Fuego Salvaje (Sunset Valley 5) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

SCARLETT

Entramos en el apartamento y el silencio nos sigue como una sombra pesada que se instala sobre nosotros en cuanto la puerta se cierra.

Aiden deja las llaves sobre la mesa de la entrada con un sonido metálico que parece demasiado fuerte en la quietud.

Yo dejo caer la mochila al suelo y me quedo ahí de pie sin saber muy bien qué hacer con las manos, que de repente siento torpes.

Tengo que decírselo.

Ahora.

Antes de que pierda el valor, de que mi cerebro me convenza de que es mala idea, de que el miedo me paralice y vuelva a guardarme la verdad, como llevo haciendo desde que me comprometí.

—Aiden —digo, y mi voz sale más temblorosa de lo que me gustaría.

Se gira hacia mí. Está a tres metros de distancia pero podría ser un kilómetro por lo lejos que lo siento. Me encuentra con los ojos, y lo que hay en ellos me cierra la garganta: expectativa, miedo, como si supiese que lo que voy a decir va a cambiar algo fundamental entre nosotros.

—Tengo que contarte algo —continúo, y tengo que obligar a las palabras a salir porque cada una me corta por dentro como un cristal—. Sobre Julian. Sobre el compromiso.

Veo cómo se tensa: pone los hombros rígidos, cierra las manos en puños a los costados, como si se preparase para recibir un golpe.

—No lo amo —suelto de golpe antes de poder arrepentirme.

Las palabras se quedan suspendidas en el aire entre nosotros. Tres palabras simples que lo cambian todo.

Aiden parpadea. Una vez. Dos veces. Procesa lo que acabo de decir como si le hubiese hablado en otro idioma.

—¿Qué? —pregunta al fin, y su voz sale ronca.

—A Julian —aclaro, y ahora que he empezado no puedo parar.

Las palabras salen atropelladas unas sobre otras como si hubiesen estado esperando años para escapar—.

No lo amo. Nunca lo he amado. Ni siquiera me gusta especialmente.

Es… es educado y correcto y todo lo que se supone que debería ser pero no lo amo.

Aiden me mira fijamente sin decir nada. El pecho le sube y le baja con respiraciones demasiado rápidas, y la mandíbula se le tensa y se destensa como si intentase asimilar algo que no tiene sentido.

—Entonces, ¿por qué…? —empieza, pero no termina la pregunta.

No necesita hacerlo. Ambos sabemos qué está preguntando.

¿Por qué me caso con él?

Me obligo a caminar hacia el sofá porque las piernas me están temblando tanto que no estoy segura de que puedan seguir sosteniéndome. Me siento en el borde con las manos apretadas en el regazo. Aiden se queda de pie donde está, esperando, dándome tiempo.

—Mi padre —digo por fin, y tengo que tragar saliva antes de continuar porque la garganta se me ha cerrado tanto que duele—. Mi padre necesita este matrimonio. Necesita la fusión con los Vane.

Me detengo a respirar y busco las palabras correctas, aunque no sé si existen palabras correctas para esto.

—Walton Legacy Group está al borde de la ruina —continúo, y cada palabra suena a confesión, como si estuviese traicionando a mi familia solo con decirlo en voz alta—.

Inversiones que fracasaron. Deudas que se acumularon.

Proyectos que salieron mal. Necesitan el capital de los Vane.

Necesitan esta fusión o lo pierden todo. La empresa. La casa. El apellido. Todo.

Levanto la vista hacia Aiden. Él sigue inmóvil, pero algo está cambiando en su expresión, como si empezase a comprender.

—Y yo soy el precio —digo, y la voz se me rompe en la última palabra—. Soy el activo que asegura el trato. Me caso con Julian y las dos familias se fusionan y mi padre salva su imperio. Es un matrimonio arreglado disfrazado de historia de amor para las cámaras.

El silencio que sigue es tan absoluto que oigo el tictac del reloj en la pared, los latidos salvajes de mi propio corazón, cada respiración de Aiden como si fuese una bomba a punto de explotar.

—Tu padre —dice al fin, y su voz suena baja y peligrosa— te está usando.

No es una pregunta. Es una afirmación cargada de un fondo oscuro que me eriza la piel.

—Está salvando a su familia —corrijo sin pensar, aunque ya al decirlo sé que suena hueco.

—Te está vendiendo —continúa Aiden, y ahora su voz va subiendo. Todavía no grita, pero se acerca—. Como si fueses ganado. Como si no importases. Como si tu vida y tu felicidad y lo que tú quieres no significasen una mierda comparado con su puto imperio.

Me quedo mirándolo sin saber qué decir. Porque tiene razón. Cada palabra que acaba de decir es verdad y duele oírlo en voz alta de esa forma.

—Por eso no debes sentirte mal —digo deprisa, porque necesito cambiar de tema antes de que explote del todo—.

Por lo que ha pasado entre nosotros. El beso.

Esta mañana. Nada de eso está mal porque el compromiso con Julian no es real.

No es amor. Es un contrato de negocios. Y yo quiero que el resto del tiempo que me queda aquí estemos juntos.

Que nos demos placer el uno al otro. Por eso te lo estoy cotando.

Aiden me mira con tanta intensidad que tengo que apartar la vista.

—Este verano —continúo, aunque cada palabra me cuesta—. Estas semanas aquí contigo… son mías. Son las últimas semanas de libertad que voy a tener antes de que mi vida deje de pertenecerme. Y lo que ha pasado entre nosotros es lo único real que he tenido en años.

Hago una pausa. El corazón me late tan fuerte que estoy segura de que puede oírlo.

—Te deseo —digo, y las palabras salen más firmes de lo que esperaba—. No sé si eso está bien o mal pero es la verdad. Te deseo. Y no quiero arrepentirme de no haber ido a por lo que quería cuando tuve la oportunidad.

No le digo que lo amo. No puedo. Porque si se lo digo va a cambiarlo todo. Va a sentirse obligado. Va a pensar que tiene que salvarme o protegerme o decir algo que no siente de verdad. Y no puedo soportar eso.

Además, estoy casi segura de que para él esto es solo atracción. Su mejor amiga que de repente es accesible. El morbo de lo prohibido. La emoción de cruzar líneas que no debería cruzar. No es amor. No puede serlo. ¿Por qué iba a serlo?

Aiden sigue sin decir nada. Sigue mirándome con una expresión que no puedo descifrar. Y entonces se mueve.

Empieza a caminar de un lado a otro del salón como un animal enjaulado, pasándose las manos por el pelo, con la mandíbula tan tensa que se le ve el músculo saltando bajo la piel.

—Tu padre —dice, y su voz suena como si aguantase un volcán dentro—. Tu puto padre está vendiéndote. Usando a su propia hija para salvar su negocio. Y tú… tú lo aceptas sin más.

—No tengo elección —respondo, aunque las palabras me suenan débiles incluso a mí.

—Siempre hay elección —explota, y se gira hacia mí con unos ojos que arden—. Siempre. Puedes decir que no. Puedes negarte. Puedes…

—¿Y entonces qué? —lo interrumpo, y me levanto también, porque no puedo seguir sentada mientras discutimos—.

¿Dejo que mi familia lo pierda todo? ¿Que mi padre pierda la empresa que ha construido durante décadas?

¿Que mi madre tenga que dejar la casa donde ha vivido toda su vida?

¿Que el apellido Walton desaparezca porque yo decidí ser egoísta?

—No es egoísmo querer ser feliz —responde con la voz quebrada—. No es egoísmo no querer ser vendida como una propiedad.

—Es mi familia —digo, y ahora mi voz también sube—. No puedo abandonarlos sin más.

Aiden se queda mirándome durante un buen rato. Y entonces dice algo que hace que el suelo desaparezca bajo mis pies.

—Voy a ir ahora mismo.

Parpadeo sin comprender.

—¿Qué?

—A Connecticut —aclara, y hay una determinación en su voz que me aterra—. Voy a ir a donde tu padre y le voy a decir exactamente lo que pienso de lo que está haciendo. Que deje de usar a su hija. Que encuentre otra forma de salvar su empresa.

—No —lo interrumpo, y la palabra sale como un grito—. No puedes hacer eso.

—Sí puedo —responde con firmeza—. Y voy a hacerlo. Ahora mismo.

—Aiden —digo, y fuerzo la voz para que salga firme, aunque por dentro estoy temblando—. Si haces eso no te lo voy a perdonar.

Se queda inmóvil, mirándome como si no pudiese creer lo que acaba de oír.

—¿Qué?

—Si vas ahí —continúo, y ahora las lágrimas me empiezan a escocer detrás de los ojos, pero me niego a dejarlas caer—.

Si haces eso lo arruinas todo. El trato se cae.

Mi familia lo pierde todo. Y yo seré la culpable.

Yo seré la razón de que todo se haya ido a la mierda. Y no voy a poder vivir con eso.

Veo cómo procesa mis palabras. Cómo la determinación en su rostro se desmorona lentamente y es reemplazada por frustración y rabia y algo que se parece peligrosamente al dolor.

—No me hagas elegir entre tú y mi familia —susurro—. Por favor.

Aiden cierra los ojos. Respira hondo. Una vez. Dos veces. Como si intentase contenerse.

—Mierda —dice, y la palabra sale cargada de toda la impotencia que siente.

Se pasa las manos por el pelo otra vez y tira con tanta fuerza que tiene que dolerle.

—Necesito salir —dice sin mirarme—. Necesito… necesito aire. Necesito caminar. Necesito hacer algo porque si me quedo aquí voy a…

No termina la frase, pero no hace falta. La tensión se le nota en cada línea del cuerpo: en los puños tan apretados que los nudillos se le ponen blancos, en la mandíbula, que se le mueve como si mordiese palabras que no puede decir.

Camina hacia la puerta con pasos casi violentos. Coge las llaves. Pero antes de salir se detiene con la mano en el pomo y, sin girarse, dice algo que me para el corazón.

—El puto mundo es una mierda —dice con la voz rota—. Y tú no te mereces esto. Eres la persona más maravillosa del jodido mundo y te están tratando como si no importases. Como si fueses algo que se puede vender. Y me está matando no poder hacer nada para cambiarlo.

Y entonces sale.

La puerta se cierra detrás de él con un sonido que parece demasiado definitivo. Oigo sus pasos bajando las escaleras, la puerta de abajo abriéndose y cerrándose. Y después, silencio.

Me quedo plantada en mitad del salón sin saber qué hacer. Las piernas me tiemblan tanto que tengo que volver a sentarme antes de que me fallen. Las lágrimas que llevo aguantando escapan por fin y me ruedan por las mejillas sin que pueda detenerlas.

Pero no son lágrimas tristes.

No exactamente.

Porque mientras lloro me doy cuenta de algo que me encoge el pecho de una forma dolorosa y hermosa al mismo tiempo.

Si no estuviese ya enamorada de Aiden, habría caído ahora.

Del todo. Sin remedio. Sin vuelta atrás.

Habría caído por la forma en que ha reaccionado. No con lástima. No con incomodidad. Sino con furia por mí. Con rabia porque me están usando. Con la determinación de protegerme incluso cuando le dije que no podía.

Habría caído por esas palabras. «Eres la persona más maravillosa del jodido mundo.»

Dichas con tanta convicción que me las creo. Dichas como si fuesen la verdad más absoluta del universo. Dichas por un hombre que está dispuesto a enfrentarse a mi padre por mí aunque eso signifique que yo lo odie.

Pero la verdad es que no he enamorado ahora.

Porque ya me enamoré de él hace años.

Desde la primera vez que lo vi. Desde que me miró como si pudiese verme de verdad. No a la heredera Walton. No a la hija perfecta. A mí. A Scarlett.

Nunca tuve la más mínima posibilidad de no enamorarme de Aiden Wellington.

Era tan inevitable como el amanecer, como la gravedad, como respirar.

Y ahora estoy aquí, sentada en su sofá, llorando en su apartamento.

Y rezo para que, cuando se le pase el enfado, quiera compartir estos últimos momentos de libertad conmigo.