Fuego Salvaje (Sunset Valley 5) CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

SCARLETT

Han pasado tres días desde que Aiden volvió de casa de Cole y me dijo que iba a coger lo que yo le dejase. Desde que le confesé que era virgen y él me llevó a su cama y me hizo sentir cosas que ni siquiera sabía que existían.

Tres días de despertarme entre sus brazos.

Tres días de tocarnos como si el mundo pudiese acabarse en cualquier momento y necesitásemos memorizar cada centímetro del otro.

Tres días de aprender su cuerpo de la misma forma que él ha aprendido el mío.

Sus manos me han recorrido entera. Su boca ha probado cada palmo de mi piel.

He aprendido qué le gusta. Dónde tocar para hacerle gemir.

Cómo mover mi lengua para hacerle temblar.

He aprendido el sabor salado de su piel cuando suda.

El sonido ronco que hace cuando está a punto de correrse.

La forma en que dice mi nombre cuando el placer lo desborda.

Y él ha aprendido todo de mí.

Sabe exactamente cómo tocarme para que me arquee. Conoce el punto preciso dentro de mí que me desarma. Ha memorizado cada sonido que hago. Cada forma en que mi cuerpo reacciona a él.

Pero todavía no hemos llegado hasta el final.

Todavía no me ha hecho suya del todo.

Y la espera me está matando.

Cuando me despierto, la cama está vacía a mi lado. El hueco donde dormía Aiden todavía está tibio pero él ya se ha ido. Debe de haber salido temprano para su turno en el parque. Me ha dejado aquí sola, con las sábanas que huelen a él y el cuerpo todavía vibrando por lo que hicimos anoche.

Me estiro como un gato perezoso y noto la protesta suave de los músculos.

Tengo una marca en el cuello que siento sin necesidad de verla en un espejo.

Un chupetón que dejó anoche mientras me tenía contra la pared de la ducha con los dedos dentro de mí, haciéndome gritar su nombre hasta que debieron de oírnos los vecinos.

El móvil vibra en la mesita de noche y lo cojo todavía medio dormida.

Aiden: Buenos días, preciosa. ¿Has dormido bien?

Sonrío antes de poder evitarlo. Sus mensajes siempre hacen eso: convertirme el día en algo mejor solo con unas palabras.

Yo: Mejor si estuvieses aquí.

Aiden: Créeme, yo también preferiría estar ahí. Pero tengo planes para ti esta tarde.

Yo: ¿Qué tipo de planes?

Aiden: Es sorpresa. Prepárate para las cinco. Y ponte algo cómodo.

Yo: ¿No me vas a decir nada más?

Aiden: No. Confía en mí.

Y lo hago. Confío en él más de lo que he confiado en nadie.

Me levanto de la cama y voy a la ducha intentando no pensar demasiado en qué estará planeando.

Aiden ha estado raro estos últimos días.

Más atento de lo normal. Me mira de una forma que hace que el corazón me dé un vuelco.

Como si estuviese memorizándome, como si supiese que nuestro tiempo se acaba y quisiese grabar cada detalle.

Y supongo que tiene razón.

Me queda poco tiempo antes de tener que volver a Connecticut. Poco tiempo antes de que mi vida deje de ser mía, antes de casarme con un hombre al que no quiero mientras dejo atrás al único que he amado en mi vida.

Pero no puedo pensar en eso ahora.

Ahora solo quiero vivir. Quiero aprovechar cada momento que me queda con Aiden y guardarlo como un tesoro. Para cuando todo esto termine y solo me queden recuerdos.

Paso el día escribiendo aunque las palabras no salen como deberían. Mi mente está demasiado ocupada preguntándose qué tiene planeado Aiden, recordando su boca en mí anoche, anticipando lo que vendrá después.

A las cuatro y media empiezo a arreglarme. Me pongo unos vaqueros y una camiseta sencilla de manga corta. Nada elegante. Un conjunto cómodo, como me ha pedido. Me recojo el pelo en una coleta y me miro en el espejo preguntándome si esto estará bien.

Oigo abrirse la puerta y el corazón me da un salto.

Salgo de la habitación y lo encuentro en el salón con una mochila al hombro y esa sonrisa ladeada que hace que se me olvide respirar.

—Hola, preciosa —dice, y su voz tiene ese tono ronco que siempre aparece cuando me mira así.

—Hola —consigo responder—. ¿Me vas a decir ahora qué vamos a hacer?

—No —responde, divertido, con brillo en los ojos—. Pero vamos a necesitar la camioneta.

No dice nada más. Solo me coge la mano y me guía escaleras abajo hacia donde está aparcada su camioneta. Me abre la puerta del copiloto como un caballero y espera a que me suba antes de rodear la camioneta hasta el lado del conductor.

Arranca el motor y salimos del pueblo. Hacia las montañas que rodean Sunset Valley. Hacia algún lugar que solo él conoce.

—¿Me vas a decir algo? —pregunto después de diez minutos de silencio.

—No —responde, pero su mano encuentra la mía sobre el asiento y entrelaza nuestros dedos—. Solo confía en mí.

—Siempre.

Conduce durante veinte minutos más por carreteras que se vuelven cada vez menos transitadas. Gira por un camino de tierra que serpentea entre árboles hasta que llegamos a un claro que me deja sin aliento.

Es precioso.

Hay una manta extendida en el suelo con cojines esparcidos. Una cesta de picnic a un lado. Un termo que debe de contener algo caliente. Y flores. Flores silvestres en un tarro de cristal que habrá recogido él mismo.

¿Cuándo ha preparado todo esto?

¿Por qué se ha tomado tantas molestias?

Pero lo que de verdad me cierra la garganta son las vistas.

El claro da directamente al lago que se extiende abajo como un espejo plateado. Las montañas se levantan al otro lado pintadas en tonos de verde y gris. El sol empieza a bajar y lo tiñe todo de dorado. Y el silencio, roto solo por el viento en las hojas, es tan absoluto que casi me oigo el corazón.

—Aiden —susurro, y mi voz se rompe porque esto es demasiado—. No me puedo creer que hayas preparado todo esto.

—Quería preparar algo que fuese especial —dice desde detrás de mí, y se le nota la vulnerabilidad en la voz—. Quería darte algo que recordases.

Me giro hacia él y lo que veo en su expresión hace que tenga que parpadear varias veces para no llorar.

—Es perfecto —digo—. Tú eres perfecto.

Sonríe. Esa sonrisa suave que reserva solo para mí. Y entonces me coge la mano y me guía hacia la manta.

Nos sentamos y él empieza a sacar cosas de la cesta.

Sándwiches que se nota que ha comprado en algún sitio, porque Aiden no sabe cocinar.

Fruta fresca. Fresas con chocolate que me hacen la boca agua solo de verlas.

Galletas que reconozco de la panadería del pueblo.

Una botella de vino blanco con dos copas de plástico.

—No es nada del otro mundo —dice mientras sirve el vino—. Pero he pensado que…

—No digas tonterías. Es perfecto —lo interrumpo—. Todo esto.

Comemos despacio, hablando de todo y de nada. Él me cuenta historias de cuando era niño y venía aquí con sus hermanos. Yo le hablo de la novela. Reímos. Bromeamos. Nos tocamos todo el rato, como si no pudiésemos evitarlo.

Y mientras tanto, la tensión va creciendo entre nosotros.

La noto en la forma en que me mira. En cómo se le oscurecen los ojos cada vez que me inclino hacia delante. En cómo se le tensa la mandíbula cuando me lamo los labios. En cómo su mano aprieta la mía un poco más fuerte cada vez que me río.

Cuando terminamos de comer me tumbo en la manta mirando las nubes que pasan despacio sobre nosotros. Aiden se tumba a mi lado, con el brazo bajo mi cabeza y el cuerpo tan cerca que noto su calor.

—Gracias —digo en voz baja—. Por esto. Por todo.

—No tienes que darme las gracias —responde, y su mano empieza a acariciarme el pelo con movimientos suaves que me hacen cerrar los ojos—. Quería hacer algo especial para ti.

—¿Por qué?

Se queda en silencio durante tanto tiempo que pienso que no va a responder. Pero entonces habla y su voz suena más ronca de lo normal.

—Porque quiero que recuerdes esto —dice—. Quiero que cuando te vayas y todo esto termine tengas algo bueno que recordar. Algo que sea solo nuestro.

Sus palabras se me clavan en el pecho como cuchillos. Porque tiene razón. Esto va a terminar. Y estos recuerdos son todo lo que voy a poder llevarme.

Me giro hacia él y encuentro sus ojos ya mirándome. Hay algo en ellos que hace que el aire desaparezca entre nosotros. Algo oscuro y necesitado y desesperado.

—Aiden —susurro.

Lleva la mano a mi mejilla. Su pulgar me acaricia el labio inferior con una suavidad que contrasta con la intensidad de su mirada.

No sé quién se mueve primero. Solo sé que de repente su boca está en la mía y estamos besándonos con pasión.

Su lengua busca la mía y el beso se hace más profundo. Más urgente. Más necesitado. Sus manos están en mi pelo. Las mías en su espalda. Me aferro a él como si fuese lo único sólido en un mundo que se desmorona.

Cuando finalmente nos separamos para respirar su frente descansa contra la mía.

—Deberíamos volver —dice con la voz áspera, como si le costase hablar.

Y de repente lo entiendo. Quiere llevarme a casa. A su cama. Seguir con esto en privado.

Pero no quiero eso.

—No —digo, y agarro su camiseta con las dos manos para que no se mueva—. Quiero que sea aquí.

Se queda inmóvil. Porque entiende perfectamente lo que le estoy pidiendo.

—¿Aquí? —repite, sorprendido—. Scarlett, cualquiera podría vernos.

—No va a venir nadie —lo interrumpo—. Has dicho que este sitio es tuyo. Que nadie viene aquí.

—Pero…

—Es perfecto —continúo, y ahora mi voz sale más firme—. La naturaleza. El atardecer. Solo nosotros. No quiero esperar. No quiero volver a un apartamento. Quiero que sea aquí. Bajo el cielo. Con las montañas como testigos. Quiero que sea perfecto. Y esto… esto es perfecto.

Me mira un momento largo. Y se le ve el conflicto en los ojos: la preocupación de que alguien pueda aparecer, el deseo de hacerlo bien, de darme la comodidad de una cama.

Pero entonces la expresión le cambia, como si se rindiese, como si entendiese que esto es lo que quiero de verdad. Que este momento es nuestro y de nadie más.

—¿Estás segura? —pregunta, y le tiembla la voz.

—Completamente.

—Joder —murmura, y entonces me besa otra vez.

Este beso es diferente. Más salvaje. Más desesperado. Como si acabase de romper todas las cadenas que lo contenían.