CAPÍTULO 22
SCARLETT
El apartamento me parece demasiado grande cuando estoy sola.
Demasiado silencioso. Demasiado vacío. Como si los muebles y las paredes estuviesen esperando a que alguien llenase el espacio que Aiden ha dejado al marcharse.
Me siento en el sofá porque necesito algo sólido bajo el cuerpo. El cuero cruje cuando me dejo caer y suena más fuerte de la cuenta en el silencio. Apoyo la cabeza contra el respaldo y cierro los ojos, intentando que el corazón me vuelva a su ritmo.
He dejado de guardar secretos.
Ya no hay nada escondido entre Aiden y yo.
Bueno, casi nada. Todavía no le he dicho que lo amo.
Que llevo años enamorada de él. Que cada día que paso aquí me enamoro un poco más.
Pero ese es un secreto que voy a llevarme conmigo cuando me vaya.
Porque decírselo solo complicaría las cosas.
Se sentiría obligado. Y no puedo pedirle eso.
El móvil me vibra en el bolsillo y el zumbido me arranca un respingo. Lo saco con unas manos que me tiemblan más de lo que me gustaría y miro la pantalla esperando ver el nombre de Aiden, pero no es él quien me llama.
Es Julian.
El estómago se me encoge de golpe, como si alguien me agarrase las tripas con el puño y no tuviese intención de soltarlas.
No quiero contestar. Todo en mí grita que deje que salte el buzón de voz. Que apague el móvil. Que finja que no lo he visto.
Pero sigue vibrando. Insistente. Exigente. Como el propio Julian.
Contesto antes de poder arrepentirme.
—¿Sí?
—¿Dónde estás? —La voz de Julian atraviesa el teléfono. Fría. Controlada. Pero se le nota el enfado bajo la superficie educada.
—En Montana —respondo, porque no tiene sentido mentir.
Si me está haciendo esa pregunta es por algo.
—Lo sé —dice con ese tono que usa cuando quiere que sepa que está molesto pero sin perder la compostura—. Me he enterado de que estás en un pueblo llamado Sunset Valley. Con un amigo .
La última palabra sale cargada de fastidio.
—¿Cómo te has enterado? —pregunto, aunque no estoy segura de querer saber la respuesta.
—Eso no importa —responde con rapidez—. Lo que importa es que estás allí. Con un hombre. Sin decírmelo. ¿Tienes idea de cómo queda eso, Scarlett?
Cómo queda.
No cómo me siento yo. No si estoy bien. No si necesito algo.
Cómo queda delante de la gente.
—Es un amigo de la universidad —digo intentando mantener la voz firme—. Estoy escribiendo y necesitaba investigar. Él es bombero. Por eso estoy aquí.
—No me importa por qué estás allí —me interrumpe Julian, y ahora el enfado está más cerca de la superficie—. Me importa que la prometida de Julian Vane esté viviendo con otro hombre en mitad de la nada. Si la prensa se entera…
—No van a enterarse.
—Podrían. Y entonces ¿qué? ¿Qué se supone que voy a responder cuando me pregunten por qué mi futura esposa está en Montana en lugar de estar aquí preparando la boda?
Su futura esposa.
Como si ya le perteneciese, como si fuese su propiedad y no su prometida.
Se me rompe algo en el pecho. Es pequeño al principio, una grieta fina, pero se extiende deprisa hasta que siento que todo mi interior se agrieta. Todas las paredes que he construido durante años. Toda la compostura que he mantenido. Toda la perfección que me he obligado a proyectar.
Se rompe.
—Julian —digo, y mi voz sale más cansada de lo que pretendía—. Por favor.
—¿Por favor qué?
—Déjame en paz.
El silencio al otro lado es tan absoluto que por un momento pienso que se ha cortado la llamada.
—¿Perdona? —dice al fin, incrédulo, como si no pudiese creer lo que acabo de decir.
—Solo tengo unas semanas —continúo, y ahora las palabras salen más rápido, atropellándose unas con otras—. Unas semanas de libertad antes de que tenga que volver. Antes de que tenga que… entregarme a ti.
La voz se me quiebra en las últimas palabras y tengo que morderme el labio para que no se rompa del todo.
—¿No puedes darme eso? —pregunto, y odio cómo suena mi voz. Suplicante. Pequeña. Rota—. ¿No puedes dejarme tener esto antes de que tenga que ser tuya para siempre?
—Scarlett, te estás poniendo dramática.
Y algo en mí se enciende.
Furia. Pura y ardiente. Me sube por la garganta como lava.
—No —lo interrumpo—. No me estoy poniendo dramática. Estoy siendo sincera. Por primera vez en meses estoy diciendo lo que pienso de verdad. Y lo que pienso es que necesito este tiempo. Lo necesito. Ambos sabemos que no hay nada romántico entre nosotros. Así que por favor déjame en paz.
Y cuelgo.
Antes de que pueda responder, de que pueda decirme que estoy equivocada, de que mi cerebro pueda convencerme de que he cometido un error.
Pulso el botón rojo y el silencio vuelve a llenar el apartamento.
Las manos me tiemblan tanto que casi se me cae el móvil. El corazón me late tan deprisa que lo noto golpearme las costillas, como si quisiese escapar. Y en la garganta se me forma algo demasiado parecido a un sollozo, pero me niego a dejarlo salir.
Acabo de colgarle a Julian.
Mi prometido.
El hombre con el que se supone que me voy a casar en ocho meses.
Y no me arrepiento.
Debería arrepentirme. Debería estar aterrada de las consecuencias. Debería estar devolviéndole la llamada y disculpándome y explicándole que estoy estresada y cansada y que no pensaba nada de lo que he dicho.
Pero no lo hago.
En vez de eso, apago el móvil. Mantengo pulsado el botón hasta que la pantalla se oscurece y aparece el pequeño círculo de carga. Hasta que todo se vuelve negro y el móvil me pesa un poco menos en la mano.
Me tumbo en el sofá. De lado. Con las rodillas recogidas contra el pecho y la mejilla apoyada en el cuero frío. Y me quedo ahí. Quieta. Vacía. Agotada de una forma que no tiene nada que ver con el cansancio físico, sino con estar cansada de fingir.
Cansada de ser perfecta.
Cansada de hacer lo que se supone que debo hacer.
Cansada de ser el activo que salva el imperio de mi padre.
Solo quiero ser Scarlett. La chica que come pizza en un sofá gastado. La que se ríe hasta que le duele el estómago. La que salta de puentes atada a una cuerda porque quiere sentirse viva.
La que está enamorada de un bombero de pueblo que solo la ve como a su amiga.
Cierro los ojos y espero.
Espero a que Aiden vuelva. A que podamos arreglar lo que se ha roto entre nosotros cuando se ha marchado furioso. A que podamos volver a ser amigos, aunque eso sea lo único que pueda tener de él.
Porque eso es todo lo que puedo pedir.
Su amistad.
No puedo pedirle más.
Así que voy a conformarme con eso.
Y voy a fingir que es suficiente.
Aunque me esté matando por dentro.