CAPÍTULO 19
SCARLETT
El campamento termina a las dos de la tarde.
Morrison despide a los niños que suben a los autobuses con mochilas y recuerdos y caras morenas por el sol.
El equipo recoge el material con la eficiencia que dan los años de hacer esto.
Las lonas se doblan, las cuerdas se enrollan y las tiendas desaparecen una a una hasta que el claro queda vacío, como si nunca hubiésemos estado aquí.
Aiden trabaja sin parar: carga equipo en la camioneta, ayuda a Jake con las cajas pesadas, revisa que no quede nada olvidado. Se mantiene ocupado. Se mantiene lejos de mí.
No me ha mirado desde esta mañana.
Ni una sola vez.
Y cada minuto que pasa sin que nuestros ojos se encuentren hace que se me apriete más el nudo de la garganta.
Jake nos mira raro. Lo veo lanzar miradas entre Aiden y yo con una expresión que deja claro que sabe que algo ha pasado. Que la tensión entre nosotros es tan obvia que cualquiera podría notarla.
Pero no dice nada.
Nadie dice nada.
Cuando todo está recogido, Morrison nos despide con un asentimiento y un «buen trabajo» que suena rutinario. El equipo se dispersa hacia sus coches. Jake le da un golpe en el hombro a Aiden y le dice algo que no consigo oír. Aiden asiente sin sonreír.
Y entonces solo quedamos nosotros dos, de pie junto a su camioneta, bajo el sol de la tarde y con el peso de todo lo que no hemos dicho colgando entre nosotros.
—Vamos —dice al fin, sin mirarme, y abre la puerta del copiloto.
Subo sin decir nada. Él rodea la camioneta hasta el lado del conductor. Se mete. Cierra la puerta. Arranca el motor.
Y empezamos el viaje de vuelta en un silencio tan absoluto que oigo los latidos de mi propio corazón.
Aiden conduce con la vista fija en la carretera y aprieta el volante con tanta fuerza que se le ponen blancos los nudillos, la mandíbula tensa, los hombros rígidos, como si estuviese conteniendo algo con cada músculo del cuerpo.
Yo miro por la ventana cómo pasa borroso el paisaje: montañas, árboles, el camino que serpentea de vuelta hacia Sunset Valley. Cada kilómetro que recorremos es un kilómetro más cerca de casa. Un kilómetro más cerca del momento en que ya no voy a poder seguir callando.
Porque cuando lleguemos a casa se lo voy a contar.
Todo.
La verdad que he estado guardando. El compromiso que no elegí. La vida que no quiero. Y la pregunta que me aterra hacer pero para la que necesito una respuesta.
¿Puedo tenerlo aunque sea por poco tiempo?
El silencio se alarga, pesado, incómodo, lleno de todas las palabras que ninguno dice: de todo lo que ha pasado esta mañana, del beso de ayer, del lago, de cada momento cargado que hemos compartido desde que llegué aquí.
Miro de reojo a Aiden: el perfil tenso contra la ventana, la mandíbula apretada, los ojos fijos en la carretera, como si mirarme fuese un dolor físico.
Y se me aprieta el pecho.
Porque sé que está sufriendo. Sé que se está castigando por lo que ha pasado. Sé que cree que hizo algo terrible cuando lo único terrible es que tengamos que parar, que tengamos que fingir, que yo tenga que volver en unas semanas y casarme con un hombre al que no amo.
Pero eso va a cambiar.
Voy a contarle la verdad. Y después voy a luchar.
Por primera vez en mi vida voy a luchar por lo que quiero en lugar de aceptar lo que me dan.
El letrero de Sunset Valley aparece en la carretera.
«Bienvenidos. Población 2147.» Las mismas palabras que vi cuando llegué hace semanas pero que ahora me parecen distintas.
Porque ahora este pueblo es más que un lugar donde esconderme.
Es el lugar donde Aiden vive. Donde está su familia.
Donde podría tener algo real aunque sea temporal.
Aiden gira en Main Street. Aparca frente al parque de bomberos. Apaga el motor.
El silencio que sigue es ensordecedor.
Ninguno de los dos se mueve. Ninguno dice nada. Solo nos quedamos ahí sentados mientras el motor chasquea al enfriarse y el mundo exterior sigue ajeno a lo que está pasando dentro de esta camioneta.
—Aiden —digo por fin, y mi voz rompe el silencio como si este fuese de cristal—. Tenemos que hablar.
Lo veo tensarse: aprieta el volante aunque el motor esté apagado, y la mandíbula se le mueve como si retuviese palabras que no quiere decir.
—Lo sé —responde, y la voz le sale áspera.
No dice nada más. Solo sale de la camioneta y me deja ahí sentada un segundo, hasta que me obligo a moverme.
Bajo también. Cojo la mochila de la parte trasera. Lo sigo hacia las escaleras que llevan a su apartamento.
Cada escalón es un paso hacia algo inevitable, algo que va a cambiarlo todo. Para bien o para mal, todavía no lo sé.
Pero no puedo seguir así.
No puedo pasar las próximas semanas fingiendo que no ha pasado nada, que no lo amo y que no quiero disfrutar de él el poco tiempo que me queda antes de casarme.
Aiden abre la puerta del apartamento y entramos.
Y ya no hay forma de huir.