Fuego Salvaje (Sunset Valley 5) CAPÍTULO 16 #2
59%

CAPÍTULO 16 #2

Suave. Tan suave que casi no es nada. Solo aliento cálido que se mezcla. Solo el roce más ligero de piel contra piel. Solo la promesa de algo más.

Es técnica médica. Se supone que es técnica médica. Una demostración para treinta niños que necesitan aprender cómo salvar una vida.

Pero no se siente como técnica.

Se siente como Aiden besándome.

Presiona más y sella su boca contra la mía. Labios firmes y cálidos y reales que se mueven un poco para ajustar el ángulo. Y entonces exhala.

El aire entra en mis pulmones. Cálido. Suyo. Me llena de una forma que no tiene nada que ver con el oxígeno y todo que ver con el hecho de que es el aliento de Aiden dentro de mí.

Se aparta milímetros. Sus labios todavía rozan los míos. Puedo sentir cada respiración que toma como si fuese mía.

—Y otra vez —dice con voz completamente destrozada.

Vuelve a inclinarse. Segunda respiración. Pero esta vez algo cambia.

Esta vez sus labios se mueven de una forma que no es para nada médica. Un roce deliberado. Una caricia que no debería estar ahí. Una presión que dura un segundo más de lo necesario.

Y yo respondo.

Sin pensar. Sin poder evitarlo. Sin importarme que haya gente mirándonos.

Presiono hacia arriba. Buscando más contacto. Mis labios se mueven contra los suyos de una forma que cruza completamente la línea entre demostración y realidad.

Aiden se queda completamente inmóvil.

Un segundo suspendido en el tiempo donde ninguno de los dos respira. Donde el mundo entero se detiene. Donde acaba de darse cuenta de que acabo de besarlo de verdad. De que he cruzado esa línea que no debía cruzar.

Y entonces todo explota.

La mano bajo mi nuca aprieta. Sosteniéndome con fuerza que roza lo posesivo. Cambiando el ángulo de mi cabeza para conseguir mejor acceso. Y su boca presiona contra la mía con una intensidad que borra todo pensamiento racional de mi cerebro.

Ya no es suave.

Ya no es una demostración.

Es hambre pura. Cruda. Devastadora.

Sus labios se mueven contra los míos con una desesperación que noto por todo el cuerpo. Capturan mi labio inferior. Tiran ligeramente. Y cuando dejo escapar un gemido pequeño e involuntario que queda atrapado entre nuestras bocas algo en él se desata completamente.

Su lengua traza el sello de mis labios. No pidiendo permiso. Exigiéndolo. Demandándolo con una autoridad que envía un calor líquido por mi columna hasta asentarse bajo en mi vientre.

Y yo abro.

Sin dudarlo. Sin pensarlo. Solo necesitándolo con una urgencia que me está matando.

Su lengua encuentra la mía y el mundo explota en mil pedazos de luz y calor y sensación pura.

Es todo lo que he imaginado durante años. Todas las noches que me he quedado despierta fantaseando con este momento. Todos los sueños donde nos besábamos y yo despertaba con el corazón roto porque no era real.

Pero esto es real.

Esto es Aiden besándome como si él también lo quisiera.

Sabe a café y a menta y a algo puramente masculino que es solo suyo y que me deja con ganas de más. Más de este sabor. Más de este beso. Más de él hasta que ya no sepa dónde termino yo y dónde empieza él.

Su peso está medio sobre mí ahora. No completamente pero sí lo suficiente como para que pueda sentir el calor de su cuerpo presionando contra el mío.

Lo suficiente como para que sea consciente de cada músculo.

De cada centímetro de él. De cómo está controlándose para no aplastarme completamente contra el suelo.

La mano en mi nuca me sostiene en el ángulo exacto que quiere.

Sus dedos en mi pelo tiran un poco, de una forma que me da ganas de arquearme hacia él.

Su otra mano ha dejado mi barbilla y está en mi cintura ahora.

Sus dedos me presionan la piel a través de la tela de mi camiseta con una posesividad que debería asustarme pero que solo me hace querer más.

Su lengua explora. Acaricia la mía en movimientos lentos y deliberados que son tan íntimos que debería ser ilegal hacerlos en público. Cuando captura mi labio inferior entre sus labios y chupa ligeramente tengo que tragarme un gemido que amenaza con escapar.

Y cuando chupo su lengua en respuesta, incapaz de resistirme, gruñe.

Es un sonido bajo. Animal. Que vibra en su pecho y que puedo sentir contra el mío. Un sonido que me dice que está tan perdido en esto como yo. Que ha olvidado dónde estamos. Qué se supone que estamos haciendo.

Profundiza el beso. Su cabeza se inclina más para conseguir mejor un ángulo. Su lengua se adentra más en mi boca con una confianza que me curva los dedos de los pies dentro de los zapatos. Saboreándome como si fuese lo más delicioso que ha probado en su vida y no pudiese tener suficiente.

Su mano en mi cintura se tensa. Sus dedos se flexionan como si luchara contra la urgencia de moverla más arriba. O más abajo.

Estoy derritiéndome. Literalmente derritiéndome contra el suelo bajo el peso de su cuerpo y la intensidad de su boca y el sabor de él llenando cada sentido que tengo.

Las manos me pican con la necesidad de tocarlo.

De hundir los dedos en su pelo. De agarrar su camiseta y tirar de él más cerca.

Pero no puedo. Hay demasiados ojos mirándonos. Ya hemos cruzado demasiadas líneas.

Así que las mantengo cerradas en puños a mis lados mientras él me besa como si el mundo se estuviese acabando y este fuese nuestro último momento juntos.

Su lengua se mueve contra la mía en un baile tan erótico que me concentra el calor bajo en el vientre de una forma que nunca he sentido antes. Cuando roza el paladar de mi boca tengo que controlarme para no hacer un sonido que sería completamente inapropiado.

Esto es perfecto. Esto es…

—¿Les pasa algo?

La voz de un niño atraviesa la burbuja donde estábamos perdidos como una aguja reventando un globo.

Aiden se aparta como si se hubiese quemado.

Rápido. Casi violento en su velocidad. Tan torpe que casi pierde el equilibrio y tiene que plantar una mano en el suelo para no caerse hacia atrás.

Me quedo tumbada donde estoy mirando el cielo que vuelve a aparecer ahora que él no está bloqueándolo.

Los labios me arden. Me palpitan. Los tengo hinchados y sensibles por su boca.

Puedo saborearle todavía en mi lengua. Sentirle en cada nervio, que vibra con una necesidad que no sabe que no va a ser satisfecha.

El corazón me late tan fuerte que me duele. Tan rápido que no consigo que se calme. La respiración me sale entrecortada y rota como si acabase de correr un maratón en lugar de estar tumbada en el suelo.

—¿Por qué ha tardado tanto? —pregunta otro niño con genuina curiosidad—. Mi mamá dice que las respiraciones de rescate tienen que ser rápidas.

Jake salva la situación con una risa que suena demasiado divertida para ser inocente.

—Porque Wellington es muy meticuloso —dice con énfasis deliberado en la última palabra—. Quiere asegurarse de que lo hacéis bien. ¿Verdad, Aiden?

Levanto la cabeza ligeramente y veo a Aiden de pie.

Completamente rígido como si alguien le hubiese metido una barra de acero por la columna.

Las manos las tiene metidas en los bolsillos con tanta fuerza que puedo ver cómo la tela se tensa sobre sus nudillos.

Está mirando a cualquier sitio menos a mí con tanta determinación que duele.

—Sí —dice con voz que suena como si hubiese tragado vidrio—. Exacto. Meticuloso. Así es… así es cómo se hace la respiración de rescate correctamente. Dos respiraciones. Con el ritmo adecuado. Para asegurar que el oxígeno llega a los pulmones.

Está divagando. Diciendo palabras que no tienen sentido solo para llenar el silencio incómodo que se ha instalado sobre todos nosotros.

Me incorporo despacio. El mundo gira ligeramente cuando me siento. Todavía mareada. Todavía sintiendo su boca en la mía como si no se hubiese apartado. Como si todavía estuviese besándome con esa intensidad que me ha dejado sin aliento.

Las manos me tiemblan cuando las apoyo en el suelo para equilibrarme. Tengo que respirar hondo varias veces antes de que mis pulmones decidan cooperar.

Y entonces nuestras miradas se cruzan.

Solo un segundo.

Pero en ese segundo lo veo todo.

El pánico en sus ojos. Un pánico puro y crudo que me dice que se acaba de dar cuenta de lo que acabamos de hacer. De la línea que acabamos de cruzar.

Y entonces mira hacia otro lado.

Rápido. Como si mirarme un segundo más fuese físicamente doloroso.

—Morrison —dice demasiado alto, demasiado brusco—. ¿Necesitas que supervise la siguiente actividad con las cuerdas de escalada?

Es una excusa. Tan obvia que hace que Jake suelte una risa ahogada que intenta convertir en tos.

Pero Morrison asiente como si no acabase de presenciar cómo nos besábamos en vez de hacer la maniobra de reanimación cardiopulmonar.

—Claro.

Aiden se marcha.

Sin mirarme. Sin decir nada. Sin siquiera ofrecerme una mano para ayudarme a levantarme. Solo se aleja con pasos largos que casi son una carrera. Como si no pudiese soportar estar cerca de mí ni un segundo más.

Y yo me quedo ahí sentada con los labios todavía hinchados y el corazón todavía acelerado y el sabor de él llenando mi boca y grabándose en mi memoria de una forma que sé que nunca voy a poder olvidar.

Acabamos de besarnos.

Y ha sido la perfección absoluta.

Ha sido todo lo que siempre he querido y más de lo que me he atrevido a imaginar.

Y ahora él está huyendo como si fuese lo peor que ha hecho en su vida.

Solo espero que este suceso no haya puesto nuestra amistad en peligro.