanas tenga que irme y casarme con un hombre al que no amo mientras dejo atrás al único que he amado de verdad, voy a tener esto.

Voy a tener el recuerdo de esta tarde donde me entregué entera. Donde fui suya de todas las formas que importan. Donde el amor fue tan obvio que dolía no decirlo.

Voy a tener esto.

Y va a tener que ser suficiente.

Aunque sé de sobra que nunca lo será.