CAPÍTULO 18
AIDEN
Me despierto desubicado.
Hace calor. Mucho calor. El tipo de calor pegajoso que te hace sudar incluso sin moverte. Y hay algo suave presionando contra mí. Algo que huele a lavanda y a ese champú caro que Scarlett siempre usa y que me vuelve loco.
Abro los ojos con la confusión de alguien que no sabe dónde está ni cómo ha llegado ahí. La luz del amanecer se filtra por la lona de la tienda. Y entonces me doy cuenta de varias cosas a la vez.
Estoy sobre mi saco de dormir. No dentro. Con el calor de la noche, ninguno de los dos se metió dentro y nos quedamos tumbados encima. Y no estoy solo.
Scarlett está delante de mí.
Completamente pegada a mi pecho.
Y yo la estoy abrazando.
Mi brazo está alrededor de su cintura. Mi mano descansa sobre su vientre. Mi pecho presiona contra su espalda. Mis piernas están enredadas con las suyas. Y estamos tan pegados que no hay ni un centímetro de espacio entre nosotros.
El pánico llega primero. Suave pero creciendo. ¿Cuándo pasó esto? ¿Cómo terminamos así? Debí moverme dormido. O ella se acercó buscando calor.
Debería apartarme.
Lo sé. Debería quitar mi brazo de su cintura y poner distancia entre nosotros antes de que ella se despierte y esto se vuelva incómodo. Antes de que se dé cuenta de que la he estado abrazando como si tuviese algún derecho a hacerlo.
Pero no me muevo.
Porque se siente demasiado bien.
Porque encaja contra mí de una forma que me aprieta algo en el pecho. Porque puedo sentir cómo sube y baja su cuerpo con cada respiración. Porque su pelo me hace cosquillas en la nariz y huele tan bien que quiero enterrar mi cara en él y nunca salir.
Debería apartarme.
Pero no lo hago.
Y entonces ella se mueve.
Es un movimiento pequeño. Un estiramiento suave como el de alguien que se está despertando despacio. Arquea ligeramente la espalda. Estira las piernas. Y presiona hacia atrás.
Directamente contra mi entrepierna.
Y joder.
Estoy duro.
Muy duro.
Tengo una erección firme como el acero por tener a Scarlett pegada a mí. Es una situación letal y mi polla presiona con dolor contra la tela de mis pantalones. Y ella acaba de presionar su culo directamente contra esa erección.
Me quedo completamente inmóvil. Contengo la respiración. Intento no moverme ni un centímetro porque si me muevo voy a presionar contra ella y esto va a ser obvio y va a ser el momento más incómodo de mi vida.
Pero entonces ella vuelve a moverse.
Se estira otra vez. Arqueando más la espalda. Presionando más contra mí. Y esta vez no hay forma de que no sienta lo duro que estoy contra ella.
Un gemido sale de mi garganta antes de que pueda detenerlo. Bajo. Casi inaudible. Pero lo suficientemente alto como para que ella lo oiga.
Scarlett se pone completamente rígida.
Deja de respirar. Deja de moverse. Y sé que acaba de darse cuenta de que la estoy abrazando. De que estoy duro contra ella. De que hemos pasado quién sabe cuántas horas durmiendo así.
El silencio que sigue es tan absoluto que puedo oír mi propio corazón latiendo salvaje en mis oídos.
—Scarlett —susurro con voz que sale ronca por el sueño y por la excitación—. Lo siento. Yo no…
Pero no termino la frase.
Porque ella no se aparta.
En cambio, presiona hacia atrás.
Deliberadamente esta vez. Nada de movimientos inconscientes de medio dormida. Esto es consciente. Intencionado. Aprieta el culo contra mi polla con una firmeza que me deja sin aire.
Y entonces lo hace otra vez.
Un movimiento pequeño. Apenas nada. Pero suficiente para que la fricción me atraviese como electricidad.
Mi mano en su vientre se aprieta involuntariamente. Mis dedos se hunden un poco en la tela de su camiseta y la mantienen contra mí cuando debería estar soltándola y alejándome como si estuviese en llamas.
Pero no puedo.
No puedo hacer nada excepto quedarme ahí paralizado mientras mi cuerpo toma decisiones que mi cerebro sabe que son terribles.
Mis caderas se mueven solas. Presionando contra ella. Buscando más de esa fricción que me está volviendo loco. Y Scarlett gime. Es un sonido bajo y suave que sale de algún lugar profundo de su garganta. Un sonido que me borra todo pensamiento racional del cerebro.
Empezamos a moverse juntos.
Despacio al principio. Tentativo. Como si ambos estuviésemos probando hasta dónde puede llegar esto.
Mis caderas presionan contra ella. Ella se arquea hacia atrás buscando más contacto.
Los cuerpos se frotan a través de capas de ropa que de repente parecen demasiadas y no suficientes al mismo tiempo.
Entierro mi cara en su cuello y respiro su olor. Mis labios rozan la piel sensible detrás de su oreja sin llegar a besar porque si la beso no voy a poder parar. Pero tan jodidamente cerca que puedo sentir su pulso acelerado bajo mis labios.
Scarlett se arquea más. Aprieta el culo contra mi polla con más fuerza. Se mueve en un ritmo que me está matando. Pequeños movimientos circulares que me obligan a morderme el labio para no gemir tan alto que todo el campamento nos oiga.
Mi mano empieza a bajar por su vientre. Despacio. Le doy tiempo para detenerme. Para decir que no. Para recordarme que esto es una locura y que no deberíamos estar haciendo esto.
Pero no dice nada.
Solo sigue moviéndose contra mí. Solo sigue haciendo esos sonidos pequeños que me están volviendo completamente loco.
Mis dedos llegan a la cinturilla de sus pantalones y me detengo. El último vestigio de cordura gritándome que esto es cruzar una línea de la que no hay vuelta atrás.
—¿Puedo? —susurro contra su cuello con voz que no reconozco como mía.
—Sí —responde ella sin dudarlo. Sin pensarlo. Solo necesitándolo tanto como yo.
Y deslizo mi mano dentro.
Sobre la tela de sus bragas. No debajo. Manteniendo esa última barrera porque si la cruzo no va a haber forma de detener esto. Pero sintiendo el calor que irradia de ella. Sintiendo la humedad que ha empapado la tela.
Scarlett gime más alto cuando mis dedos presionan contra ella.
Encuentro su clítoris a través de la tela.
Y comienzo a hacer círculos firmes que la hacen arquearse violentamente contra mí.
Sus caderas se mueven en busca de más presión mientras su culo sigue apretándose contra mi polla en un ritmo que me está llevando al borde.
—Aiden —gime mi nombre como una súplica y una orden al mismo tiempo.
Y yo le doy lo que necesita.
Presiono más fuerte. Hago círculos más rápidos. Mantengo el ritmo constante mientras ella se mueve contra mi mano. Mientras sus gemidos se vuelven más urgentes. Mientras su cuerpo se tensa preparándose para romperse.
Y entonces se corre.
Su cuerpo se arquea violentamente contra el mío. Deja escapar un gemido ahogado contra su propio brazo que muerde para no gritar. Tiembla entre mis brazos mientras el orgasmo la atraviesa en oleadas que puedo sentir bajo mis dedos.
La sostengo a través de todo. Mientras hago movimientos más lentos. Más suaves. Hasta que deja de temblar y su cuerpo se relaja completamente contra el mío. Hasta que su respiración empieza a normalizarse. Hasta que el último temblor desaparece.
Y entonces mi cerebro vuelve a funcionar.
Y me doy cuenta de lo que acabo de hacer.
La he hecho correrse.
En nuestra tienda. Con todo el campamento a metros de distancia. Con treinta niños durmiendo ahí fuera. Con mi equipo a escasos pasos de nosotros.
Y está prometida.
Va a casarse con otro hombre en unos meses.
Y yo acabo de meterle la mano en los pantalones y hacerla correrse como si tuviese algún derecho a tocarla así.
El pánico me golpea como un tren de mercancías.
Me aparto de ella bruscamente. Me siento con movimientos torpes. Me paso las manos por el pelo y tiro con fuerza, como si el dolor físico pudiese de alguna forma borrar lo que acabo de hacer.
—Mierda —la palabra sale rota—. Mierda. Lo siento.
Scarlett se gira hacia mí. Todavía jadeando suavemente. Con las mejillas sonrojadas. Los ojos enormes y confundidos mirándome como si no entendiese por qué me he apartado.
—No debería de haber… joder —me incorporo todo lo que puedo porque necesito moverme, necesito hacer algo que no sea quedarme ahí mirándola con el sabor de la culpa amargo en la boca—. He tomado lo que no me corresponde.
Las palabras salen con más fuerza de la que pretendía. Cargadas de toda la culpa y el autodesprecio que llevo sintiendo desde que la besé ayer.
—Aiden —empieza, pero no puedo dejarla terminar.
—Sé que estás prometida —la interrumpo sin mirarla porque no confío en mí mismo—. Lo sé. Pero siempre se me ha dado muy mal resistirme a ti.
La confesión sale antes de que pueda detenerla. Tres años de sentimientos enterrados escapando en una frase que dice demasiado y no suficiente al mismo tiempo.
Hago una pausa. Respiro sin aliento.
—Y eso no es una excusa —continúo con voz que se rompe—. No tengo derecho a tocarte así. A hacerte…
No puedo terminar la frase. No puedo decir en voz alta lo que acabo de hacerle porque si lo hago se va a volver demasiado real.
—Aiden —me llama otra vez. Más suave en esta ocasión. Como si estuviese intentando calmarme.
Pero no puedo calmarme. No puedo quedarme aquí un segundo más con su olor todavía en mi piel y el sonido de sus gemidos todavía resonando en mis oídos.
—Tengo que salir —digo bruscamente.
Y salgo de la tienda antes de que pueda decirme nada más.
El aire fresco de la mañana me golpea la cara pero no me despeja. Porque puedo sentir todavía cómo temblaba contra mí. Puedo sentir todavía la humedad en mis dedos. Puedo oír todavía cómo gemía cuando se corrió.
Y sé que acabo de cruzar una línea de la que no hay vuelta atrás.
SCARLETT
Me quedo tumbada sobre el saco mirando el lugar donde estaba Aiden hace treinta segundos.
El cuerpo todavía me vibra. Todavía puedo sentir sus dedos en mí. Todavía puedo sentir el calor de su cuerpo contra el mío. Todavía puedo oír su voz ronca susurrando mi nombre contra mi cuello.
Y todavía puedo oír sus palabras rebotando en mi cabeza como ecos que no se apagan.
«He tomado lo que no me corresponde.»
«Sé que estás prometida.»
«Siempre se me ha dado muy mal resistirme a ti.»
Repito esa última frase en mi mente una y otra vez.
Resistirme a ti.
No resistirse a la situación. No resistirse al momento. No resistirse porque estábamos medio dormidos y las cosas pasaron.
Resistirse a MÍ.
Como si fuese algo que lleva tiempo intentando hacer. Como si fuese una batalla que lleva tiempo peleando. Como si yo fuese algo de lo que se tuviese que proteger.
Me siento despacio. Siento el cuerpo todavía tembloroso por razones que ya no tienen nada que ver con el orgasmo y todo que ver con la idea que está empezando a formarse en mi cabeza.
Repaso cada momento desde que he llegado a Sunset Valley.
Todos los momentos de tensión que han crecido entre nosotros.
«Siempre se me ha dado muy mal resistirme a ti.»
Y lo entiendo todo de golpe.
No es que no me quiera.
No es que solo me vea como su amiga.
No es que piense que soy demasiado joven o que no le parezco atractiva o cualquiera de las mil razones que he inventado durante años para explicar por qué nunca ha hecho nada.
Es que se está frenando.
Por el compromiso. Por Julian. Por lo que cree que es correcto. Porque piensa que estaría robando algo que no le pertenece. Porque es Aiden y ser bueno está tan arraigado en él que prefiere sufrir antes que hacer algo que considere moralmente cuestionable.
Está protegiéndome. De sí mismo. De lo que sea que haya entre nosotros y que le impide resistirse aunque lo intente.
Y yo he estado ciega.
Tan centrada pensando que no me quería que no he visto lo obvio.
Que me desea.
Pero no quiere dar ese paso.
Porque no sabe la verdad.
No sabe que el compromiso con Julian no es mi elección. Que es un trato de negocios. Que mi padre me está usando para salvar su imperio. Que estoy siendo vendida como un activo más de Walton Legacy Group.
No sabe que no amo a Julian.
Que nunca lo he amado.
Que el único hombre al que he amado en mi vida es a él.
Una decisión se forma en mi mente. Clara. Firme. Inquebrantable.
Voy a contarle la verdad.
No ahora. No aquí en esta tienda con el campamento despertándose afuera y niños que van a necesitar desayuno y actividades. No en este momento donde todavía puedo sentirlo en mi piel y mis emociones están demasiado crudas.
Pero sí cuando volvamos a casa.
Le voy a contar todo. El trato de mi padre con los Vane.
La fusión para salvar a mi familia de la ruina.
Que el compromiso es por obligación no elección.
Que me estoy sacrificando para que el apellido Walton no desaparezca.
Que en unos meses voy a tener que volver y casarme con un hombre al que no amo porque es mi deber.
Y después de que sepa todo eso voy a preguntarle algo que me aterra más que cualquier otra cosa en mi vida.
¿Puedo tenerlo antes de que termine esto?
¿Puede ser mío aunque sea por poco tiempo? ¿Aunque sea solo este verano antes de que tenga que volver? ¿Aunque ambos sepamos que tiene fecha de caducidad y que en agosto voy a tener que dejarlo?
¿Me dará eso?
No sé cuál será su respuesta.
Pero necesito saberlo.
Le voy a contar la verdad.
Y después voy a pedirle que sea mío.
Aunque sea solo por un tiempo.
Aunque duela más cuando termine.
Aunque sea lo más egoísta que he hecho en mi vida.
Voy a tomar lo que pueda antes de que me lo arrebaten todo.