Fuego Salvaje (Sunset Valley 5) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

AIDEN

Solo puedo pensar en el beso.

Joder.

Tengo que volver a la normalidad cuanto antes o voy a fastidiar mi amistad con Scarlett.

La fogata se ha apagado hace una hora y los niños están en sus tiendas durmiendo o fingiendo que duermen mientras susurran entre ellos.

El campamento está sumido en ese silencio extraño de la noche donde cada sonido parece amplificado.

El crujido de las ramas bajo los pies. El viento que mueve las lonas de las tiendas.

Mi propia respiración que suena demasiado alta.

Scarlett camina a mi lado hacia nuestra tienda y el silencio entre nosotros es tan denso que casi me ahogo. Hemos pasado todo el día evitándonos. Todo el día fingiendo que no nos besamos esta mañana. Todo el día actuando como si ese beso no hubiese cambiado absolutamente todo.

Y no puedo más.

No puedo pasar otra noche tumbado a centímetros de ella con esta tensión que cuelga sobre nosotros como una guillotina a punto de caer. Necesito arreglarlo. Necesito que volvamos a ser lo que éramos antes. Amigos. Solo amigos. Aunque me mate fingirlo.

No estoy dispuesto a perderla.

Y sé que solo la puedo tener como amiga.

—Oye —digo antes de que lleguemos a la tienda, y mi voz sale demasiado alta en el silencio.

Ella se detiene y se gira hacia mí. La luz de la luna le ilumina el pelo y puedo ver cómo me mira con cautela. Como si no estuviese segura de si va a gustarle lo que voy a decir.

—¿Recuerdas la lista? —pregunto, y consigo que mi voz suene casual aunque el corazón me late demasiado rápido.

—¿Qué lista?

—La de cosas que quieres hacer. La que hicimos en el apartamento.

Algo en su expresión cambia. Sorpresa tal vez. O confusión porque estoy sacando esto ahora después de haberla evitado todo el día.

—Por supuesto que la recuerdo —dice despacio.

—¿Qué te parece si añadimos algo esta noche?

Me mira durante un momento largo sin decir nada y puedo ver cómo procesa la propuesta. Cómo intenta descifrar qué demonios estoy haciendo.

—¿Ahora? —pregunta finalmente.

—¿Por qué no? —me encojo de hombros como si esto fuese lo más normal del mundo—. Todos están durmiendo. Podríamos… no sé. ¿Bañarnos en el lago?

Las palabras salen y en cuanto lo hacen me doy cuenta de lo que acabo de sugerir. Bañarnos. En el lago. Los dos. Solos. De noche.

Mierda.

Es una idea terrible.

¿En qué estoy pensando?

Pero ya no puedo retirarlo sin que parezca raro.

—Es algo salvaje, ¿no? —continúo intentando venderle la idea—. Nadar de noche cuando somos los monitores y deberíamos ser ejemplares. Es perfecto para tu lista.

Ella me mira durante lo que se siente como una eternidad. Evaluando. Decidiendo. Y yo me obligo a mantener la expresión casual aunque cada segundo que pasa sin que responda me sube el pánico por la garganta.

¿Habré roto nuestra amistad para siempre?

—Vale —dice finalmente.

—¿Sí?

—Sí. Vamos.

Y joder. No pensaba que fuese a contestar que sí.

Pero ya es demasiado tarde para echarme atrás.

—Genial —consigo decir—. El lago está por aquí.

Empiezo a caminar antes de que pueda cambiar de opinión o de que ella pueda ver el pánico en mi cara. Scarlett me sigue en silencio y puedo sentir su presencia detrás de mí como un peso físico.

El camino al lago dura un par de minutos que se sienten como horas. Intento llenar el silencio con palabras que no significan nada.

—El lago está precioso de noche. Solía venir aquí de niño en los campamentos de verano.

Ella no responde. Solo hace un sonido bajo que podría ser acuerdo o podría ser que no está escuchando en absoluto.

Cuando llegamos al borde del agua me detengo y miro la superficie plateada que se extiende delante de nosotros. La luna se refleja perfectamente creando un camino de luz que parece ir hacia el infinito. Está tranquilo. Hermoso. Y estamos completamente solos.

Me quito la camiseta intentando que el movimiento parezca casual. Como si hacer esto con ella no fuese gran cosa.

—¿Vienes o…? —empiezo a decir mientras dejo caer la camiseta en el suelo.

—¿Con ropa?

Me giro hacia ella tan rápido que casi pierdo el equilibrio.

—¿Qué?

—¿Vamos a bañarnos con ropa? —repite, y hay algo en su tono que me cierra el estómago—. Porque eso no es muy salvaje que digamos.

Me quedo mirándola sin saber qué decir. Sin saber si está bromeando o si habla en serio o si esto es algún tipo de test que voy a suspender de todas formas.

—¿Estás diciendo que…?

—Has dicho que hagamos algo salvaje —me interrumpe, y ahora hay desafío en su voz—. Bañarse con ropa interior no es salvaje. Es solo… mojarse.

La garganta se me cierra tanto que casi no puedo tragar.

—Tienes razón —consigo decir, aunque cada palabra me cuesta.

Y entonces ella empieza a desvestirse.

No aparta los ojos de los míos mientras se coge el borde de su camiseta y se la saca por la cabeza con un movimiento fluido.

La deja caer al suelo junto a la mía y yo me quedo completamente paralizado con la imagen de ella ahí de pie en sujetador y pantalones, que se me graba en el cerebro de una forma que sé que nunca voy a poder borrar.

Debería apartar la vista. Sé que debería. Que esto no es lo mismo que cuando éramos más jóvenes. Que no nos acabábamos de besar. Pero mis ojos tienen voluntad propia y no puedo hacer otra cosa que mirar mientras se gira un poco (dándome la espalda, gracias a Dios) y se desabrocha el sujetador.

Puedo ver la curva de su columna. La piel plateada bajo la luz de la luna. Los hombros delicados. Y cuando el sujetador cae tengo que cerrar los ojos porque si no lo hago voy a hacer algo estúpido como cerrar la distancia entre nosotros y tocarla.

Oigo el sonido de su cremallera bajando. El susurro de la tela que se desliza por sus piernas. Y cuando abro los ojos otra vez, porque soy masoquista y no puedo evitarlo, ella está caminando hacia el agua completamente desnuda.

No mira atrás. Solo camina con una confianza que me vacía los pulmones de aire. Y yo me quedo ahí de pie con los vaqueros todavía puestos y una erección que ya está presionando dolorosamente contra la tela y la certeza absoluta de que esta es la peor idea que he tenido en mi vida.

Me obligo a moverme. A quitarme los vaqueros con manos que me tiemblan. A intentar no pensar en que voy a estar desnudo con ella en ese lago. A no procesar lo que eso significa o lo que podría pasar.

Para cuando consigo quitarme toda la ropa ella ya está metida en el agua hasta los hombros. Puedo ver su cabeza flotando. El pelo extendido alrededor como una aureola.

Y yo camino hacia el agua rezando para que el frío me ayude con el problema que tengo entre las piernas.

SCARLETT

El agua está helada.

Me roba el aliento en cuanto entro pero es exactamente lo que necesito.

Un shock que despeja mi cabeza de todo excepto la sensación de frío contra mi piel caliente.

Me sumerjo completamente dejando que el agua me cubra y cuando salgo a la superficie el pelo se me pega a la cara y tengo que apartarlo con las manos.

Me giro y veo a Aiden entrando al agua.

También desnudo.

Completamente desnudo.

La luz de la luna ilumina su piel y le marca cada músculo mientras se adentra más. El agua le llega hasta la cintura. Después hasta el pecho. Y yo no puedo apartar la vista aunque sé que debería.

Es hermoso. Dios, es tan hermoso que no quiero dejar de mirarlo. Y está aquí. Conmigo. Estamos los dos desnudos en un lago en mitad de la noche como si esto fuese algo que hacemos normalmente.

Como si no nos hubiésemos besado esta mañana de una forma que me ha destrozado.

Como si todavía pudiese fingir que somos solo amigos.

No digo nada. Solo lo miro mientras se sumerge también y cuando sale sacude la cabeza y el agua vuela en todas direcciones. Se pasa las manos por el pelo apartándolo de su cara y entonces nuestras miradas se encuentran.

Y se sostienen.

Durante demasiado tiempo.

Ninguno de los dos aparta los ojos.

Mantenemos la distancia. Unos metros entre nosotros. Pero soy consciente de cada movimiento que hace. De cada chapoteo. De cada respiración que toma y que puedo oír incluso desde aquí.

Echo la cabeza hacia atrás y miro las estrellas que se extienden sobre nosotros como diamantes esparcidos en terciopelo negro. El agua acaricia mi piel desnuda de una forma que se siente casi obscena. Íntima. Como si el lago mismo estuviese tocándome de formas que Aiden nunca va a tocarme.

Oigo que él también está flotando cerca. No tan cerca como para tocarnos pero lo suficiente como para que pueda sentir su presencia. Puedo verlo con el rabillo del ojo. Su perfil recortado contra el cielo estrellado. Hermoso. Inalcanzable.

El silencio entre nosotros se alarga pero no es incómodo. Es otra cosa. Está cargado. Eléctrico. Como si el aire mismo estuviese esperando algo.

Me canso de flotar y bajo los pies hasta tocar el fondo. El agua me llega hasta los hombros. Me giro buscándolo y me doy cuenta de que está más cerca de lo que pensaba.

Mucho más cerca.

Solo unos metros nos separan y está de pie también mirándome con una intensidad que me sacude el corazón.

Nuestros ojos se encuentran otra vez y esta vez no aparto la vista. No puedo. Hay algo en cómo me está mirando que me tiene clavada en el sitio. Algo oscuro y hambriento y desesperado.

Doy un paso hacia él.

No pienso en hacerlo. Mi cuerpo simplemente se mueve. El agua se ondula a mi alrededor mientras avanzo y veo cómo sus ojos se ensanchan ligeramente.

Pero no se mueve. No retrocede. Solo me mira mientras acorto la distancia entre nosotros.

Otro paso.

Dos metros.

Puedo ver las gotas de agua en sus pestañas ahora. Puedo ver cómo su pecho sube y baja más rápido. Puedo ver la tensión en su mandíbula mientras aprieta los dientes.

Otro paso.

Metro y medio.

—Scarlett —dice, y su voz sale ronca. Rota. Como una advertencia y una súplica al mismo tiempo.

Pero no me detengo.

Doy otro paso.

Recorro un metro.

Ahora está tan cerca que si extiendo la mano puedo tocarlo. Pero no lo hago. Solo sigo avanzando con el corazón latiéndome tan fuerte que estoy segura de que puede oírlo.

Medio metro.

Puedo sentir el calor que irradia de su cuerpo a pesar de que estamos rodeados de agua fría. Puedo ver cada detalle de su cara. La forma en que me mira como si fuese algo precioso y aterrador al mismo tiempo.

Doy un último paso.

Estamos tan cerca que nuestras respiraciones se mezclan. Tan cerca que podría inclinarme ligeramente y nuestros labios se tocarían. Tan cerca que el mundo entero desaparece hasta que solo quedamos nosotros dos en este lago bajo las estrellas.

Levanto mi mano despacio. Tan despacio que cada segundo se siente como una eternidad. Hacia su cara. Hacia su mejilla, por la que veo resbalar gotas.

Mis dedos están a centímetros de tocar su piel cuando lo oigo.

—¿Hay alguien ahí?

La voz de Morrison atraviesa la noche como un disparo.

Ambos nos congelamos completamente. Nuestros ojos todavía conectados. Mi mano todavía suspendida en el aire entre nosotros. El momento se rompe en mil pedazos.

—Si sois del campamento os vais a meter en un lío —continúa Morrison, y puedo ver el haz de su linterna barriendo los árboles cerca de la orilla.

Mierda.

Aiden reacciona primero. Su mano se cierra alrededor de mi muñeca, no la que está levantada sino la otra, y tira de mí hacia la orilla. Nadamos en silencio, con movimientos rápidos, cuidando de no hacer demasiado ruido que nos delate.

Cuando llegamos a la orilla nos arrastramos fuera del agua como podemos. Completamente desnudos. Goteando. Con Morrison todavía buscando con su linterna.

Aiden coge su ropa del suelo y yo hago lo mismo. No hay tiempo para vestirnos. Solo cogemos todo en nuestros brazos y echamos a correr entre los árboles. Desnudos. Mojados. Huyendo como criminales.

Corremos hasta que estamos lo suficientemente lejos como para que Morrison no pueda oírnos. Y entonces nos detenemos jadeando. Apoyándonos contra los árboles. Intentando recuperar el aliento.

Nos miramos.

Y nos empezamos a reír.

No puedo evitarlo. La situación es tan absurda que la risa sale de algún lugar profundo en mi pecho. Histérica. Incontrolable. Y Aiden se está riendo también con esa risa contagiosa que lo vuelve todo menos grave.

—Casi nos pilla —consigo decir entre carcajadas.

—Morrison nos habría matado —responde Aiden todavía riendo.

—Estamos desnudos en mitad del bosque.

—Completamente desnudos.

Y eso nos hace reír más fuerte hasta que me duele el estómago y las lágrimas me corren por las mejillas mezclándose con el agua del lago.

Finalmente la risa se apaga y nos quedamos ahí de pie. Todavía desnudos. Todavía goteando. Mirando cualquier sitio menos el uno al otro porque si nos miramos ahora el momento que casi tuvimos en el lago va a volver y no estoy segura de que pueda manejarlo.

—Deberíamos vestirnos —dice Aiden con voz que intenta sonar normal pero que sale demasiado tensa.

—Sí.

Nos vestimos con torpeza y nos ponemos la ropa sobre la piel mojada. Sin mirarnos. Sin hablar. El momento de antes completamente roto y reemplazado por una incomodidad que vuelve eterno cada segundo.

Cuando estamos vestidos empezamos a caminar de vuelta al campamento.

En silencio otra vez. Pero esta vez es diferente.

No es la tensión de antes. Es algo más suave.

Más cómodo. Como si haber estado desnudos juntos y haber escapado de Morrison riendo hubiese roto algo de la rigidez que llevábamos cargando todo el día.

Pero cuando llegamos a nuestra tienda la comodidad desaparece.

Porque ahora tenemos que entrar ahí. Tumbarnos en nuestros sacos a centímetros el uno del otro. Después de haber estado desnudos juntos en ese lago. Después de haberme acercado tanto que casi lo toco. Después de habernos besado esta mañana.

Entramos en silencio. Cada uno se tumba sobre su saco sin decir una palabra. Sin mirarnos. Dándonos la espalda como si eso fuese a hacer que sea menos obvio que ambos estamos completamente despiertos. Completamente conscientes. Completamente incapaces de olvidar lo que casi ha pasado.

Cierro los ojos e intento calmar mi respiración.

Intento no pensar en que mañana volvemos a casa y voy a tener que seguir fingiendo que esto no está pasando.

Que no lo amo.

Que no quiero tocarlo.

Que puedo seguir siendo solo su amiga cuando cada fibra de mi ser está gritando que quiero ser mucho más.

Pero no consigo no pensar en nada de eso.

Así que me quedo despierta. Escuchando su respiración al otro lado de la tienda. Sabiendo que él también está despierto.

Pienso en lo que casi ha pasado.

Y en lo que nunca podrá ser.