Fuego Salvaje (Sunset Valley 5) CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

SCARLETT

Oigo abrirse la puerta del apartamento y me incorporo tan rápido que el mundo me da vueltas durante un segundo.

Aiden entra con pasos que suenan diferentes. Más firmes. Más decididos. Cierra la puerta detrás de él y se queda ahí de pie mirándome con una expresión que nunca le había visto antes. Hay una determinación en sus ojos, algo oscuro y caliente que me deja sin aire en los pulmones.

—He hablado con Cole —dice sin moverse de donde está.

Me pongo de pie porque necesito estar a su altura para esta conversación. Porque algo en su tono me indica que lo que va a decir es importante.

—¿De qué? —consigo preguntar.

—De ti. De nosotros. Y tiene razón en lo que me ha dicho —responde, y entonces empieza a caminar hacia mí con una seguridad que me tensa cada músculo del cuerpo—.

Vas a irte de todas formas. Vas a volver a Connecticut y vas a casarte con ese gilipollas.

Y no hay nada que yo pueda hacer para impedirlo.

Se detiene a centímetros de mí. Tan cerca que noto el calor que irradia su cuerpo. Tan cerca que tengo que inclinar la cabeza hacia atrás para poder mirarlo a los ojos.

—Así que voy a tomar lo que me dejes —dice, y la voz le sale ronca, cargada de algo que hace que se me aflojen las rodillas —. Cada segundo. Cada momento. Todo lo que estés dispuesta a darme.

El corazón me golpea tan fuerte que estoy segura de que puede oírlo. La garganta se me ha cerrado tanto que casi no puedo tragar. Y hay una pregunta que necesito hacer aunque me aterre la respuesta.

—¿Estás… —empiezo, y tengo que humedecerme los labios porque los tengo resecos— estás hablando de sexo?

Aiden gime.

Es un sonido bajo y gutural que sale de algún lugar profundo en su pecho y que hace que algo líquido y caliente me baje por la columna y se asiente en el bajo vientre.

—Sí, joder —responde, y sus manos se cierran en puños a los lados de su cuerpo como si estuviese luchando contra la urgencia de tocarme—. De sexo. Y de todo lo demás. Dormir juntos. Despertarnos juntos. Cada puto segundo que me quede contigo antes de que te vayas.

Sus palabras me sacuden con tanta fuerza que casi me tambaleo. No esperaba esto. Esperaba que volviese calmado. Que me dijese que podíamos seguir siendo amigos. Que olvidásemos todo lo que ha pasado.

No esperaba esto.

Esta intensidad. Esta determinación. Este Aiden que me mira como si quisiese devorarme entera y apenas pudiese contenerse.

Y de repente todas las palabras que he estado guardando se me escapan de golpe.

—Soy virgen —digo antes de poder arrepentirme.

Aiden se queda inmóvil. Los ojos se le abren un poco. La respiración se le detiene. Y pasa un segundo larguísimo en el que no dice nada. En el que solo me mira como si las palabras no le hubiesen llegado.

—¿Qué? —pregunta al fin, y su voz sale ronca como si hubiese tragado vidrio.

—Que soy virgen —repito, y ahora que lo he dicho una vez las palabras salen solas—. Nunca he estado con nadie. Y no quiero llegar virgen al matrimonio.

Tomo aire y busco el valor para decir lo que necesito decir.

—No quiero compartir ese momento con Julian —continúo, y la voz se me quiebra—. No quiero que sea él quien me quite la virginidad. Quiero que seas tú. Quiero dártela a ti.

El silencio que cae es tan absoluto que oigo los latidos desbocados de mi propio corazón y cada respiración de Aiden como si fuese una bomba a punto de explotar.

Y entonces explota.

Se mueve tan rápido que no tengo tiempo de asimilar lo que está pasando. Sus brazos me rodean y me levanta del suelo como si no pesase nada. Un grito se me escapa de la garganta mientras las piernas se me cierran solas alrededor de su cintura para no caerme.

—Aiden.

—Virgen —dice con voz que suena como si estuviese al borde del colapso—. Me acabas de decir que eres virgen. Y que quieres que tu primera vez sea conmigo.

Empieza a caminar hacia su habitación con pasos largos y decididos. No hacia la habitación de invitados donde he estado durmiendo. Hacia la suya. Atraviesa el pasillo en segundos y empuja la puerta con el hombro.

Me deja caer sobre su cama y el colchón cede bajo mi peso. Su olor me rodea al instante. Jabón y pino y ese punto masculino que es solo suyo. Está por todas partes. En las sábanas. En las almohadas. Llena cada centímetro del espacio.

Aiden se queda de pie al borde de la cama mirándome con una intensidad que deja la habitación sin aire. Tiene los puños tan apretados que le tiemblan las manos. El pecho le sube y baja demasiado deprisa. Y sus ojos… dios, sus ojos me devoran como si fuese lo más hermoso que ha visto en su vida.

—¿Sabes lo que me estás pidiendo? —pregunta con la voz ronca—. ¿Sabes lo que significa?

Asiento porque no confío en que mi voz salga si intento hablar.

—Eres virgen, Scarlett —continúa, y lo dice casi con reverencia—. Y quieres que sea yo. Quieres darme algo que solo puedes dar una vez.

Se pasa una mano por el pelo y tira con fuerza.

—Es el mayor regalo que me han dado en mi vida —dice—. Y voy a cuidarte. Te lo prometo. Voy a hacer que sea perfecto para ti.

Y entonces se mueve.

Se quita la camiseta con un movimiento fluido y la deja caer al suelo. La luz de la lámpara le hace brillar la piel. Se le ve cada músculo, cada línea, el vello oscuro que baja por el abdomen y desaparece bajo la cintura de los vaqueros.

Se arrodilla en el borde de la cama y sus manos se mueven a mis zapatillas. Me las quita despacio. Primero una. Después la otra. Las deja caer al suelo con cuidado como si fuesen algo precioso.

—Levanta las caderas —dice con la voz más controlada, aunque todavía le tiembla en los bordes.

Obedezco. Él me abre el botón y baja la cremallera y luego engancha los dedos en la cintura de mis vaqueros y los baja por mis piernas con movimientos lentos que me están volviendo loca. Cuando llegan a mis tobillos los deja caer al suelo también.

Me quedo ahí tumbada en su cama en bragas y camiseta con el corazón latiéndome tan fuerte que me duele. Sus ojos me recorren entera, de los pies a la cabeza, demorándose en cada centímetro, memorizando.

—Eres preciosa —murmura—. Tan jodidamente preciosa.

Sus manos se mueven a mi camiseta. La coge por el borde y tira hacia arriba despacio. Me incorporo ligeramente para ayudarlo y la prenda desaparece. Ahora solo me queda el sujetador.

Aiden se inclina sobre mí y sus labios encuentran mi cuello. Esparce besos suaves que hacen que se me erice toda la piel. Sube por la línea de mi mandíbula. Baja por mi clavícula. Sus manos se deslizan por mi espalda y el sujetador se afloja.

Lo aparta y el aire fresco toca mi piel desnuda.

Y entonces me mira.

Me mira de verdad.

Y lo que hay en su expresión hace desaparecer todas mis inseguridades. Porque me mira como si fuese una obra de arte, como si no se creyese su suerte.

—Llevo años soñando con esto —dice bajando la cabeza hacia mi pecho—. Con tocarte. Con saborearte. Con hacerte mía.

Su boca se cierra sobre mi pezón y el mundo se ladea. Es cálido y húmedo y abrumador. Su lengua dibuja círculos y tengo que morderme el labio para no gemir demasiado alto. Cuando chupa suave, se me escapa de la garganta un sonido que no me conocía.

—Déjame oírte —murmura contra mi piel—. Quiero oír cada sonido que haces.

Pasa al otro pecho y le dedica la misma atención. Y yo no puedo hacer otra cosa que quedarme ahí tumbada mientras él me deshace con la boca. Mientras cada nervio de mi cuerpo se enciende como fuegos artificiales.

Sus labios empiezan a bajar. Por mi esternón. Por mi vientre. Besos suaves intercalados con lamidas que me derriten. Cuando llega al borde de mis bragas se detiene.

—Voy a prepararte —dice mirándome desde ahí con ojos tan oscuros que casi parecen negros—. Para que cuando te haga mía duela lo menos posible. ¿Confías en mí?

—Sí —susurro, porque nunca he dicho nada tan verdadero.

Engancha los dedos en la tela de mis bragas y tira hacia abajo, despacio, dándome tiempo para detenerlo si quiero. Pero no quiero. Quiero esto. Lo quiero a él.

Las bragas desaparecen y estoy completamente desnuda delante de él.

Aiden se queda inmóvil durante un segundo. Dos. Tres. Sus ojos me repasan de arriba abajo con una intensidad que me enciende la piel.

—Perfecta —dice—. Eres perfecta.

Y entonces baja la cabeza.

Sus labios se posan en el interior de mi muslo y va subiendo a besos. Despacio. Con una lentitud que es una tortura. Noto su aliento cálido contra la piel. Noto cómo se me tensa cada músculo, expectante.

Y cuando por fin su lengua me toca ahí, el mundo explota.

Es caliente y húmedo y tan intenso que tengo que agarrarme a las sábanas con las dos manos para no salir flotando. Su lengua hace cosas que no sabía que se podían hacer. Círculos. Lamidas largas. Chupando suavemente de una forma que hace que vea estrellas.

—Aiden —gimo su nombre sin poder evitarlo.

—Eso es —dice contra mí y la vibración de su voz añade otra capa de sensación—. Dime lo que sientes.

—Es… es demasiado.

—No es suficiente —responde—. Nunca va a ser suficiente contigo.

Y entonces añade un dedo.

Despacio. Tan despacio que cada centímetro dura una eternidad. Presiona. Estira. Hay una punzada de incomodidad pero su boca sigue trabajando y el placer eclipsa todo lo demás.

—Relájate —murmura—. Déjame entrar.

Y lo hago. Dejo que ese primer dedo se deslice hasta dentro. Dejo que mi cuerpo se acostumbre. Y cuando el placer empieza a crecer otra vez, él añade un segundo.

Esta vez la punzada es más fuerte, pero su boca es implacable: me distrae del malestar con oleadas de placer que me hacen temblar entera.

—Tan apretada —dice con voz ronca—. Tan perfecta. ¿Sabes lo que me estás haciendo?

No puedo responder porque sus dedos se mueven ahora, entrando y saliendo a un ritmo que acumula el placer en mi bajo vientre como una tormenta a punto de estallar.

—He fantaseado con esto —continúa hablando mientras sus dedos me estiran y su lengua traza círculos devastadores—. Desde que te conozco. Cada noche desde que llegaste. Me tocaba pensando en ti. Imaginaba cómo sería tenerte así. Pero la realidad es mil veces mejor que cualquier fantasía.

—Aiden, yo… estoy a punto de…

—Lo sé —dice—. Déjate llevar. Córrete para mí.

Sus dedos se curvan hacia arriba y dan con un punto dentro de mí. Su lengua presiona más fuerte. Y entonces todo se rompe en mil pedazos.

El orgasmo me atraviesa como un rayo. Me arquea sobre la cama. Me hace gritar su nombre tan fuerte que debe de oírme todo el edificio. Me recorren oleadas de placer tan intensas que no puedo pensar. No puedo respirar. Solo puedo sentir.

Aiden me sostiene mientras dura. Sus dedos siguen moviéndose despacio y su boca me acompaña hasta que el último temblor desaparece. Hasta que me quedo laxa sobre su cama, respirando como si acabase de correr un maratón.

Se arrastra hacia arriba y se tumba a mi lado. Su brazo me rodea y me atrae contra su pecho. Noto su corazón latir tan rápido como el mío. Noto su erección contra la cadera, a través de los vaqueros.

Bajo la mano para tocarlo, pero él la detiene.

—Esta noche no —dice con la voz tensa.

—Pero tú…

—Esto era para ti —me interrumpe—. Para prepararte. La próxima vez. Te lo prometo.

—No es justo.

Se ríe. Es un sonido bajo y cálido que me llena de una forma que no esperaba.

—Scarlett, acabas de darme el mejor momento de mi vida —dice—. Ver cómo te corrías. Oír cómo gritabas mi nombre. Eso es más de lo que podría haber pedido.

Me acomoda más contra él. Su brazo me aprieta firme contra su costado.

—Ahora vas a dormir —continúa—. Conmigo. En mi cama. Si solo tengo unas semanas contigo no vas a separarte de mí ni un segundo. ¿Entendido?

Asiento contra su pecho, porque sigo sin fiarme de mi voz.

—Bien —dice, y se le oye la sonrisa en la voz.

Me besa la coronilla. Un beso suave lleno de ternura que contrasta con la intensidad de hace unos minutos. Y mientras me quedo ahí tumbada escuchando su corazón latir bajo mi oreja me doy cuenta de algo.

Este es el lugar más seguro que he conocido nunca.

En sus brazos. En su cama. En su vida.

Aunque sea solo temporal.

Aunque tenga fecha de caducidad.

Este es mi hogar.

Y cuando tenga que irme voy a llevarme este momento conmigo.

Este recuerdo de ser suya del todo aunque solo fuese por una noche.