CAPÍTULO 21
AIDEN
Conduzco sin pensar adónde voy hasta que me descubro aparcando frente a la cabaña de Cole.
No ha sido una decisión consciente. Las manos han girado solas el volante en esa dirección como si supiesen que necesito hablar con alguien que entienda lo que es amar a una mujer que no puedes tener.
Y Cole lo entiende mejor que nadie.
Lo sufrió durante muchos años.
Bajo de la camioneta con un portazo que restalla en el silencio de la tarde.
Camino hacia la puerta con pasos pesados que hacen crujir la grava bajo las botas.
Tengo cada músculo tan tenso que siento que voy a explotar si no hago algo.
Si no descargo toda esta furia que me ahoga.
Si no grito hasta que se me desgarre la garganta.
Pero lo único que hago es levantar el puño y golpear la puerta de madera.
Tres veces.
Cole abre casi al instante. Lleva vaqueros y una camiseta vieja del departamento del sheriff. Cuando me ve, su expresión cambia de sorpresa a preocupación en medio segundo.
—Aiden —dice, y mi nombre sale como una pregunta.
—Necesito hablar contigo —consigo decir, y hasta a mí me suena rota la voz.
Cole no me pregunta nada. Solo se hace a un lado y abre más la puerta.
—Entra.
Paso junto a él y entro en la cabaña. Es pequeña pero acogedora, como solo lo son los hogares de verdad.
Hay juguetes de Luna esparcidos por el suelo del salón, una manta de ganchillo doblada sobre el respaldo del sofá, fotos en las paredes de Cole con Lauren y Luna sonriendo a la cámara.
Desde la cocina flota el olor a café recién hecho.
Todo grita familia. Hogar. Amor.
Es todo lo que yo nunca voy a tener.
Luna está en el suelo jugando con sus muñecas. Tiene el pelo recogido en dos coletas que se están deshaciendo. Cuando levanta la vista y me ve, la cara entera se le ilumina.
—¡Tío Aiden!
Se levanta de un salto y corre hacia mí con los brazos abiertos. Choca contra mis piernas con tanta fuerza que me hace retroceder un paso. Los bracitos se le cierran alrededor de mi cintura y aprietan fuerte.
—Hola, pequeña —digo como puedo, y la voz me sale más afectada de lo que pretendía.
Me agacho para quedar a su altura y ella se me abraza al cuello.
Huele a champú de fresas y a esa mezcla de dulzura y tierra que tienen todos los niños pequeños.
Por un momento, el nudo que tengo en el pecho se afloja.
Por un momento, todo el dolor y la rabia y la impotencia quedan en segundo plano, porque Luna me está sonriendo con esa sonrisa enorme que derrite a cualquiera.
—¿Has venido a jugar conmigo? —pregunta con esperanza en los ojos.
—Hoy no, cariño —respondo, apartándole un mechón de pelo que se le ha escapado de una de las coletas—. Tengo que hablar con tu papá.
Lauren sale de la cocina secándose las manos en un trapo.
Me mira y veo cómo le cambia la expresión, cómo sus ojos me recorren la cara leyendo cada línea de tensión, cada señal de que estoy al borde del colapso.
Es increíble. Está entrenada para ver lo que la gente intenta ocultar. Y yo no lo estoy ocultando nada bien.
Se acerca despacio y pone una mano en el hombro de Luna.
—Luna, cariño —dice con esa voz suave que usa cuando necesita que su hija obedezca sin preguntar—. ¿Por qué no vamos a jugar a tu habitación? Papá y el tío necesitan hablar de cosas de adultos.
Luna me mira con el ceño fruncido.
—¿Estás triste, tío Aiden?
La pregunta me golpea en el pecho con más fuerza de la que debería. Porque a pesar de lo joven que es, ya puede ver lo que estoy intentando esconder. Porque su inocencia hace que me sea imposible mentirle.
—Un poco —admito—. Pero voy a estar bien.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo.
Levanta el meñique. Engancho el mío con el suyo en ese ritual que hemos repetido mil veces.
—Vale —dice al fin, aunque no parece convencida—. Pero después juegas conmigo.
—Después juego contigo.
Lauren la guía con suavidad hacia el pasillo. Luna va recogiendo sus muñecas por el camino, con los pies a rastras. Cuando llegan a la puerta de su habitación, Lauren se gira y me mira. Y la calidez de su mirada hace que me sienta un poco mejor.
Mira a Cole. Entre ellos pasa una comunicación silenciosa. Él asiente apenas. Ella aprieta los labios, desaparece en la habitación de Luna y cierra la puerta tras ella.
El silencio que queda es pesado. Absoluto.
Cole señala el sofá.
—Siéntate —dice sin mirarme mientras saca una botella de whisky de uno de los armarios—. Te sirvo algo. Parece que lo vas a necesitar.
No discuto. Me dejo caer en el sofá y el cuero viejo cruje bajo mi peso. Cole vuelve con dos vasos. Me pasa uno y se sienta en la silla frente a mí con el suyo. Bebe un trago largo antes de hablar.
—¿Qué te ha pasado?
Y exploto.
Las palabras salen como un torrente que no puedo frenar.
Se lo cuento todo: lo que siento por Scarlett, cómo ha sido vivir con ella estas semanas, el beso en el campamento.
Lo que ha pasado esta mañana en la tienda, cuando me he despertado abrazándola y no he podido controlarme.
Cómo la he tocado y la he hecho correrse y después he huido como un cobarde.
Y después le cuento lo que ella me ha contado hoy: el compromiso con Julian, que no es real, que no lo ama, que nunca lo ha amado.
—Es un matrimonio arreglado —digo, y aprieto el vaso con tanta fuerza que me sorprende que no se rompa—. Su padre necesita una fusión con la familia Vane para salvar su empresa. Y Scarlett es el precio. La está vendiendo como si fuese ganado para cerrar el trato.
Cole no dice nada. Solo me mira con esa expresión tranquila que tiene cuando le está dando vueltas a algo importante.
—Y ella lo acepta —continúo, y ahora la furia me sube por la garganta como bilis—.
Dice que no tiene elección. Que si no se casa con ese gilipollas su familia lo pierde todo.
La empresa. La casa. Todo. Y yo… joder, Cole.
Quiero ir ahora mismo a Connecticut. Quiero plantarme delante de su padre y decirle exactamente lo que pienso de un hombre que usa a su propia hija para salvar su puto imperio.
Me interrumpo para beber. El whisky me quema la garganta, pero no apaga la rabia que me consume.
—Pero no puedo —admito, y mi voz se rompe—.
Porque ella me lo ha pedido. Me ha suplicado con lágrimas en los ojos que no lo haga.
Que si voy allí y arruino el trato ella será la culpable de que su familia lo pierda todo.
Y no puede vivir con eso. Que lo que desea es estar conmigo antes de irse.
Que quiere disfrutar conmigo antes de casarse.
Termino el whisky de un trago. Cole se levanta sin decir palabra y me sirve más. Vuelve a sentarse.
—¿Y qué quieres hacer? —pregunta entonces.
—No lo sé —respondo, y es lo más sincero que he dicho en mi vida—.
Quiero salvarla. Quiero sacarla de esa situación.
Quiero… joder, quiero que se quede aquí.
Conmigo. Para siempre. Pero no puedo pedirle eso.
¿Quién soy yo para pedirle que abandone a su familia?
¿Qué puedo ofrecerle que compense perder todo lo que conoce?
Cole me sostiene la mirada un momento largo. Después bebe de su vaso y, cuando vuelve a hablar, su voz es más suave pero también más firme.
—No puedes salvarla.
Las palabras me golpean como puñetazos.
—¿Qué?
—No puedes salvarla —repite—. Porque ella no necesita que la salves, Aiden. Es una mujer adulta que está tomando una decisión. Una decisión de mierda, sí. Pero es su decisión. No la tuya. Y tú no tienes ningún derecho a ir allí y arruinar lo que ella está intentando hacer por su familia.
—¿Me estás diciendo que me quede mirando mientras se casa con otro? —pregunto, y la furia me sube otra vez—. ¿Que no haga nada?
—No —responde Cole, y ahora su voz suena distinta—. Te estoy diciendo que aproveches lo que te está ofreciendo. Lo que quiere de ti.
Parpadeo sin entender.
—¿Qué?
—Ella está aquí, ¿no? —dice Cole—. Viviendo contigo. Te ha contado la verdad sobre su compromiso. Y por lo que me has dicho, os deseáis una barbaridad. Y sé que estás enamorado de esa chica. Todos lo sabemos.
No respondo porque mi cara probablemente ya le está dando la respuesta.
—Entonces aprovecha el tiempo que tienes con ella —continúa—. Porque vas a perderla de todas formas, hermano. Ella va a volver a Connecticut. Va a casarse con Julian Vane. Y tú te vas a quedar aquí con el corazón hecho pedazos. Eso va a pasar. No hay forma de evitarlo.
Las palabras caen entre nosotros como piedras. Pesadas. Definitivas. Verdaderas.
—Así que la pregunta no es si vas a sufrir —dice Cole, mirándome a los ojos—. La pregunta es si vas a sufrir después de haber tenido algo real con ella. O si vas a sufrir preguntándote para siempre qué habría pasado si hubieses sido lo bastante valiente como para coger lo que te estaba ofreciendo.
Me quedo mirándolo sin poder hablar. Porque tiene razón y lo odio por ello.
Cole se recuesta en la silla. Bebe más whisky. Y cuando vuelve a hablar, su voz tiene un punto vulnerable que no suele tener.
—¿Sabes cuánto tiempo pasé sin Lauren?
—Siete años —respondo, porque todos lo sabemos.
—Siete años —confirma—. Siete putos años muriéndome un poco cada día. Levantarme. Hacer mi trabajo. Fingir que estaba bien. Pero por dentro estaba muerto del todo.
Se queda callado. Mira el vaso como si guardase todas las respuestas del universo.
—¿Y sabes qué fue lo único que me mantuvo vivo durante todo ese tiempo? —pregunta sin mirarme.
Niego con la cabeza.
—El recuerdo —dice, sin más—. Recordar lo que era tenerla. Recordar su risa. La forma en que me miraba. El tacto de su piel bajo mis manos. Si no hubiese tenido esos recuerdos… si no hubiese tenido ni siquiera eso… te juro por Dios que no habría sobrevivido, Aiden.
Levanta la vista y me mira de frente.
—Tú tienes algo que yo no tuve —dice—. Ella te está ofreciendo tiempo.
Semanas con ella. La oportunidad de crear recuerdos reales.
De tener algo más que fantasías y arrepentimientos.
No lo rechaces porque te dé miedo el final.
Porque el final va a llegar igual. Y cuando llegue vas a necesitar esos recuerdos para poder seguir respirando.
El silencio se hace tan pesado que casi lo noto contra el pecho.
—Coge lo que te está dando —dice Cole con la voz firme—.
Ámala todo lo que puedas durante el tiempo que tengas.
Crea recuerdos que merezca la pena recordar.
Porque cuando ella se vaya eso es lo único que te va a quedar.
Y créeme: vas a preferir tener algo que recordar antes que pasarte el resto de tu vida preguntándote qué habría pasado si hubieses sido lo bastante valiente.
Las palabras se me asientan encima. Aplastantes pero también, de un modo extraño, liberadoras.
Tiene razón.
Voy a perderla de todas formas.
Pero puedo tenerla ahora.
Puedo tener estas semanas, crear recuerdos, amarla aunque sepa que va a acabar destrozándome.
O puedo rechazarla por miedo al dolor y pasarme el resto de mi vida arrepintiéndome.
La elección es obvia.
Me levanto porque, si me quedo más, voy a echarme a llorar, y eso no puedo hacerlo aquí. Cole se levanta también.
—Tienes razón —digo, y mi voz sale ronca.
Cole sonríe. Es una sonrisa pequeña y triste.
—Siempre la tengo.
—Gilipollas.
—Idiota.
Entonces me abraza. Rápido. Fuerte. Como solo se abrazan los hermanos. Y cuando se aparta hay complicidad en sus ojos.
—Ve con ella —dice—. Y no desperdicies ni un segundo.
Asiento. Salgo de la cabaña. Subo a la camioneta con las manos todavía temblando.
Y mientras conduzco de vuelta a Sunset Valley solo tengo una idea en la cabeza.
Voy a tener unas semanas con Scarlett.
Voy a amarla con todo lo que tengo.
Voy a crear recuerdos que merezcan la pena.
Y cuando se vaya me voy a morir.
Pero al menos habré vivido.